La sustitución inversa del Cauca: café por coca

La sustitución inversa del Cauca: café por coca

Foto: Proclama del Cauca

Morales es un municipio de cerca de 30 mil habitantes enclavado en las montañas en el norte del Cauca. Ubicado a una hora de Popayán, el casco urbano es diminuto, un pueblo que nace de la vía principal y que no es mucho más que su parque central. Es un pueblo que no está tan inmerso en la guerra, pero que podría estarlo en cualquier momento. Los militares atrincherados detrás de costales verdes y alambres de púas en la estación de policía dan fe de ello.

Las matas de café que antes hacían una calle de honor a la entrada del pueblo desaparecieron. Han sido reemplazadas por potreros. Y más adentro, hacia la zona montañosa del municipio, los cultivos de café y plátano se combinan con la coca.

Todas son señales de la transformación que ha vivido el municipio en los últimos tres años, que como muchos otros en el Cauca, ha ido reemplazando su café por coca. Una sustitución de cultivos, pero a la inversa de la que el país lleva años intentando.

Morales —con 6827 hectáreas cultivadas— es el tercer mayor productor de café del departamento que, a su vez, es la cuarta mayor despensa cafetera del país. Pero entre 2018 y junio de este año, ha tenido una reducción de 196 hectáreas de café, según la Federación de Cafeteros del Cauca.

La pérdida de los cultivos de café, justo en el año en el que el grano colombiano ha registrado los mejores precios en su historia, no se ha sentido sólo en Morales.

“(En los últimos cuatro años) hemos crecido en número de caficultores en el Cauca, pero disminuido en número de hectáreas”, dice Gerardo Montenegro, director de la Federación de Cafeteros del Cauca. En ese período, el departamento ha perdido casi 400 hectáreas de café.

La pérdida no se nota todavía porque el aumento de producción en otros municipios compensan, pero si sigue esta tendencia, Cauca —con 4.500 hectáreas de coca sembradas—habrá sustituido el café por coca antes de que termine esta década.

Entre los municipios que nombra el director de la Federación para ejemplificar las hectáreas reducidas están Argelia, con 110 hectáreas perdidas; El Tambo con 210 menos; y Suárez con 321. Todos son ahora municipios cocaleros y los dos primeros, enclaves para la producción de cocaína.

En 2017 Morales tenía 700 hectáreas de cultivos de coca. Esa es la cifra más reciente que maneja la Alcaldía y dice que no hay estudios actualizados. Ahora esos cultivos van en aumento, según la Personería del municipio, aunque no tienen cifras consolidadas.

Aunque el municipio aún conserva su vocación agrícola, la vida de Morales ya gira hoy alrededor de la coca. Y la gente está feliz de que sea así.

La coca como la mejor opción

“Después de que haya coca, hay trabajo”, asegura una mujer de 40 años que lleva 10 dedicada a raspar coca. Vive en el corregimiento Pan de Azúcar del Consejo Comunitario La Fortaleza a 40 minutos del casco urbano de Morales, y al igual que las personas que nos hablaron ahí, prefiere no revelar su nombre. “Mejor así”, dice.

Para ella el negocio no es nuevo, pero para su suegra, que lleva cuatro años sembrando, sí. Dice que inició con la coca porque era la mejor alternativa: “uno siembra plátano y le toca pagar transporte bien caro de aquí al pueblo para vender el plátano bien barato. Al café, le cae mucho bicho y daña la cosecha y con el cultivo de la caña, pues eso depende de cómo amanezca el precio de la panela, varía mucho”.

La coca le da cosecha cada tres meses y siempre tiene ganancias. Como sólo tiene sembradas unas 2 mil matas en menos de una hectárea —-porque no ha dejado de cultivar alimentos para el diario vivir de la familia—, la ganancia neta mensual es de unos nueve millones de pesos, que reparten entre las tres familias con las que comparte el cultivo.

Comparado con fincas que siembran tres hectáreas y obtienen hasta 40 millones de pesos, la ganancia es poca. Pero cuando está cerca de cumplirse los tres meses, y se encuentra ajustada de dinero, se va a raspar. “Aquí siempre hay trabajo, siempre alguna finca va a necesitar”, dice.

Desde las cuatro de la mañana se empiezan a ver motos subiendo hacia la zona montañosa de Morales. Ya no son sólo personas de veredas cercanas que buscan trabajo en la coca, sino que desde el mismo casco urbano y de Piendamó, municipio vecino, suben a raspar. La razón principal es que pagan bien cada arroba de hoja de coca (12,5 kilos) recogida: 12 mil pesos, en promedio. Y alrededor de la una de la tarde, el que menos gana, puede terminar la jornada con 80 mil pesos.

Con el café, en cambio, en un día completo de trabajo una persona puede ganar entre 40 y 50 mil pesos. Esa diferencia ha hecho muy difícil para los cultivadores de café retener a sus recolectores.

“Es que no se puede, no da. Imagínese que a veces con el café van a pérdidas pagando lo que es. Y la cosecha es cada año”, cuenta una mujer de 33 años, que lleva toda la vida viviendo en la zona y que tiene varios cultivos de café.

Sin poder pagar más y sin trabajadores para recoger las cosechas, los cultivadores enfrentan tres opciones: la primera y más evidente es pasarse a la coca, como lo hizo uno de los caficultores más grandes de Morales que ha dispuesto 10 hectáreas de su finca para ese cultivo, según nos contó una persona que lo supo de primera mano.

La segunda es combinar los cultivos. Una opción común en los paisajes de Morales, donde al lado de la coca aún se ven pequeñas plantaciones de café o plátano.

Así lo decidió una caficultora con la que hablamos. De las 7 mil plantas de café que tenía en 2018, ahora sólo tiene 2 mil. Parte de lo que quedó libre, lo dedicó a sembrar coca. “Eso me da para sostener el café y otras plantitas de yuca y plátano que tengo por ahí, así no dejo de cultivar”, comenta.

Otra opción para quienes evitan meterse en el negocio de la coca, es limitar los cultivos sólo para el consumo de la familia, que puede ayudar a recoger la cosecha, y convertir el resto de las hectáreas en potreros para alquilarlas para ganado o venderlas.

La coca que llegó para quedarse

Mientras maneja por la vía que conecta a veredas como San Isidro, Silvio Villegas, que fue tres veces alcalde de Morales me dice que como sólo vemos un terreno plano la coca no es evidente aún. “La tierra tiene ondulaciones, lo ves plano, pero detrás de esas casas va cayendo a modo de montaña el territorio. Ahí siembran (coca) para que no sea tan evidente”.

Una mujer que vive cerca a la zona lo confirma. Tiene coca sembrada detrás de su casa para que no lo noten. La principal razón para ella es que necesita que le adjudiquen los terrenos y dice que no lo harán si se dan cuenta que tiene cultivos ilícitos.

No es la única. En la zona montañosa de Morales abunda la coca, en especial en las siete veredas que componen el Consejo Comunitario La Fortaleza, que en un momento fue despensa de café, plátano y chontaduro. El exalcalde dice que la coca llegó hace unos 10 años, pero que su auge se debe a que en esa zona hay mucha pobreza.

No tienen agua potable, sólo hay un colegio y para estudiar una carrera universitaria deben viajar a Popayán. Como no pueden pagar el transporte a la capital todos los días, muchos buscan trabajo de lunes a viernes para estudiar los fines de semana y la coca termina siendo lo más rentable.

A pesar de eso, cuando recién se firmó el Acuerdo de Paz y las Farc se fue de la zona para desmovilizarse el Consejo Comunitario La Fortaleza inscribió cerca de 2 mil personas al programa de sustitución de coca del Gobierno (Pnis). Sin embargo, dicen que hasta el momento no les han dado el pago que les prometieron. Entonces, no han erradicado. Para lo que si les ha servido haber firmado ese acuerdo de sustitución con el gobierno Santos es que cada vez que surge la amenaza de la erradicación forzada, el Consejo se defiende que deben pasar por el proceso de sustitución.

“Ese acuerdo les dio cierta legitimidad”, dice el exalcalde Silvio Villegas y asegura que desde entonces, aumentaron los cultivos.

La bonanza de la coca

Hace unos cuatro años, la trocha que conduce al occidente del municipio estaba rodeada de casas de bahareque con puertas y ventanas de madera. Otras las construyeron con tablas y esterilla porque la economía de algunas familias no daba para más.

Hoy las casas son de ladrillo, están recién pintadas de colores pasteles, con acabados en baldosa y puertas de metal. La mayoría delimitan el terreno con rejas, y todo el día suben y bajan volquetas y camiones con materiales de construcción. Ese es el progreso que ha traído la coca.

“Con lo que da la coca a uno le queda para meterle a la casa. Ya no hay que hacer una fila de todo el día en la alcaldía para pedir una teja de zinc, ahora uno tiene con qué ir a comprarla”, explica una mujer que siembra y raspa coca.

Otra dice que con la pandemia y las restricciones a la movilidad, muchos raspachines y cocaleros dejaron de gastar el dinero en trago y fiesta, y empezaron a invertirlo en el hogar.

Aunque con la reactivación parte de ese dinero se ha vuelto a quedar en las tiendas alrededor de la trocha donde los trabajadores se concentran a tomar cerveza y en los prostíbulos, Villegas dice que la expansión de la coca también ha movido el mercado en el municipio. “Antes había una ferretería, ahora como todos quieren arreglar las casas, hay varias y es rentable”, comenta.

No son sólo las ferreterías. En menos de un kilómetro a la redonda, y en el centro urbano de Morales, contamos 12 tiendas de abonos y fertilizantes. Una cifra alta para un municipio que no supera los 30 mil habitantes. Villegas dice que ahí compran tanto para café como para coca.

Con el dinero que deja raspar y cultivar coca, el municipio también ha visto crecer el negocio de las motos. “Antes era un milagro que usted pasara por acá (por la trocha) y encontrara transporte, ahora eso todo el día suben y bajan motos que lo llevan a todo lado”, dice Henry Sánchez, un habitante de Morales que trabaja alquilando maquinaria para construir vías.

“Ahora uno tiene su moto que se compró con los ahorros que deja la coca y eso le sirve a los muchachos para ir al colegio, para moverse en la zona”, dice la mujer que lleva 10 años como raspachín.

Su suegra complementa: “Antes uno sólo podía darles hasta quinto de primaria, ahora uno puede pagarles el bachillerato o algo más cuando salen del colegio. Además se les facilita más el transporte porque ya tienen su moto. Uno quiere que ellos estudien y tengan su diploma”.

Con las motos, y sobre todo con la coca, han florecido las estaciones de gasolina. Están a punto de inaugurar la sexta, y todos saben que es para el procesamiento de la cocaína.

La coca, claro, no solo ha traído progreso.

Como es tanta la demanda de trabajadores y el pago es bueno en los cultivos ilícitos, mujeres con bebés en brazos van a raspar coca. Algunos jóvenes que no han terminado el colegio y que vieron en ese trabajo una forma de sustento, han desertado del estudio. Unos apenas llegan a los 10 años, cuenta una persona que conoce la zona. Para otros, el plan de vacaciones es irse de raspachín.

Natali Otero, secretaria del Consejo Comunitario La Fortaleza, dice que en la pandemia muchos niños vieron ese trabajo como una opción para ocuparse. “Como los profesores tenían que sacar de su bolsillo para enviar las copias de los talleres, pocos lo hacían. Entonces esos niños, en medio de su desespero por hacer algo, se fueron a raspar”.

Por el momento, en el territorio hay presencia de la disidencia Jaime Martínez de las Farc, que se mueve por el norte del Cauca. Es la autoridad en la zona rural. “No dan miedo —dice una persona que se ha reunido con ellos en varias ocasiones— al contrario, ellos ayudan a que no hayan robos y a castigar con trabajo a los que consumen drogas”.

Por ahora, quizás porque nadie más disputa su poder, ellos garantizan la calma en este pueblo que está cambiando el café por coca.

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