Las elecciones en el chat de la familia

Las elecciones en el chat de la familia
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Habían acordado no hablar de política. Todos estaban de acuerdo: no valía la pena que algunos se molestaran y se salieran del grupo. Lo importante era seguir todos juntos. Los 41 miembros de la familia, que viven en tres continentes, y suman cuatro generaciones.

¿Acaso no es suficiente aprovechar el espacio para felicitarse en los cumpleaños, para compartir fotos, para avisar cuando alguno viene a Colombia, para hablar de comida, para oír los cuentos de los tíos sobre cómo era la vida antes? Claro que es suficiente. Piensan todos, aún hoy.

Y sin embargo, siempre hay alguno que no se aguanta las ganas. Escribe un chat o manda un meme y la conversación política se dispara: acerca de la decisión de la Corte de ampliar el aborto hasta la semana 24; del paro del 2021, y el del 2019; y antes que eso, el arresto de Santrich; y por supuesto, el plebiscito del 2016. ¿Y ahora? Ahora hablan de Gustavo Petro y de la posibilidad de que se convierta en Presidente.

Y a medida que se acerca la fecha, el chat de la familia H. no para. Los mensajes van y vienen plagados de los temores, los prejuicios, y en general, las emociones que reflejan tan fielmente las fracturas que alimentan esta elección.

En el caso de la familia H. el antipetrismo es el punto de contención. En otros chats, es el antiuribismo.

El chat de la familia H.

La familia H. —que me dejó reproducir sus chats a condición de no revelar su identidad— es una familia de élite de una ciudad intermedia de tierra caliente. El bisabuelo era un hombre muy rico, y sus seis hijos y otros tantos nietos crecieron en un entorno cómodo y con visos aristocráticos. Una historia que circula en la familia es que hicieron traer un piano de Austria para que los hijos aprendieran a tocarlo con una tutora y que tenían contratada una cocinera de tiempo completo solo para la pastelería del hogar.

Las primeras generaciones crecieron en la ciudad, pero poco a poco, los más jóvenes han tomado caminos diversos y ahora varios primos viven en Estados Unidos, otro en Noruega, otra en Panamá. Los que viven en Colombia están desparramados por varias ciudades.

Muchos no se han visto en años. De hecho, la foto del grupo de Whatsapp es la del último encuentro en el que estuvieron los 41 miembros de la familia: en 2003.

Aunque muchos no resisten los mensajes que ponen otros, todos aguantan dentro del grupo: es el almuerzo de los domingos al que ya no asisten, es otro hilo que los amarra a lo que más quieren.

El más activo del grupo es el tío M., que ya cruzó los 60 años. Fue ingeniero de Ecopetrol toda su vida y hace años, en uno de sus viajes a Tibú, fue secuestrado por la guerrilla. La experiencia fue traumática, y atraviesa su visión del país.

Como muchos de su generación, M. añora un líder que ejerza autoridad, que marque la raya entre “los buenos” y “los malos”, que imponga orden.

Ahora, ya jubilado y viviendo de su pensión, comparte intensamente con sus familiares el odio que le tiene a Petro.

En el chat se refiere a él como ‘El Cacas’, un apodo que surgió de una nota falsa que lleva circulando en redes desde 2020, y que —atribuyéndolo a una supuesta investigación de la revista Semana— se remonta a cuando Petro hizo parte del M-19.

Según la nota falsa, “para ablandarlos”, Petro defecaba encima de los secuestrados que tenían en las “cárceles del pueblo”, unos hoyos subterráneos (que sí existieron pero en sótanos en las ciudades donde también vivían ahí los guerrilleros).

El tío M. está convencido de que Petro llevará al país por la senda del castrochavismo y que si es elegido Presidente, el destino de Colombia será el de Venezuela.

Para demostrarlo, apela a los memes, videos, y noticias —ciertas y falsas— que produce la bodega antipetrista para pintar al candidato como un travesti, como un pervertido, como un guerrillero y un asesino.

M. es el más radical de la familia. Y durante las elecciones ha exhibido sin vergüenza su racismo, su clasismo y su homofobia. Poco importa que en la familia haya varios homosexuales. La familia lo perdona todo.

Además, no es el único que le teme a Petro. Hace poco, una tía envió un video de San Antonio del Táchira en Venezuela. Algunos de la familia iban de vez en cuando al supermercado Cosmos del otro lado de la frontera. Ahora aparecía en el video como una ciudad fantasma. “Pilas, así se va a volver Colombia si votan por Petro”, era su advertencia.

Los rodolfistas

D., otro de los tíos, es un uribista desencantado. Era un fiel seguidor de Álvaro Uribe durante décadas, pero se ha convencido de que todos los políticos son iguales. Que gane Fico o gane Petro da igual, es el argumento que repite en múltiples versiones:

“Gane Petro, nos dará lo mismo, porque pura mermelada habrá en ambos gobiernos, la diferencia es que los de extrema derecha como el centro demoniaco serán de la oposición y el resto con el gobierno y así al contrario, si gana Fico, los petristas en oposición y el resto enmermelados”. Rodolfo Hernández es su candidato.

La tía R. también vivía encantada con el ingeniero, pero se convenció en el chat de que era muy mayor para gobernar. Y después de que Federico Gutiérrez ganó la consulta, como otros familiares, ha puesto stickers diciendo “ no voy a decir por quién voy a votar, pero ya sabrán con quién me identi-Fico”.

Los más jóvenes de la familia prefieren no intervenir en esas discusiones. Quieren a sus tíos, pero los argumentos que utilizan para deshumanizar a Petro y el descaro con el que apelan a noticias falsas les revuelcan el estómago.

A veces alguno se llena de coraje y señala que es un fake news. Los tíos no se inmutan, tampoco ofrecen disculpas. Solo una vez uno de ellos reconoció el error cuando quiso alertarlos de lo que viene para Colombia con una noticia sobre los supuestos atropellos que ya había cometido Boric en Chile. Cuando uno de los sobrinos señaló que ni siquiera se había posesionado, se disculpó. Fue tan excepcional que una de las sobrinas aún lo recuerda.

Los fajardistas

Como ella, varios de los que están entre los 30 y los 45 piensan votar en primera por Sergio Fajardo y, si no pasa en segunda, algunos lo harán por Petro y otros por Fico.

Aún así, en el chat rara vez mencionan al candidato de la Coalición de la Esperanza. “La tibieza es de todo a todo, nadie con pasión va a defenderlo”, dice C., una de las sobrinas.

P., que piensa votar por Petro en segunda, es quien más enciende los ánimos del “ala paramilitar”, como les gusta llamar en burla al sector de derecha de la familia. Ronda los 30 años y vive en Oslo, Noruega. Es un joven woke, socialdemócrata, que trabajó por el Acuerdo de Paz, que se frustró con el triunfo del No, y que se avergüenza un poco de ser tan privilegiado en un país con tanta pobreza.

Precisamente, la última pelea que tuvo con su tío M. fue por el tema de la desigualdad. M. acababa de retrinar:

Ese mensaje disparó a P. e inmediatamente, volvió la discusión personal. Trajo a colación la relación con las empleadas del servicio, que conviven tan íntimamente con las familias para las que trabajan y que a la vez les son tan ajenas.

Como suele suceder en todas las esferas del país, en la familia H. las discusiones políticas muy rápidamente pasan a un plano personal. Dejan de atacar el argumento para atacar a la persona. P. es el blanco perfecto:

“Si quiere tanto a Colombia debío de haberse quedado acá o cuando gane Petro devuélvase, les da el sueldo suyo a los más necesitados”.

P. cree que ese tipo de respuesta obedece a la disonancia cognitiva que provoca su privilegio:

“Desafortunadamente, pertenecemos a una clase que ha oprimido toda la vida (de manera inconsciente) pero aún hoy en día no lo reconocen”, dice. Da como ejemplo que acepten como normal que las hijas de las empleadas del servicio no fueran a la universidad porque no tenían plata para hacerlo y “hoy en día están temblando y preocupándose sin entender por qué Petro va a llegar al poder”.

Le pregunto a una de las sobrinas si cree que el chat ayuda a alguno de sus miembros a cambiar su voto. Dice que no. “Yo creo que no cambia el voto, pero sí radicaliza”, dice. “Mi mamá, que era una persona que veía de los dos lados, ahora está uribestia total repitiendo los argumentos que da mi tío en el chat”.

¿Y por qué ella no se sale del chat si rara vez escribe y le da “de todo” cuando lee los mensajes de los demás? “Es que seguimos super unidos y aún con las diferencias nos queremos —dice— pero no sé qué pase si gana Petro. Tocará abrir dos chats”.

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