“Latinoamérica es sobre todo el fracaso de nosotros mismos”: Martín Caparrós

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Martín Caparrós es un gran escritor. Y, además, es un periodista ambicioso.  Como su famoso libro sobre el hambre en el mundo, el nuevo libro del autor argentino —Ñamérica— es una reflexión profunda y abarcante sobre América Latina, sobre aquellos rasgos que nos unen, nos atraviesan, y con no poca frecuencia nos condenan.

El libro combina crónicas en ciudades grandes como México, Bogotá, Caracas y Buenos Aires con capítulos más transversales en los que a partir de sus viajes reflexiona sobre la desigualdad, la violencia, el movimiento o la religión que son rasgos que en su opinión nos definen como continente.

La Silla Vacía conversó con él en el lanzamiento de su libro en Colombia. Este es un extracto editado de esa conversación.

Juanita L: Arranquemos por el nombre raro del libro. ¿De dónde sale eso de “Ñamerica”?

Martín Caparros: El libro se llama “Ñamérica” porque en algún momento del trabajo decidí que no quería trabajar sobre América Latina en su conjunto, sino sobre esos 19 países que hablan castellano. Lo cual significaba excluir a Brasil.

Yo quería trabajar solo sobre los países hispanoparlantes y ahí choqué con el problema del nombre. ¿Qué nombre darle al objeto de mi trabajo? Se llama “Hispanoamérica”, pero ésta es una palabra que nadie dice gratis, solo la dicen si te pagan por decirla, como lo haría el locutor de algún acto oficial o el subsecretario de Comercio de Paraguay.

Había que buscar otro y no sabía cuál, porque no lo hay: Latinoamericano significa otra cosa; Iberoamericano también, porque Ibero incluye toda la península Ibérica. Y se me ocurrió que si lo central de estos países es que hablan castellano y de algún modo la “eñe” es el estandarte del idioma, ¿por qué no hacer un mix entre una y otra cosa? y de ahí salió Ñamérica.

Juanita L: Hay una frase demoledora en su libro sobre América Latina: "somos nuestro fracaso de nosotros mismos". ¿Por qué dice eso?

M.C: Eso sale de haber oído hablar tantas veces sobre esos famosos llamados a la “unidad latinoamericana” y de la constatación de que Latinoamérica no está unida. Latinoamérica es sobre todo, el fracaso de nosotros mismos, en el sentido de un territorio que no terminó de consolidarse como tal. Creo que somos nuestro fracaso en muchos campos y, lamentablemente, buena parte del libro trata de esos fracasos.

Ahora, intenté contar lo común, no lo extraordinario. Eso es algo que a mí me interesa cada vez más. Me gusta el periodismo que intenta contar nuestras vidas y lo que somos, no lo que sucede muy de tanto en tanto, que es en realidad lo que nos enseñaron a considerar como noticia. Y es mucho más complicado, porque es más fácil contar una noticia: es algo extraordinario que sucede, está ahí y tiene ciertas reglas para ser narrado. En cambio, tratar de mirar y ver cómo somos, cómo vivimos, qué hacemos, qué pensamos, es un territorio mucho menos señalizado. Y un poco lo de empezar por ir a las ciudades tuvo que ver con eso, tratar de mirar cómo son los espacios donde nos movemos y cómo nos movemos en ellos.

Juanita L: Sin embargo, para un extranjero varias de las cosas que narra serían extraordinarias: la conversación con dos ladrones, el señor que está en la funeraria enterrando a su hijo…

M.C:Hay cosas que lo son. Lo de los dos ladrones tampoco es tan extraordinario, hay muchos de esos que forman parte del paisaje. Pero sí, es cierto.

Lo de las ciudades también tiene que ver con los descubrimientos que hice cuando decidí que quería tratar de hacer un libro para pensar cómo es ahora América Latina.

Juanita L:¿Cuáles?

M.C:. El primero consistió en enterarme de que somos ahora la región más urbana; con la mayor proporción de población urbana del mundo. Cosa que contradice todas las imágenes y lugares comunes sobre la región, a la que siempre pensamos como un dechado de naturaleza, montañas, ríos, llanuras y selvas. Y en realidad, el 80 por ciento de la población de Ñamérica vive en ciudades, algo que se produjo en los últimos 30 o 40 años.

Hace 50 años la mitad de la población de Ñamérica era rural y ahora es sólo el 20 por ciento. Es decir, el 30 por ciento de los ñamericanos que se desplazaron en estos últimos 30 años, lo hicieron desde los campos hacia las ciudades. Es un movimiento demográfico y un cambio de estructura muy significativo que me da la impresión que no lo tenemos muy presente.

Justamente para ponerlo en evidencia, para pensarlo, trabajarlo, y ver qué pasaba con eso, fue que decidí en primera instancia empezar por ir a las ciudades más grandes. Pero una vez que había hecho eso, me encontré con que tenía que escribir un libro que no quería que fuera una compilación de esas crónicas de la ciudad.

Juanita L: Es interesante lo que dice sobre ser un continente dominado por las ciudades y que, sin embargo, vive de la tierra y de la naturaleza.

M.C:. Claro, hay como un desfase raro en que la enorme mayoría de los ñamericanos vive en ciudades, pero lo más significativo de nuestras economías consiste en extraer y exportar materia prima que sale de la tierra, ya sea por cultivo, por pastoreo o por extracción tipo mineral o petróleos. Pero sigue siendo esa tierra, que queda cada vez más vacía, la que sostiene a la mayoría de la población y a esas grandes ciudades.

Ahora estas ciudades son como una especie de parásito de todo ese territorio que va quedando cada vez más vaciado. Eso es extraño. Y creo que en esa idea de la extracción y exportación hay una clave muy extrema de lo que es América Latina, y al mismo tiempo uno de esos rasgos que nos unen o, por lo menos, que nos vuelven más semejantes entre nosotros.

Juanita L: Me gustaría que desarrollara esa reflexión que hace de que ese modelo económico es lo que hace que la desigualdad sea un rasgo constitutivo de América Latina.

M.C: Es un buen ejemplo del funcionamiento del libro o por lo menos de como traté de hacerlo, que fue tratar de encontrar 7 u 8 rasgos fuertes de la región, ponerlos en duda, revisarlos y repensarlos dentro de lo posible.

La desigualdad es uno de los rasgos más característicos. Siempre se dice que América Latina es la región más desigual del mundo, no necesariamente donde hay más miseria, hay lugares mucho peores. Pero sí es verdad que las desigualdades entre los más pobres y una clase más o menos rica son mayores acá que en cualquier otro lado, por lo menos según el famoso coeficiente de Gini.

La conclusión a la que llego es que Ñamérica es desigual porque puede. Teniendo en cuenta que el modelo económico hegemónico sigue siendo la extracción y exportación, esto produce el hecho de que, por un lado, para extraer no se necesita mucha mano de obra.

Por el otro, que la tecnificación avanza, pero es muy poca la gente que se precisa en general, y esto hace que los ricos, los dueños de esas fuentes de materia prima, no necesiten muchos pobres, sólo unos poquitos, y con esos les alcanza para extraer lo que precisan.

Además, como exportan, entonces tampoco necesitan un mercado interno, porque su mercado prioritario está a miles de kilómetros. Por eso no necesitan que los pobres puedan consumir porque venden su petróleo, su soja, sus vacas o sus bananos a diez mil kilómetros.

El resultado es que los ricos ñamericanos no necesitan a los pobres ñamericanos, ni para trabajar ni para consumir. O sea, no les importan, pueden dejarlos ahí tirados.

En las economías más clásicas, los pobres solían ser necesarios, lo son cada vez menos, para trabajar, para producir. Y como mucho de esa producción iba al mercado interno, también se los necesitaba para consumir, entonces había que darles más o menos un salario razonable y la posibilidad de comprar cosas. En Ñamérica, muy poco.

Lo único que necesitan los ricos para sus pobres es un Estado que los mantenga a raya, porque sí que se pueden volver peligrosos de vez en cuando, a fuerza de pasarla mal. Ahí aparece esto que yo he llamado el "Estado Contenedor".

Juanita L: ¿En qué consiste ese “Estado Contenedor”?

M.C: Es otro lugar común que usamos mucho, sobre todo en la clase media alta o alta y es que en nuestros países el Estado no nos da nada. ¿Por qué tenemos que pagar impuestos si no nos dan educación, ni salud, ni seguridad, ni transporte? Cosas que supuestamente el Estado debería proveer y que en nuestros países la gente que tiene dinero compra por su cuenta, pagan su salud, su educación, su seguridad, sus traslados. Es decir, todo lo que ellos no reciben del Estado.

Y entonces dicen, ¿por qué tendríamos que pagar impuestos si no nos dan nada? No querido, lo que te da es justamente contener a esos pobres. Para eso sirven los estados de nuestros territorios. Por eso digo lo del "Estado Contenedor".

Y los contienen de dos maneras: por medio de asistencia, limosna, subsidios, o por represión directa, cuando ya esto anterior dejó de funcionar.

Hay un dato muy curioso y es que en los países europeos el coeficiente Gini de desigualdad antes de impuestos es mucho mayor que después de impuestos. Esto quiere decir que los impuestos que ponen esos estados actúan como una forma de redistribución, porque pagan más impuestos los que más tienen y ese dinero se usa para darle a los que menos tienen ciertos servicios indispensables.

En cambio, en los países ñamericanos el coeficiente de Gini pre impuestos y post impuestos es casi igual. O sea, los impuestos no cumplen ese propósito en absoluto.

Juanita L: Usted decía que para cambiar ese modelo económico lo único posible era cambiar el régimen político. ¿Quisiera saber cuál sería ese régimen?

M.C:Esto tiene que ver con otra constatación sobre la forma de acceso a la riqueza que hay en nuestros países. Hay un mecanismo clásico que es el ascenso de la burguesía en los países centrales. Y esto tiene que ver con aquello que se llamaba la acumulación primitiva. Entonces un pequeño empresario tenía alguna buena idea, armaba una fábrica, le iba bien, la ampliaba, y si explotaba un poco más de gente, le iba mejor. Así se formó la gran burguesía industrial del siglo XVIII y del siglo XIX. Cuando ese sector de clase consigue poder económico sólido, esto le permite acceder al poder político. Este es el mecanismo clásico.

Juanita L:¿Cree que tenemos algún futuro o eso de ser un fracaso es algo que va a continuar?

M.C:: Creo que tenemos un futuro. Ahora soy viejo, vanidoso y soy tan bobo que he vuelto a creer en el progreso. Si uno mira el devenir histórico, digamos en los últimos dos mil años, comprueba que cada vez las cosas han ido mejorando y que vivimos mucho mejor que hace 200 años, cuando vivían infinitamente mejor que hace 500, e indeciblemente mejor que hace mil y no hay ninguna buena razón para que eso pare.

Siempre estamos pensando que eso va a dejar de suceder. No hay nada más habitual que el Apocalipsis, que tiene una característica básica y es que nunca se realiza por piedad para que podamos seguir imaginándolo. Entonces, yo creo que a grandes rasgos, sí, las cosas van a mejorar, pero ¿cuándo, cómo?, es muy difícil de pensar. Y esto tiene que ver con la falta de un proyecto de futuro.

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