Los goles de Esteban Zapata

El artista Esteban Zapata creció en un ambiente violento que, más tarde, inspiró una obra donde confluyen fútbol, narcotráfico y los sueños de cientos de jóvenes que deben sobresalir a pesar de las adversidades.

Una cancha de fútbol puede ser la metáfora de Colombia. Por encima de la pasión que despierta este deporte, se adivina la vida de cientos de deportistas que encontraron ahí una opción de vida en condiciones de extrema vulnerabilidad. En medio de dificultades económicas, sociales y de un entorno violento, han surgido las grandes figuras del fútbol mundial. Solo un par de ejemplos: Ronaldinho creció en una favela donde los asesinatos eran el pan de cada día; Carlos Tévez ha dicho en muchas entrevistas que de no haber sido futbolista su único camino era ser un delincuente, como le pasó a tantos amigos suyos de infancia quienes, incluso, fueron asesinados. De Cristiano Ronaldo a Messi parece un lugar común surgir desde la pobreza. En Colombia la situación ha sido igual y para el artista Esteban Zapata (Yarumal, 1989) ese escenario le ha dado pie para crear varias piezas artísticas.

En barrios populares, en la cancha de microfútbol o fútbol es frecuente ver la paradoja entre hacer deporte y hacer parte de bandas delincuenciales. Al mismo tiempo que alguien patea un balón, en una esquina alguien trafica drogas o planea delitos. Una de las peores masacres, en El Salado, ocurrió en la cancha del pueblo. Zapata creció en Bello, Antioquia, y desde muy pequeño se acostumbró a la noticia de asesinatos, atracos y disputas lideradas por bandas de jóvenes que controlaban la cotidianidad del municipio. Jóvenes que ya veían ahí su camino a seguir. En el colegio público donde estudió, varios de sus compañeros lucían una pistola en el cinturón.

En la obra de Zapata, quien estudió en la Fundación Universitaria Bellas Artes de Medellín, está presente el fútbol, porque detrás de este deporte siempre ha merodeado la muerte, el narcotráfico -en los 80 y 90 los grandes narcos financiaban los equipos- y porque el surgimiento de futbolistas ha implicado -casi siempre- superar condiciones adversas. En una de sus obras se ve un pito con puntas que chuzan aludiendo a árbitros que en los años 90 se jugaban la vida -literalmente- con una mala decisión. Las amenazas de muerte eran lo normal. Hay obras sutiles como una parrilla para hacer arepas, pero que su diseño tiene la “silueta” de un balón de fútbol: una vez echa la arepa le puede quedar plasmada la textura de una pelota. Sobre una gorra cortó en láser la palabra “autogol” -el nombre de la serie de sus trabajos- para que el sol genere una sombra en la nuca, justo en la parte detrás del cerebro donde, se dice, se toman las decisiones incorrectas. Las ruanas -prenda nacional- están numeradas al mejor estilo de una camiseta de un goleador. Un arco de fútbol está totalmente tapado de ladrillo, aludiendo a fachadas de casas de barrios populares, para impedir un gol. Obras que se vieron en La feria del millón 2016.

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Pero también está presente, a partir de una investigación que realizó, una serie de figuras de Pablo Escobar. Así como en Venezuela -parte de su familia vive allá- vio que es natural rezarle y pedirle milagros a “malandros”, quiso recrear esa especie de práctica con el hombre que representó todo lo malo del país pero que, aún así, en medio de la pobreza, muchas familias lo veían como un salvador por su generosidad, por verlo como un “Robin Hood” que les quitaba a los ricos para darle a los pobres. Hizo varias esculturas de Escobar lejos de estereotipos del narco, sino en situaciones más “cotidianas” para replicar esa especie de esoterismo que vio en Venezuela. Las reacciones han sido muy fuertes a pesar de que él no busca una apología al delito sino cuestionar lo que uno está dispuesto a creer. Esta obra estuvo en Salón Regional de Artistas y jugaba con una paradoja: la exposición era financiada por el Estado y de esa plata él hacía obras sobre Escobar, la representación de lo ilegal.

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En su obra China Town recoge también parte de sus vivencias de infancia: en Bello, pedir arroz chino el fin de semana era un lujo. La migración china a Antioquia se manifestó con su oferta gastronómica. De ahí tomó fotos de las fachadas de muchos restaurantes chinos y las imprimió sobre cajas de comida china y, con ellas, construyó barrios -comunas de hasta 11 mil cajas- que se han levantado por sí solos, sin ninguna lógica urbanística y que reflejan la condición social de muchas familias en Colombia. Unas cajas sobre otras van formando estos barrios de invasión que dentro del espacio expositivo lucen “estéticamente” aceptados.

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Para celebrar los 200 años de la independencia de Antioquia se llevó a cabo una exposición con grandes maestros también con un espacio para unos pocos emergentes. Zapata fue uno de ellos y se basó en la famosa instalación del artista chino Cai Guo Qiang, que consistía en 99 réplicas realistas de lobos corriendo hacia una pared de cristal. Realizó una instalación de avionetas que vuelan en el aire, pero que se estrellan contra un vidrio para deshacerse en polvo. Una metáfora más del narcotráfico: avionetas basadas en la primera que usó Pablo Escobar y que conservó en la tristemente célebre Hacienda Nápoles. Ser “avión” en Colombia es ser “ventajoso”, “avispado”, “vivo”. Acá estas avionetas en fibra de vidrio se ven frágiles, tal como el cristal donde se estrellan para convertirse en ese polvo que parece cocaína. El narcotráfico como un proyecto de fracaso.

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