Luis Ernesto Gómez: de viceministro de los converse a escudero de Claudia López

Luis Ernesto Gómez: de viceministro de los converse a escudero de Claudia López
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“Me alegra que haya llegado la Navidad, sabes. Es una tregua”, dice Luis Ernesto Gómez, secretario de Gobierno de Bogotá. Mira un árbol gigante de luces verdes que se acaban de encender. En sus hombros carga a su hijo menor, Emiliano, de cuatro años. También lo acompaña su esposa, Karol González, y su hija Julieta, de seis. La alcaldesa de la capital, Claudia López, inaugura ese sábado en la noche el alumbrado y las actividades decembrinas de la ciudad desde el Parque Timiza, un barrio de clase media.

Han sido días difíciles para el secretario. Hace poco la Fiscalía anunció la apertura de una investigación para aclarar si cometió concusión, un delito que consiste en ofrecer dádivas a cambio de votos. Martin Rivera, concejal de la Alianza Verde, el partido de la alcaldesa, lo acusó públicamente de haberle ofrecido puestos. Aunque aclaró que no fue a cambio de votos, el tema del clientelismo quedó sobre la mesa y la imagen del secretario en entredicho.

Luis Ernesto anunció una denuncia por injuria y calumnia contra Rivera. Y en respuesta concejales de la oposición trataron de mover una fallida moción de censura para sacarlo del cargo. Todo esto en medio del debate más importante para su jefa en el Concejo, el del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que define cómo se construye la ciudad en los próximos 12 años.

Su trayectoria se ha caracterizado por la construcción de una política moderna del lado de políticos tradicionales, como Juan Manuel Santos. En el gobierno de Claudia López se ha hecho más visible estando al frente de la protesta social y de sus controversias en el manejo de la política menuda en el Concejo, donde algunos lo definen como hábil y otros como torpe.

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En un parque, al lado del Coliseo Primero de Mayo, al sur de Bogotá, donde hay un evento de la Alcaldía, Luis Ernesto, de 40 años, dijo que empezó a pensar en la importancia de la política y del Estado cuando tenía 17 y su padre, Alberto Gómez, murió.

Luis Ernesto Gómez nació el 27 de octubre de 1981 en Medellín. Por esa época su papá construía un hotel en una ciudad que estaba por desarrollarse y donde Pablo Escobar era conocido como el Robin Hood paisa. Su mamá, Martha Londoño le dijo a su esposo que no le gustaba el ambiente de la ciudad. Se fueron a Bogotá cuando Luis Ernesto tenía cuatro años.

El secretario y su hermana mayor Ana María vivieron cómodamente los primeros años de su vida. A su papá le iba bien en el negocio de construcción. Pero en la crisis económica del 98 se quebró al punto que tan solo un año después les quitaron la casa donde vivían, en Niza, al noroccidente de la capital.

Alberto se deprimió y dejó de comer. Su salud se deterioró. Le dio diverticulitis, una enfermedad que produce bolsas en el intestino grueso y que genera dolores abdominales fuertes y náuseas. Evitaba ir al médico porque no tenía seguro médico y no tenía cómo pagar atención privada. Martha no tenía cómo apoyarlo económicamente. Aunque estudió pedagogía, se había dedicado a ser ama de casa.

“En ese momento te sientes un poco abandonado. Pensaba que me gustaría vivir en un país donde el Estado te acoja y te ayude si caes en una situación difícil. Pero en Colombia la gente resuelve muchas cosas sola”, cuenta el secretario con los ojos humedecidos por lágrimas. 

Hoy, en el gobierno distrital, dice que "el poder es para hacer algo por los demàs. Para servir".

Alberto, de 59 años, llegó a sentirse tan mal que finalmente su familia lo llevó a la clínica. Lo tuvieron que operar. Le hizo prometer a Luis Ernesto, en plena adolescencia, que si algo pasaba tendría que cuidar a su hermana mayor y a su mamá. A los pocos días Alberto murió.

Para pagar parte de la deuda del hospital, que ascendía a 20 millones de pesos, Luis Ernesto tomó siete millones de pesos que había ahorrado para irse a estudiar a Alemania. El resto se comprometió a pagarlo después.

Su papá se había ido y su sueño de ir a Alemania también.

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¿Por qué Claudia López y Luis Ernesto son tan cercanos? En una respuesta coinciden críticos, aliados del secretario y hasta el mismo funcionario. Si ella necesita algo, él lo hace.

Se conocieron en 2016 durante el Gobierno de Juan Manuel Santos, cuando Luis Ernesto era viceministro de Trabajo y ella senadora, crítica del presidente. Luis Ernesto se dio a conocer por haber ido a su posesión en tenis converse. Quería enviar un mensaje de frescura. “La pinta debería ser lo de menos y el vestir hace parte del libre desarrollo de la personalidad”, explicó a medios en ese momento.

Por esos días contactó a la entonces senadora para sacar adelante proyectos como eliminar la obligación de tener libreta militar para emplearse y luego, como viceministro del Interior, volvieron a hablar para rescatar el proceso de paz, después de que ganó el No en el plebiscito.

Luis Ernesto y Claudia se volvieron a encontrar en 2018 cuando apoyaron a Gustavo Petro en segunda vuelta. “Lo apoyé porque no quería que hicieran trizas el Acuerdo de Paz. Luego Petro nos devolvió el favor muy bien”, dice riéndose. El candidato de Colombia Humana es hoy el mayor crítico de la alcaldesa.

Cuando el movimiento de Luis Ernesto, Activistas, y el Polo se unieron a la candidatura de la líder verde en 2019 se volvieron amigos. Él se dedicó a hacerle campaña y cuando ganaron, ella ya le tenía tanta confianza que lo nombró en la Secretaría de Gobierno, una de las carteras más visibles dentro del gabinete.

Hoy es uno de sus escuderos en los debates en el Concejo, y también en redes sociales. Y es quien suele quedar como alcalde encargado cuando la mandataria sale del país.

“Yo defiendo a Claudia en redes porque la quiero. Porque además de ser mi jefe y una gran líder, la considero mi amiga”, dice.

Una persona cercana a la alcaldesa dice que el cariño entre ellos es mutuo. “Claudia adora a Luis Ernesto”. No quiere dar su nombre porque son conversaciones privadas. “Él le arma las mayorías en el Concejo y eso la tiene muy satisfecha”.

El jefe de gabinete, Felipe Jiménez, confirmó que “Luis Ernesto tiene habilidades políticas para sacar adelante, a punta de consensos, las prioridades de la Alcaldía”.

En lo corrido de la administración ha logrado, de la mano de otros secretarios, aprobar el plan de desarrollo, un cupo de endeudamiento por 10,8 billones, el más grande en la historia de la ciudad, y el plan de rescate social, que vino con la píldora amarga de que la mayoría de dinero se fue en financiar el impopular Transmilenio.

Sin embargo, ha sufrido dos derrotas: la moción de observación contra la gerente de Canal Capital, al que no le puso entusiasmo, y el hundimiento de un artículo para lograr el cobro por parqueo en vía.

En el Concejo de Bogotá existe el rumor de que el secretario logra sacar adelante los proyectos de la Alcaldía a punta de mermelada. “¿Cómo logras que partidos de oposición como el Centro Democrático y Cambio Radical te voten todo?”, se han preguntado varios concejales de la oposición de la izquierda.

El secretario cree que esa es una apreciación injusta y simplista. “Entonces cuando el concejal Carrillo (Polo) y las humanas (concejales de oposición de izquierda) votaron a favor para que Bogotá tuviera operador público de transporte, ¿lo hicieron por puestos?”.

Luis Ernesto asegura que nadie tiene cómo probar que da dádivas a cambio de votos. “Cuando hay un proyecto yo empiezo a hacer cuentas artículo por artículo a ver con quién cuento”, dice.

Esta alcaldía por ser de centro tiene la ventaja de que la oposición de la derecha y la izquierda no siempre se junta y tienen intereses distintos. “Mira por ejemplo a Lucía Bastidas (concejal verde) no me perdona nada. Me da como a violín prestado cada vez que puede. Pero yo sabía que para defender el rescate a Transmilenio iba a contar con ella”, dice el funcionario.

Así fue. Bastidas fue la abanderada para defender la plata que necesitaba para TransMilenio, pero no por su relación con el secretario, sino porque siempre ha defendido ese sistema de transporte como una necesidad para la ciudad. “Y, en cambio, sabía que para eso no contaba con concejales aliados, como Celio Nieves, Argote, Manuel Sarmiento o María Fernanda Rojas. Eso hago con todos los proyectos”, explica el funcionario.

Marisol Gómez, una concejal independiente, asegura que en efecto los rumores sobre el clientelismo son el pan de cada día en el Concejo, pero que no hay pruebas y por lo tanto no se atreve a denunciarlo.

Afirma que le manifestó su descontento a Luis Ernesto cuando accedió a incluir en el plan de rescate social 5 mil millones de pesos para la Contraloría de Bogotá y 2 mil millones más más la Personería a petición de los concejales Rubén Torrado, de La U, y Carolina Arbeláez, de Cambio Radical. Se sabe que esas dos corporaciones han sido fortines burocráticos, pues el cabildo elige a las cabezas de esas entidades y por eso generaba sospechas.

El secretario asegura que los argumentos de los concejales eran poderosos. Aseguraban que necesitaban más dinero para contratar más gente para atender las protestas y para vigilar la contratación de la Alcaldía.

“Yo logro conseguir los votos porque en los proyectos incluyo cosas que son de interés de los concejales, independientemente de su ideología. Por ejemplo, con el POT hemos logrado mayorías en la comisión del Plan porque hemos bajado algunas cargas para los constructores a petición de algunos de ellos”, cuenta.

Hay otra teoría sobre su efectividad en el Concejo. “Esos logros no son por él. Son a pesar de él”, dice el representante verde, Mauricio Toro. “Las cosas pasan por los otros secretarios, porque hay concejales a los que les interesa sacar los proyectos. Él es un disociador. Divide. Confronta sin necesidad. Es un showman que solo piensa en él”.

“Es cierto que Luis Ernesto es demasiado confrontacional y torpe”, dijo una concejal verde que trabaja de la mano de él, pero que no quiere revelar su nombre para no dañar la relación. Agrega que un ejemplo de esa torpeza es que haya decidido denunciar al concejal Rivera grabándose desde el Concejo, luego de que éste ya había aclarado el asunto.

Eso demoró el debate del POT al menos dos días. La Silla supo que la alcaldesa no estaba feliz con esa situación. Pero sin esa denuncia tampoco era automático que el proyecto saliera adelante. Se ha venido dilatando entre recusaciones, impedimentos y tutelas que llegan a cuentagotas al Concejo. 

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“Si no sigo en la política podría dedicarme a ser empresario. A mí me ha ido bien en eso”, dice el secretario en su camioneta, camino a almorzar con su esposa y sus hijos. “Me siento decepcionado de la política. Lo que pasó con Martín me dejó muy aburrido”.

Interrumpe la conversación para contestar una llamada de la alcaldesa. “Hola, querida. Hoy todo salió muy bien. Lo hiciste muy bien”. Silencio. “Sí, necesitamos como 5 mil millones para la Universidad Distrital en Ciudad Bolívar, pero déjame y miramos con Juan Mauricio (Secretario de Hacienda)”. Silencio. “Sí, si se logra votar en la comisión del Plan, confío que tenemos mayorías. Ya te mando el mapa de votos”.

La acusación del concejal Rivera, sin duda, lo golpea políticamente pues el secretario ha buscado construir una imagen de político que va en contra de las prácticas tradicionales.

Así lo planteó en su libro ’Googlecracia’. “Los ciudadanos estamos acudiendo a otros canales para hacer activismo y cada vez más nos alejamos de la política tradicional para acercarnos con entusiasmo a la defensa de causas puntuales”, decía en la introducción de ese libro.

Eso, pese a que el partido Liberal, donde militaba, se caracteriza por hacer política tradicional y estuvo en el gobierno de la mermelada.

Pero personas cercanas a él en su trabajo no creen que vaya a abandonar la política. “Es un hombre de negocios, no va a tirar a la basura 10 años de su vida”, dice una persona que lo conoce bien. “Él quiere ser presidente de Colombia”, dice otra.

Sin embargo, es cierto que le ha ido bien en sus emprendimientos. Su primera empresa inició cuando estudiaba en el colegio San Carlos, un colegio privado de clase alta. Vendía sándwiches roast beef. Al principio les fue muy mal. Pero a uno de sus mejores amigos, Camilo Salazar (guionista de ‘El robo del siglo’), se le ocurrió que podrían ofrecerles a niños de otros colegios. Les daban un día de crédito y al otro día pasaban a cobrar y a aprovisionarse de más mercancía.

Con ese modelo de negocio, después de cuatro años terminaron vendiendo mil sándwiches al día y contratando a otras personas. “Salía del colegio, íbamos a mi casa y nos poníamos a cocinar y a repartir los sándwiches. Yo al final no hacía tareas. Pasaba los exámenes porque soy muy inteligente”, recuerda riendo. Eso le daba para pagar el colegio, ayudar en su casa y ahorrar.

Cuando murió su papá, a los pocos días su mamá y su hermana lo liberaron de su promesa de cuidarlas. Les parecía que ese juramento era machista y que ellas podían valerse por sí mismas.

A punta de sándwiches Luis Ernesto pudo ahorrar de nuevo para ir a Alemania seis meses después, y su mamá se quedó con ese negocio. Ya en Europa estudió Economía en la Freie Universität y Ciencia Política en la Universidad de Humboldt.

Por esa época mantuvo una relación con Zarifa Mohamed Bjorholm, una chica danesa palestina. El padre de ella vivía en Yemen. Le propuso que le enviara carros usados alemanes para vender allá. Ahí encontró otro negocio que le permitió tener más dinero e incluso comprar su primera propiedad en Colombia. En ese país no cobraban aranceles por importar carros usados así que ahí encontró una gran oportunidad.

Más tarde, en un viaje a la India, fue a la fábrica de motos Royal Enfield y se volvió distribuidor de esa marca en Colombia. Eso le permitió ahorrar lo suficiente para hacer un posgrado en administración pública en el London School of Economics.

“En Alemania lo conocí también como una persona pausada. Estuvo muy dedicado al estudio, no solo en la universidad. Sin embargo, siempre mantuvo su carisma”, recuerda Camilo Jiménez, director de operaciones y estrategia de Radio Ambulante. Se conocieron en sexto en el colegio y luego vivieron juntos siete años en Berlín.

Camilo recuerda que cuando Luis Ernesto trabajó lavando platos y como mesero terminó volviéndose muy amigo de los dueños del restaurante. Y que luego, cuando trabajó en el parlamento alemán, lo invitó a almorzar ajiaco con el congresista que lo empleaba. Luis Ernesto llegó al parlamento después de haber mandado 18 hojas de vida para hacer la práctica. Dos parlamentarios lo entrevistaron y uno lo contrató como pasante y luego como su asesor.

Luis Ernesto pudo obtener la nacionalidad alemana, pero decidió no hacerlo porque eso implicaba renunciar a la colombiana. “Ahí me di cuenta de que quería regresar a Colombia. Y no podía ser un político colombiano si renunciaba a mi nacionalidad, era como renunciar a mi identidad”.

Cuando trabajó en el parlamento una de sus tareas era recibir a las delegaciones diplomáticas de países de América Latina. Así conoció a Rafael Pardo. Regresó al país en 2010 y empezó a trabajar en las elecciones del partido Liberal, una colectividad que abandonó cuando esta se unió a la campaña uribista de Iván Duque en 2018 por decisión de César Gaviria.

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A inicios de 2020, cuando a Luis Ernesto le entregaron las chaquetas de dotación de la Alcaldía no se sintió cómodo. “La chaqueta roja con amarillo parecía la del pato Donald”, dice. Se las puso tres días, y después, como llegó la pandemia, no se las volvió a poner.

En una visita a una de sus tiendas de ropa favoritas, Withman, un negocio de paños finos en estilo moderno de unos colombianos, preguntó si le podían hacer unas chaquetas con los logos de la Alcaldía. Le dijeron que sí. Compró cuatro: dos blancas, una roja y una azul oscura.

A Luis Ernesto le importa su imagen, mostrar lo que hace en redes sociales y que su opinión sea conocida. Eso, a veces, no sale tan bien.

Un alto funcionario dijo que a veces por estar comunicando todo terminaba haciendo anuncios de seguridad, de ambiente, de desarrollo económico, de integración social y eso incomodó al inicio a sus compañeros. “Era como si fuera un vicealcalde”, dijo uno de sus compañeros. “Pero después de que salió Hugo Acero se fue dando cuenta de que eso incomodaba”, agregó.

“Está más preocupado por hacer videos que por resolver problemas”, dijo Miguel Uribe, quien ocupó ese mismo cargo en el gobierno de Enrique Peñalosa. Uribe también critica el manejo que le dieron a las protestas. “Desmejoró la relación con la Policía, las víctimas no se sienten atendidas, tampoco está resuelto el problema de orden público en Américas”.

El secretario reconoce que después de los 10 muertos de las protestas del 9 de septiembre en 2020 recuperar la confianza no ha sido fácil, que a las víctimas no les han podido dar lo que ellas esperan: verdad, justicia y reparación. Y que el paro nacional, que se extendió por más de tres meses, “superó las capacidades de la Alcaldía”.

Dice que para él -al igual que para la alcaldesa-, es muy importante no solo hacer, sino comunicar. Por eso su equipo de comunicaciones lo acompaña a donde va y sus redes sociales registran actividad diaria. “Pero no es que quiera ser un showman. Para mi no es positivo mostrar, por ejemplo, como me pegan en la cara”.

Se refiere a un Puesto de Mando Unificado (PMU) que montó en el Portal Américas, cuando la protesta estaba en su punto máximo de efervescencia. Fue un desastre. Después de salir del covid en mayo, se le ocurrió que lo mejor sería llevar al entonces general de la Policía metropolitana de Bogotá, Óscar Gómez Heredia, y montar una mesa de diálogo. El resultado fue que ambos terminaron agredidos. “Siempre he pensado que es mejor poner la cara y no gobernar desde el escritorio”, dice.

Días más tarde, en otro intento de diálogo, un joven le preguntó por qué no estaba la alcaldesa. Él les explicó que la mandataria tenía otra agenda, pero que él estaba para escuchar sus peticiones. Cuando le tendió la mano a un joven, este le dijo “no le doy la mano porque me da asco”.

El secretario dice que no se arrepiente, que sabe que los jóvenes no le hablan a él sino a la institución, a una que los ha abandonado históricamente.

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En uno de los días de debate del POT, cuatro concejales verdes desfilaron por el recinto. Usaron los símbolos del partido para denunciar una supuesta censura. Llevaban girasoles marchitos y cintas verdes en forma de equis en sus tapabocas. La Alianza Verde les había aplicado la Ley de bancadas para obligarlos a votar sí a ese proyecto.

Por esos días Claudia López estaba en la cumbre climática COP26 y el alcalde encargado era el secretario de Gobierno. Después de la protesta, él publicó un video en el que dijo que la Ley de bancadas era un instrumento legal para dirimir las diferencias entre los partidos.

“Fue algo totalmente innecesario”, dijo una concejal verde. “Le echó leña al fuego”.

Luego el secretario se encontró en uno de los pasillos con los concejales verdes. Ahí Martín Rivera, Lucía Bastidas, Diego Cancino y Luis Carlos Leal (que venía de Activistas) se acercaron al secretario para quejarse de que el partido de la alcaldesa les aplicara esa Ley, pues no se ha usado con frecuencia en sus toldas. Algunos piensan que fue su idea, aunque él lo niega.

Llegaron las cámaras de los medios de comunicación. El secretario le dijo a Martín. “Ya vas a hacer tu show”. El concejal Martín le gritó: “Esto no es un show, secretario. Usted me ofreció puestos en la oficina de la alcaldesa. Y aquí Jaime Flórez (quien entonces trabajaba en con Luis Ernesto) también me ofreció”.

Al día siguiente Rivera aclaró en radio. “Fue a principios de 2020. La pregunta fue general. ¿Dime a quiénes conoces? ¿Quién tiene capacidades para trabajar en el gobierno? ¿Con quiénes quieres que trabajemos? Yo me molesté porque no creo que sea la forma de hacer política”.

“Que personas del mismo partido digan que les han ofrecido puestos es cuando menos decepcionante”, dijo el concejal Carlos Fernando Galán. Claudia López ha sido reconocida por luchar contra el clientelismo y al inicio de su gobierno promocionó que quienes gobernarían con ella sería por talento y no palanca.

Las críticas en ese sentido vienen desde el inicio de este gobierno. En febrero de 2020 lo criticaron porque su esposa Karol González fuera asesora en la Rap-e, (Región Administrativa y de Planificación Especial), entidad en la que el distrito tiene una participación del 76 por ciento, y que su hermana fuera nombrada directora de la Casa de Boyacá, una especie de embajada de los departamentos en Bogotá, representando a un departamento donde Carlos Amaya, del partido Verde, tiene un gran poder.

Él explicó que ambas eran mujeres capaces con trayectoria y que no tenían que verse afectadas porque él ocupara un cargo en el gobierno de Claudia López.

Ahora el concejal Rivera dice que prepara un debate control político sobre clientelismo en el que va a citar al secretario de Gobierno.

El secretario dice que está tranquilo. Defiende que es legítimo trabajar con aquellos a los que les tiene confianza y que por eso trabaja, por ejemplo, con Mema Carrillo, su secretaria privada que viene de Activistas, o Paola Chacón, su jefa de comunicaciones, a quien conoce desde que estaba en el MinInterior. “Uno trabaja con quienes conoce. ¿O entonces para qué ganar las elecciones?”.

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