“Nuestra generación será la última en morirse”

Ilustración: Fiorella Ferroni

Quizás no es un buen momento para hablar de la muerte gratuitamente. No, cuando tantas personas están muriendo en Colombia y en el mundo por cuenta del covid. Pero quizás a algunos les ofrezca algo de esperanza saber que la muerte no tiene futuro.

En este nuevo episodio del podcast El Futuro del Futuro, patrocinado por Sura, hablamos con el escritor argentino Martín Caparrós. Caparrós ha escrito más de 40 libros —entre novelas y libros periodísticos de la magnitud de “El Hambre"— y es uno de los periodistas más reconocidos por su pluma en América Latina.

En uno de sus últimos libros, “Sinfín”, Caparrós habla de un mundo de vidas eternas y reflexiona sobre lo que podría ser la muerte en 2070. Aunque es ficción, se basa en los avances tecnológicos que ya se están dando —con multimillonarias inversiones— no sólo en prolongar la vida sino en abolir para siempre la muerte.

Esta es la entrevista editada para mayor claridad.

Podcast

8. Nuestra generación será la última en morirse

L.S.V. es La Silla Vacía

M.C. es Martín Caparrós

L.S.V. La pregunta central de su libro “Sinfín” es alrededor de la muerte, y en particular, sobre la posibilidad de conseguir la inmortalidad a través de la tecnología. Obviamente es una novela, pero ya hay mucha gente invirtiendo plata y talento en crear la posibilidad de no morirse. ¿Cree que en el futuro la muerte será sólo para aquellos que no puedan comprar su inmortalidad?

M.C. Es una hipótesis posible. De hecho, es un poco la hipótesis de “Sinfín”, de la novela en la que te referías.

Hasta ahora veníamos pensando que la muerte es inevitable, que forma parte de la vida tanto como cualquier otra de sus partes. Pero cada vez hay más personas que piensan que la muerte es un error, que no tendríamos por qué hacerlo, digamos.

La quintaesencia de esto son estos muchachos de Silicon Valley que han ganado miles de millones de dólares, para los cuales la vida se ha transformado en algo maravilloso y por lo tanto, lo de morirse les parece radicalmente incómodo.

Entonces, están poniendo mucho dinero en tratar de subsanar ese error. Parten de la hipótesis de que, efectivamente, si se invierte la suficiente plata e inteligencia se podría llegar a subsanar el error.

L.S.V. ¿Cómo es exactamente que se está pensando esa tecnología?

M.C. La cantidad de conexiones que tiene una mente humana por ahora es muy, pero muy, pero muy superior a la que tiene el computador más desarrollado. Eso es parte del problema, del desafío por el momento.

Yo contaba en “Sinfín”, y es algo que efectivamente fui averiguando, que hay dos vías que de algún modo compiten, pero también que ayudan de algún modo a superar la muerte.

La más terrenal sería aquella que piensa que el cuerpo humano puede durar muchísimo más que lo que dura, y para eso están produciendo todo tipo de terapias que renueven la juventud del cuerpo. Y por otro lado, están diseñando maneras de crear órganos de reemplazo para aquellos que se van gastando. Es lo que en la novela “Sinfín”, yo llamo los cuerpistas.

Ahora, hay quienes les dicen sí, sí, pero por más que lo prolongues, en algún momento el cuerpo se va a arruinar.

Entonces, la opción de durar para siempre, si es que siempre es una palabra que todavía existe, siempre estaría más representada por los que están pensando en la posibilidad de trasladar nuestras mentes a un soporte duradero.

La idea es que nosotros somos nuestra mente, que allí estamos, que es nuestra identidad. Y que, entonces, si se pudiera poner esa mente en un soporte que siguiera funcionando, más allá de la decadencia del cuerpo, seguiríamos viviendo.

Y están trabajando, empezando a estudiar cómo se hace, para escanear (una palabra un poco abusiva que no tendría nada que ver con lo que ahora entendemos por escanear) una mente; y por lo tanto, transformarla en unos y ceros, o en algún lenguaje digital para poder transferirla a algún soporte donde podría vivir muchísimo más tiempo, o para siempre.

Por supuesto, el primer soporte que a uno se le ocurre es un robot. Un cuerpo parecido a un cuerpo humano que tendría esa mente, y que por lo tanto, además se le podría cambiar cada vez que lo quisieras.

L.S.V. Ya hay empresas que ofrecen el servicio de congelar el cerebro antes de morir. Obviamente esto no sirve para los que mueren en accidentes. Pero ya hay una cantidad de cabezas flotando en unos líquidos, esperando a que se termine de desarrollar esta tecnología, para volver a ocupar otros cuerpos. Es muy impresionante.

M.C. Sí, es un poco siniestro. Pero efectivamente hay esta idea, que es una forma de confianza extrema en el futuro; que no está mal tenerla en una época que se caracteriza por la desconfianza, por el miedo horrible que tenemos del futuro, por eso de ver el futuro no como promesa, sino como amenaza.

Esta es gente que sí piensa en el futuro como promesa. Piensa que aquello que no se puede hacer ahora, ese escaneo de la mente, que no se puede hacer ahora, quizás sí se pueda hacer dentro de 20, 40 o 100 años. Y que por lo tanto, vale la pena ver si pueden conservar sus cerebros de algún modo incólumes, para que en ese momento los escaneen y revivan.

Es curiosa la idea.

L.S.V. Los que están metidos en este movimiento pro inmortalidad creen que puede ser cuestión de una década para que esto suceda. Y como usted dice, el cuerpo se convierte en una especie de desecho nuclear.

M.C. Sí, es curioso. El cuerpo es muy biodegradable. Va a ser mucho más difícil disponer de las pilas del ordenador, que del cuerpo una vez que ya lo hayamos usado, porque efectivamente lo tiras por ahí y sirve de abono para las plantas.

Pero pensando también en eso de que esta tecnología no sirve para accidentes, es una contradicción que yo también de algún modo retomo en “Sinfín”, y es que es si tú imaginas que hay una manera de salvar tu mente, salvo que mueras de una forma imprevista, supongo que sería fuerte la tentación de suicidarse preventivamente. Quiero decir, de hacer una forma de eutanasia que haga que no te vayas a morir por una caída en la escalera al golpearte la cabeza, o que te caiga una explosión de X por vaya a saber qué motivo.

Eso plantearía una relación muy extraña con la muerte. La idea de morirse preventivamente para ver si con eso sigues viviendo. Sería un poco como el martirologio cristiano.

Estos cristianos que se iban en Roma a hacerse comer por los leones, porque estaban convencidos de que si los comía un león se iban directamente a un cielo donde vivirían para siempre. Es un poco el mismo mecanismo.

L.S.V. Con tendencias más actuales, de alguna manera, y más en esta pandemia, hemos comenzado a prescindir cada vez más del cuerpo en nuestras relaciones. ¿Cuál es la conexión de esa virtualidad y este tema de no morir?

M.C. Justamente en “Sinfín”, que para mi desgracia apareció como cinco días antes de que empezara la pandemia, uno de los datos básicos era éste: lo que hacen es armarle a cada mente una especie de realidad virtual donde puede vivir perfectamente, maravillosamente, pero claro, sin contacto con el exterior.

Pero entonces lo que le arman es esta sensación de que están con gente, de que viajan y que hacen todo lo que se les ocurre, sólo que todo eso es virtual, es digital, no tiene espesor, no tiene materia.

Y justo publico ese libro, y ocho días después, nos condenaron a todos a eso mismo: a una vida sin materia. Quiero decir, durante varios meses, depende de los países, todo el contacto con los otros pasaba por lo virtual.

Saludábamos si acaso en un Zoom o charlábamos en un Skype. Todas estas cosas que se han ido imponiendo. Más allá de la urgencia de la pandemia, cada vez más se está asentando la idea de que podemos encontrarnos sin que los cuerpos se acerquen.

L.S.V. La idea del más allá determina tantas cosas hoy en día, regula tanto la vida de millones de personas, que es difícil imaginarse cómo sería un mundo en el que no existe la muerte.

M.C. Bueno, para empezar, sería como el metro de ciudad de México a las 6 de la tarde. La muerte es el perfecto regulador demográfico. Imagínense si vivieran todas las personas que han vivido desde que existe la humanidad. No podríamos ni abrir los brazos porque estaría todo ocupado de gente.

Pero más allá de eso, efectivamente la muerte ha sido el gran instrumento, y sigue siendo el gran instrumento de control social de muchas maneras.

Por un lado, en su vertiente religiosa, nos han hecho hacer muchas cosas durante milenios, so pretexto de que si no las hacíamos nos íbamos al infierno. Y también las cosas que nos han hecho hacer, so pretexto de que si sí las hacíamos íbamos a recibir nuestra recompensa, nuestros angelitos más allá.

Pero también es, por supuesto, un instrumento de regulación y control social en cuanto a la amenaza de que si no haces lo que te digo te mato, o lo que sea.

Entonces, si se pierde todo eso, ¿qué será? ¿Será finalmente un mundo donde cada cual haga un poco más lo que quiere y lo que le parece correcto, lo que le gusta?

Probablemente no. Porque seguramente todas esas máquinas que eventualmente alguna vez nos salven o los salven de la muerte, sean controladas por quién vaya a saber quién, y por lo tanto, el acceso a ellas sea el elemento de amenaza, y por lo tanto de control social, que los poderes han usado.

L.S.V. La muerte es una de las pocas cosas que iguala a todos los humanos, a todos nos llega la muerte por igual. Pero si existiera una tecnología para evitar la muerte, se volvería la desigualdad máxima.

M.C. Claro. La idea de la muerte como igualadora es un gran clásico; para empezar, se me viene a la mente el mejor poema que se ha escrito en castellano seguramente. Que para vergüenza de todos nosotros se escribió hace unos 600 años. Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, que dice que “llegando a la muerte son iguales los que viven por sus manos y los ricos”.

Pero, claro, si el acceso a ese enorme privilegio que podría ser no morirse depende de ciertas tecnologías y de ciertas cosas que algunos tendrán y otros no, puede ser un enorme factor de desigualdad y por lo tanto de inquietud social. Quizás, quien sabe, de rebelión.

Yo escribí una novela hace muchos años, que se llama La Historia, y que casi nadie leyó, que está inspirado por un episodio que parece ser cierto, en el cual hacia el siglo XVIII antes de Cristo en Egipto hubo una especie de revuelta, de gente que reclamaba la vida después de la muerte, que hasta entonces en ese lugar era un privilegio de los faraones, de ciertos sacerdotes importantes. Entonces, hubo una rebelión popular para decir “No, todos queremos tener derecho a la vida después de la muerte”.

Imagino que si alguna vez la tecnología ocupa el lugar de la religión y consigue convencer a millones, o miles de millones de que podrían no morirse, va haber una lucha extraordinaria para acceder a ese privilegio.

Lo que sí me deprime es la idea de que mi generación, o la tuya, seremos los últimos en morirnos. Eso sería patético.

Esta entrevista hace parte de la serie El Futuro del Futuro, que apoya SURA. Estamos convencidos de que una sociedad bien informada está mejor protegida.

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