Pardo, el político intelectual

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A Rafael Pardo no le gusta figurar y además, cuando lo intenta, no le sale con facilidad. Y esa humildad, ese pudor de cachaco antiguo bien educado, que es una cualidad tan apreciada entre las personas del común, hoy se ha convertido en la mayor debilidad de su candidatura.

 

Rafael Pardo en Piedecuesta el pasado viernes 26 de marzo.
Fotos: Nélson Cárdenas.
Arriba, Rafael Pardo en Bucaramanga.
Abajo, Pardo firmando el contrato social del Partido Liberal

Este es el primero de una serie de perfiles que publicará La Silla Vacía sobre los candidatos presidenciales.


Rafael Pardo ha sido el primero de muchas cosas: el primer Ministro de Defensa civil, el primero en lograr una negociación exitosa con una guerrilla, el primero en diseñar una política de sometimiento contra el narcotráfico, el primero de la coalición uribista, junto con Gina Parody, en denunciar en el Congreso la parapolítica…Y sin embargo, muy pocos colombianos lo saben.

No lo saben porque a Pardo no le gusta figurar y además, cuando lo intenta, no le sale con facilidad. Y esa humildad, ese pudor de cachaco antiguo bien educado, que es una cualidad tan apreciada entre las personas del común, hoy se ha convertido en la mayor debilidad de su candidatura.

Lo peor que le puede pasar a un aspirante a la Presidencia es pasar desapercibido y a dos meses de definirse el sucesor de Álvaro Uribe, Rafael Pardo –una de las fuerzas más modernizantes de los últimos 20 años de Colombia- sigue siendo un desconocido para casi el 40 por ciento de los colombianos.

El viernes 26 de marzo lo seguí en una gira por Bucaramanga. El vuelo salió de Bogotá a las diez de la mañana y Pardo fue uno de los últimos en montarse al avión. Llegó sobre la hora pero hizo cola como cualquier mortal y luego viajó en un puesto atrás como un pasajero más. Su comitiva era pequeña.

En Bucaramanga nos esperaban dos carros. En el del candidato íbamos Juan Fernando Cristo, el director político de su campaña, Marylin López, su jefe de prensa, el conductor y yo. El coordinador de giras, su secretario privado y el encargado de su seguridad nos seguían detrás. Los carros contaban con sirenas, pero Pardo prohíbe que las usen. ¿Para qué?, dice. Y es verdad, ¿para qué? Otros candidatos no dudan en activarlas. También exigen que sus escoltas vayan con sus uniformes del DAS. Por la misma forma cómo se mueven por el mundo, es imposible no pensar que son importantes. 

No es así con Pardo. Para la primera parada de la gira, el candidato liberal va tarde porque el vuelo se retrasó. Es una entrevista con RCN. El candidato se baja del carro y saluda a un grupo de jóvenes liberales que lo viene siguiendo desde el aeropuerto. Lo hace de afán, y procede rápido a la entrevista. Su fórmula vicepresidencial, Aníbal Gaviria, acaba de llegar de Medellín y lo espera allí.

La entrevista transcurre rápidamente porque viene la siguiente. Es con La Cariñosa, “la emisora del pueblo”. La periodista les da la bienvenida y les advierte que “están en la web y que lo ven hasta en la China”. Pardo está relajado y se ríe cuando ella le dice que le fue bien en el debate. Aníbal le dice que Alejandro Santos le dijo que él y Petro habían sido los mejores. Pardo les dice a ambos que qué bueno, pero en realidad no parece importarle mucho ni lo que piensa la reportera ni lo que piensa Santos.

Pardo conoce las encuestas y les cree y sabe que no despega. Pero también conoce la fuerza de la maquinaria liberal y le cree y sabe que si esos dos millones de liberales que votaron para el Congreso votan por él pasará a la segunda vuelta. Y esa es su apuesta en esta campaña: convencer a los liberales que aunque no lo quieran voten por él. ¿Y por qué? Porque eso es lo que hace un buen liberal: liberal vota liberal. Y si todos los liberales votan, los liberales – o sea ellos- llegarán al poder.

“Rafael Pardo viene a decirle a Santander gracias por la votación liberal”, dice el candidato al aire. Hablan con Aníbal de las pensiones, del desempleo, de las Farc, pero sobre todo, del Partido Liberal.

La exaltación del Partido Liberal es el eje de su discurso a lo largo del día. Esa es su gran paradoja: pocos candidatos saben tanto sobre los problemas del país como Rafael Pardo y sin embargo, la mayor parte de su tiempo la concentra en avivar el trapo rojo. Él cree que el voto de opinión no uribista está concentrado en Bogotá y que dado que será duramente disputado por todos los candidatos hará poca diferencia el día de las elecciones.

Su obsesión


Pardo seguramente se sentiría más cómodo hablando de cómo terminar la guerra. Cómo superar el conflicto ha sido la gran obsesión de su vida. Ha escrito cinco libros sobre el tema, incluida la historia de todas las guerras de Colombia, prácticamente una enciclopedia. Y ha intentado ponerle fin a la violencia desde diferentes escenarios.

Lo intentó primero atacando las ‘causas objetivas’ de la guerra como creador y director del Plan Nacional de Rehabilitación bajo el gobierno de Virgilio Barco. Recibió el PNR cuando sólo era una idea en el papel y ni siquiera una terriblemente importante para el gobierno. Por eso, Fernando Cepeda, el ahora embajador en París, escogió a su alumno, un joven académico que manejaba un centro de estudios regionales en la Universidad de los Andes (Cider). Y Pardo lo convirtió en el proyecto más ambiciosos emprendido por gobierno alguno para atacar la pobreza en los sitios donde la guerrilla tenía presencia.

Lo intentó luego por medio de la negociación como consejero de paz, cuando representó al gobierno de César Gaviria en las acuerdos de paz con el M-19, logrando la primera desmovilización exitosa. Álvaro Jiménez, ex miembro de esa guerrilla, dice que Pardo jugó un papel definitivo en el éxito de la negociación. “Rafael nos inspiraba confianza como nunca antes lo había hecho nadie del Gobierno”, dice Jiménez. “Era muy serio, consistente, y tenía claro los intereses que defendía. Nunca trató de congraciarse con nosotros pero siempre cumplía su palabra”.

Y lo intentó una vez más por la fuerza como primer Ministro de Defensa civil durante el gobierno de César Gaviria. Durante su mandato, diseñó la primera política de sometimiento de Pablo Escobar y los demás narcos cuando los mafiosos habían declarado la guerra abierta contra el Estado. En ese cargo, Pardo fue muy exitoso en garantizar la transición del ministerio castrense hacia un ente manejado por civiles, pero también sufrió muchos reveses como la fuga de Pablo Escobar de la ‘catedral’, la cárcel hecha por el gobierno de Gaviria a su medida.

En ese momento, a Pardo casi lo tumban en el Congreso. Y el único senador que lo defendió abierta y visceralmente fue el entonces senador Álvaro Uribe. Un gesto que los acercó y que de alguna manera sirvió como base para la relación que forjaron después cuando Uribe se lanzó de presidente.

 

La máquina liberal

Después de las entrevistas radiales, los asesores le recomiendan a Pardo que camine un poco por la calle para darle la mano a la gente, para hacer lo que hace un candidato.  A Aníbal Gaviria la energía le brota por los poros, mira a la gente a los ojos, se conecta, grita vivas al Partido Liberal. Pardo lo hace también, pero no está del todo allí. No suelta nunca su blackberry, es adicto al aparato, y constantemente está manteniendo una conversación virtual. Incluso cuando llegamos al restaurante donde lo espera todo el directorio liberal de Santander, lo sigue consultando.

Uno de sus asistentes me explica que el objetivo de ese almuerzo es unir al partido alrededor del candidato y limar las asperezas que siempre quedan después de las campañas al Congreso donde todos compiten entre sí. Están los senadores Honorio Galvis, Jaime Durán y tres representantes a la Cámara. Santander fue el sitio donde mejor le fue al liberalismo, y lo primero que hace Pardo es agradecerles por su votación. “Ahora tenemos que hacer que esa votación que lograron ustedes sea ahora para Pardo y Gaviria”, les dice.

Durante la reunión, Juan Fernando Cristo, el coordinador político de la campaña, arma un comité departamental compuesto milimétricamente por cada una de las ‘casas políticas’ de la región. Escogen el lugar de la sede y planean la estrategia a seguir. La estrategia de Pardo es recorrer los cien municipios liberales, inundarlos de pauta política, de cuñas de radio, de visitas de parlamentarios, pintarlos de rojo. Y para eso, necesita la maquinaria del partido, que él sabe que no le pertenece y que tampoco controla, aunque tiene los poderes omnímodos que le dio el Congreso del Partido para hacer con él lo que quiera.

¿Y que quiere Pardo hacer con él? Lo que ha hecho en todos los cargos que ha ocupado: modernizarlo. Pardo cogió un partido viejo, indisciplinado, con un pasado de vínculos con el narcotráfico y los paramilitares, y alejado de los idearios liberales, y ha tratado de revolucionarlo desde adentro.

Ha metido en el partido figuras nuevas como los ex representantes peñalosistas David Luna y Simón Gaviria y ha impulsado a los cuadros más jóvenes como Juan Manuel Galán y Aníbal Gaviria a la primera línea, dándose unas pelas grandes con políticos de mayor trayectoria.

En una apuesta por fomentar la disciplina, se ha dedicado a castigar a los concejales y diputados liberales que están apoyando candidatos que no son del partido. Ya sancionó quitándole la voz y el voto por tres meses a un diputado de San Andrés y a dos concejales de Honda.

Y para recuperar lo programático, se inventó el programa de ‘Trato hecho’, mediante el cual él y sus candidatos al Congreso firmaron diez contratos en los que se comprometieron con una agenda programática en materia de desarrollo rural, desplazamiento, medio ambiente y discapacidad. Todo buscando amarrar a los candidatos liberales que queden elegidos en el Congreso a una actuación en bancada.

También rechazó a varios políticos de dudosa reputación que buscaban el aval liberal, que tenían votos y que terminaron en otros partidos. Pero como no hizo lo mismo con Arleth Casado, la baronesa electoral cordobesa, esposa de Juan Manuel López Cabrales, condenado por parapolítica, perdió la bandera de la renovación en la opinión pública.

“El liderazgo de Pardo es un liderazgo ideológico”, me dice el senador Jaime Durán, después de que el candidato se toma una aparatosa foto con todos los miembros del directorio. “No es una cosa de amor como es con Serpa, que los serpistas aman al candidato. Pero necesitabamos un liderazgo diferente, más moderno, más urbano, más estudioso, que no se haya metido a narcofinanciación ni al neoliberalismo. Sólo tiene que romper la falta de carisma”.

El carisma


Su falta de carisma es una pregunta obligada en todas las entrevistas que le hacen, y la entrevista a la que vamos después del almuerzo con los liberales no es la excepción.

Contesta lo que siempre contesta: que lo mismo le dicen en su casa. Que no tiene el carisma de Chávez ni de Moreno de Caro, pero que él piensa en grande y resuelve problemas, que eso es lo que necesita el país, un tipo serio.

El problema de Pardo no es la falta de carisma. Juan Manuel Santos tiene aún menos carisma e igual lo multiplica por seis en las encuestas. El problema de Pardo con las masas está más ligado a algo esencial en él y que sin duda sería valioso si fuera elegido Presidente, pero que lo vuelve un mal candidato. Pardo es un intelectual. Una persona que se aproxima al mundo a través de las ideas.

De alguna forma, entre el candidato liberal y cualquier cosa que sucede a su alrededor, siempre hay de por medio una idea que los separa. No hay cuerpo, no hay contacto, no hay emoción que conecte. Hay una reflexión sobre sí mismo, y hay una claridad conceptual sobre los objetivos importantes, y hay una gran capacidad de sacarlos adelantes, pero no hay calor. Y la política suele ser física, corporal, emocional. A la gente no le importa tanto lo que un candidato piense sino lo que les hace sentir. Y Pardo no les hace sentir nada, porque donde él se mueve con soltura es en el mundo de las ideas.

Fue en ese mundo de libros y música clásica donde él creció. La famila Rueda, por el lado de su mamá, era una familia de intelectuales sabaneros, dueños de la finca Santa Ana, donde queda hoy el barrio bogotano tradicional del mismo nombre. Su abuelo Tomás Rueda era uno de los asesores de Eduardo Santos, escribió las crónicas de la Sábana y fundó el Gimnasio Moderno, donde estudió Rafael. Su papá, un ingeniero civil conservador, escribió un libro sobre geografía económica, de estadísticas de Colombia. Y siempre estaba en su estudio leyendo. Tenía 48 años cuando nació Rafael y tanto él como su esposa murieron cuando Pardo tenía 22 años.

“La fortaleza de las ideas es imparable”, me dice Pardo cuando íbamos en el avión. Me cuenta que uno de los libros que a él más le impresionó fue uno de Keynes sobre biografías. Keynes describe a Georges Clemenceau, el periodista y político de izquierda francés que negoció el Tratado de Versalles, como “la única persona capaz de plantear una idea y de desarrollarla con todas sus consecuencias.” Eso es lo que Pardo quiere ser. O quizás ya es.

Su relación con Uribe


Ese compromiso con desarrollar una idea con todas sus consecuencias de alguna forma lo acercó a Álvaro Uribe. Luego de trabajar en la OEA como asesor de Gaviria, Pardo coordinó la campaña presidencial del entonces precandidato liberal Alfonso Valdivieso en el 97, quien terminó haciendo un acuerdo con Pastrana. Como la esposa de Pardo era del sanedrín de Pastrana, Pardo ayudó tangencialmente en la campaña del presidente conservador.

Después entró a trabajar como director del noticiero de la noche de RCN y de director de CM& y en en el 2001, decidió lanzarse al Senado. Tenía la disyuntiva entre apoyar a Serpa o a Uribe, pero una promesa del candidato paisa lo convenció.

La bandera de Pardo para llegar al Senado era promover una reforma política, parecida a la que él había tratado de empujar desde un comité multipartidista creado por Pastrana para revocar el Congreso mediante referendo dos años antes. Uribe le dijo que presentaría esa reforma política el primer día de su mandato si era elegido y a cambio de eso, Pardo lo apoyó incondicionalmente.

Algunas personas le dijeron a La Silla Vacía que Pardo fue quien le abrió de par en par a Uribe las puertas de los medios de comunicación en Bogotá y quién le hizo ‘su presentación en sociedad’ entre las élites bogotanas. Pardo lo niega.

Uribe cumplió y Pardo, ya elegido senador, fue ponente del primer referendo de Uribe, que se hundió en las urnas. Pardo también promovió la primera reelección de Álvaro Uribe. La ruptura vino después.

Cuando el 28 de julio de 2004, Salvatore Mancuso, Ramón Isaza y Ernesto Báez visitaron el Congreso de la República, Pardo y Parody se quedaron sentados mientras muchos de sus colegas los aplaudían de pie. Ya para entonces, era claro para Pardo que Uribe estaba cocinando una amnistía de facto para los paramilitares a través de la Ley de Justicia y Paz y que el proceso de paz con ellos no era más que la consolidación de una alianza entre los mafiosos y una parte de la clase política que Uribe apoyaba.

Evitar que esa ley se aprobara fue su caballito de batalla durante su paso por el Senado y a la postre lo logró. Pardo activó todos los mecanismos de presión posibles sobre la Casa de Nariño, desde sus contactos en el Congreso en E.U. y en Europa hasta los medios de comunicación y los grupos de víctimas, mediante unas audiencias públicas que se inventó para debatir sobre el paramilitarismo.

Su posición radical contra el proceso con los paras lo alejó definitivamente de Uribe. Luego vino el episodio de calumnia, cuando en una rueda de prensa sobre parapolíticos de la U, Juan Manuel Santos dijo que tenían información de que él estaba negociando con las Farc un acuerdo para evitar la reelección de Uribe. Uribe rectificó a regañadientes. Desde entonces, Pardo quedó matriculado en la oposición.
 

El tabaco de Piedecuesta


 

Arriba Pardo durante las negociaciones de Paz con las Farc cuando todavía existía la ilusión de que la guerrilla dejara las armas a la par con el M-19. En la foto aparece con Tirofijo y Jacobo Arenas. La negociación fracasó. Abajo, con Carlos Pizarro, el comandante del M-19, con quien sí logró firmar la paz.
 

A las cinco de la tarde llegamos a Piedecuesta, un municipio a unos 15 minutos de Bucaramanga. Pardo se reúne con el Alcalde y con los diputados del municipio. Es el único momento en toda la gira en la que Pardo realmente se conecta. El Alcalde le regaló unos tabacos hechos en la localidad, y Pardo se fuma un puro con gusto, y como no tiene más manos, guarda su blackberry, y conversa animadamente con los políticos.

Pardo no es malo para la manzanilla. De hecho, dedicó días enteros a armar de manera minuciosa las listas al Congreso, que teniendo en cuenta que llevan 12 años huérfanos de poder, les fue bien. Conservaron las curules en el Senado y Cámara y 400 mil votos más que en el 2006.

Y en el carro, de lo único que hablan con Cristo, es de pequeñas movidas con los políticos del partido. Los que se sintieron decepcionados con su aval a Arleth Casado piensan que Pardo la aceptó no tanto –como él ha dicho- porque el Partido Liberal siempre ha defendido la inocencia de López Cabrales, sino porque no se podía dar el lujo de perder los 111 mil votos que sacó Casado (ver artículo).

“Somos un partido que va a demostrar que Santander nos va a dar la victoria”, le dice Pardo a los políticos. “Vamos a llevar este tabaco a la Casa de Nariño”, agrega, y levanta aplausos emocionados de sus colegas.

“Eso es, doctor Pardo, métale huevas, porque le veo cara de tristeza, no lo veo triunfador. Métale huevas”, le repite el ex alcalde de Piedecuesta Fernando Moreno. Pardo se ríe, y me dice que tome nota de eso.

El último evento de la gira es un acto de agradecimiento a sus votantes organizado por el ex alcalde Bucaramanga y ahora senador Honorio Galvis. Pardo toma a pecho el consejo de Moreno, pero no del todo. Es un evento de unas 400 personas y Pardo es el primero en hablar. Dice que su política no será ofrecerle a los jóvenes 100 mil pesos para ser informantes sino educación de calidad. Les ofrece un bono pensional sin palancas, una nueva ley de salud que sí sirva, recuperar el pago de horas extras y la bonificación nocturna. La gente lo aplaude aunque solo lo hacen con verdadera emoción cuando presenta al hijo de Horacio Serpa, que trabaja en su campaña, y que se llama como su padre.

Su discurso 'a favor de una Colombia justa' está lejos del neoliberalismo del que acusan a su mentor y amigo César Gaviria, una de las personas que más influye sobre él. Gaviria y Pardo se conocieron en el gobierno de Barco e inmediatamente se volvieron amigos. Cuando Pardo, siendo Ministro de Defensa y con solo 40 años, se le reventó la aorta en una reunión con los militares, Gaviria tomó la decisión de fletar un avión a Houston donde le salvaron la vida. Luego lo fue a visitar cuando ya se estaba recuperando en Bogotá todas las madrugadas antes de comenzar a mandar. La gratitud de Pardo hacia él es equivalente a la admiración que le tiene y posiblemente en un gobierno suyo, las opiniones de Gaviria pesarían.

De resto, no mucha más gente influye sobre él. La gente dice que oye mucho a su esposa Claudia de Francisco, quien fue ministra de Comunicaciones de Pastrana y tiene una firma de asesoría en comunicaciones estratégicas. Y ahora, también a Juan Fernando Cristo, que es el que arma los acuerdos políticos electorales.

Los que han trabajado con él coinciden en que Pardo se rodea de gente diferente en sus equipos, es un buen negociador y delega mucho. No es un microgerente y tampoco es un gerente. Como no es comunicativo, sus equipos no funcionan como un relojito, porque no logran conocerlo del todo. Pero al mismo tiempo es certero en sus decisiones. "Ve la pepa del problema", me dijo una persona que trabajó con él en el Ministerio de Defensa. Oye a sus asesores y se concentra en lo estratégico. "Pero sabe atajar goles, sabe por dónde le vienen los problemas". Todos coinciden en que ante las crisis, responde con la misma calma. "El no grita, no ordena, no se ofusca. El persuade", dice César Caballero, el gerente de su campaña. "Rafael es la fuerza tranquila, como François Miterrand".

A las ocho de la noche volvimos al aeropuerto de Bucaramanga a tomar el avión. El vuelo está retrasado. Saldrá hasta las diez y media de la noche. Nos sentamos en el salón VIP a esperar el vuelo y a hablar. Hay unas cincuenta personas en el recinto. Nadie viene a pedirle una foto al candidato, tampoco un autógrafo. Algunos lo reconocen pero quizás no piensan que va a ser Presidente o quizás no ven en él alguien a quien sea fácil acercársele. Si Pardo lo nota, no dice nada.
 

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