Petrocracia: ¿adiós a los tecnócratas?

Petrocracia: ¿adiós a los tecnócratas?
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Alejandro Gaviria parece un estudiante más, con un cuaderno de notas abierto encima del escritorio. Tiene cara de contento, o al menos de agrado, con lo que está escuchando: una conferencia sobre la tecnocracia en América Latina de Eduardo D’argent. Es el 9 de agosto de 2011 y el abogado y politólogo peruano presenta los hallazgos de su tesis doctoral en un salón de la Universidad de Los Andes.

–¿Puedo hacer un comentario? –pregunta Gaviria, casi media hora después de que el académico haya empezado su exposición.

–Sí, por favor –le dice D’argent.

–Es que me parece interesante que en las tres teorías terminas diciendo algo muy parecido… y es que [los tecnócratas] no son agentes de los políticos, no son agentes del sector privado, ni de las instituciones internacionales. Pero hay cercanía, digamos.

–Sí…

–Entonces, cuando hay cercanía y apoyo de los tres, eso de alguna manera fortalece el argumento de que no son agentes de ninguno –concluye Gaviria.

D’argent se sonríe y agradece el comentario o, más bien, el spoiler que acaba de hacer Gaviria en su conferencia y añade:

–Esa es mi teoría: la tesis, lo que propone, es que hablamos de tecnócratas autónomos.

La tesis doctoral de D’argent terminó convertida en un libro publicado en inglés con el título Technocracy And Democracy In Latin America: The Experts Running Government, que Alejandro Gaviria presentó en Colombia, cuatro años después. El entonces ministro de Salud –y tecnócrata orgulloso– señaló la importancia de la élite técnica en el ámbito económico y en otras áreas, como la sanidad pública, y resaltó a los expertos en las regiones, no solo en el gobierno central. Con ellos se construía el país.

No podía imaginarlo en ese momento, pero siete años después, Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en Colombia, se distanciaría de esa idea. Y no solo con palabras. El futuro del país se iba a construir, pero sin los tecnócratas como él.

*Este es el primer capítulo de Petrocracia, una serie de ensayos periodísticos que buscan entender cómo está cambiando la política y el país, desde que Gustavo Petro llegó a la presidencia. 

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No sería el primero ni el último político que se propone romper un paradigma, pero Carlos Lleras Restrepo sería de los pocos en lograrlo. Lo hizo reclutando a los técnicos, pese a la resistencia de los hacendados cafeteros, los abogados y los gramáticos que mandaban hasta entonces. Como el presidente no quería más de lo mismo en el Gobierno, buscó a los mejores economistas, recién graduados de universidades en el extranjero y unas pocas en Colombia, porque la profesión era nueva. Entre ellos estaba su secretario económico y “apagaincendios”, Rodrigo Botero, quien había estudiado las últimas corrientes del desarrollo en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Ambos serían los padrinos de una élite tecnocrática liberal que empezó a trabajar en algunos ministerios y en el Departamento Nacional de Planeación (DNP), el “reino” de la incipiente tecnocracia, con el presidente de la República como “jefe directo y protector”, como escribió en sus memorias el exministro de Hacienda, Guillermo Perry.

Lleras Restrepo quería darle mucho más peso al DNP como brazo técnico del Estado para contrarrestar el clientelismo político. Por eso protegía a sus muchachos de los manzanillos del Congreso y los caciques electorales en las regiones, que tenían un mayor poder entonces. Los ministros podían acompañarlo cuando salía de giras por los departamentos, pero era mejor que el director de la entidad y los técnicos no salieran de las oficinas. Los problemas debían ir a ellos, no al revés. Además, la planeación se concebía como una actividad centralizada, de arriba hacia abajo y no de abajo hacia arriba.

Con la excepción del sucesor de Lleras, Misael Pastrana, los demás presidentes continuaron impulsando la tecnocracia y sus mecanismos de reproducción y renovación: trabajaban por unos años en el DNP, salían a hacer posgrados en el extranjero becados o financiados por el Estado, luego regresaban al país a ocupar cargos importantes en Planeación, el Ministerio de Hacienda, el Banco de la República e iban haciendo una carrera ascendente hasta llegar a ser los jefes de esas mismas entidades a las que habían entrado de practicantes.

Pese a todo el apoyo que tuvieron, tanto de presidentes liberales como conservadores, ni la colombiana ni ninguna latinoamericana llegaría a ser una tecnocracia pura como Singapur, donde los expertos reemplazaron a los políticos por completo. Los tecnócratas criollos más bien aprendieron a convivir y, a veces, a pactar o negociar con ellos, como forma de resolver esa tensión natural en cualquier gobierno entre lo técnico y lo político.

Para explorar mejor esa tensión, D’argent entrevistó tanto a los expertos como a otros personajes que debatían con ellos, como el exsenador liberal Víctor Renán Barco. El jefe político caldense le confesó que tomó unos cursos en la London School of Economics, porque habían elevado mucho el nivel de la conversación. Por eso, pero también porque en varias ocasiones demostraron que tenían buen entendimiento no solo matemático sino político de los problemas del país, les tenía respeto. Juan Carlos Echeverry, otro de los entrevistados por D’argent, se lo explicó en los siguientes términos: “El técnico colombiano debe tener un título de MYT: Manzanillo y Técnico”.

Pero esa tolerancia o convivencia con prácticas corruptas y clientelistas, quizás influyó en que los tecnócratas latinoamericanos –incluso los colombianos, tan reputados por haber evitado la espiral inflacionaria durante la crisis de la deuda en los ochenta– empezaran a perder legitimidad ante la opinión pública. También hubo otros motivos: los chilenos, conocidos como los “Chicago Boys”, fueron cuestionados por haber logrado un supuesto “milagro” económico, pero de la mano de un dictador como Augusto Pinochet; los venezolanos y los argentinos perdieron credibilidad luego de impulsar ajustes económicos y medidas de emergencia con graves consecuencias, como el estallido social del Caracazo en 1989 o el Corralito de Buenos Aires en 2001.

Los académicos que han estudiado el trasfondo de estas decisiones específicas, pero también el comportamiento más rutinario de la tecnocracia en el continente, han encontrado otro factor perjudicial: su elitismo. D’argent lo describe como su “punto ciego”, porque si bien no son títeres o agentes de otros intereses, a veces no ven la inconveniencia de moverse en los mismos círculos sociales de los empresarios. Y no solo eso: tampoco encuentran problemático pasar una y otra vez por las puertas giratorias del poder, no solo a nivel nacional, sino también internacional, en organismos multilaterales como el BID o el Banco Mundial. La tesis de D’argent plantea que los tecnócratas son autónomos, pero tienen un problema de imagen, pues no solo deben serlo sino también parecerlo: “Si los tecnócratas no se percatan de su propio elitismo y de lo desconectados que pueden estar de otros sectores y sus demandas, van a perder no solo legitimidad, sino relevancia”.

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La desconexión entre el Gobierno y las necesidades de los colombianos se hizo evidente en noviembre de 2019, cuando miles de personas salieron a las calles a marchar. El impulso inicial del Paro Nacional se frenó con un llamado al diálogo del expresidente Iván Duque, que no resolvió los reclamos. Por eso, cuando el exministro de Hacienda Alberto Carrasquilla –la encarnación del tecnócrata neoliberal– anunció una reforma tributaria en abril de 2021, la gente se volvió a rebelar. La pandemia había dejado a muchas personas en la pobreza y agudizado la crisis económica, social y política que venía de atrás. El malestar fue capitalizado por Gustavo Petro con un marcado discurso anti establecimiento durante la campaña presidencial. Señalaba a los anteriores gobiernos y a sus técnicos como los responsables de haber planteado un modelo de desarrollo económico injusto; el país había crecido, pero también la brecha de la desigualdad.

Una vez fue elegido, Petro sorprendió al nombrar a su excontendor, Alejandro Gaviria, como ministro de Educación. Parecía una concesión a los sectores liberales, teniendo en cuenta su perfil tecnocrático: ingeniero y economista, exinvestigador de Fedesarrollo y del BID, exsubdirector de Planeación Nacional, exministro de Salud del gobierno de Santos y exrector de la Universidad de Los Andes. A los sectores más izquierdistas del Pacto Histórico y a los maestros del sindicato no les gustó el nombramiento. Pese a su autoidentificación como progresista, les parecía que el talante neoliberal de Gaviria había quedado en evidencia durante la campaña presidencial, cuando cometió el error de alabar la hoja de vida y trayectoria del exministro Carrasquilla. Ante el aluvión de críticas que recibió, Gaviria dijo que se arrepentía, pero la disculpa no convenció a sus detractores en el petrismo, que insistirían en que el Presidente se había equivocado en nombrarlo como ministro.

“Nosotros anticipábamos una ruptura entre el gobierno Petro y la tecnocracia”, dice Juan David Velasco, profesor de Ciencia Política de la Universidad Javeriana, quien junto a Jenny Pearce, de la London School of Economics, ha estudiado a las élites colombianas, entre ellas, la de los expertos en el poder. Construyeron una base de datos que les permitió identificar, con nombre y apellido, a las 57 personas que han ocupado los cargos de ministro de Hacienda, director del Banco de la República y director del Departamento Nacional de Planeación; entidades que adquirieron más poder con el rediseño del Estado en la Constitución de 1991. “El argumento es que son funcionarios con poderes de veto muy grandes que han sido determinantes para el presupuesto y el manejo macroeconómico del país”, explica Velasco.

Comparada con otras constelaciones de élite que han estudiado –la política, la empresarial, la judicial–, la tecnocrática es la más pequeña, la más cerrada y la menos diversa del país: la mayoría son hombres, economistas y más de la mitad son bogotanos y graduados de la Universidad de Los Andes. Su poder como élite está en una idea que han logrado posicionar: son los que tienen el mayor conocimiento.

Esa idea, por primera vez, está perdiendo peso (en medio de un contexto global de post verdad, en la que la opinión de los expertos ya no vale lo mismo) y está siendo cuestionada por el actual Gobierno. El discurso oficial es que hay distintos “saberes”, no uno solo. Es la hora de “los nadies y las nadies”, y no de “alguien con títulos y apellidos”. La experticia en la materia no es lo primordial para nombrar a personas en cargos decisivos. Por ejemplo, Irene Vélez, una filósofa y geógrafa, sin experiencia previa en el sector, es la ministra de Minas y Energía. Hasta los proyectos de asistencia técnica para fortalecer ciertas áreas del Estado, financiados por la cooperación internacional, están en veremos.

“Hay una distancia abismal entre la élite tecnocrática y Petro”, dice Velasco. Es una distancia de clase social, de universidades y también de la manera como se entiende el cambio: “Petro es más revolucionario y quiere cambios rápidos; los tecnócratas son reformistas pausados y creen en la gradualidad. Por eso chocan”. El enfrentamiento, por ahora, ha sido de discurso. Velasco lo ha estado siguiendo a través de las palabras o expresiones que más se repiten en las columnas de opinión y cuentas de Twitter de esos exministros, exdirectores del Banco de la República y de DNP. Ha encontrado las siguientes ideas recurrentes sobre el Gobierno: “improvisación”, “desapego a lo técnico”, “inclinación autoritaria”, “salto al vacío institucional”.

Héctor Riveros, el abogado y columnista de La Silla Vacía, también ha estado siguiendo la reacción de este grupo de personas, sobre todo después de que escribió un artículo que les causó urticaria: no tendrían juego en el gobierno de Petro y era mejor que fueran “recogiendo sus cositas”. Ha observado que se están defendiendo con todo, porque la actual administración quiere cambiar sus ideas y su legado. Es una clásica disputa política, pero según él la disfrazan de técnica. “Hemos tenido gobiernos chambones en los últimos treinta años y nunca se les hizo una acusación o exigencia como la que le están haciendo a este Gobierno de que les falta rigor,” dice Riveros.

Las dudas y críticas de los sectores tecnocráticos son válidas, incluso han elevado el nivel de la discusión pública. Pero el Presidente y otros voceros no han hecho un mayor esfuerzo por despejarlas. Petro se ha defendido por Twitter, a veces de manera refractaria, en vez de debatir con argumentos serios, demostrando que sus propuestas pueden ser distintas, incluso experimentales, pero no carentes de análisis y método. Mientras tanto, la percepción del desdén que tiene el petrismo por lo técnico –ya no solo entre una minoría reaccionaria– ha ido aumentando y ha trascendido el plano discursivo: otros poderes, como el Consejo de Estado, frenaron iniciativas señalando fallas o falencias técnicas de procedimiento y en el sector de Minas hubo una grave confusión en la elaboración del informe con base en el cual el gobierno tomará la decisión de firmar o no nuevos contratos de exploración de petróleo y gas, por la manera en que la ministra Vélez y sus asesores calcularon las reservas.

El mayor conflicto y el que más ha incidido en la percepción negativa del Gobierno, sin embargo, se vivió dentro del mismo gabinete ministerial. Días antes de que Carolina Corcho, la ministra de Salud, presentara su controvertida reforma al sector, se filtró a los medios un documento en el que Alejandro Gaviria señalaba la falta de un diagnóstico serio por parte de Corcho y su equipo, antes de haber elaborado el texto. Petro se molestó y le pidió a Gaviria retractarse, pero él se negó. Luego se filtró un segundo documento con observaciones técnicas adicionales, elaboradas por Gaviria, José Antonio Ocampo, de Hacienda, Cecilia López, de Agricultura, más el director de Planeación Nacional, Jorge Iván González. Los “sabios de la tribu” o “los adultos responsables” del gabinete han sido un elemento tranquilizador para sectores de oposición, pese a que en el pasado tampoco han compartido necesariamente su visión en materia económica.

Algunos sectores del Pacto Histórico consideran, sin embargo, que no deberían estar allí porque son representantes del capitalismo neoliberal, especialmente Gaviria, a quien empezaron a ver como un “quintacolumnista”. Uno de sus más cercanos colaboradores le había advertido al ministro que a él, como subalterno suyo, lo estaban estigmatizando con la narrativa de que tecnócrata es sinónimo de “neoliberal”. Por eso lo lamentó, pero no le sorprendió, cuando Gustavo Petro anunció el lunes 27 de febrero que su jefe había sido despedido del Gobierno.

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El edificio donde hoy funciona el Departamento Nacional de Planeación, en la calle 26 con carrera 13 de Bogotá, es una torre de 34 pisos con una fachada de vidrios –como de gafas oscuras– que reflejan poco y no permiten ver lo que sucede adentro: cientos de expertos y expertas –la mayoría economistas– trabajan para que el “vivir sabroso” prometido sea algo más real y concreto que un lema de campaña.

Los técnicos de Planeación le sacan cuentas a la poesía, por eso los políticos no los aprecian. A menudo los pintan de manera caricaturesca como un grupo de gomelos nerds, psicorrígidos y con egos gigantes, que miran al resto del país por encima del hombro y desde la ventana frente al escritorio. Se conocen todas las estadísticas, pero nunca se untan de calle –menos de pueblo– y creen que se explican mejor con términos en inglés como “due dilligence”.

Pero ellos, los tecnócratas de segundo nivel, se sienten orgullosos porque además de ser expertos en su campo, son los “practitioners” del Estado. Incluso se han sentido heroicos cuando frenan proyectos inviables de los ministerios y celebran en silencio cuando atajan un “gol” o un “mico” de los congresistas, en un Plan Nacional de Desarrollo (PND). No lo hacen por diferencias ideológicas. Dicen que lo suyo es evaluar las “policies”, no hacer “politics”, y que son tan profesionales que ponen su caja de herramientas a disposición del que llegue al poder.

Así era siempre, pero con el nuevo presidente a algunos técnicos del DNP les ha costado más trabajo adaptarse. Nunca antes habían sentido un ambiente tan hostil hacia ellos. Algunos renunciaron o les pidieron la renuncia hace poco. Otros siguen trabajando como contratistas o son funcionarios de planta y no quieren quedar como los “enemigos internos” de Planeación.

Uno de ellos explica que empezó a sentir un ambiente distinto, por eso que llama “el tinte” o la ideología política, en las reuniones con los nuevos asesores de ministerios para trabajar en el nuevo Plan Nacional de Desarrollo. Solo por mencionar palabras como “buenas prácticas” y “gobierno corporativo” fue cuestionado por la asesora de una ministra. Le pidió no volver a usar términos capitalistas, porque eso no iba con este Gobierno. Otros se indignaron cuando él les mostró que habían metido los puntos claves del plan de gobierno de Petro en unas celdas de excel. ¡Cómo se atrevía! Era un irrespeto con las ideas del presidente, le dijeron. Tuvo que explicarles que a todos los mandatarios les hacen lo mismo: analizan su plan, renglón por renglón, y lo despiezan para convertirlo en indicadores medibles y metas específicas. Al final de la reunión –en la cual el tecnócrata tuvo que tragarse varios comentarios o aguantar la risa nerviosa– los asesores dijeron que no se imaginaban que entre los del DNP también hubiera “petristas”.

Hubo más diferencias luego de que empezaron los Diálogos Regionales Vinculantes (DRV), por la forma como distintos voceros del Gobierno presentaron las consultas populares ante la opinión pública. Luis Fernando Velasco, el Alto Consejero Presidencial para las Regiones, se quejó de los expertos: “No fue fácil lograr que nuestra tecnocracia creyera que pedirles a cerca de 250.000 ciudadanos sus aportes sobre lo que debe ser el Plan pudiera tener buenos resultados”. Luego escribió que los técnicos debían ser “fieles notarios de las prioridades y sueños de la gente, y no traicionar un ejercicio que nos recordó que el Gobierno tiene jefe: el pueblo”.

Para los técnicos, los que habían traicionado el espíritu de los DRV habían sido los políticos al llamarlos “vinculantes”, sabiendo que unas propuestas hiperlocales no se verían reflejadas en las líneas gruesas del plan. Eso era populismo. Y era jugar con las expectativas de las personas que asistieron con entusiasmo. “Una señora me dijo que era la primera vez que alguien como ella se podía acercar a alguien como yo, con mi pinta de rola sudada y derretida de calor”, dice una de las tecnócratas que participó en varias sesiones.

También les pareció una manipulación vender los DRV como algo histórico, la primera vez que le consultaban al “pueblo” en un PND, cuando Planeación lleva años haciendo consultas participativas y además así está reglamentado en la propia ley. La diferencia es que las otras consultas no habían sido masivas. Pero la intención de llenar estadios solo les trajo problemas. No tenían ni el tiempo, ni los recursos, ni la metodología adecuada para trabajar con multitudes. Hicieron lo que pudieron pero a varios les molestó, además, que tuvieran que coordinar refrigerios o un esquema de seguridad con camionetas blindadas para personalidades políticas, en vez de concentrarse en lo que sí saben hacer: identificar patrones, correr modelos, hacer análisis y evaluaciones.

Finalmente, hubo diferencias de criterio por la manera como se estructuró el plan alrededor de “transformaciones” y “catalizadores” –palabras que a algunos les parecían poco técnicas–, en vez de haber hecho algo más sencillo y sectorizado como los anteriores. Por hacer algo distinto o “revolucionario”, no habían tenido en cuenta unas “lecciones aprendidas” consignadas en un documento elaborado por el grupo Conpes. “Lo que pasó aquí fue una pérdida de memoria institucional”, dijo un técnico indignado, que ha trabajado en los seis PND anteriores.

“Nos enfrentamos a la lógica rígida de cómo se hacen estos procesos. Se removió todo eso y ahora hay que ver cómo se adapta la planeación y se hace seguimiento de este nuevo plan. Es un proceso dinámico”, dice sonriente el coordinador del PND, Carlos Sepúlveda, y mueve ligeramente los hombros. “Aquí se definió el qué –son los grandes objetivos que queremos lograr–, pero faltan muchos cómos dentro del plan. Y cuando los cómos no son muy claros –porque es complejo– hay que darse tiempo para decantar, y hay que ser flexibles y experimentar”.

Sepúlveda no es un ideólogo de izquierda. Fue decano de Economía de la Universidad del Rosario y coordinó el PND de Santos 2014-2018 y un ejercicio de prospectiva hecho por el gobierno de Duque hasta el 2050. Pero resalta la necesidad de estar en sintonía política con lo que llama un “contexto mundial de nuevas ciudadanías y nuevas demandas” y dice que los técnicos también deben hacerse preguntas difíciles y ver si pueden encontrar caminos diferentes. En esa búsqueda están algunos de los “nuevos tecnócratas” que han llegado a Planeación en las últimas semanas. Vienen de otras entidades o del Distrito, y quizás la gran diferencia entre ellos y los de la vieja guardia es que se asumen también como sujetos políticos.

“El técnico absoluto se excusa en su tecnicidad para no asumir cambios y no tomar ciertas decisiones. Los datos no son lo único; se necesita lectura política. Hay que meterle feeling a la vaina y combinar el escritorio con el territorio para percibir sensaciones”, dice Antonio Avendaño, el nuevo director de Desarrollo Territorial, y quién se considera parte de esa “neotecnocracia” preocupada por la tensión entre lo técnico y lo identitario, en la que cada sector o grupo presiona para solucionar problemas de exclusión históricos. “En cuatro años lo que vamos a lograr son unas bases, y el haber ampliado el espectro. Ni siquiera son cuatro años; los técnicos debemos entender que el Gobierno tiene apenas tres años para ejecutar, y el político debe entender también el largo plazo y dejar cosas para el que sigue”.

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Todos los presidentes prometen el cambio pero Gustavo Petro, por ser el primer presidente de izquierda y anti establecimiento, será juzgado con más severidad que los demás si no lo cumple. No tiene tiempo que perder. ¿Pero cómo sabe un presidente que el cambio está sucediendo o no? Con datos concretos que contrasten su voluntarismo.

Recién empezó el Gobierno, corrió el rumor de que Petro había acabado con la Consejería Presidencial para la Gestión y Cumplimiento, una oficina que hace análisis de datos y seguimiento a sus planes y proyectos. Los presidentes colombianos de los últimos veinte años la han utilizado –aunque con nombres y metodologías ligeramente distintas– siguiendo el modelo del delivery unit que inventó el exprimer ministro británico de la Tercera Vía, Tony Blair. El objetivo siempre es el mismo: que los mandatarios puedan tomar mejores decisiones, basados en la información. Y para eso necesitan a los técnicos.

“Ese halo o esa imagen de que es un idealista y no ejecuta, pues no es cierta”, dice el director del DAPRE, Mauricio Lizcano, sobre Petro. “Él también es un técnico y es consciente de que tiene que mostrar resultados”. Por eso dice que no eliminó a la oficina de seguimiento, sino que la convirtió en la Unidad de Cumplimiento. Está bajo la dirección de Lizcano, más conocido por su carrera como congresista, aunque tiene formación académica en universidades prestigiosas y así lo resalta en su cuenta de Twitter: una maestría en administración pública de la Escuela Kennedy de Harvard y un máster en la Escuela de Negocios Sloan del MIT.

Lizcano hizo lo que otros han hecho con los mejores técnicos de Planeación Nacional, desde que esa entidad se convirtió en el semillero de la tecnocracia colombiana: reclutarlos para el Ejecutivo. “Yo me angustié -¡Dios mío!-, porque pensé que me estaban llamando para alguna cifra, pero era para una entrevista de trabajo”, dice María Fernanda Gaitán, quien entró como practicante al DNP en 1994 y terminó siendo la experta que hasta hace unos meses manejaba Sinergia (Sistema Nacional de Evaluación de Gestión y Resultados), la base de datos maestra que contiene todos los indicadores y metas del Plan Nacional de Desarrollo.

El problema con Sinergia es que solo indica de manera periódica si se cumplió o no una meta, pero no monitorea el proceso. Y como el Plan Nacional de Desarrollo es una ley, no permite modificar ni añadir indicadores. Eso es positivo porque evita la manipulación de cifras, pero también es una camisa de fuerza; en cuatro años pueden ocurrir desastres naturales o una pandemia que no solo impactarán las metas trazadas, sino que no hay forma de hacerles seguimiento en el sistema. “No somos una competencia de Planeación Nacional, hacemos un trabajo complementario,” dice Gaitán, y añade que la labor de los técnicos de la unidad -son siete, a su cargo- también incluye llamar por teléfono, reunirse con directores de distintas entidades y viceministros, y hacer minería de datos de otras fuentes abiertas que hayan elaborado instituciones académicas o centros de pensamiento.

La unidad le hará seguimiento a unas 35 “megametas” prioritarias, escogidas a partir de las reuniones con los ministros en Hato Grande y el plan de gobierno de Petro, y reflejadas en el articulado del Plan Nacional de Desarrollo. Sabrán si el cambio está ocurriendo gracias a unos 167 indicadores, adicionales a los 59 que sacaron del PND, y darán las alertas para que el presidente corrija el rumbo, si no está pasando. De hecho, el lema de Gaitán y su equipo es “hacer que las cosas pasen”. Se podría decir que son los tecnócratas vergonzantes de la Presidencia, porque Lizcano se apresura en aclarar que no lo son. Los tecnócratas, según él, son “yuppies de derecha neoliberales” y agrega que los miembros de la unidad solo están haciendo un trabajo técnico, sin ideologías, al servicio del presidente.

“Esa unidad es efectiva en la medida en que el jefe le haga caso. Hasta qué punto le va a poner atención, no lo sabemos,” dice Alejandra Botero, quien fue la exconsejera presidencial de gestión y cumplimiento del gobierno Duque. El presidente Petro aprobó el presupuesto, la creación de la unidad y le dio toda la importancia ante el Consejo de Ministros, según Lizcano. Pero el presidente también ha trinado en contra de los tecnócratas y en un discurso reciente en el Instituto de Estudios Políticos de París, lamentó que las Conferencias sobre el Cambio Climático se hubieran convertido en escenarios técnicos porque “la tecnocracia termina siendo siempre conservadora”.

Un discurso, un trino, el enfado con un ministro y su salida, y las tensiones internas entre funcionarios de segundo nivel con visiones que chocan no van a definir todo el mandato. Pero pueden ser los primeros indicios de cómo será la tensión entre lo técnico y la política, durante los próximos años de Petrocracia.

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