Plagio S.O.S: los justicieros anónimos de los derechos de autor

Plagio S.O.S: los justicieros anónimos de los derechos de autor
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Ilustración del portal Plagio S.O.S.

“Mi nombre no tiene ninguna importancia. Lo que deben hablar son las pruebas. Cumplimos nuestra misión de buscar los plagios y el resto queda en manos de la sociedad”, dice el hombre al otro lado de la línea.

Me pide que lo llame Mateo, su alias. Es uno de los fundadores de Plagio S.O.S, un portal que lleva 11 años publicando posibles plagios de tesis en Iberoamérica, en especial de Colombia. El último caso, en colaboración con El Espectador, denunció un posible plagio en el trabajo de grado de la presidenta de la Cámara de Representantes, Jénnifer Arias, y generó noticias en varios medios.

Mateo dice que no fue difícil. “Nos demoramos una mañana. Alguien en Twitter lo encontró y nos compartió el link de Prezi donde estaban los fragmentos de la tesis. Luego lo descargamos y en unas horas encontramos las coincidencias con otros documentos”.

Habla como un experto. Él y cuatro de sus amigos llevan más de una década dedicando las noches después del trabajo y los fines de semana a buscar posibles plagios. Mateo da pocos detalles sobre su equipo. Dice que hay una profesora de literatura, otros ingenieros e incluso una bachiller.

“Es madre cabeza de hogar, trabaja en una fábrica. Nunca ha pisado una universidad, pero se ha vuelto experta en las tablas comparativas de excel. No se requiere un nivel de profesionalización para esto. Lo realmente difícil del plagio es tener la paciencia para encontrarlo. Como las personas que buscan oro y encuentran una veta, una chispita, y de ahí sacan un tesoro”. dice.

Plagio S.O.S. ha publicado 57 casos en su portal, algunos sobre figuras visibles como el ministro de Vivienda, Jonathan Malagón, la activista uribista Natalia Bedoya y la columnista Catalina Ruiz Navarro. A varias de estas personas aún las siguen cuestionando frecuentemente en redes. Cada uno de los casos en su sitio tiene un número, un título, y una cita literaria al comienzo, como: “El castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad”, de Aristóteles.

Mateo dice que lo que hacen es una vocación. “Esto va más allá de las normas, es ético. Si uno rastrea los grandes casos de corrupción seguramente va a encontrar que los cometieron grandes plagiadores. Para llegar a los delitos grandes hay que empezar por los pequeños. Somos gomosos de esto. Se nos apareció en la vida de forma accidental”.

Ese accidente tiene nombre propio y una historia detrás; la de Mateo buscando desenmascarar a esa persona por más de una década.

Los mineros del plagio

Empieza así: el 6 de junio de 2003 Mateo publica con su grupo de investigación un libro sobre agroecología, titulado “Pensamientos y experiencias: aportes a la agroecología colombiana”. Al lanzamiento, en el auditorio de la biblioteca departamental del Valle, asiste uno de los directivos de la Universidad Nacional Sede Palmira, Martín Prager, quien había sido profesor de Mateo y de varios de sus compañeros.

Seis meses después, Prager y otro autor publican otro libro, “Agricultura y Ambiente”, que reproduce —según confirman dos peritajes de la Universidad Nacional— dos capítulos de la publicación en la que participó Mateo.

El afectado y sus compañeros se quejan. Durante 6 años intentan demostrar el plagio en la Universidad Nacional, que decide sacar el libro de Prager de circulación, pero no sancionarlo por plagio. Mateo apela, envía cartas a seis países para quejarse, recorre las oficinas de los medios en Bogotá intentando que algún periodista publique su historia.

Nadie le hace caso. Entretanto, coincide con Prager en espacios académicos y también allí trata de que pague. En 2007 se hace miembro de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (Socla), donde Prager es tesorero. Un año después Mateo es expulsado.

El acta que oficializa su salida, firmada por el presidente Miguel Altieri, dice que Mateo “se refiere a una serie de plagios, demandas, etcétera, que nada tienen que ver con los quehaceres de la sociedad”.

Entonces Mateo se obsesiona. Él y sus compañeros deciden buscar hasta el último detalle de la vida académica de Prager. Lo acusan de haber publicado, con varios títulos, otro de sus libros sin haberlo informado a las instituciones que lo patrocinaron.

Le envían la información a los posibles autores afectados, pero uno de ellos es el propio Miguel Alteri, quien responde que está “dispuesto a testificar frente a una corte en defensa de las buenas intenciones de nuestro colega Martín Prager”. Sobre este caso, a diferencia del primero, no hay decisiones de las universidades.

A Mateo se le acaba la paciencia. Se junta con cuatro amigos y abre un blog para denunciar casos de plagio. Su primera publicación, por supuesto, es sobre Prager. Al principio del texto pone una cita del filósofo Epicteto de Frigia: “La verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad”.

Así nace Plagio S.O.S. Lo que sigue son 11 años de buscar indicios de plagio, como vetas de oro en la tierra.

Los acusados

El principal insumo de trabajo de Plagio S.O.S. son las disputas entre académicos. “Nos llegan denuncias para que las investiguemos. Muchas veces son producto de riñas entre los profesores”, dice Mateo.

Por eso primero comprueban en cada caso que haya algo más allá de lo personal. Una vez, dice Mateo, encontraron que quien denunciaba el plagio era en realidad el plagiador.

“Le escribimos al señor y le dijimos lo que habíamos encontrado. Él se asustó, dijo que nos podía explicar, pero le respondimos que solo le estábamos contando que hizo plagio. No le estábamos diciendo si es o no una buena o mala persona. Ni siquiera publicamos el caso”, dice Mateo.

Le pregunto por qué ese no y otros sí. Responde que hay muchos. “Tenemos más de 70 represados, y ese no era un plagio enorme. Cuando encontramos una copia de pocas páginas le escribimos al director de la tesis por correo para advertirle y dejamos ahí”.

Por su propia experiencia, desconfían de las universidades y no detienen los casos una vez estas dan un veredicto. Les pasó con el ministro de Vivienda, Jonathan Malagón, que en 2019 fue señalado por el medio Noticias Uno de plagiar el 83 por ciento de su tesis de doctorado en la Universidad de Tilburg, en Holanda. Los fragmentos repetidos en la tesis de Malagón se habían publicado antes en tres trabajos que él había asesorado, dos en la Universidad Nacional y uno en la Universidad Externado.

Los tres estudiantes involucrados habían sido o eran en el momento subordinados de Malagón, y dijeron que no se trataba de un plagio sino de un trabajo colaborativo.

En marzo de 2020, el comité de Tilburg que revisó el caso concluyó que Malagón “actuó con negligencia culposa” por no informar que había asesorado esos trabajos, pero agregó que no podían determinar quién escribió qué texto. “Como resultado no se puede demostrar el plagio”, dice la resolución, que ordena al ministro agregar un anexo explicando lo ocurrido e incluir los nombres de sus estudiantes en cada capítulo.

Plagio S.O.S. consideró que la decisión era muy indulgente. En abril de 2020 enviaron una carta a Tilburg, argumentando los estudiantes de Malagón, como cualquier autor, no pueden renunciar a su autoría y que la sanción de agregar un anexo no resolvía el caso, por lo que le pidió reconsiderar su decisión y declarar el plagio. La universidad no contestó.

Pero ellos han insistido. Más de un año, en su cuenta de Twitter, siguen reclamando un castigo para Malagón. “¿Cuánto ministro plagiarios tienen?”, dice un trino de hace tres días, con la foto de Iván Duque.

“No le caemos bien a los representantes de las universidades y a los rectores. Nosotros presentamos los casos con pruebas y ellos guardan silencio, y varios nos han bloqueado”, dice Mateo.

Entre los rectores que más critican está el hoy candidato presidencial Alejandro Gaviria. De los 56 casos que ha presentado Plagio S.O.S., tres involucran a la Universidad de Los Andes, de la que Gaviria fue rector entre 2019 y 2021. Desde que asumió el cargo, Plagio S.O.S. comenzó a cuestionarlo en redes para que diera trámite a esos posibles plagios.

“Los casos siguen sin resolverse. Algunos nos dicen que lo criticamos por política, ¿entonces por qué lo hacemos desde 2019, cuando no era candidato?”, dice Mateo.

Aunque, cuando Gaviria se lanzó en agosto, aumentaron la intensidad de los cuestionamientos. En octubre publicaron 60 mensajes en Twitter criticándolo. “Es lógico, para aprovechar la coyuntura y las tendencias en Twitter. Pero no se trata de la tendencia política de él. De la tendencia que sea lo denunciamos”, explica Mateo.

También han criticado al candidato presidencial Sergio Fajardo por su gestión en Hidroituango. En diciembre del año pasado intentaron revisar su tesis para ver si había cometido plagio. Mateo dice que no habían recibido denuncias y que buscaron “simplemente por curiosidad”, pero no encontraron el trabajo y desistieron.

Le pregunto si han buscado los trabajos de otros candidatos, como Gustavo Petro, y responde que no. “Tenemos represados muchos casos como para inventarnos nuevos”, dice, y agrega que les dijeron que revisaran la tesis de la alcaldesa de Bogotá Claudia López, pero que no han encontrado nada. “Y hasta que no tengamos pruebas documentales no diremos nada”.

A Mateo y a sus compañeros no les interesan las palabras habladas, solo las escritas: “Todo lo que un autor tiene por decir debe estar en el documento. Lo más importante son las citas, las normas, que son como un lazarillo que lo guía a uno para que haga las cosa como deben de ser”.

El derecho a dejar huellas

Primero existió el plagio que los derechos de autor. Las leyes que comenzaron a proteger esa forma de propiedad intelectual surgieron como una respuesta a la imprenta, un invento que permitía hacer cientos de copias de un documento. Hasta entonces, por la dificultad de copia, tener un manuscrito de una obra de alguna forma bastaba como una prueba de su autoría.

Carlos Sandoval, profesor experto en propiedad intelectual y en evaluación de proyectos de tesis de la Universidad Nacional, dice que que, contrario a lo que podría pensarse, las normas de derechos de autor incentivan el uso de ideas ajenas.

“El sistema te permite traer a un autor a quien no conoces, a quien no le has pedido permiso y que puede no estar vivo, para dialogar con él en el texto. Lo importante es que haya pistas, para dejar las pistas al lector de que eso es un aporte”.

Es como marcar las huellas que ha dejado una idea para llegar hasta ese punto. El plagio, por lo tanto, es borrar esas huellas, borrar el camino.

Pero esto no implica que cualquier coincidencia entre dos párrafos sea un plagio. “Nos repetimos más de lo que creemos sin darnos cuenta. Hay temas, en especial científicos, en los que es imposible inventar nuevas formas para decir las cosas. Lo clave para decidir si hay un plagio es que haya una apropiación sistemática y repetitiva, y en partes centrales de las tesis como las conclusiones”, dice Sandoval.

La decisión final, agrega, está en manos de los comités de las universidades, pero dice que la existencia de portales como Plagio S.O.S. es importante. “Es un fenómeno asociado a nuestros tiempos, a la existencia de las redes sociales, y es valioso en la medida que pone alertas. En ningún caso para declarar culpable o inocente a alguien. Ahí es donde tiene que ponerse el límite”.

Plagio S.O.S. es, bajo esta mirada, una respuesta a otro avance tecnológico. Así como las leyes de derechos de autor llegaron para tapar los baches que creó la imprenta, los sitios de verificación son la respuesta a la masificación de la información y a la posibilidad de copiarla que trae Internet.

“Mientras un documento exista, alguien lo puede copiar”, dice Mateo. Esa es una ventaja y una desventaja. Les ha servido en algunas ocasiones, en las que no tienen acceso a documentos físicos en los que quieren comprobar plagios, pero que algún anónimo les hace llegar una copia.

La garantía que les permite seguir los rastros del plagio es, curiosamente, la posibilidad misma de la reproducción. Y también las fallas del sistema. “Yo creo que existimos gracias a que nadie nos prestó atención. Si una sola persona se hubiera interesado en nuestro caso, si los comités de la universidad hubieran funcionado, si un solo medio nos hubiera publicado, seguramente no habría Plagio S.O.S.”, dice Mateo.

Le pregunto entonces hasta cuándo seguirán existiendo. Él responde sin dudarlo: “Hasta que estemos vivos. Mientras haya vida hay lucha”.

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