Sancocho intelectual

Sancocho intelectual
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“Petro tiene una sólida fundamentación marxista pero también ha leído mucho a los postestructuralistas franceses y a pensadores como Naomi Klein y está en conversaciones con Thomas Piketty” fue como el senador Iván Cepeda le explicó, con algo de candidez, a un periodista del Financial Times la idoneidad del candidato frente a los lectores del periódico, que son en su gran mayoría inversionistas internacionales.

Digo que con candidez porque, si esta era la intención –demostrar que Petro estaba preparado para dirigir los destinos de la economía colombiana en el entorno más desafiante del último cuarto de siglo– creo que logró exactamente lo contrario.

Ahora sí que todos van a salir corriendo.

Esto puede que no les importe a los promotores de la campaña petrista. A los que tienen una “sólida fundamentación marxista” los tiene usualmente sin cuidado lo que piensen los capitalistas, que son por definición sus enemigos de clase. Lo de ellos es la restitución de los medios de producción a manos del Estado, o sea las expropiaciones, que en la neolengua de la Colombia Humana se conocen como “democratizaciones”, palabra mencionada docenas de veces en la plataforma del candidato.

Han propuesto “democratizar” la tierra, que no es otra cosa que quitarle la tierra a alguien; “democratizar” el crédito, que consiste en nacionalizar la banca; “democratizar” las pensiones, que significa extraer el ahorro pensional de las cuentas individuales para dárselo al Estado; “democratizar” la vivienda, que es determinar cómo, dónde y de qué forma deben vivir las personas; “democratizar” la salud que quiere decir estatizar el sistema de aseguramiento y prestación. Y así. La propuesta de “democratizar” los medios de producción y el plusvalor es lo que siempre han planteado los que tienen una “sólida fundamentación marxista”, como la tenían Lenin, Stalin, Mao, Castro, Enver Hoxha, Kim Il-sung, Pol Pot y Mengistu. Petro –ya nos lo ha confirmado el doctor Cepeda– no será en absoluto la excepción.

Sabemos, además, que Petro lee a los posestructuralistas franceses y suponemos que no los entiende por la sencilla razón de que nadie entiende a los posestructuralistas franceses, ni siquiera ellos mismos.

Esto quedó ilustrado en el escándalo Sokal, que no es del caso detallar aquí, pero basta con recordar que se trató de una broma donde se envió a una reconocida revista académica un texto con el fin de comprobar que la publicación aceptaría, en palabras de su autor, “un artículo plagado de sinsentidos, siempre y cuando: a) suene bien; y b) apoye los prejuicios ideológicos de los editores”. El artículo, titulado “La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”, sostenía de manera patentemente absurda que la gravedad era un constructo social y lingüístico, es decir que la gravedad era un invento de la sociedad occidental. El artículo fue publicado con efusividad por parte de los editores, quienes solo cayeron en cuenta que fueron timados cuando Sokal confesó que todo era un ejercicio para demostrar el carácter pseudo científico de la disciplina.

El problema de esta ininteligible basura intelectual que Petro –según Cepeda– parece consumir a camionadas es que sirve para darle un barniz de legitimidad a actos grotescos, como el famoso “perdón social”, que no es otra cosa que el intercambio de votos controlados por las mafias parapolíticas por absoluciones anticipadas. Todo, obviamente, en el mejor espíritu de las enseñanzas de Derrida.

En cuanto a Naomi Klein uno puede decir que es una “pensadora” en el mismo sentido en que Mafe Carrascal o @MeDicenWally son unos pensadores. Ellos son, en realidad, activistas pop. Los manifiestos antiglobalización de la señora Klein son éxitos globales porque son, en buena medida, fabulosas piezas de mercadeo, dirigidos al target de los jóvenes universitarios burgueses, con plata, tiempo libre y ganas-de-cambiar-el-mundo-siempre-y-cuando-la-actividad-no-interrumpa-la-rumba-del-fin-de-semana, con títulos provocadores, portadas llamativas y toda la maquinaria promocional de McMillan, uno de los monopolios editoriales más grandes del planeta.

Supongo que decir que Petro es “línea Klein”, en contraposición a lo que ocurría hace algunos años cuando los camaradas del senador Cepeda eran “línea Albania” o “línea Moscú”, es un avance. La señora Klein puede que sea un soporífero, pero no se le pasaría nunca por la cabeza mandar a alguien a un gulag. De todas formas, atribuirle a la señora Klein y a sus best sellers de aeropuerto fuerza de autoridad no deja de ser un oso. Nadie que tenga una responsabilidad gubernamental de primer orden puede tomarse en serio las peroratas ideologizadas que contienen esas publicaciones.

Piketty, en cambio, es otra historia. A diferencia de sus paisanos postestructuralistas, este intelectual francés es articulado, original y agudo en los análisis. Desde una simple reflexión –que el capital tiene una tasa de retorno superior a la del crecimiento de la economía– explica uno de los problemas centrales del capitalismo contemporáneo: la persistencia de la desigualdad y su impacto sobre la democracia. Cepeda nos cuenta que Piketty y Petro “están en conversaciones”, que serán, se imagina uno, no para que este último reciba una clase de macroeconomía sino para que el primero le presente sus recomendaciones de política pública.

Y ahí es donde las cosas se ponen complicadas. Piketty, según una reseña que el New York Times hace de su última publicación propone sustituir los gravámenes a los ingresos por una redistribución forzada de la propiedad. O sea, “democratizar”, en el sentido petrista de la palabra, vía tasas de impuestos confiscatorias, las cuales en su opinión “han sido un éxito histórico inmenso”. La cosa, sin embargo, no para allí. También propone quitarle el control de las corporaciones a sus gerentes y accionistas para dárselo a los empleados, borrar las deudas financieras e implementar la “herencia para todos”, que consiste en una transferencia directa de los bienes de los más ricos al resto de la población.

Razón tenía Margaret Thatcher cuando decía que el socialismo fracasaba cuando se acababa la plata de los demás.

Gracias a la entrevista del senador Cepeda ya por lo menos tenemos claro el sancocho intelectual que hierve en la cabeza de Gustavo Petro. Lo realmente preocupante es que, de ser elegido, intente convertir a Colombia en un laboratorio de estas ideas a medio cocinar y, como el aprendiz de brujo que es, acabemos destruyendo en el camino los avances que con mucho esfuerzo hemos construido como país durante los últimos treinta años. 

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