Un día de campaña con Gustavo Petro: el solitario hombre de masas

Un día de campaña con Gustavo Petro: el solitario hombre de masas
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Gustavo Petro respira pesadamente, con el ruido de algo que funciona con esfuerzo. Mira por la ventana de un avión privado, a punto de aterrizar en Villavicencio, capital de los llanos. Señala la montaña que se ve por el cristal y la nombra: “Esa es la cordillera Oriental”.

El día anterior, en ese mismo avión, Petro bordeó la cordillera Occidental. Estuvo en un acto de campaña en Ciénaga de Oro, el municipio en el que nació, en Córdoba. En cada sitio al que va suele usar una prenda característica de esa región. Ruana en Boyacá, sombrero vueltiao en el Atlántico, carriel en Antioquia. Ahora lleva en la mano un sombrero llanero marrón. En la marquilla interna se lee: “Made in USA”.

En el avión que Petro usa para la campaña hay ocho puestos. Voy sentado en uno de ellos, diagonal al candidato. A su lado van Augusto Rodríguez, su asesor más antiguo, y Armando Benedetti, quien coordina su agenda desde hace varios meses.

En el camino hablan de estrategia: “La manifestación de ayer en Córdoba los debió asustar. Estábamos frente a la finca de Uribe. Yo creo que ahí sintieron que se volteó la torta”, dice Petro. Benedetti asiente: “El gobernador de Córdoba debe estar arrepentido. Se nos volteó y a la semana salió la encuesta en la que ganamos”.

En cuanto aterrizamos en Villavicencio una decena de políticos rodean al candidato. Uno de ellos le entrega un plato de lechona llanera en la pista. Es Edward Libreros, un político llanero que fue parte de la lista al Senado del Pacto Histórico, la coalición de Petro, y que ahora coordina su campaña en la Orinoquía. 

“¿Qué más, Edward? ¿Cómo vamos en el llano?”, dice Petro en el carro, rumbo a Granada, a dos horas de Villavicencio. Mientras habla destapa la caja de icopor con la lechona. 

Libreros le hace una descripción de la campaña en la zona, justo en el momento en el que el carro pasa por una valla en la que se ven Petro y Francia Márquez, su fórmula vicepresidencial. “Tenemos ocho de estas en Villavicencio”, dice Libreros con orgullo. Petro mira su propio rostro amplificado en la pancarta. Después de un silencio breve, responde serio: “Me pusieron chaqueta de lana en el calor del llano”.

Libreros balbucea. Da explicaciones confusas y al final sugiere que pueden cambiar la foto. Petro sigue atento en el camino. Más adelante ve una de Federico Gutiérrez, su principal rival, y dice: “Esta está más interesante”.

Durante estos meses, toda la vida de Petro ha estado puesta en función de tres fechas: el 29 de mayo, día de la primera vuelta; el 19 de junio, si llega a haber segunda vuelta; y el 7 de agosto, el día de la posesión presidencial. Petro dice que no piensa mucho en lo que viene. Pero a veces la confianza lo traiciona: “Esta región nos la ganamos”, afirma en un momento, cuando un grupo de seguidores saludan la caravana, y él les regresa un saludo que no llega a verse a través del vidrio polarizado de la camioneta.

Una parte de él vive en el futuro. “La política es como volver a la incertidumbre de la juventud”, dice en el carro, mientras sigue buscando su rostro en las vallas del camino. Petro tiene 62 años, y siente que su vida está a punto de empezar.

Hablar de los muertos

Hace cincuenta años, cuando su vida realmente empezaba, Petro recuerda que estuvo allí mismo, en el río Ariari en el Meta. “Nos trajo desde Zipaquirá Pío Quinto Jaimes, un profesor de la universidad que fue el que luego me metió al M19. Yo no era nada… Era estudiante”, dice.

La caravana avanza por la carretera y cada tanto Edward le muestra un video o una foto de la multitud que lo espera en la plaza de Granada. En la tarima hay un arpa y una decena de bailarines de música llanera que hacen tiempo mientras llega el candidato.

“Que ni se les ocurra ponerme a bailar”, dice Petro al ver la imagen. Permanece callado la mayoría del tiempo, a menos que alguien le dirija la palabra. Cuando responde, sus labios se mueven solo lo necesario, como ocultando las señales de las palabras que pronuncia.

A veces, sin embargo, empieza a hablar como para sí mismo: “Esa vez que vinimos murió un muchacho ahogado. Cuando salimos para irnos vimos que faltaba. Fue un desastre. Yo me sumergí en el río a buscarlo. Pero el cuerpo apareció mucho después río abajo”.

“¿Y cómo fue que te metiste al M19?”, pregunta Benedetti, desde el puesto de adelante del carro. Petro se extiende. Estuvo en esa guerrilla desde los 17 años hasta los 29, cuando se desmovilizó en 1990 con todo el grupo. En esos doce años protagonizó tomas armadas, vivió detenciones, torturas y campos de batalla.

Ese fue el mundo en el que se volvió adulto. Y en parte aún lo acompaña: “Yo entré a un sistema que se llamaba la compartimentación. Y básicamente consistía en que uno no podía conocer a nadie más del ‘Eme’ que al comando en el que uno militaba. Era para aguantar la tortura, para no delatar a los compañeros”.

En ese momento Edward nos dice que estamos pasando sobre el río Humadea y Petro vuelve a hablar de su compañero ahogado. “Creo que fue aquí que murió”.

Petro suele hablar de las personas que ha visto morir. La última también fue un ahogado, el año pasado en Italia, cuando estuvo hospitalizado por covid-19. A Petro lo trasladaron a una sala de hospital con otras cinco personas. Cuenta que tenía una mascarilla de oxígeno, pero los otros tenían escafandras llenas de aire que él nunca había visto, como buzos fuera del agua acostados en camas de hospital.

Recuerda bien cuando uno de ellos empezó a gritar. Era un grito mudo, contenido por la bolsa de aire que le cubría el cuerpo. Desde su cama en el hospital, adormilado por los medicamentos, Petro vio cómo la gráfica que marcaba las pulsaciones del hombre se convirtió en una línea constante, sin latidos. Y vio también a las enfermeras que llegaban y se llevaban el cuerpo.

En ninguno de esos momentos —ni hace cincuenta años cuando se sumergió para buscar a su compañero ahogado, ni hace cuarenta cuando era guerrillero, ni hace uno, cuando se esforzaba por respirar en un hospital de Italia— Petro ha sentido que él mismo vaya a morir.

“Tenía mucha confianza en que me iba a recuperar rápido. Aunque tenía neumonía en los dos pulmones. Pero después de unos días me quitaron el oxígeno y el médico escribió en el tablero: recuperación atípica”, dice. Sus palabras se acompasan con los silbidos pesados de su respiración, aún afectada por las secuelas de la enfermedad.

Petro habla de los muertos como quien recuerda que ha sobrevivido. Y también con la carga de aquel que sobrevive. Cuando estamos a punto de llegar a Granada, recuerda su desmovilización del M19: “No quería volver a mi casa. Me daba mucha vaina volver donde mi familia. Sentía que era como si hubiera perdido el tiempo”.

Cuatro décadas después, rumbo a una plaza donde miles de personas lo esperan en medio de su tercera campaña presidencial, Petro sigue tratando de darle sentido al paso del tiempo.

Nombrar el futuro

“Ya está en las escaleras nuestro presidente —dice el presentador en la tarima—. Vamos a hacer un ruido que se escuche en toda Colombia”.

La multitud en la plaza de Granada, el segundo municipio más importante del Meta, es un tapiz de miles de rostros y banderas de colores que se extienden hasta los árboles al fondo de la explanada. Algunas personas llevan máscaras con el rostro de Petro sobre sus caras. Cuando él sube a la tarima, lo que encuentra es su propio rostro en las caras de la multitud, y en las vallas y publicidades por todo el lugar.

Antes de subir, cambió el sombrero marrón “Made in USA” por uno verde, hecho en Colombia, que tiene grabado en un costado: “Petro Presidente 2022-2026”. El sombrero marrón se lo entregó a Augusto Rodríguez, su asesor, que ahora lo tiene puesto en la tarima. Está un par de pasos atrás del candidato, con el libro de Petro acuñado bajo su brazo.

Petro toma el micrófono, pero la multitud solo le permite pronunciar las primeras dos palabras: “Hola, gracias”. Luego estallan cientos de gritos que juntos componen un ruido que se sobrepone por un momento a su voz amplificada.

Cada vez que aparece públicamente Petro deja tras de sí una estela de voces que lo alaban, lo insultan o simplemente lo nombran. Un ruido de fondo que él nunca llega a oír del todo. Desde que se volvió un político de masas Petro existe más allá de su propia voz, en las voces de los otros. Y más allá de su propio rostro, en las camisetas con su cara y las máscaras y las vallas que ahora ve desde la tarima.

“Pueblo del Ariari, pueblo de Granada, pueblo del Meta, pueblo llanero… Los quiero mucho”, son las primeras palabras que pronuncia el candidato cuando merman los vitoreos en la plaza. Durante cerca de una hora habla con la convicción de quien ve el futuro: “El 29 de mayo los invito a cambiar la historia de Colombia. A cambiar la historia de los llanos, a recuperar aquella bandera lancera de hace dos siglos. ¡El llano puede ser una gran despensa agrícola, no solo de Colombia, sino del mundo!”.

Su voz no se parece en nada a la de hombre tímido que hace unos minutos hablaba en susurros en el carro camino a Granada. Petro tiene poco para decirle a una sola persona cuando la tiene al frente, pero ante una multitud sus palabras se desbordan. Benedetti, que maneja su agenda, suele incluir en el itinerario el tiempo extra que Petro se extenderá en una plaza pública, en una reunión con aliados, o en una entrevista transmitida para miles de personas.

Mientras Petro habla, Augusto Rodríguez sigue sus gestos. Mira con desconfianza un dron que se mueve por el escenario. “Hace dos días, en Sogamoso, nos metieron un dron que no era de la campaña en la tarima. Eso es un peligro. Un dron con 100 gramos de explosivos puede matar a Petro”, dice.

Cada asesor de Petro cumple su papel: el de Augusto es estar a la espalda del candidato previendo o imaginando una conspiración, y el de Benedetti es ser el guardián del tiempo.

A veces no es fácil. “Normalmente me demoro en sacarlo diez minutos de la tarima. Pero en estos días en Duitama seguía hablando 20 minutos después de que le dije que debíamos ir a otro sitio. Estaba como un niño, mostrando que el tiempo es de él. Y el tiempo no es de él ni mío, es de la agenda”, cuenta Benedetti.

Esta vez Petro se ajusta a las normas. Cuando lleva 50 minutos en el escenario, Benedetti se acerca discretamente para anunciarle que se quedaron sin tiempo, y Petro comienza a repasar las consignas con las que suele cerrar sus discursos: “¡Que viva el Ariari Humano. Que viva Granada Humana. Que viva Meta Humano!”.

Pero entonces hace una variación. Usualmente, la línea final de su discurso es una presentación y una propuesta: “Me llamo Gustavo Petro y quiero ser su presidente”. Esta vez, cambia la propuesta por una predicción: “¡Me llamo Gustavo Petro y voy a ser su presidente!”.

Los vítores se siguen escuchando en el carro, cuando Petro abre la puerta de atrás y se sienta en su lugar habitual. Está sudando. Mantiene puesto el sombrero que tiene grabado: “Petro Presidente 2022-2026”. El periodo de su posible gobierno. El futuro que acaba de prometer. Y sin embargo, cuando el silbido pesado de su respiración merma y la caravana se aleja de la plaza, lo primero que hace Petro es dudar: “¿Salió bien? ¿Se dijo lo que había que decir?”

La mesa de los políticos

En un hostal cerca de Granada, Meta, hay una mesa larga, bajo una kiosko de caña con más de 10 sillas dispuestas a cada lado, y una decena de políticos.

Esperan dos horas para un almuerzo de 15 minutos con Petro. El candidato está allí mismo, pero en una habitación dando una entrevista al portal Los Danieles. Mientras, los políticos hablan de futuras alianzas y tratan de adivinar en qué puesto de la mesa se va a sentar Petro para quedar más cerca.

Están el exgobernador del Meta, Alan Jara; el presidente de la Asamblea Departamental, José Manuel Sandoval; el expresidente de la Unión Sindical Obrera, Edwin Palma, entre otros.

Al lado de Alan Jara está William Aljure, un líder de Guaviare, nieto del jefe de las guerrillas liberales del Llano, y uno de los 16 congresistas electos para las curules de paz. Aljure es el que más eleva la voz entre los presentes: “Ya tenemos con Petro a 11 de las 16 curules de víctimas. Y podemos tenerlas todas, pero es que acordamos que no vamos a mostrarnos todavía”, le dice a los que tiene al lado.

Algunos asienten, otros lo ignoran. Benedetti apenas levanta la vista cada tanto para comprobar si Petro ya viene. Se aburre. Toma su celular y empieza a jugar Candy Crush. Está en el nivel 2.417. En estos meses, mientras coordina la agenda de Petro, parte de su trabajo ha consistido en esperarlo.

Sobre la mesa hay una tablet que reproduce la entrevista que Petro está dando en este momento. Habla de actualidad. Hace dos semanas la campaña de Petro tuvo su mayor crisis hasta el momento. Su hermano, Juan Fernando, visitó en la cárcel La Picota a Iván Moreno, condenado junto al exalcalde de Bogotá Samuel Moreno por el carrusel de la contratación en Bogotá, que Gustavo Petro ayudó a denunciar en 2011.

Lo primero que dijo Petro fue que su hermano estuvo en la cárcel para hablar de “perdón social” con Iván Moreno. El costo de esa respuesta, que sus críticos usaron para hablar de un “pacto de La Picota” con criminales, llevó a Petro a una sucesión de explicaciones que aún sigue dando. “Me dediqué a explicar el perdón social, que es un concepto del que he hablado desde 2007 y que no tiene nada que ver con impunidad. Y lo expliqué mal. O no mal, lo expliqué en un momento en el que no tenía que explicar eso”, dice ahora en la entrevista con Los Danieles.

Hace unas horas, en el avión, Petro también habló de los hermanos Moreno. Pero con otra voz, la que no usa en las entrevistas. Con ese susurro tímido con el que suele hablar como para sí mismo, recordó la vez que vio a Samuel Moreno en la cárcel: “Tenía la imagen de él de sus fotos como alcalde de Bogotá y me sorprendió verlo tan cambiado físicamente. Tan delgado”.

Petro siente que hay algo que lo ata con sus denunciados, pero no sabe nombrar ese vínculo. “Siento algo de culpa. O no sé si culpa. Finalmente yo fui el que los hizo encarcelar. Se lo merecían. Pero siento que tiene que ver conmigo lo que pase con ellos. Después de que están en la cárcel son seres humanos”.

En alguna medida, Petro quiere ser un redentor. Con esa misma idea fue que invitó a su lista al Congreso a Piedad Córdoba, recién elegida senadora, y que ahora se volvió un problema para su campaña por varios frentes. Primero, la Corte Suprema comenzó a indagarla por posibles vínculos con Álex Saab, el testaferro del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Luego fue señalada por la revista Cambio de visitar a políticos en las cárceles para ofrecerles beneficios. Y finalmente la Fiscalía comenzó a indagarla por captación ilegal de dineros.

“Yo la invité a la lista al Congreso de buena gente. Me la imaginaba arrinconada, agredida por Alejandro Ordóñez con una destitución, igual que yo; traicionada por las Farc, después de que puso todo en ese proceso de paz y ellos la mandaron a un rincón. Y dije: pues la recuperamos. Pero no sabía que venía con todo ese paquete de vainas”, dijo Petro en el carro, de camino al hostal.

Córdoba ha dicho que solo ha ido a la cárcel a visitar a su hermano, capturado este año y acusado de narcotráfico. Pero según una fuente de la campaña de Petro, que pidió no ser citada, Córdoba habría tratado de acercar a la campaña de Petro a financiadores cuestionados de México. El rumor creció al punto que, días antes de su visita al llano, Petro le pidió a Córdoba que se aleje de la campaña.

Después de dos horas de entrevista con Los Danieles, Petro sale de la habitación del hostal. En el camino al comedor lo interceptan dos bailarines que los políticos contrataron para recibirlo. Se llaman Andrés Osorio y Tania Bravo. Ella es la reina de belleza de Granada, y él es un coreógrafo reconocido en el municipio. La última vez que Andrés bailó ante alguien famoso fue en la visita del Papa Francisco en 2017.

Esta vez Petro no se salva de bailar. Un bafle reproduce las arpas llaneras mientras Andrés y Tania se le acercan zapateando. Andrés se quita el sombrero negro y se lo entrega a Petro junto con la mano de Tania. Petro toma a la pareja y chancletea con algo de torpeza durante un par de compases.

Luego le da un beso en la mejilla a Tania, va hasta la mesa con los políticos. Le quita a Augusto Rodríguez el sombrero marrón “Made in USA” que le dio antes en la tarima y le pone el negro que le entregó Andrés. Como la vez anterior, Augusto recibe el nuevo sombrero agradecido.

Después, Petro se sienta en la cabecera de la mesa. Los meseros comienzan a servir la carne de ternera para el almuerzo. Algunos políticos atentos alcanzan a ocupar las sillas más próximas, pero William Aljure, el congresista de las curules de víctimas, no tiene suerte. Queda a unos seis metros de Petro y desde allí intenta llamar su atención sin éxito.

Le grita varias veces: “Presidente. Presidente, ¡Presidente!”. Petro no escucha. Está distraído hablando con una líder del Guaviare que se reservó la silla junto a él. Entonces Aljure cambia de estrategia: “¡Gustavo!”, grita, y por fin Petro voltea la mirada. Aljure reacciona sin un plan de contingencia. Habla nervioso, como justificándose: “Tocó así, ya que todavía no entiende por Presidente”.

Hay un silencio incómodo. Petro lo rompe cuando finalmente dice: “Ah, Aljure”. El congresista reacciona entusiasta: “Ah, ¡se acordó de mi nombre!”. No aguanta más y abandona su silla lejos de Petro para pararse al lado del candidato. Le repite las cuentas de los apoyos de las curules de víctimas: “Ya somos 11 con usted. Pero estamos esperando una reunioncita para que lo vean. Usted sabe, la cara del santo hace el milagro”.

Petro responde con un gesto que vendría a traducir “luego miramos”. A los 15 minutos se levanta de la mesa y se dirige al carro. Tiene otro evento en Villavicencio: un “Petro Escucha”, el nombre que le dio a las jornadas en las que se sienta en algún sitio público para oír las propuestas de la gente, una práctica que hasta ahora se habían limitado a hacer presidentes en ejercicio como Álvaro Uribe y el actual, Iván Duque.

Benedetti ya está listo en el carro. Mientras lo espera, habla de la entrevista con Los Danieles. “Otra vez Petro estaba con el cuento del perdón social. Ya no más con esa vaina. Insistiendo en eso Petro solo demuestra que tiene la razón. Y tener la razón lo hace sabio. Pero un sabio nunca gana la presidencia”.

Unos minutos después Petro sube finalmente a la camioneta y deja atrás a los políticos que lo despiden con la mano. Salimos rumbo a Villavicencio. “¿Qué tal la entrevista?”, pregunta él. Benedetti responde conciso y sin dudarlo: “Muy buena”.

Vivir en los mapas

Por la ventana de la camioneta de Petro la imagen suele ser la misma: una planicie verde hasta donde llega la vista. Edward Libreros, el anfitrión de Petro en la jornada, le va informando por el camino de regreso a Villavicencio quién es el dueño de cada lote: “Esa finca que está ahí es una de las tantas hectáreas de Víctor Carranza”, dice.

Petro voltea hacia donde señala Edward y se queda mirando la tierra de los herederos de Carranza, el esmeraldero acusado de crear grupos paramilitares: “Apenas tiene dos caballos. Eso es lo que yo llamo poseer la tierra por poseerla”.

En el radio del carro, ‘Tito’, el conductor de Petro, pone vallenato romántico. Por varios lapsos el sonido de los acordeones y las voces heridas de los cantantes es lo único que suena en la camioneta.

En un punto, sin quitarse el sombrero, Petro se queda dormido. Su cabeza se hunde en su pecho y él empieza a ceder y a balancearse con los giros del carro. Su cuerpo, que hace unos minutos declamaba en la tarima y bailaba música llanera en la reunión con los políticos, por fin cede.

El sopor de la tarde se instala en el carro. Benedetti y Libreros también duermen a intervalos. Por el radio le llegan a 'Tito' mensajes de la Policía que va al frente de la caravana dando instrucciones: acelerar, para evitar un posible atentado si bajan la velocidad, o impedir que otros carros o motos queden en medio del esquema de camionetas.

Petro despierta sin hacer ruido media hora después. Toma su celular y navega en Twitter. Mira por la ventana y ve otra llanura cercada con palos, deshabitada a excepción de un par de vacas a lo lejos. “Esta tierra no debería tener ganadería. Estas son tierras fértiles”, dice.

Le hablo de su hermano, Juan Fernando, que días después del escándalo por su visita a corruptos en La Picota fue picado por un alacrán y tuvo que dar explicaciones a los medios acostado en la cama de un hospital.

“Mi hermano estuvo muy mal”, responde Petro. Le pregunto si ya le dieron de alta. “Ni siquiera he averiguado. Yo no he ido a visitarlo”, dice.

En ese momento cruzamos un puente y Petro señala a la derecha: hay un río medio seco y una llanura que termina en el horizonte. Como esta mañana, cuando apuntó a la cordillera Oriental, Petro nombra el paisaje que tiene al frente: “Hacia allá hay media Colombia”.

Petro se mueve por el mundo como recorriendo un mapa. No ve solo un río seco o un horizonte baldío, sino las líneas imaginarias de un país. Sin apartar la vista de la llanura Petro repite, todavía adormilado: “Todo esto podría ser una despensa agrícola”.

Al rato volteo para hacerle otra pregunta, pero no contesta. Volvió a quedarse dormido.

Un Goliat en campaña

Cada día en campaña a Petro le dan decenas de regalos. Libros, cartas, botellas de vino, figuras tejidas con su cara y la de Francia Márquez, una silla tradicional llanera que apenas cabe en la maletera del carro. Esos son solo algunos de los que recibe en el polideportivo de Villavicencio, en la jornada de “Petro Escucha”.

Petro dice que algunos regalos los deja en sus sedes de campaña. Cuando son juguetes se los lleva a su casa a Antonella, su hija menor, de 14 años, que durante su infancia siempre tuvo algún muñeco con la cara de su papá entre su caja de juegos.

Más allá de las ofrendas, el último evento en Villavicencio no salió muy bien. Edward Libreros, quien ayudó a organizarlo, le comenta a Benedetti que varios invitados importantes, como los presidentes de la Cámara de Comercio, de Cotelco y de Fedearroz, se fueron molestos del coliseo.

A última hora, la mujer que estaba asignando quiénes hablaban con Petro cambió el orden y no los incluyó. Benedetti estalla: “¿Por qué me va bien a mí en esta mondá? Porque estoy pendiente de que las cosas funcionen, no de darme pantalla como ella”.

Petro se acerca a la camioneta y es interrumpido por varios seguidores que le extienden la mano para tocarlo a través de los escoltas. Una mujer grita más alto que los demás: “Petro, una excepción, una foto, una excepción”, repite. Cuando está a punto de montarse al carro, Petro regresa y se toma una foto con ella. Luego sube al carro, cierra la puerta. Otro hombre se pega al vidrio y le grita: “Petro, una foto. Si no me la tomo mi esposa me regaña”. Pero no hay dos excepciones. Petro se ríe, y dice sin que el hombre alcance a escucharlo a través del vidrio: “Y a mí me regaña la mía si no llego a la casa hoy”.

La jornada terminó. La caravana de carros va rumbo al aeropuerto de Villavicencio, para regresar a Bogotá. En el camino le pregunto a Petro si prefiere esta época de la campaña o la del gobierno.

“El gobierno. La campaña es más repetitiva. En el gobierno uno se va transformando”, responde.

Los últimos meses de su vida han sido esto. Subir y bajar de tarimas, con itinerarios estrictos. Existir casi que únicamente en las palabras que pronuncia en los escenarios, y luego subir de nuevo al carro o al avión para ir al siguiente sitio de la agenda. 

No todos los candidatos hacen campaña así. Desde 2018, pero sobre todo en estas elecciones, Petro regresó la política a las plazas públicas, que habían dejado de ser el escenario central de las campañas.

Le pregunto a Petro por qué cree que es él quien está tan cerca de ganar la presidencia.

Responde con la voz reflexiva que reserva para cuando no está en el escenario. “Las personas se construyen con unos filones de existencia que a veces coinciden con la historia y a veces no. Los míos coincidieron. Fue un camino que no planeé pero me sirvió: el desgaste del uribismo, separarme del Polo, volverme alcalde de Bogotá, que Ordóñez me destituyera, y movilizar luego a la gente de la ciudad. Si Ordóñez no me hubiera destituido, yo no sería un héroe popular”, dice.

Petro no cree en el destino en general, pero sí en su destino particular. Suele nombrarlo como uno de resistencia: “Estoy aquí porque he aguantado. Porque ellos, los poderosos, me han golpeado y yo he seguido en la batalla, como David contra Goliat”.

Cuando estamos cerca del aeropuerto le digo que él ya no parece un David. Petro sonríe y asiente: “Es verdad, ya vamos construyendo el Goliat”.

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