Un diciembre en Saravena, donde la guerrilla mató la navidad

Un diciembre en Saravena, donde la guerrilla mató la navidad
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El parque principal de Saravena, Arauca, no tiene alumbrado público desde hace varios años. En las noches, la única luz que podría distinguirse allí es la de un láser que le apunta a los osados que lo visiten. 

“Favor desalojar el parque que a esta hora está prohibido transitarlo”, le dijo una voz por megáfono a Andrés* un día en que se orilló en el carro en la acera derecha del parque. Vio la lucecita roja en su pecho y entendió que el perifoneo que venía desde la Estación de Policía, ubicada frente al parque, era para él.

Pero este diciembre, la Alcaldía puso un árbol de navidad en el centro del parque, del que descuelgan cientos de bombillitos amarillos formando un techo luminoso, con arcos de luces por los pasillos y mariposas que alumbran amarradas a los árboles. El Alcalde, Wilfredo Gómez, dice que es parte de su estrategia para espantar el miedo entre la gente, al menos por diciembre.

“Yo trato de distraer el entorno porque si no, la gente se va”, dice Gómez.

En la zona roja de la frontera con Venezuela, Saravena es candela. Desde inicios de 2022, el miedo se ha esparcido con más fuerza cuando inició la guerra entre el ELN y las disidencias de las Farc. Una guerra que se reedita, luego de la violencia de hace más de una década, cuando las Farc estaban en armas. Y en la que este año, en un municipio de 82 mil personas, ha habido más de 130 homicidios.

Esos niveles de violencia ponen a Saravena con un índice de 158 muertes por cada 100 mil habitantes. No valió ni el Acuerdo de Paz, ni ha valido la Paz Total de Petro. El homicidio en Saravena lo pone por encima de las ciudades más peligrosas del mundo, como Tijuana, Caracas y Ciudad Juárez. En Colombia, es más de 6 veces el promedio nacional, y triplica a la capital más letal que es Cali.

Con la iluminación –algo que para varios líderes sociales es más una forma de ignorar el conflicto armado por parte de la Alcaldía–, hay unos cuantos pobladores tomándose fotos y comprando algo de comida a algún vendedor ambulante. Pero muchos otros como Andrés, ni se asoman. Él tiene 18 años, está recién graduado del colegio y se dedica a hacer carreras tipo taxi en el carro particular de su familia. Únicamente de día. Es una de varias precauciones que toma porque, como muchos dicen en este municipio “hay que saber vivir”.    

Un diciembre en Saravena, donde la guerrilla mató la navidad
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La estación de Policía de Saravena está cercada por garitas una manzana a la redonda, rodeando el parque principal.

Las calles de Saravena son tan anchas que caben cuatro carros, y a lado y lado hay una fila de motos parqueadas, la mayoría sin placas. Son el principal medio de transporte del municipio y también una de las pocas entretenciones de los jóvenes, que se reúnen a hacer caballitos, cristos, derrapes y otras acrobacias de stunt callejero. Hay tantas que casi que hay un taller de motos por cuadra.

“Yo estudié con uno de los que tenía secuestrados el ELN”, mientras señala un taller de motos esquinero. “Se salió de estudiar y arreglaba motos ahí. Bien aficionado al stunt”, recuerda. Su excompañero de clases y otros cuatro jóvenes menores de edad desaparecieron los últimos días de noviembre.

A cuatro de ellos el ELN los liberó entre el 8 de diciembre y el 20 de diciembre, luego de acusarlos de ser enviados por las disidencias de las Farc para lanzar granadas a locales comerciales del municipio. A dos de ellos incluso los hizo aparecer en un video afirmando que gente de las disidencias de las Farc los habían amenazado para hacerlo y sugiriendo que los convencían a cambio de dinero.

El quinto, el que conocía Andrés, no corrió con esa suerte. El cuerpo sin vida de Jonathan Sanabria Rodríguez, de 19 años, apareció abaleado en zona rural de Saravena el 18 de diciembre. El ELN nunca dijo que estuvo en su poder. Pero el voz a voz de Saravena dice que sí.

Como su caso, hay muchos muertos y desaparecidos que aunque ningún grupo ha cobrado, en Saravena saben cuál de los dos estuvo detrás.

Ese municipio es tan grande –el segundo con más población en Arauca– como para que buena parte de la gente sienta que puede vivir distanciada del conflicto. Aún cuando la mayoría ha pagado un “impuesto de guerra”, “vacuna” o extorsión. O a pesar de que todos tienen a un compañero del colegio, a un vecino, o a la pareja de un pariente que pertenece a “la guerra”. Así le dicen a los grupos armados que operan allí desde la fundación de Saravena, en los años 70.

Pero también es lo suficientemente pequeño, el más pequeño en extensión del departamento donde el piedemonte de la cordillera oriental se desparrama en sabanas extensas. Por eso los rumores sobre posibles artefactos explosivos, toques de queda, limpiezas o secuestros, así como las normas que imponen los grupos, se hacen virales en cuestión de horas. Tanto de boca en boca como por audios y videos que circulan vía Whatsapp.

La guerra de las disidencias Farc y ELN, por ejemplo, estaba cantada desde las fiestas decembrinas pasadas. 

Algo malo va a ocurrir

Saravena está rodeada por ríos. Los más grandes son el Royota, el Bojabá —los balnearios de los sarareños los fines de semana—, y el río Arauca, que delinea la frontera del departamento con Venezuela.

En esta época hay subienda en el río Arauca y de ella dan fe el cielo nublado y las lloviznas pasajeras. “Aquí en Saravena cae agua así, por pedacitos” comenta uno de los sacerdotes del municipio que pide no ser citado por seguridad ni siquiera hablando del clima. Pasa un trago de chocolate caliente, y apunta con los ojos al infinito y echa a andar la memoria.

“Hace un año había un amarguito en el ambiente”, recuerda. Desde hace dos años que las tensiones entre las disidencias de las Farc y el ELN por el control territorial estaban en boca de todos. Lo único bueno que había dejado la pandemia fue haber contenido el enfrentamiento. Pero ya a principios de 2021 las fuerzas militares venezolanas habían combatido al frente Décimo de las disidencias Farc para sacarlos de la zona fronteriza y el rumor era que el ELN los iba a sacar de Arauca pronto.

Sobre todo en la zona rural, entre Saravena y Arauquita, al pie del río Arauca, donde más control territorial ejercen las guerrillas, el vaticinio del enfrentamiento entre esos grupos fue una fiesta de navidad elena de 2021 que dañaron los disidentes farianos. Una carga de lechona y camuros iba rumbo a una de las veredas de concentración del ELN cuando, al tiempo, por el voz a voz se supo que las disidencias estaban moviendo tropas cerca. “Les tocó devolver esa carga porque quién se iba a arriesgar a entrar eso por allá”, comenta el sacerdote.

La aguada de la fiesta navideña del ELN llegó a oídos de contadas personas, como el sacerdote, líderes comunales o políticos que se mueven por zona rural. Pero el presagio de que pronto algo malo ocurriría andaba por todas las anchas calles de Saravena. Cuando la sociedad civil está aún más expuesta a ser víctima de esa guerra que no es suya, los mismos guerrilleros empiezan a prevenirlos.

En diciembre los pequeños comerciantes se ven cara a cara con su cobrador anual de vacuna. A uno de ellos, que pidió no ser citado por seguridad, le llegó la advertencia cuando estaba dando su aporte el pasado diciembre: “tenga cuidado en las noches. Si puede cierre temprano que esto se va a poner caliente”.

En general, todo el que tiene contacto directo con los ilegales le pide a sus amigos y familiares que se cuiden más de lo normal cuando algo malo pasará.

Lo normal es que no hablen ni bien ni mal de los grupos en público porque “uno no sabe quién lo está escuchando”, dice el sacerdote. De ahí que las muestras de rechazo a las guerrillas y en general al conflicto armado son escasas. También, evitando mencionarlos con nombre propio, las Farc son “los cuatro letras” y el ELN son “los tres letras”. O si a alguien le amanece la fachada de la casa o el local marcada con las tres letras o las cuatro letras, no lo borra hasta cerciorarse de que no va a incomodar si lo hace. 

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Y cuidarse más de lo normal es no salir solos por un buen tiempo. Tampoco salir de noche, así sea acompañado. O simplemente tener los ojos más abiertos.

Con todo y el rumor de la guerra de ELN y disidencias Farc andando, las fiestas navideñas de 2021 pasaron en medio de la aparente calma que envuelve el departamento cada diciembre. El ELN, que es la guerrilla con más tradición y control allí —sobre todo en Saravena—, suele decretar cese al fuego en esta época para que la gente celebre sin las prevenciones propias de vivir en zona roja.

Eso lo celebró el Gobierno de Petro, que desde hace un par de meses se puso a la tarea de mediar entre ambos grupos para que cese el conflicto en Arauca. Pero ni esa mediación ni los diálogos con el ELN han dado todavía frutos.

“Nosotros por lo general estamos tranquilos porque con las ceremonias de fe no se meten”, dice el sacerdote.

Y este diciembre también hubo calma. A pesar del asesinato de uno de los jóvenes desaparecidos. A pesar de que la Policía custodió con tanquetas algunos puntos de la ciudad los primeros días decembrinos, algo que la gente detesta porque sienten que los pone más en riesgo. A pesar de que entre los municipios de Tame y Fortul, a pocas horas del municipio, hay comunidades viviendo confinadas por la guerra de Farc y ELN.

Pero la calma de este diciembre encubre el traumatismo de la ola de violencia de todo el año.

El bombazo

El 6 de diciembre, hace unas semanas, sobre las 8 de la noche, una fuerte explosión crispó a los sarareños. No hubo rumor previo, ¿A cuántos habrá matado? ¿Estarán todos bien? ¿Dónde habrá explotado? ¿Cerca de aquí? ¿Y si vienen ráfagas?¿Sería un cilindro o una granada? ¿O habrá sido otro carrobomba? ¿Por qué otro carro bomba?.

Todos empezaron a buscar respuestas en redes sociales. Se activaron los grupos de Whatsapp de los barrios, de comerciantes y de familias pasando revista de que ningún cercano hubiese corrido con la mala suerte de estar caminando cerca o de ser vecino de la explosión.

Al rato, los periodistas y las páginas de Facebook de Saravena empezaron a dar respuesta.

“A mi no me gusta que llegue la navidad porque uno no sabe si es pólvora o es plomo”, dice Sara*, quien trabaja en el sector salud del municipio y ha visto gente desmembrada a causa de explosiones como la que creyeron haber escuchado esa noche.

En realidad, el estallido había sido de pólvora lanzada desde un par de tubos de pvc que sonó tan fuerte como una de las explosiones de “la guerra” que tantas veces han escuchado. De nada sirvió el decreto que sacó la Alcaldía prohibiendo la pólvora este año.

“Aquí hubo épocas de guerra muy duras y eso en la salud mental cala, queda”, dice Sara. No fue solo ella. “Yo buscando en las noticias el bombazo”, “La costumbre”, “Sarabomba”, rezan los comentarios de la publicación de Facebook donde se veía la quema de pólvora que al estallar dibujó un corazón en el cielo y asustó al pueblo al mismo tiempo.

Sara cree que la violencia actual no es nada comparada con la de una década atrás. Ya entre 2005 y 2011 las Farc y el ELN se habían enfrentado causando, solo en los dos primeros años de guerra, que más de 15 mil personas se vieran forzadas al desplazamiento. De los muertos ni siquiera hay cuenta.

Pero solo este año en Saravena, la Personería ha recibido cerca de 1.200 declaraciones de víctimas del conflicto actual. Es solo un detalle de la magnitud real del problema porque para finales de octubre, habían recibido 66 declaraciones por homicidios, pero la cifra ya iba por 113.

En todo caso, la pólvora no llevó a la gente a pensar en la guerra de hace una década sino en la actual. Concretamente, los llevó al carrobomba que estalló el 19 de enero de 2022 en inmediaciones del edificio de líderes sociales Héctor Alirio Martínez, por el que murió una persona, hubo cerca de 20 heridos, la oficina del ICA quedó completamente destruida y decenas de edificaciones alrededor resultaron con vidrios rotos, paredes agrietadas y techos caídos.

Por culpa de ese carrobomba que la disidencia de las Farc se atribuyó, los locales comerciales duraron varias semanas cerrando antes de que anocheciera. Los restaurantes a una o dos cuadras dejaron de abrir al público y solo despachaban a domicilio. Las canchas de barrio, los parques, cualquier espacio público, se silenciaron. 

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El cascarón del carrobomba que estalló en enero está parqueado tras la estación de Policía de Saravena.

Mucha gente se fue del casco urbano y del pueblo. Unos, por miedo a que los relacionaran con algún bando por su amigo o su pariente que sí lo está. Otros, porque ejercían roles de liderazgo por los que muy probablemente uno de los dos grupos los iban a buscar para sacarles información. Incluso algunos, porque aunque se habían retirado de la guerrilla hace años, su pasado los marcaba. Otros simplemente sí eran milicianos y por lo tanto, objetivo militar.

Y si bien hay quienes con el pasar de los meses han vuelto, este diciembre hubo un vacío en Saravena.

Otro síntoma del trauma

Una de las tradiciones navideñas en Saravena es el concurso del barrio mejor iluminado. Este año, la Alcaldía declaró fuera de concurso al barrio Cofavi, que siempre gana. El antejardín colectivo que decoran e iluminan entre los vecinos, este año tiene chamizos, mariposas, hongos y flores gigantes iluminadas, fabricados por ellos mismos con material reciclable.

Normalmente inician la manufactura desde julio. Pero este año, según Mariela* una de las residentes más antiguas, arrancaron más tarde, en septiembre. “Como está la situación no sabíamos si podíamos decorar”. Con el incentivo que les prometió la Alcaldía de 3 millones de pesos, por ser de los mejores, se animaron.

La prosperidad de la venta de empanadas que Mariela saca por esta época, le da para concluir que los que no se animaron fueron los visitantes. “Sí ha venido gentecita pero no como siempre”. Y repite “es que con la situación como está”.

Entre los comerciantes, la sensación es la misma. Se inventaron un festival de la mejor ensalada de frutas y otro de la mejor hamburguesa, para incentivar que la gente saliera. También decoraron las calles comerciales, vistiendo los árboles de los separadores de muñecos de nieve, o con listones y luces navideñas. Aún así, según un líder de comerciantes que pidió no ser citado, las ventas decembrinas estuvieron quedadas.

“Es que podemos hacer lo que sea pero es que el pueblo está desocupado. Nada que hacer”, comenta.

El barrio La Carrampla, donde estalló el corazón de pólvora, es uno de los sectores que dan cuenta del vacío en Saravena. Las luces giratorias de las pistas de baile no tienen a quien alumbrar y los tubos de pole dance son decorativos. Cada dos locales de taberna, billar o prostíbulo abierto, hay uno cerrado. Algunos tienen letrero de “se arrienda” o “se vende”.

Las pocas mujeres trabajadoras sexuales que quedan en la Carrampla, la zona de tolerancia de Saravena, permanecen sentadas en sillas rimax frente a los estaderos.

El panorama desolado está desde abril, cuando el ELN mató a un par de dueños de prostíbulos y corrió a los vendedores de droga que se hacían en casetas ambulantes en los separadores de las calles, acusándolos a todos de ser de las disidencias. 

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"Hagamos el amor y no la guerra" es la publicidad de uno de los prostíbulos de la zona de tolerancia de Saravena.

Y a principios de noviembre corrió un video en el que el actual jefe de las disidencias en Arauca, Antonio Medina, amenazaba con asesinar 300 personas. “Ya tenemos quiénes van a hacer los muertos. Más o menos de aquí a diciembre tiene que haber 300 muertos entre jefes y colaboradores de los elenos”.

Aunque a las tres semanas se retractó, eso fue suficiente para que las precauciones de los sarareños fuesen más estrictas.

“Este diciembre hay bastante soledad. Hay gente que no cree en el video de Antonio Medina diciendo que ya va a dejar esa idea”, dice Sara.

Ella es madre de una joven de 18 años, recién graduada del colegio. No ve la hora de mandarla a estudiar a otra región. No solo porque la oferta de educación superior en Arauca es en la capital y a distancia, sino como medida de protección.

No de gratis hay memes en Saravena en los que publican fotos de niños graduandos de bachiller en colegios rurales que en vez de lucir un birrete, portan un fusil.

Y con lo ocurrido con los jóvenes desaparecidos en noviembre, los padres de familia como Sara, aumentaron las precauciones. “Uno escucha de vecinos que le dicen a sus hijos estudiantes universitarios ‘¿pero a qué se va a venir para acá? Eso mejor quédese con su tía allá en Bucaramanga’”, dice.

El decir del sacerdote que le habló a La Silla es que en diciembre la gente se relaja tanto que se expone más fácil. El lugar más peligroso resulta ser la propia casa. Este año ha habido varios casos de jóvenes que son buscados directamente en sus casas en horas de la madrugada, señalados de colaborar con uno u otro.

Ante eso, ha habido padres de familia que, con todo y el miedo que puedan tener de volverse blanco de guerra, por lo que sea que señalen a su hijo, terminan publicando videos en redes sociales suplicando que se lo devuelvan . Que su hijo es juicioso, que no se mete con nadie, que se dedica únicamente al estudio y que lo único que piden es que le respeten la vida. Algunos vuelven con vida, otros tienen que irse del departamento, otros engordan las cifras de asesinatos y desaparecidos.

Es una angustia que todos llevan dentro y se las arreglan para sobrellevarla. Como dice Sara “temor sí hay. Lo que pasa es que es normal que haya temor”.

Así, aún cuando en diciembre las familias buscan reencontrarse, este diciembre en Saravena el temor mantuvo a muchos lejos. 

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