OPINIÓN

¿Es posible gobernar con ideas de izquierda en Colombia?

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El pasado mes de junio, la mayoría de los colombianos eligió al primer gobierno de izquierda de su historia, a pesar de lo cual, en sus primeros cien días de gestión, ha habido una fuerte presión para que gobierne con ideas que no son de izquierda, dado que para sectores influyentes esas ideas nos conducirán a la debacle.

La elección de Gustavo Petro, un hombre de izquierda doctrinaria, fue recibida como una muestra de fortaleza de la democracia colombiana. El sistema político daba la prueba reina de que se trataba de una democracia pluralista que permitía que los debates ideológicos se resolvieran en las urnas y que el marco institucional marcara los límites, alrededor del acuerdo básico, dentro de los cuales podría haber un gobierno de derecha, de izquierda o de centro.

Quienes no fueron electores de Petro se han dedicado durante estos tres meses a rechazar las ideas de izquierda por inconvenientes o inoportunas, como si eso no hubiese sido la esencia de la disputa electoral que se cerró en la segunda vuelta de la elección.

Quizás faltaba precisar en qué consistía la diferencia. ¿Por qué no daba lo mismo que ganara Petro a que ganara Fico, para poner un ejemplo? La respuesta estaba básicamente en la forma como cada uno conduciría la economía. Claro, también habrá diferencia sobre la orientación de otras políticas públicas, pero la esencia del contraste ideológico está en la definición del papel que el Estado debe tener frente al proceso económico.

En materia tributaria, por ejemplo, los unos piensan con Trump, Duque y Liz Truss que hay que bajar los impuestos a los más ricos para atraerlos y conseguir por esa vía que sus inversiones produzcan riqueza y algo le quede a los demás. Generan empleo, hacen patria. Los otros, en cambio, privilegian el carácter redistributivo de los impuestos y creen que hay que subir los impuestos a los que tienen capacidad de pagarlos para traducirlos en bienes y servicios esenciales para quienes no se los pueden proveer privadamente. Están convencidos que lo que genera la riqueza es el trabajo.

Así, podrían traerse decenas de ejemplos, en materia de política monetaria, de participación de empresas públicas, de concesión de derechos a los trabajadores, de intervención regulatoria del Estado, de política arancelaria, de si se otorgan subsidios a la demanda o a la oferta, en donde sería fácil identificar las diferencias entre que ganara el uno o que ganara el otro.

Son las diferencias ideológicas clásicas entre escuelas económicas. Por tanto, no es preciso, como se ha afirmado en las últimas semanas plantear el dilema entre economía e ideología, “es la economía no la ideología” han dicho los críticos del gobierno, como si la economía fuera una ciencia exacta y como si los debates económicos no fueran justamente la esencia de las controversias ideológicas. La economía es pura ideología.

Uno podría decir que incluso Petro ha sido moderado en la aplicación de una receta de izquierda clásica, que se ha esforzado por acercarla a la social democracia y por eso ha encargado de las principales agencias económicas gubernamentales a liberales de izquierda, pero liberales al fin. No hay marxistas en los ministerios de Hacienda, Comercio o en Planeación nacional.

Pero claro, Petro es de izquierda y cree que las políticas contraccionistas en materia monetaria hacen más daño que bien y está convencido que donde el Estado pueda debe estar, por eso Drogas La Rebaja será una empresa industrial y comercial del Estado y Satena será la primera en ir a Caracas. El Presidente está convencido que los bancos son especuladores financieros y que por eso debe haber una banca pública robusta y que las normas actuales no son suficientemente protectoras de los trabajadores y permiten “formas de esclavitud del siglo XXI”. Y así.

La reacción ha sido dura, sistemática, orquestada: esas ideas son inconvenientes y hay que hacer todo para desprestigiarlas y ojalá bloquearlas. El mensaje es paradójico, por decir lo menos, “aquí puede haber gobiernos de cualquier color, pero en materia económica solo hay una forma de gobernar posible”. Es, claro, una reacción antidemocrática.

Han contado con el acompañamiento de unos personajes desconocidos para la inmensa mayoría de colombianos, denominados “los mercados”, que castigan duramente cada idea que no responda a una concepción de la economía, castigo que se traduce en devaluación, aumento de tasas de interés, fuga de capitales, especulación con las acciones.

A las clásicas controversias entre derecha e izquierda en materia económica se le han sumado en las últimas décadas las de la manera de enfrentar el cambio climático y cómo agenciar las causas de sectores sociales que se reclaman tradicionalmente excluidos. Petro ha asumido con fuerza las unas y las otras y sus críticos insisten en que todo eso debe ceder al propósito de crecimiento económico que es el fin último y casi único.

Lo que está en juego no es quien tiene la razón, ni si las políticas que promueve el Presidente Petro van a resultar exitosas o no, de hecho tenemos una muy larga historia de políticas promovidas por quienes ahora son críticos que ha llevado a estruendosos fracasos. Lo que se juega es demostrar si es posible ensayar ideas distintas y después reelegirlas o rechazarlas en las próximas elecciones, es decir lo que está por verse es si de verdad tenemos una democracia sólida o no.

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