OPINIÓN

¿Será Petro el próximo Álvaro Gómez?

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Todo parece indicar que sí. No porque Petro sea un estadista, o un intelectual sobresaliente, ni porque sea un gran lector, un hombre de estado, un artista plástico sobresaliente o un humanista admirable. Eso era Álvaro Gómez Hurtado: tres veces candidato presidencial, una vez designado a la presidencia y copresidente de la asamblea constituyente que redactó la constitución política que hoy tenemos.

Petro, en cambio, es un personaje mezquino, indescifrable y sinuoso. Su política del amor es un intento orwelliano para camuflar su resentimiento protuberante. Sus propuestas son un sancocho de ideas a medio cocinar, anacrónicas e irrealizables, puros clichés importados de la mente de teorizadores ininteligibles que han pasado demasiado tiempo en universidades europeas y gringas donde el sentimiento woke es más importante que la empleabilidad de los confundidos estudiantes que las pululan.

Sin embargo, lo cierto es que Petro y Álvaro Gómez se parecen en una cosa, que a estas alturas sea tal vez la más importante de todas.

Cada vez que Álvaro Gómez presentaba su nombre para ser considerado por los colombianos como presidente de Colombia, el candidato opositor obtenía una victoria contundente. En 1974 le tocó a Alfonso López Michelsen, quien con el 56.3% de los votos, casi dobla el 31.4% que obtuvo Gómez; en 1986, cuatro años después de que Belisario Betancur derrotó al liberalismo dividido, Virgilio Barco obtuvo el 58.7% de los sufragios mientras que Gómez casi no pasa del 36% y en 1990, nuevamente, el liberalismo dobló a Gómez, recibiendo Gaviria el 48.7% de los votos y su contrincante menos de la mitad, con 23.7%.

La razón de estas victorias desproporcionadas no era solamente la hegemonía del liberalismo. Cuando Gómez era el candidato conservador la tunda electoral era brutal: el mapa se teñía de rojo salvo por un par departamentos, Nariño, Caldas o Boyacá usualmente, que fortuitamente mantenían las banderas godas en alto para guardar la dignidad. Lo cierto es que en estas circunstancias los liberales salían a votar así estuvieran en el lecho de muerte, o en la sala de parto, o tuvieran que viajar en mula o en chalupa durante días, o hacer colas kilométricas o aguantar lluvias, truenos y centellas.

El liberalismo nunca iba a dejar que Álvaro Gómez fuera el presidente de Colombia.

La razón de la movilización masiva en contra de Gómez era el miedo. Un miedo profundo y arraigado, heredado por generación tras generación de liberales, que relataban en las tertulias y en las sobremesas los tiempos en los cuales Álvaro había interrumpido a silbatazos las sesiones del congreso, había diseñado la “Operación K” para financiar al diario conservador con publicidad de entes públicos y privados y se había propuesto “hacer invivible la República” para que sus enemigos rojos no pudieran gobernar.

Valía más el miedo que las propuestas socializantes de López Michelsen, el tartamudedo de Barco o el inexperiencia de Gaviria; la sola posibilidad de que Gómez fuera el presidente y que se desatara una nueva ola de violencia chulavita, por improbable que fuera, hacía que los liberales salieran a votar así estuvieran debajo de las piedras.

Pues a Petro le ocurre lo mismo. Las ultimas encuestas no son buenas para el candidato de marras. El techo de hormigón que tiene su candidatura ha cedido un poco, pero nada indica se vaya a romper. Como lo anotó la semana pasada Tomás González, columnista de este medio y conocedor como pocos de los números electorales, hay cerca de ocho y medio millones de votos (entre nuevos votos posibles y votos por el senado que no votaron en las consultas) por distribuir en las dos rondas de la elección presidencial de 2022. Así Petro consiga la totalidad de los votos de los liberales y de los verdes, cosa que parece difícil, le queda faltando el centavo para el peso. Todos estos votos no le alcanzan para obtener el número mágico de diez millones cuatrocientos mil sufragios que se requieren para ganar la presidencia.

Tendría que convencer a un número significativo de estos votantes indecisos o moderados para que salten la cerca y voten por la izquierda, algo que nunca han hecho. No parecería tampoco que los recientes y rimbombantes fichajes de líderes políticos de centro tengan mayor impacto en su decisión. Cuando el mono se viste de seda, mono se queda. Por otra parte, no es un accidente que, según las últimas encuestas, el mayor rechazo a Petro se dé entre las mujeres. Ellas son las más vulnerables y las que parecen intuir que hay algo raro en este aprendiz de brujo que no lo hace confiable. Con un déficit de credibilidad inmenso y quizás insuperable entre la mitad del electorado potencial no se ve como Petro pueda ganar las elecciones.

El factor principal que determina esta decisión o, hasta ahora, indecisión de voto, es el miedo, una emoción que parece más poderosa que las ganas de “vivir sabroso”. Un miedo que, por demás, no es irracional o inventado. Petro es un verdadero peligro para la democracia colombiana, es un autócrata que juró junto con Hugo Rafael Chávez Frías una fría mañana en junio de 1994, parado en las escalinatas del monumento a Bolívar en el puente de Boyacá, que realizarían la “segunda liberación de América”. De aquí al 2025 se elegirán cinco magistrados de la corte constitucional, dos docenas de magistrados de las altas cortes, fiscal general, procurador, contralor, registrador y defensor del pueblo. Elegido Petro, con un congreso simpatizante y fácilmente embolsillable, todos los candados institucionales quedarían a su disposición. Así la bandeja del socialismo del siglo XXI queda servida, lo único que faltaría serían los siete millones de seres humanos desplazados por la hambruna.

Álvaro Gómez nunca fue presidente porque aterrorizaba a los liberales, que salían a votar en masa para que no fuera elegido presidente. Petro, sin ser Álvaro, genera los mismos sentimientos. Los millones de votantes que están aún por definirse no parece que estén dispuestos a lanzarse al vacío sin paracaídas.

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