OPINIÓN

Anti-minería: sólo en Colombia

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Ilustración: Los Naked

El celular y el computador donde gestionamos todo el día están construidos con base en componentes de cuarzo, sílice, cobre, aluminio, zinc, hierro y níquel. Los semiconductores que los hacen funcionar con rapidez y transmiten los twits de odio a la minería dependen en gran parte de un mineral: sílice.

Gracias a los minerales, como el coltan, un pequeño chip apenas visible al ojo tiene la capacidad de procesamiento de un gran computador del pasado, y son esenciales para los carros, los marcapasos, los aviones, y los supercomputadores que predicen el estado del tiempo, Waze, entre miles de otros usos.

Bajemos a un ejemplo más cotidiano: en un esfero, la tinta, el cuerpo de plástico y el clíp de metal provienen de la minería, y en un lápiz la mina, la pintura amarilla y la banda de cobre también.

Las tejas del techo que nos cubre de la intemperie son de zinc y asbesto, o la brea que lo impermeabiliza, son generados por la minería. Las paredes que nos protegen del frío están hechas de ladrillos, que usan un tipo de arcilla cocida, y son sujetados con cemento que proviene de la caliza, todos productos mineros. Al igual que el concreto y el acero de sus vigas. Ni qué decir de los vidrios, cuyo origen es una mezcla de arena de cuarzo, sílice y caliza, todos provenientes de fuentes extractivistas.

Esos son los componentes que se usaron para construir hace más de un siglo el capitolio nacional donde se votará una reforma tributaria en contra de que se haga minería en Colombia; los mismos que se usaron en el palacio de Nariño y los edificios de los ministerios de Hacienda, Minas, Ambiente y Planeación donde algún desvarío romántico los ha convencido de acabar con un sector esencial para el mundo y para Colombia. Porque, según dicen, la minería y la extracción de materiales, que llaman “extractivismo”, es la ruina del país. Por eso pregonan una nueva economía construida sobre el odio a la minería.

Se quiere que nos transportemos en bicicleta, lo cual es deseable, pero los marcos de las bicicletas, los radios de sus llantas, el manubrio e inclusive el caucho tiene minería en su origen; hasta la bomba con las que la inflamos depende de la minería. En los buses de Transmilenio y los camiones que todos los días traen los alimentos del campo a nuestra mesa, hay minería: su carrocería, su chasís, su motor y caja de cambios, sus asientos, pasamanos, timón y pedales, el piso, los rines, y hasta el panel de control del bus y el reloj del conductor provienen de productos mineros.

Ni qué hablar de los alimentos que consume cada día el mundo y Colombia, que sólo son posibles con los fertilizantes provenientes del gas extraído de la entraña de la tierra. Mucha gente no lo sabe, pero mucho de lo que comemos existe gracias al nitrógeno y el hidrógeno que salen del subsuelo.

La cúspide de la contradicción de este odio a la minería es la propia economía verde y a las energías alternativas. Esas energías dependen fundamentalmente de materiales mineros, que lamentablemente no se encuentran en Colombia. Para importarlas, tendríamos que usar los productos mineros que sí se encuentran en el país, y pagar una minería con otra.

Las tecnologías usadas para producir energías limpias requieren más minerales que sus contrapartes de combustibles fósiles. Según la Agencia Internacional de Energía, con sede en París, en un escenario que cumpla con los objetivos de descarbonización del Acuerdo de París, las tecnologías de energías limpias coparían más del 40 por ciento de la producción mundial de cobre y los elementos de tierras raras (ETR); el 70 por ciento del níquel y el cobalto mundial; y casi el 90 por ciento del litio que se produce en el planeta. La disponibilidad de materias primas minerales será un determinante clave del ritmo de los esfuerzos de descarbonización y electrificación.

Alcanzar el objetivo de emisiones netas cero de carbono globales requiere aumentar la producción de determinadas materias primas minerales. Esto incluye tanto materias primas que están relativamente disponibles, como el cobre y el níquel, como elementos de tierras raras (ETR), como el neodimio, el disprosio y el preseodimio, que son vitales en la construcción de motores para vehículos eléctricos y generadores eólicos. Aproximadamente el 40% de las ETR se concentran en China, lo que hace que las cadenas de valor sean vulnerables.

El sector de los metales y la minería es intensivo en capital y requiere largos plazos de entrega, por lo que es probable que la demanda supere la oferta, lo que creará restricciones de recursos y aumentos en precios que durarían más de una década, según análisis recientes.

El aumento de la oferta mundial de acero será clave para todos los tipos de tecnología, lo que lo convierte en un facilitador crucial para la transición a una economía neta cero. El cobre y el aluminio son fundamentales para las energías renovables y los vehículos eléctricos. A su vez, la energía eólica depende de las ETR.

El litio, el níquel, el cobalto, el manganeso y el grafito son cruciales para el rendimiento, la longevidad y la densidad de energía de las baterías eléctricas. Varios minerales críticos para la transición energética están mucho más concentrados geográficamente que el petróleo o el gas.

En efecto, las tres principales naciones productoras de litio, cobalto y ETR, controlan más de tres cuartas partes de la producción mundial. China controla una gran parte del procesamiento mundial de minerales.

La energía solar y eólica tienen una intensidad de materiales mucho mayor que el carbón y el gas. En concreto, generar un teravatio-hora de electricidad a partir de energía solar y eólica podría consumir un 300 por ciento y un 200 por ciento más de metales, respectivamente, que la misma cantidad de teravatios-hora de una planta alimentada con gas.

Está claro que para vivir y sobrevivir se necesita de forma esencial e insustituible a la minería. Está claro que casi todos los países del mundo seguirán siendo mineros de una forma u otra hasta el fin de los tiempos, por razones elementales de subsistencia. Está claro que las tecnologías alternativas, y sobre todo, los minerales que las posibilitan, se producirán fuera de Colombia. Para pagarlas tendremos que usar la venta de aguacates, café y turismo, si sacrificamos la minería exportadora. La tributaria nos acerca a la inviabilidad del petróleo, el gas, el carbón y el oro, que sí producimos y que el mundo demanda ávidamente.

No se me ocurre cómo un cálculo informado puede llevar a decir que el precio correcto del petróleo es 48 dólares por barril. Algo similar aplica a los precios fijados para carbón y oro. Es un nivel caprichoso, por encima del cual las empresas pagarán impuestos por precios extraordinariamente altos. Pongo un ejemplo: ¿qué pasa para aquellos campos cuyo costo por barril es 49 dólares o más? ¿Se los castigará con impuestos por qué sí? Incluso si su costo es de 47, no se reconoce el costo de transportarlos a su punto de destino.

¿Cómo se puede gravar a las empresas extractivas por algo que no es ingreso de ellas, sino de los departamentos y municipios, como es el caso de las regalías? Este elemento no aguanta una demanda legal, que será de oficio. ¿Para qué incluir la no deductibilidad de regalías en la tributaria, si los jueces la echarían para atrás?

Otro tema sobre qué es verde y qué no: la Comisión Europea decidió hace poco que las generadoras a base de gas serán consideradas “energía verde”. Es decir, deben ser incluidas como inversiones sostenibles, al igual que las plantas nucleares. Con lo cual, el sesgo anti-gas pierde un aliado.

El gobierno dice que orientará al país a buscar cobre, litio, molibdeno, níquel, cobalto, magnesio y hierro, insumos de las plantas solares, aerogeneradores en los parques eólicos, baterías en los grandes centros de almacenamiento de energía y en piezas de autos eléctricos. Colombia parece tener cobre, pero puede ser un substancial importador de los demás métales. Ahora bien, los paneles solares, las torres eólicas, las hélices y los autos eléctricos serán producidos Allende nuestras fronteras. En suma, se sacrificará lo que tenemos, conocemos y es económico producir, por algo que no sabemos si hay. En el lapso que se transita de lo primero a lo segundo puede desaparecer también la tranquilidad económica.

Australia, Noruega, Canadá, China, Estados Unidos, Arabia Saudita, Rusia, y en la región, Brasil, México, Chile, Bolivia, Argentina y el resto del mundo seguirían con su extractivismo. Sólo Colombia, sin ningún impacto visible a nivel mundial, estaría dispuesta a sacrificarse.

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