OPINIÓN

Contra Petro o contra la politiquería, ¡VOTE!

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Ilustración: Los Naked

Con estas elecciones de 2022 le vuelve al cuerpo una sensación extraña, una incomodidad singular, una especie de malestar en los huesos que presagia días de desazón y malos momentos. La razón es que el cuerpo y el espíritu ya han estado en estas circunstancias, al menos dos veces, en 1978 y en 1994. En ninguna de esas fechas estuvieron los actuales milenials y jóvenes, de quienes ahora depende el resultado. De ambas ocasiones quedó una memoria muscular y anímica que es imposible desconocer.

Esos fueron los años en que el pueblo colombiano eligió a Julio César Turbay y a Ernesto Samper. El día de las elecciones de Turbay contra Álvaro Gómez, al final de la tarde y después del conteo de votos, recuerdo el desánimo, la baja de defensas y la ofuscación mental que tenía mientras caminaba, preso de turbación, desde el Carulla del Park Way, donde estaban los puestos de votación, hacia mi casa, convencido del triunfo de Turbay.

No me equivocaba, a mis 16 años, si bien aún estaba por demostrarse la profundidad de las consecuencias de ese gobierno. Fenómenos como la toma del Presupuesto Nacional por el Congreso y el transaccionismo chantajista entre legislativo y ejecutivo, que desde entonces se volvió endémico para cada ley, cada artículo, cada frase aprobada en el Capitolio. La utilización de la emisión primaria y la inflación para pagar la voracidad política, como escribió su propio ministro de Hacienda, antes del final de la administración Turbay, en un documento llamado “La inflación, ¿Un problema político?” 

Luego de esos cuatro años de gobierno, la economía quedó postrada, con un sistema bancario dominado por auto-préstamos, un abultado déficit fiscal, abocado a una mega-devaluación y una crisis que le reventó en la cara a su sucesor, Belisario Betancur, alimentada por un turbio escenario internacional. 

El caso de Samper parece calcado, con la particularidad de una Colombia para entonces invadida de narcotráfico y poderosísimos carteles ilegales. Los votantes de 1994 intuíamos que se avecinaba una avalancha de inmoralidad, sólo comparable a la de 16 años atrás. Pero, de nuevo, no pudimos prever la profundidad de lo que bullía bajo nuestros pies. Pronto vinieron los narco-casetes, el proceso ocho mil, el insufrible proceso contra el Presidente de la República en la Cámara de Representares, y, de nuevo, la utilización del Presupuesto Nacional para pagar al Congreso por la permanencia del gobierno. 

Al final del gobierno Samper, en 1998, la postración de la economía sólo era comparable a la de 1982-84, después del gobierno Turbay. Mega-devaluación, quiebras, desempleo superior al 20%, crisis de vivienda y quiebra del sistema UPAC y de cientos de miles de hogares pobres y de clase media, fugas de capitales, entre otros. Al gobierno de Pastrana le tocó la restauración de la economía, la credibilidad internacional y las Fuerzas Armadas. 

Con esos augurios llegamos a 2022. Petro lidera las encuestas y nos acercamos a los días de votación con el mismo destiemple físico que nos produjeron en su momento Turbay y Samper. Con augurios similares de que se pueda venir encima un resquebrajamiento profundo de Colombia, que carcomería la política, la economía, las Fuerzas Armadas y los consensos sociales y regionales que, aunque parezcan débiles , son cruciales y resistentes en nuestro país. 

Estoy persuadido, a mis casi 60 años, como lo estuve a los 16 y a los 32, que poco sabemos sobre la profundidad de lo que hierve bajo nuestros pies y del alcance destructivo de una eventual administración Petro. 

Al punto de que no hay seguridad de que en 2026 Petro vaya a entregar el gobierno a quien gane unas elecciones libres. Sus seguidores dirán que igual lo hizo Uribe en 2006. Es cierto. Petro no sería precursor de ese tipo de cambio constitucional. 

Ni siquiera sabemos si en 2026 habrá elecciones libres o si será más bien un remedo de democracia, ya pervertida a la cubana, nicaragüense o venezolana, donde un partido, que amedrenta a los votantes y empresarios que producen día a día los pesos para mantenerlo, chantajea y matonea con los instrumentos de una justicia y unas Fuerzas Armadas al servicio de la voluntad de un señor y de su permanencia en el poder. El departamento de Magdalena o Buenaventura son hoy pruebas vivientes de lo que le esperaría al país bajo el Pacto Histórico.

Petro heredaría al siguiente gobierno, de corte progresista, no me cabe duda, una crisis económica, fiscal, externa, bancaria, regulatoria y social, similar a las que vivimos al final de los gobiernos Turbay y Samper. Pero los superaría en la destrucción institucional, que es su verdadero cometido. Nada de Colombia le sirve a ese nuevo Mesías. Todo lo quiere cambiar a su imagen y semejanza. 

Petro parece haber convencido a los jóvenes, que por supuesto no padecieron las crisis de 1982-85 y 1998-2001, de que debemos abandonar las pocas certezas económicas que a trancas y mochas nos han traído hasta aquí; quieren ensayar a “Petro en el país de las maravillas”, metiéndonos a todos, como Alicia, por el hueco de un conejo electoral. 

No son sólo jóvenes. Muchos mayores se han dado a creer que todos somos enemigos. El peso de la corrupción actual, la ineptitud y falta de mística de tantos líderes, la codicia de grupos armados poderosísimos y financiados con la cocaína, el negocio de mayor crecimiento en esta tierra, sumadas al desconsuelo y la rabia por las penurias económicas derivadas del COVID y de la crisis petrolera de hace 5 años, pueden probar ser demasiado para la capacidad de aguante y esperanza de millones de padres de familia y adultos mayores. 

La alternativa más viable, Federico Gutiérrez, a quien invité a conformar la Coalición de la Experiencia después llamada Equipo por Colombia, ha optado por salir en fotos con expresidentes y políticos, recibiendo apoyos que, como se probó 4 años atrás, repelen al electorado. Ni Petro ni politiquería es el clamor de mucha gente. Probablemente la mayoría. 

El “candidato de la gente” tiene que evitar ponerle conejo a la gente y evitar proyectar la imagen del atrapamiento del Estado y el presupuesto por parte de la politiquería, el nepotismo, el amiguismo, el dedazo y el continuismo. 

A la juventud, la bonhomía y la frescura de Fico le salen canas al lado de la politiquería. Es un dilema difícil. Pero en resolverlo radica el futuro de Colombia, pues del otro lado aparece un desfiladero. 

La gente quiere castigar la politiquería. Está hastiada y asqueada. Ese es el gran riesgo de las plazas llenas con las vacadas de los politiqueros. Pueden ser el abrazo del oso. Eso es lo que puede estar alimentando las huestes de Rodolfo Hernández. Antes de que lo averigüemos, se nos viene encima el día de las elecciones. La gente no es tonta. Las fotos de plazas llenas en la primera página de los periódicos ya no engañan a nadie. 

Esta vez, contrario a lo que pasó en 1978 y 1994, habrá segunda vuelta. Ese es un afortunado seguro, una línea de vida, como llaman los que trabajan en las alturas, a esa cuerda cogida de un arnés y fijada a un punto fijo, que es la última medida si algo sale seriamente mal. 

Los propios políticos profesionales tienen que entender que el mundo cambió y la gente se hastió del abuso, la corruptela, la abulia y el premio a la ineptitud en el que han medrado por décadas. Con razón decía Jorge Luis Borges que la política es una de las formas del tedio. Produce tedio, además de desesperación y desesperanza ver cómo los políticos quieren que todo cambie para que nada cambie para ellos. La codicia por fama de unos pocos, la soberbia de mandar, así sea mandar a odiar a los del otro lado, es lo que penosamente glorifica a los políticos.

A pesar del desánimo, o tal vez justamente por él, no podemos dejar que escojan por nosotros. ¡Levántese y vote!

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