OPINIÓN

Delirio Colombiano

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Es posible que a estas alturas muchos habrán leído o habrán, por lo menos, oído hablar de la obra maestra de Carlos Granés, Delirio Americano: Una Historia Cultural y Política de América Latina, un ensayo de brutal claridad y erudición donde, entre otras muchas ideas y reflexiones, plantea la hipótesis del largo siglo XX latinoamericano, uno que empezó con la independencia de Cuba en 1898 y que aún no ha concluido.

Así es. En esta parte del continente, más de dos décadas después del cambio del milenio, todavía seguimos revolcándonos sobre los mismos temas que llevaron a dos guerras mundiales, los gulags, las hambrunas masivas, los campos de concentración y todas las tragedias que se vivieron en la pasada centuria. Aquí los nacionalismos siguen vivos, el arielismo reina, la fragmentación de sociedad en tribus basadas en caprichosas identificaciones identitarias está a la orden del día, el fascismo es campante y las utopías socialistas se reditan una y otra vez, como si no hubieran fracasado en todos los lugares donde se han intentado.

Colombia, a pesar de su violencia endémica y quizás por ella, había hasta el momento logrado escaparse de los aspectos más estridentes de las ideologías vigesimónicas. El ascenso de dictadores protofascistas en los años treinta en muchos países de la región no tuvo equivalencia en nuestro país, donde, en cambio, se instaló un gobierno liberal reformista. El pensamiento marxista siempre fue marginal y las guerrillas izquierdistas garantizaron que la población, durante décadas, fuera refractaria a este tipo de ideas. El populismo, en consecuencia, no tuvo muchas oportunidades, en buena medida por la existencia de un pacto constitucional –el Frente Nacional– que obligaba a la alternancia en el poder y, por lo tanto, a la moderación, el cual se acabó extendiendo mucho más allá de su plazo original.

La prueba reina que demuestra que el arielismo y los demás ismos que azotaron a la región no fueron especialmente dañinos en Colombia es que el país fue el único del vecindario que creció consistentemente durante casi medio siglo. Solo para mencionar un punto de comparación, en este lapso el país pasó de ser uno de los más pobres y olvidados de la región, como lo atestiguan las narraciones de los viajeros que nos visitaron, a ser miembro pleno de la OCDE. 

Sin embargo, a pesar de todos los avances, como un agujero negro cuya gravedad no deja escapar la luz de su entorno, el largo siglo XX latinoamericano finalmente nos acabó atrapando. El fracaso del gobierno Duque fijo las condiciones para el ascenso de un populista de clásico molde circa 1970, dispuesto a recombatir las disparatadas batallas de los últimos cincuenta años. 

Porque Gustavo Petro no un es visionario ni un vanguardista, es todo lo contrario: una reliquia, un chéchere viejo e inútil, como una máquina de coser o un sombrero de copa, al igual que lo son muchos de los gobernantes de la región que siguen enfrascados en la lucha contra el yanqui, en la reivindicación indigenista, en el agrarismo, en la auto victimización, y, sobre todo, en el utopismo.

Colombia será, en la cosmovisión petrista, “una potencia mundial de la vida”. Énfasis en “mundial”. No basta con ser un mejor país o un líder regional. Seremos una potencia en todo el mundo mundial, logrando, supone uno, superar muchos de los problemas económicos, sociales y ambientales que no han podido resolver países como los Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania. Es la misma cándida soberbia, lo recuerda Granés, que embebía a Vasconcelos cuando hablaba de la “raza cósmica”, aquella que conjuga todas las razas en una; o a Kubitschek, que acabó construyendo una disfuncional capital en medio de la nada; o a Hugo Chávez que anunciaba la “segunda independencia” de América antes de causar millones de desplazados, o, el mismo Nayib Bukele que ahora quiere construir una ciudad “bitcoin” potenciada por la energía de uno de los muchos volcanes que pululan en su país quebrado. Pudiera seguir por varias páginas más: lamentablemente en América Latina los ejemplos de mesianismo –el delirio americano, de vuelta a Granés– se cuentan por centenas.

Lo cierto es que entre más grande la retórica más grande los fracasos. La economía no funciona a punta de poesía o de discursos en los balcones de las casas presidenciales. Funciona solo por los incentivos que se establezcan: bajos impuestos, reglas del juego estables, prudencia fiscal, respeto a la propiedad y mercados abiertos. Y sin economía, o más bien, sin desarrollo económico, no hay derechos ni hay nada.

El ataque sistemático al sistema productivo que se ha anunciado por el nuevo gobierno es una receta para el desastre.

Ahora que se están encontrando importantes depósitos de gas natural en el Caribe colombiano –una energía verde, igual que la eólica o solar, según el Parlamento Europeo–, cesar la exploración de hidrocarburos resulta demencial. Plantear la sustitución de importaciones de comida barata en medio de una crisis inflacionaria es de por sí absurdo, pero además atentar contra los derechos de propiedad de los agricultores al mismo tiempo puede llevar a una hambruna. No es factible –y esto lo debería saber la entrante ministra de Agricultura– sustituir la ineficiente ganadería extensiva por agribusiness(en sus palabras) si no se tiene seguridad de que la tierra no será expropiada. Mejorar la calidad del sistema de salud –ya de por sí muy buena, como lo confirma la OMS– sin contar con inversión privada es imposible y traer cuatro millones de nuevos turistas sin infraestructura hotelera (que se construye con incentivos tributarios como los que se quieren eliminar) y, sobre todo, sin seguridad física es una quimera.

Como muchas de las quimeras latinoamericanas de este largo siglo XX del cual, en algún momento, pensamos que nos habíamos escapado, pero no. Aquí seguimos soñando sueños cada vez alocados, más delirantes y grandiosos. Sueños irrealizables, por supuesto, que, cuando fracasan, no conducen a una introspección sobre lo sucedido, si no a fijar culpas. Para eso están los gringos, la oligarquía, las “fuerzas oscuras”, los pitiyanquis, los escuálidos, el FMI o el chivo expiatorio del momento. Y luego se dobla la apuesta.

El próximo 7 de agosto escucharemos del aprendiz de caudillo una muestra de museo del mejor utopismo latinoamericano. Por ahora lo único bueno que debemos esperar es que la fiebre solo nos dure cuatro años. 

 

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