OPINIÓN

Diez tesis sobre la violencia de la Economía Naranja (Segunda parte)

Ilustración: LosNaked.

Primera parte aquí

8. “La venganza es un plato que se sirve mejor frío”

8.1 Cultura Ingreso Seguro

Iván Duque le madrugó al guayabo de la noche de navidad de 2018 para hacer un anuncio oficial el 25 de diciembre: “por eso [nuestro gobierno] celebra que hoy Chambacú se abra como ese gran epicentro naranja en la Ciudad de Cartagena”. El presidente de Colombia cumplía 140 días de posesionado, estaba feliz como mandatario. Tenía público para contar el cuento de la Economía Naranja, para empezar su “había una vez” con la historia de este “cluster de experiencias culturales” asociado a la Cámara de Comercio de esa ciudad.

Chambacú es un nombre que resuena en la historia de Cartagena: en 1963 el escritor Manuel Zapata Olivella, en su novela Chambacú, corral de negros, mostró el racismo de la élite cartagenera que abandonó a su suerte a miles de ciudadanos afrocolombianos que vivían sin títulos de tierras en un lote cenagoso entre el Castillo de San Felipe y la Ciudad Amurallada. “Lo más humano que tiene Cartagena es Chambacú, un barrio que hierve y se pudre de pura humanidad”, dijo Gabriel García Marquez en un artículo de 1955. 

En 1973  los antiguos pobladores de Chambacú sufrieron un desalojo más, a la fuerza y bajo falsas promesas, y el terreno fue declarado como lote baldío. Al final del siglo pasado, en los gobiernos Pastrana, Gaviria y Samper, tejemanejes de altos funcionarios del poder central y de la alcaldía local adjudicaron —y se autoadjudicaron— ese terreno para el desarrollo inmobiliario de varios proyectos de construcción de alto lucro.

El Chambacú de 2018 del gobierno Duque fue algo más pueril, una pieza de propaganda, una labor de limpieza para quitarle al nombre las manchas de una larga historia de abuso institucional y volver a ponerlo a circular bajo la forma de un show musical. Un “rebranding” de los intermediarios de la Economía Naranja: “una experiencia única, como en los grandes cabarets del mundo, con nuestra propia mezcla Caribe de música, circo, danza y teatro, el bar, las luces, efectos especiales y las opciones gastronómicas de la plaza de San Diego”.

El mismo anuncio promocional ordenaba los precios de las boletas por colores: las negras, las más caras, “Premium Black” ($250.000) y “Black” ($225.000). La más barata, la “Silver” ($135.000), en el segundo piso y con la aclaración de que contaba con “sillas altas”. En la esquina del volante aparecía el logo de la empresa detrás de la operación de mercadeo turístico, lavado de imagen y trata de artistas: Du Brand Marketing Group.

Con "Chambacú comprometemos nuestros recursos y nuestra experiencia porque creemos en Cartagena”, puntualizó en su momento Pedro Sarmiento, cabeza de la organización Du Brand, que le inyectó capital por dos años a este show edulcorado de autoexotismo en las temporadas vacacionales de año nuevo en 2018 y 2019. 

La iniciativa instrumentalizó a una cantera de estudiantes de arte de una institución universitaria vecina como mano de obra barata bajo la ilusión del aprendizaje y de estar trabajando codo a codo con una que otra estrella de figuración mediana en la revista Tv y Novelas.

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Zapata Olivella había escrito en su Chambacú, corral de negros: “la isla crece. Mañana seremos quince mil familias […] Por eso, para nosotros no hay calles, alcantarillados, escuelas, ni higiene. Pretenden ahogarnos en la miseria. Se engañan. Lucharemos por nuestra dignidad de seres humanos […] Jamás cambiarán el rostro negro de Cartagena. Su grandeza y su gloria descansan sobre los huesos de nuestros antepasados”.


La narración de la Economía Naranja privilegiaba otro registro, el de un reality predecible que, según lo dijo dramaturgo del infomercial en una entrevista, trataba de “una historia de aspiraciones, amores y desafíos de unos artistas de los barrios populares de Cartagena que se enteran de que están haciendo un casting para una obra de teatro titulada Chambacú Cabaret y deciden prepararse para participar”. 

Una versión musicalizada de pornomiseria ejecutada entre las columnas del patio estrecho de una casa colonial y escenificada sin escrúpulos. Chambacú Cabaret marcaba el regreso del arte de sobreprecio —denunciado por Luis Ospina y Carlos Mayolo en el clásico del cine Agarrando Pueblo de 1977—, ahora en versión La La Land caribe. 

Este Chambacú se cifró como un gana gana para Du Brand, que complacía al presidente Duque en su interés de darse un pantallazo decembrino con el “cluster” de Cartagena. 

Con la intermediación y producción de esta muestra de arte neutro, Du Brand se ganaba el favor de nuevos contratos: una cosecha que coronó con un contrato a dedo por $3.350 millones para “posicionar la imagen del presidente en redes sociales”, y que asciende a otras contrataciones por más de $27.000 millones en el gobierno Duque, pagados, en parte, con recursos del Fondo de Programas especiales para la Paz y adjudicados en procesos de licitación opacos.

Du Brand, la empresa socia y aportante en la campaña presidencial de Duque en 2018, y luego empresa beneficiaria de la Economía Naranja al vestirse de “Chambacú” bajo este “Cultura Ingreso Seguro”, volvió a llamar la atención meses después. 

En agosto de 2020, gracias a un derecho de petición puesto por la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa), se reveló el listado de cerca de 400 tuiteros perfilados por Du Brand en un documento interno que clasificaba la posición política de los “influenciadores” de acuerdo a la interpretación de sus trinos: “neutra”, “negativo”, “positivo” o “no aplica”. 

El director de proyectos de la Consejería Presidencial para las Comunicaciones le hacía un pedido a Du Brand para ser más precisos en los perfiles a entregar: “solicito se nos entregue nombre, y si es posible número de identificación, de las personas que son propietarias de las cuentas que figuran en la columna denominada ‘INFLUENCIADOR’ [sic]”. 

Jonathan Bock, subdirector de la FLIP y coordinador de la investigación, dijo sobre este ejercicio precautelativo, de indagación y de posible coerción y censura estatal: “El Gobierno busca saber quién está diciendo qué para ir a convencerlos de lo contrario. No solo es un indicio claro de que no se toleran comentarios críticos, sino que se quiere revertir y contrarrestar el ambiente de opinión”.

8.2 La Economía Naranja contraataca

En el gobierno Duque, la idea de una opinión “neutra” o en “negativo”, “positivo”, o de “no aplica”, ha ido más allá de la burbuja de Twitter y, como virus, también infectó al mundo literario. 

A comienzos de septiembre de 2021, Luis Guillermo Plata —el embajador de Colombia en España y encargado de liderar el ejercicio del “poder suave” de la diplomacia cultural para representar al país en la Feria del Libro de Madrid— se descuidó. El diplomático criollo pensó y además —brillante como su apellido— dijo lo que pensaba en una entrevista: “Uno no quisiera que una feria literaria se convirtiera en una feria política. Ni para un lado ni para el otro. A mí me gusta García Márquez porque me gusta, no porque sea de izquierdas o de derechas, o me gusta Pablo Neruda porque me gusta lo que transmite sin preguntarme por su ideología. Se ha tratado de tener cosas neutras donde prime el lado literario de la obra”.

El folclor literario asegura que la frase “la venganza es un plato que se sirve mejor frío” está en la novela Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos La Clois, un relato sobre la decadencia de la aristocracia cortesana de una época. 

La frase no está en la novela, pero sí está en el folleto cortesano de política cultural que dictamina lo “desconocido conocido” de la Economía Naranja: un manual que premia a sus amistades e intermediarios con contratos y zonas francas para negociados inmobiliarios, fiscales y producciones tan estrafalarias como insulsas. 

Una política que pretende dominar el terreno de la cultura al perfilar, castigar y censurar a artistas, creadores y críticos a los que gradúa de enemigo interno y donde se filtra esa información a otras instancias para efectos represivos. 

En la Feria del libro de Madrid quedó claro que el mundo de egos y malquerencias de toda parroquia literaria tiene eco en la kakistocracia del gobierno Duque, una administración de los peores y para los peores que actúa con total impunidad bajo el economato naranja, una versión circense y actual del despotismo ilustrado donde la política cultural se hace por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo.

En su texto Ni sectarismo, ni notablato: lo que queda de una semana de pasión literaria, el periodista y escritor Pedro Adrián Zuluaga hace un breve recuento sobre el perfil vindicativo del gobierno Duque. Una vendetta cultural que antecede a las exclusiones deliberadas de la feria de Madrid y que muestra cómo, tarde o temprano, el gobierno Duque y sus socios castigan a personas, instituciones y medios periodísticos que cuestionen sus políticas y actuaciones: 

“La crispación a la que se llegó en esa semana de debates no habría tenido ese tono si no existiesen varios antecedentes que, en tiempos muy recientes, alertaron sobre la poca tolerancia a la crítica o al debate intelectual en el alto gobierno colombiano. Fueron mencionados los casos de la negación de un apoyo para el viaje del cineasta Rubén Mendoza a un festival de cine colombiano en Buenos Aires (FICCBA), justo después de su polémico discurso contra el gobierno Duque en la inauguración del Festival de Cine de Cartagena en 2019; el giro radical en las políticas y la administración del Centro de Memoria Histórica, o la sospecha de que el cierre de la revista Arcadia, en marzo de 2020, se debió a la injerencia de una alfil uribista como Sandra Suárez, gerente de Publicaciones Semana”.

En la Feria del libro de Madrid, el gobierno Duque había programado al presidente Duque como primer escritor de la nación y el lanzamiento del libro La economía naranja: una realidad infinita de Duque y Buitrago parecía estar agendado para el jueves 16 de septiembre de 2021. 

Luego del escándalo de la “literatura neutra” Duque negó todo, se quitó la máscara de escritor, volvió a su rol de mandatario y con la mínima gracia de su solemne verborrea dio a entender que visitaba España para el comercio y la inversión, o para ver de nuevo al rey, mandarle saludos de Uribe, y para usar la cabeza haciendo cabecitas cerca al presidente del Real Madrid: "Yo no he desistido de presentar ningún libro, es que nosotros no vinimos acá a presentar libros. Yo el libro lo lancé la semana pasada en el Congreso de la Economía Naranja, que es un libro que se publicó con el exministro Felipe Buitrago, y tiene el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para mostrar todo el impulso que han tenido las industrias creativas en Colombia”. 

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La economía naranja: una realidad infinita es el informe de gestión anual del Ministerio de Cultura diseñado como manualillo interactivo y escrito bajo la misma lógica que el “maravilloso” libro anterior de 2013: una tarea de confección literaria donde la edición recae en escritores fantasmas y secretarios que se encargan de extraer citas, cifras y datos de los que luego se ocupa un diseñador que los convierte en atractivas infografías. Bajo este modus operandi editorial cualquier ministro podría dejar el cargo con varios libros terminados para figurar en los suplementos culturales y desfilar por ferias literarias.

El número 161 de la revista Arcadia le dedicó su edición de febrero de 2019 a una crítica desde diversos frentes a la Economía Naranja. Una frase del escritor Antonio Caballero ocupó toda la portada: “La economía naranja es una visión muy limitada de algo que cubre todo el abanico de lo humano”. Caballero, al interior de la revista, se extendía en un artículo:

En la propuesta cultural del presidente Duque, sin embargo, esa multiplicidad se reduce a su mínima expresión: las formas rentables de la cultura. Para decirlo en las palabras de su discurso de posesión, su gobierno entiende la cultura como un instrumento para “que nuestros actores, artistas, productores, músicos, diseñadores, publicistas, joyeros, dramaturgos, fotógrafos y animadores digitales conquisten mercados”. La larga enumeración de oficios se resume en un objetivo sencillo: la cultura es para vender. Agregaba Duque, con su pueril inclinación por los juegos de palabras: “…Que además de las manufacturas, produzcamos mentefacturas”. Y explicaba: “Articularemos una política de incentivo a la creatividad y a la gestión del patrimonio cultural integrado a la política de Innovación y Desarrollo Tecnológico”.

El equipo editorial de Arcadia y su amplio grupo de columnistas pagaron caro su atrevimiento. La retaliación ya no vino del Ministerio de Cultura, como se vio más de una vez durante los gobiernos Uribe y Santos, sino de los nuevos dueños de la casa editorial. En marzo de 2020 la cabeza editorial de Arcadia le fue ofrecida al gobierno Duque como ofrenda. El guiño cómplice del Grupo Gilinski, nuevo dueño del Grupo Publicaciones Semana, mostraba el poder de un conglomerado capaz de actuar cuando el ocio afecta el negocio (cuando Gabriel Gilinski oye la palabra cultura desenfunda su pistola —de agua—).

8.3 Un arte sin política

Al respecto, Felipe Buitrago, como viceministro de Cultura en septiembre de 2020, describía así la posición del gobierno Duque ante la “politización” y debates sobre la Economía Naranja:

Desafortunadamente aquí en Colombia hay quienes quieren politizar todo y la ceguera no les permite ver las cosas maravillosas que somos capaces de hacer los colombianos cuando trabajamos en equipo […] Desafortunadamente ha habido una politización innecesaria porque se trata de una bandera del presidente Duque, él nunca le dio un carácter político al tema sino que presentó un modelo de desarrollo incluyente basado en la diversidad y así se ha venido trabajando y quienes trabajan dentro del sector así lo han entendido. Algunos simplemente por posiciones ideológicas preferirán usar otros términos, industrias culturales y creativas, economía y cultura.

Y cerraba con un silogismo cantinflesco: “Yo creería que el concepto está bien aprobado por quienes necesitan que el concepto se apropie”. Apropiadores como las empresas de intermediación Coolture Investments y Du Brands, por ejemplo.

Una apropiación que no todas las personas del Ministerio de Cultura compartían y que llevó a que, en agosto de 2019, se le pidiera la renuncia a David Melo como viceministro. A Melo, con trayectoria y experiencia probada en el sector cultural y estatal, lo renunciaron, al parecer, por la impaciencia del presidente Duque por ver lo más pronto posible nuevos “chambacús”, “clústeres”, “business canvas”, “adeénes”, “mentefacturas”, “realidades infinitas”, “oportunidades infinitas”, “cambios de chip” y “coolture” por todo el país. 

Buitrago pasó de la Alta Consejería para Asuntos Económicos a ocupar el viceministerio, hasta el 24 de diciembre de 2020 cuando su amigo Iván Duque le regaló de navidad la oficina de Ministro de Cultura. Buitrago calentó el puesto por 148 días hasta dejarlo en una renuncia súbita en mayo de 2021. Durante las manifestaciones del Paro Nacional de este año, Buitrago, el ministro, tropezó dos veces con la misma piedra del oportunismo cultural.

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El 9 de mayo de 2021 el presidente Duque tomó posesión de un espacio museal al cuidado del Ministerio de Cultura como si se tratara de su sala juntas: sin permiso de los artistas expositores movió y ocultó obras, desconectó videos, instaló mesas, sillas plásticas y usó los monitores de la sala para la transmisión virtual de su encuentro con “líderes religiosos del país”. El gobierno Duque ocultó con cartulinas blancas una parte del arte expuesto, no fuera ser que algún prelado —acostumbrado a ver crucifixiones, mutilaciones y desnudez— se sintiera ofendido o tentado por Salaam Tristesse, una crónica jovial, cotidiana, sutil y aguda, de dibujos, pinturas y videos en que niños juegan fútbol con un balón invisible y donde el artista belga Francys Allys cuenta lo que vio en Irak entre 2016 y 2020.

Al final de la sesión, ante la fachada del museo, el gobierno Duque fabricó una declaración conjunta, un astuto salpicón de Estado laico con poder confesional que buscaba satanizar al movimiento del Paro Nacional con un sermón dominical: “Encontramos en el diálogo y la unidad el camino para superar la violencia y las vías de hecho. Pedimos levantar los bloqueos que afectan a millones de familias colombianas”.

El vampirismo curatorial del presidente Duque no se limitaba a mezclar política y religión, una astucia que, además de buscar el voto de las iglesias y sus feligreses para las próximas elecciones, escogía un espacio idealizado para el arte, de “interés desinteresado”, como templo para celebrar esa alianza. 

La obra teatral montada por el gobierno Duque en ese museo tenía un elemento adicional: la venganza. Iván Duque, un funcionario anónimo con abolengo politiquero, durante años le coqueteó sin mayor éxito a otro político, Juan Manuel Santos, para que lo incluyera en algo —una embajada, un viceministerio, un Ministerio de Cultura—. 

Ahora, como presidente, Duque le ponía el pie encima a un territorio de alto simbolismo para su antecesor. Santos, como mandatario, le había comisionado a dedo a la artista Doris Salcedo la construcción, a pocas cuadras del Palacio de Nariño, de un ícono moderno, un mausoleo que guardara, en algo, la memoria y la oportunidad del proceso de paz con la guerrilla y las franquicias de las FARC. Salcedo —la artista colombiana postBotero con mayor resonancia internacional—, llamó al espacio Fragmentos.

 

El 1 de agosto de 2018, como uno de sus últimos actos de gobierno, Santos “preinauguró” junto a Salcedo esta pieza de arte cortesano en una ceremonia jovial y concurrida. El cóctel ocurrió en el vacío del cubo blanco entre muros derruidos apuntalados como ruinas, altos vidrios planos y una estructura de pecera, sillas y mesas plásticas. 

El baile del poder sobre el suelo de Fragmentos: láminas metálicas cuadradas, seleccionadas por cumplir con la bella impronta estilística de Salcedo —su talento innegable para estetizar la política—, y por estar forjadas con el material reciclado de la fundición de un lote de 37000 toneladas de armas de las FARC. 

La “preinauguración” de este altisonante monumento, o “antimonumento” según Salcedo, con presidente saliente a bordo, buscaba blindar a Fragmentos del embate próximo del uribismo que prometía hacer trizas los acuerdos de paz.

 

Fragmentos ha sido “abusivamente utilizada, rompiendo todas las normas internacionales de conservación y derechos de autor”, dijo Salcedo luego del performance dominguero de Duque. “Lo que imaginé que podría tener lugar en Fragmentos es un diálogo difícil, que debe tener lugar durante las guerras civiles. Pero lo que ocurrió no fue un diálogo real. Fue teatro”.

Una obra teatral más donde el ministro de Cultura, Felipe Buitrago, brilló —antes, durante y después— por su ausencia (una extraña deserción pues el espacio estaba al cuidado de su cartera y perderse de la foto solo podría ser explicado por estar lejos, muy lejos de los hechos con la cabeza en otras fronteras del mundo mundial de la cultura).

El otro paso en falso de Buitrago por esos días fue su declaración en relación al derribamiento de la estatua de Jiménez de Quesada de la plazoleta del Rosario en el centro de Bogotá. El 8 de mayo, en su cuenta personal de Twitter, que usó como ministro de Cultura para dar declaraciones, Buitrago trinó:

Un grupo de vándalos derribó la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en la plazoleta del Rosario de Bogotá. Total rechazo contra este tipo de actos delictivos que atentan contra los bienes públicos de la cultura. #ExprésateSinViolencia #CuidarlosNosEmpodera pic.twitter.com/3P3eyUe24c — felipenaranja (@FelipeNaranja) May 7, 2021

El dictamen categórico, policial y judicial no fue bien recibido al interior del Ministerio de Cultura, sobre todo en el Viceministerio de Fomento Regional y Patrimonio, opuesto en muchas instancias a lo que determina el Viceministerio de Creatividad y Economía Naranja.

El rechazo que causó el trino hacia afuera le sirvió a Buitrago para posar de indignado y montarse en el bus de los ministros salientes —el de Hacienda, la de Relaciones Exteriores—, y quedar para la historia oficial del uribismo como las estatuas derrumbadas de los conquistadores: un criollo ilustrado más que fue víctima de un “grupo de vándalos”. #CuidarlosNosEmpodera

Las respuestas al trino de Buitrago ya no están disponibles, tan buen recuerdo le dejó su palomita como funcionario estatal que todo lo que trinó como viceministro y ministro de Cultura fue cancelado: Felipe Buitrago eliminó todo lo dicho por @FelipeNaranja. La desmemoria por vía del branding y el rebranding, una obra más de “oportunidad infinita” de la Economía Naranja.

8.4 Las fichas de la cultura

En reemplazo de Buitrago fue nombrada Angélica Mayolo como ministra de Cultura, una funcionaria de 31 años que ha destacado en su trabajo previo y que merecía, por su perfil, si acaso, llegar a viceministra para aprender, hacer carrera en el ministerio y ahí sí continuar y ascender solidariamente junto a otros colegas de esa cartera. El nombramiento de Mayolo es semejante al de la ministra que inauguró el gobierno Duque, Carmen Vásquez.

Este par de designaciones marcan un patrón del gobierno Duque como patrón: el de hombres blancos que nombran personas que no los hagan sentir inseguros, que cumplan con el requisito de tener igual o menor “cultura” que los patriarcas que las ponen en el puesto y que tengan contactos con la Cámara de Comercio, relación con el puerto de Buenaventura, sean dúctiles y fotogénicas para foros y fotos del gabinete y, sobre todo, sean sumisas y ecuánimes en sus declaraciones y actuaciones.

Esto fue evidente en la salida de un funcionario de carrera con más de 20 años en el Ministerio de Cultura: Daniel Castro, a quién le pidieron la renuncia como director del Museo Nacional porque, según Felipe Buitrago, “querían buscar otros liderazgos”. Castro fue reemplazado por Juliana Restrepo, que venía de trabajar en el Grupo Publicaciones Semana como organizadora de eventos y liquidadora de la revista Arcadia, y antes, como directora del Idartes en la alcaldía Peñalosa y directora del Museo de Arte de Medellín.

El Museo Nacional es la entidad rectora de toda la política estatal de museos en el país y en la reorganización que hizo el gobierno Duque del Ministerio de Cultura quedó bajo la tutela del Viceministerio para la Creatividad y la Economía Naranja (la Biblioteca Nacional, por contraste, está bajo el Viceministerio de Patrimonio y fomento regional).

El “nuevo liderazgo” que ejerce Restrepo se hace cada día más claro. Sus declaraciones y ponencia reciente en el Gran Foro Mundial de Arte, Cultura, Creatividad y Tecnología, que tuvo lugar hace unas semanas en Medellín, son muestra de que tiene bien puesta la corbata naranja.

Restrepo, como directora del Museo Nacional, como cabeza de la entidad que le indica las pautas a seguir a más de 700 museos en el país, afirmó que “los espacios culturales deben y pueden financiarse”. Señaló, además, que ahora su deber y poder está en buscar recursos bajo las siguientes pautas:

  1. Buscarle un patrocinador a una sala de exposiciones o proyecto.
  2. Desarrollar eventos comerciales en alianza con algunas marcas afines al museo.
  3. Alquilar los espacios del escenario cultural para eventos comerciales, cocteles, lanzamientos, etc.
  4. Vender paquetes de boletería a empresas donde se puedan incluir visitas guiadas para grupos.
  5. Ofrecer servicios como talleres, actividades educativas y demás espacios para empresas, colegios, universidades, fundaciones, entre otros.
  6. Abrir una tienda donde se puedan comercializar productos relacionados con las colecciones o exposiciones del museo.

Estas políticas vienen de tiempo atrás y de muchas otras latitudes, y pueden ser deseables bajo una justa proporción operativa, pero la funcionaria no hizo el menor gesto para mostrar, por ejemplo, cómo el gasto estatal en cultura es ínfimo si se lo compara con el de otras carteras o para exigir cambiar esta diestra anomalía (el presupuesto para la Policía supera casi 37 veces el del Ministerio de Cultura).

Y mientras la kakistocracia del gobierno Duque le marca el rumbo a la política museal del país, el día a día de las personas que trabajan en los museos se muestra más difícil: a la nueva misión-visión del “deben” y “pueden” buscar plata ordenado por Restrepo se suma el cuestionamiento y la supervisión de lo que se puede y no se puede exponer.

El personal de los museos vive bajo el riesgo de despidos, con contratos temporales y de recibir o no contraprestaciones de un gobierno central empecinado en la producción de un arte “neutro”; de producir una cultura que guste al sector productivo para sus campañas de responsabilidad social, deducción de impuestos y lucro por vía de la gentrificación y plusvalía que le puede traer el efecto Guggenheim de tener un museo planeado como centro comercial en una zona deprimida.

Pero el riesgo puede ser mayor.

En el periódico El Espectador de abril, la periodista Laura Camila Domínguez publicó la crónica Entre vivir y dirigir un museo en Colombia (Realidades Ficcionadas). La historia de “Osvaldo”, un funcionario nombrado en 2018 como director en un museo en Honda, Tolima, que durante un año ideó “exposiciones y hasta un cine club en el que se analizarían las violencias locales”. 

El 7 de junio de 2019, luego del foro de “Noche de cine en el museo”. Osvaldo recibió una invitación por parte de un asistente pudiente que lo invitó a comer y lo montó en su camioneta blindada junto a su guardaespaldas para darle un largo recorrido nocturno por la zona. El anfitrión había intervenido en el foro para decir “que hablar de racismo, feminismo o feminicidios era igual a promover la anarquía. Que esas cosas no existían y que las ideas de izquierda eran puras “vagabunderías” que truncaban el progreso de Honda”, “se quejó de que alguien tuviese intenciones de apoyar a indigentes” si “son la muestra de que los humanos podemos llegar a niveles muy bajos de degradación”.

Una vez llegaron a una pizzería, la razón de la invitación se reveló:

“—¿Sabe qué pasa, Osvaldo? Que en Honda todo está muy organizado. Yo me puse así después de esa película porque me pareció que, seguramente sin intenciones, usted está queriendo desordenar todo. Hermano, ¿para qué?

—Lo que menos quiero es molestar.

—Se ve que usted es un tipo inteligente, sensato. No se meta en problemas pendejos, y no se lo digo por mí, sino porque la gente aquí resuelve las cosas de otra manera. Aquí hemos hecho un trabajo juicioso de limpieza.

—¿Limpieza?

—Sí, limpieza social.

—No entiendo.

—Pues hemos limpiado a Honda de los delincuentes. Tuvimos que juntarnos con paramilitares para hacer respetar esta ciudad, pero se logró, ¿si me entiende?

—Sí…

—Yo me preguntaba viendo esa película: cuál es la necesidad de meterse en problemas, porque le digo una cosa, Osvaldo, si sigue en ese plan va a tener que enfrentarse a gente oscura.

—¿Qué gente? ¿Por qué lo dice?

—Pues porque los conozco. Ya están hablando, así que alguien tiene que advertirlo.

—Ya…

—Usted me cae bien. Mejor viva tranquilo con su arte, pero que hable de otras cosas. Eso de ayudar a esos hijueputas indigentes. Noooo, hermano. O hablar de los derechos de esos negros malparidos. ¿Usted cree que después del trabajito que nos costó limpiar estas tierras queremos hablar de sus derechos? La gente de bien tiene derechos, nadie más.

—…

—Vea, llegamos. La pizza de aquí es muy buena. Bien pueda”.

Osvaldo le comentó lo que pasó a su superior en Bogotá, temía por su vida. Le dieron respuestas largas y evasivas, le sugirieron evitar el nombre del partido político mencionado por el hombre en la conversación, lo olvidaron y luego “uno de esos días, sacó la basura y no regresó sino hasta 32 horas después: Nuri, una vecina, lo encontró vagando por alguna carretera y sin ningún rumbo. […] Le diagnosticaron fugas disociativas, un trastorno que “se caracteriza por un viaje repentino lejos del hogar o del trabajo, con incapacidad para recordar el pasado y con confusión acerca de la identidad previa”. Y las causas podrían ser sentimientos extremos de vergüenza, traumas causados por la guerra, traumas provocados por algún accidente o desastre natural, secuestro, tortura o abuso emocional o físico en la infancia. O un estrés insoportable por la incertidumbre que produce que, en cualquier momento, te puedan matar”.

Alguien en el poder central de la capital se compadeció de la situación reportada oficialmente por Osvaldo, lo comunicó a la ministra que lo llamó a venir a Bogotá y junto a su superior le prometieron ayuda y protección. Volvió a Honda, del poder central no llegó nunca nada. En agosto Osvaldo abandonó el puesto, regresó a Bogotá ya sin trabajo a la casa de un amigo. 

En un cruce de mensajes que no ha debido recibir vio que “la directora del Programa de Financiación de Museos y Recintos culturales, Gabriela Nieto, se equivocó con un pantallazo en WhatsApp y lo envió a un chat en el que él aún estaba, el chat de directores de museos. Era un correo de Osvaldo, pero no fue tomado desde la bandeja de ella, sino desde la de él: le hackearon su correo y borraron todo lo que tenía que ver con el caso”.

La realidad ficcionada de Domínguez cierra así:

“Osvaldo, que hoy por hoy trabaja para otro de los museos más importantes del país, debe hacerse controles constantes para monitorear su salud. Nadie lo protegió ni le dio ninguna explicación. Nadie pudo explicar por qué en Colombia ser artista o gestor o director de un museo, es una labor de alto riesgo. Nadie supo cómo justificar que, frente a la pretensión de pensar, hay que aguantar dolores que van más allá de las confrontaciones propias del pensamiento. Hay que soportar el miedo y vivir con la certeza de que, en Colombia, la vida no vale nada. La última llamada que recibió para hablar sobre el tema, fue para advertirle sobre el peligro de hablar, de denunciar”.

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