OPINIÓN

Disección de un trino

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El pasado 5 de octubre en la mañana el presidente Gustavo Petro emitió una cadena de trinos que para la mayoría de las personas pasaron desapercibidos. Nada tenían que ver con la paz total, o con iluminados discursos en Naciones Unidas. Tampoco eran para explicar las colchas de plumas generosamente donadas al servicio doméstico de la Casa de Nariño, o sobre los nuevos amigos al otro lado de la frontera que nos enviaron un buque de fertilizantes que no hemos podido desembarcar porque nadie sabe muy bien quién debe pagar el flete.

Eran sobre economía, un terruño de neoliberales y rancios capitalistas que poco entienden de cosas importantes como interseccionalidades, enfoques de género y justicia ambiental. El presidente, quien es economista, no solo explicó lo que estaba ocurriendo con la inflación, esa peste que se carcome los ingresos de los hogares, sino que ofreció su fórmula para controlarla.

En el trino de las 8:38 a.m. el diagnóstico fue claro: la causa de la inflación son los precios de los alimentos (“El precio de los alimentos sigue jalonando el ritmo inflacionario de Colombia”), en particular de los alimentos nacionales, “más por las inundaciones” y no tanto por el valor de los productos importados (“esta vez menos por la inflación internacional”).

En resumidas cuentas, según Petro, la razón por la cual la carestía es de dos dígitos, 11.44% para ser exactos, es porque está lloviendo demasiado en Colombia.

Curiosamente no pasó lo mismo durante el fenómeno de La Niña en 2010 ni en 2016, cuando llovió muchísimo y la inflación de todas formas bajó. Además, ese 30% de la comida proveniente del extranjero que se paga en dólares parece que ya no afecta demasiado. Quizás a los 58 días de la posesión presidencial la balanza agrícola del país se alteró y esos 12 millones de toneladas de alimentos que importábamos ahora sean irrelevantes para efectos inflacionarios.

Ahora bien, debió haber sido otro Gustavo Petro quien trinó el 8 de marzo de este año a las 12:29 a.m. que “Bajar los aranceles ‘per se’ para contener la inflación, que es producida por las importaciones y la caída del peso, es como apagar el incendio con gasolina”, porque aumentar los aranceles o mantenerlos altos, como ocurre en la actualidad, no se ve cómo pueda ayudar a bajar los precios de los alimentos nacionales, esos mismos que el Petro del hoy y del ahora dice que son los que están causando la inflación desbordada.

Toda una contradicción pura, que se agrava con los trinos subsiguientes, sobre todo con uno que quedará para la historia.

“¿Sirve subir la tasa de interés para contener la inflación?”, se pregunta el presidente. Y la auto respuesta es un cáustico: “No”. Ya sabemos bien que varios miembros del gabinete son aficionados a la ciencia ficción económica, esa que habla del decrecimiento, teoría monetaria moderna y neo-fisherismo, corrientes que son a la economía lo que la terapia de cristales es a la cardiología.

Pero certificar que el aumento de tasas no reduce la inflación debe ser una novedad para la Fed y el Banco Central Europeo que están embarcados en un ajuste monetario de padre y señor mío precisamente para controlar el aumento de los precios. Quién sabe, de pronto los gurús que están convirtiendo a Colombia en una potencia mundial de la vida saben más que el señor Powell o la señora Lagarde. Y también será noticia para la junta del banco de la República que lleva treinta años –con bastante éxito, hay que decirlo– usando la tasa de referencia para cumplir con su mandato constitucional de mantener la capacidad adquisitiva de la moneda.

Algo que el presidente no parece reconocer porque le atribuye a la junta un propósito sinuoso. “La intensión real de subir los intereses internos, en contra de nuestra propuesta, tiene que ver es con evitar salida de capitales por el ascenso de la tasa de interés de los EEUU”, dice el presidente en otro trino de la cadena. Esto resulta bastante interesante porque la decisión de aumentar las tasas no pudo ser “en contra de nuestra propuesta”. El aumento de tasas se votó de manera unánime por todos los miembros de la junta, en lo que variaron las opiniones fue el monto de dicho aumento.

Independientemente de las grietas que ya empiezan a abrirse en el seno del gobierno, la decisión de aumentar las tasas es la menos dañina cuando se tiene un déficit crónico en la balanza de pagos, como lo tiene desde hace años Colombia. A nuestro país entran menos dólares de los que se necesitan y, por lo tanto, hay que crear incentivos para traer divisas y mantenerlas aquí.

Incentivos, no prohibiciones. Que fue las que el presidente propuso en la parte más incendiaria de su trino cuando dijo que se podía evitar la devaluación “con un impuesto transitorio de remesas a capitales golondrinas” sin irse por el camino difícil del aumento de tasas. Para una persona que se precia de los simbolismos esta fue una chambonada monumental. Los inversionistas a diferencia, digamos, de algunos millennials veganos, no comen cuentos. Saben perfectamente que cualquier medida que limite los flujos de divisas equivale a un control de capitales y que el presidente lo que estaba sugiriendo era que los iba a dejar aquí, metidos en Colombia, a sombrerazos.

Esos “capitales golondrina” que el presidente describe con cierto desprecio son los que en estos momentos tienen a su gobierno a flote. Son miles de millones de dólares que han entrado durante el último año y que están aquí por nada diferente a que les estamos pagando buenos rendimientos financieros. Si se van, Petro no tendrá cómo pagar todas las cosas espectaculares que ha prometido.

Pero eso no será lo peor.

Todo el frágil andamiaje de la economía colombiana esta tambaleante desde la elección presidencial y ahora está a punto de desplomarse.

Al día siguiente de los trinos el peso colombiano se convirtió en la moneda más devaluada del mundo después del rublo ruso.

Un dólar más caro hará que todo en el país sea más caro, así deje de llover mañana. La pérdida de la capacidad adquisitiva significa que la gente puede comprar menos cosas. O sea que se va a empobrecer. Obligar a los extranjeros y a los nacionales a dejar su dinero en el país no es la solución. No traerán un centavo más y se buscarán la manera de llevarse lo poco que les quede. El Estado –para quienes tienen fantasías estatistas– también se debilitará. Conseguir nuevos préstamos para financiar el gasto será imposible. El otrora impensable default de la deuda colombiana es, en este momento, una posibilidad real. Si cae en la tentación de imprimir sin respaldo (en Colombia no lo podría hacer mientras el banco central sea independiente) se hará imparable la inflación. Es decir, más y más pobreza. Como ocurrió en Venezuela. En todo caso el servicio de la deuda se hará más costoso. Todo el esfuerzo tributario se esfumará.

Por mucha retórica que se desparrame y culpables que se busquen para atribuirles la debacle venidera, lo cierto es que con una economía en caos será imposible vivir sabroso.

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