OPINIÓN

El balance de la gestión presidencial

Por: Héctor Riveros.

El próximo martes, 20 de Julio, el presidente Iván Duque hará el balance de su gestión en la instalación del último período de sesiones de este Congreso. Omitirá más cosas de las que dirá y seguirá prometiendo como si fuera el primer día y no como si ya estuviera en la recta final.

En términos de resultados el gobierno de Duque es un estruendoso fracaso. Prácticamente ningún sector, ningún indicador muestra una mejoría si se le compara con el país que recibió. No ha arreglado ningún problema y en cambio ha empeorado varios cruciales. Comienza el último año de su periplo sin haberse sabido nunca para donde quería ir.

El día de su posesión dijo, por ejemplo: “recibimos un país convulsionado” y hoy habría que agregarle: "estamos mucho peor”.

La frase de Duque la soportaba en este diagnóstico: “más de 300 líderes sociales han sido asesinados en los últimos dos años, los cultivos ilícitos se han expandido exponencialmente en los últimos años, bandas criminales aumentan su capacidad de daño en varias regiones del país”.

Pues bien, la cifra de líderes que han sido asesinados iba en algo más de 900 según el Sistema de Monitoreo de Riesgos de la Unidad de Investigación y Acusación (UIA) de la JEP en abril de este año.

La frase de que “bandas criminales aumentan su capacidad de daño en varias regiones” la podría repetir con más vehemencia en su discurso del próximo martes. Probablemente algo dirá si se refiere a la capacidad de daño del ELN que según el mismo gobierno lo informa casi a diario, ahora desarrolla ataques en las principales ciudades del país, además de que perpetra atentados a instalaciones militares y al propio Presidente de la República.

En su acostumbrado lenguaje engañoso dirá: “hemos asestado golpes”, pero no podrá mostrar el dato de una sola región en la cual las condiciones de seguridad hayan mejorado en comparación con hace tres años.

Duque podría, por ejemplo, también repetir esta promesa: La reforma a la Justicia no da espera, porque la mora judicial, el hacinamiento carcelario, los procesos interminables, la precaria tecnología con la que operan nuestros despachos, los riesgos de corrupción y en muchos casos la falta de transparencia y coherencia procesal y probatoria se van carcomiendo la esperanza colectiva.

En cambio, dirá que ya lo hizo y que la reforma que aprobó en el Congreso en la pasada legislatura será la panacea y la verdad es que nadie, ni siquiera sus autores, espera que lo sea.

¿Cuál sería el resultado si quisiéramos medir el cumplimiento de esta promesa?: “Colombia tiene que reducir las brechas entre ricos y pobres, eliminar las distancias entre regiones que acarician el desarrollo y otras que se sienten atrapadas en la exclusión y la miseria, derrotar la falta de acceso a bienes públicos de muchas comunidades”.

O esta otra: “Para construir equidad tenemos que mirar hacia el Pacífico, hacia nuestras comunidades indígenas, hacia la Orinoquía, hacia la Amazonía y hacia muchos lugares del territorio golpeados por la violencia, por la corrupción, por el abandono institucional del Estado”.

Es cierto que las promesas en materia económica no hay como evaluarlas por la pandemia, aunque los resultados en febrero de 2020 no eran prometedores y el desempleo, que suele ser uno de los principales objetivos, estaba en cifras inaceptables y había crecido, sin falta, todos los 18 meses que habían transcurrido desde el discurso de posesión.

Duque prometió la “unidad” y fracasó. El de hoy es, claro, un país muy profundamente dividido incluso más y en forma más irremediable que hace tres años.

En cambio, al Presidente le surgieron temas que no mencionó entonces y a los que seguramente hará alusiones tangenciales ahora a pesar de que es el principal tema de la agenda internacional: el respeto a los derechos humanos.

Hacer sido condescendiente con los casos de abuso policial ocurridos desde 2018 será la principal mancha del gobierno de Duque.

Ayer no más el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le volvió a decir al gobierno que la comunidad internacional condena el uso excesivo de la fuerza en el marco de la protesta social y que las explicaciones que intentó la Vicepresidenta no convencieron porque no estaban basadas en los hechos sino en discursos que no coinciden con la realidad.

Ya se lo había dicho el gobierno de los Estados Unidos y el congreso de ese país al condicionar el desembolso de recursos de cooperación al apego al derecho internacional de los derechos humanos. La Unión Europea se lo dice todos los días. 

La única forma que Duque podría liberarse de ese sello que marcará su gobierno sería asumiendo una actitud sincera de enmienda. Ningún Presidente puede pretender reconocimiento si no rechaza sincera y categóricamente, no con ambigüedades y de manera retórica, la muerte de alrededor de 50 personas, todas jóvenes, en el marco de la protesta social durante su gobierno.

Su falta de compromiso con las investigaciones no se compensa con declaraciones vagas de: “si ocurren abusos que se investiguen”. Los abusos ya ocurrieron y el gobierno no está ayudando a que no haya impunidad, al contrario, en el caso de Dylan Cruz han insistido en que su caso se quede en la justicia penal militar y tuvo la Corte Constitucional que ordenar que se parara la investigación mientras se dirime el conflicto de competencias.

En Septiembre de 2020, casi una decena de jóvenes murieron por balas disparadas por agentes del estado, en una sola noche, en barrios de Bogotá, no en lejanas y escarpadas montañas y el Presidente de la República no ha hecho una sola alusión.

Tampoco la hará en el discurso del próximo martes. Tampoco reconocerá ningún abuso de los centenares documentados en el marco del denominado paro nacional. Al contrario, tratará de justificarlos por el hecho de que haya habido, como en efecto hubo, grupos violentos que aprovecharon las circunstancias para cometer todo tipo de desmanes condenables. Hablará de otra cosa, dirá que hará una revolución social…

Duque se vanaglorió hace tres años de la llegada de una nueva generación al gobierno y prometió que esa generación haría que “los símbolos de nuestro tricolor retomen su significado”. Es tal el fracaso que ahora la bandera se iza al revés.

Compartir
0