OPINIÓN

El caso Víctor de Currea y el pacto de los hombres

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En el caso de Víctor de Currea Lugo ha sido una mayoría de voces de mujeres, y particularmente mujeres de izquierda y progresistas, las que se han pronunciado al lado de las que lo han denunciado. La voz de los hombres ha brillado por su ausencia. En particular, muy poco se ha escuchado la voz de los hombres de izquierda y progresistas. 

La sanción social que hoy se ejerce sobre el profesor de Currea Lugo se da luego de la publicación de varios testimonios, en publicaciones serias, incluso con evidencias. Estos testimonios se suman a otras denuncias que han aparecido en redes.

Cuando se ve quién ha tratado de apoyar a las denunciantes, quién ha buscado escuchar la voz de las víctimas, quiénes han escrito columnas de opinión y reportajes, se ve que son una mayoría de mujeres: el programa A fondo de María Jimena Duzán, las denuncias de la congresista progresista Jennifer Pedraza, el reportaje de la periodista María Fitzgerald en la revista Cambio, el reportaje de Elisa Castrillón en La Silla Vacía. Todas han lanzado la alerta y sin duda, son estas denuncias las que le han costado su nombramiento como embajador ante Emiratos Árabes Unidos.

En contraste, varios de los apoyos que ha tenido el profesor de Currea Lugo vienen de hombres. ¿Por qué razón se da este desequilibrio entre las denuncias y apoyos a las mujeres, y el silencio o abierta defensa del supuesto agresor por parte de los hombres? Es interesante ver quién se opone a la sanción social y qué dice esto de la situación objetiva de hombres y mujeres.

En primer lugar, se oponen a la sanción social quienes consideran que hasta que no haya condena penal, no se puede ventilar el caso. Ciertamente, de Currea Lugo no ha sido condenado penalmente. Por ahora se están simplemente escuchando denuncias que no han sido llevadas a tribunales. Sin duda, lo ideal hubiera sido que quienes han sido violentadas interpusieran demandas y que la justicia se hubiera pronunciado. Sin embargo, muchas veces se ha señalado la dificultad de ser escuchadas en casos de violencia sexual. El sistema de investigación penal y judicial está aun muy impregnado de machismo, la impunidad es alta, y no se puede asumir que habrá imparcialidad y/o celeridad con estas denuncias. 

Es muy curioso cuando este argumento es esgrimido por hombres, por ejemplo militantes de izquierda, o abogados defensores de derechos humanos: hoy piden debido proceso, el mismo que no respetan cuando acusan, con razón, a quienes han cometido crímenes y han sido cubiertos o protegidos por un sistema legal a menudo cuestionable. 

Otros defensores de oficio son quienes, como el propio de Currea Lugo, excusan su comportamiento porque se declaran ser de otra generación. Es cierto que la mayoría de los hombres eran, y siguen siendo educados con las “ventajas” del patriarcado. En tal sistema, las mujeres son un objeto de apropiación material y sexual y un elemento de valoración social. Recuerdo el caso de un empleado de una agencia de publicidad que llegaba cada mañana a saludar de “pico en la boca” a las empleadas jóvenes (año 2014). Cuando una de ellas le recriminó, él se sorprendió: creía que estaba siendo galante y simpático, pero, además, alegaba que él estaba casado. En el viejo sistema patriarcal, las mujeres (y especialmente las jóvenes) están ahí para que se ejerza dominación sobre ellas, para que unos hombres suban de estatus frente a otros, etc.

En otro nivel están los hombres que manifiestan apoyo público y altisonante a comportamientos de acoso y/o abuso sexual: se da, por ejemplo, entre quienes han sido cuestionados, investigados o sancionados por comportamientos similares. Ellos no tienen nada (más) que perder, así es que enfilarán sus ataques especialmente contra quienes denuncian, y con mayor encono en contra de feministas o mujeres denunciantes. Esta franja de hombres es la que está más proclive al insulto, y también a caer en dinámicas defendidas hoy sólo por la extrema derecha (como el “wokismo”, presentarse como víctimas de “cancel culture”, hablar de “feminazis”, etc.).   

Un renglón de silencio les corresponde a los que se han comportado igual en el pasado, y hoy tienen miedo de padecer las mismas consecuencias. En este sentido, resulta muy ilustrativo un apartado de las declaraciones del profesor de Currea Lugo en su entrevista con BluRadio: dice él que los decanos de universidades públicas y privadas se ufanaban de acostarse con sus alumnas. Sin duda, ha habido una grandísima permisividad social con estos abusos. De hecho, es un secreto a voces que en las universidades hay acoso sexual por parte de profesores hombres, como bien lo explica Sandra Borda, y es un grave problema que sigan con la práctica del “tapen tapen”. 

Pero sería un error circunscribir estos abusos al solo medio universitario. Esto sucede en muchos espacios (empresa privada, periodismo, gobierno) pero tienen dificultad de salir a la luz pública. Una muestra de ello son las grandes limitantes para que se ventilen los nombres de los congresistas que han abusado de mujeres subalternas y/o han introducido un sistema de prostitución de hombres policías, como denuncia Ana Bejarano.  

Por suerte (aunque a ciencia cierta, la suerte no es un parámetro explicativo), existen también hombres que sí han sido solidarios con las denunciantes: varios de ellos son feministas (ya sea porque han tenido contacto con feministas, o porque se han formado en ello). Otros más son hombres que han deconstruído, al menos parcialmente, sus propias normas de masculinidad. Típicamente, encuentra uno en este espacio a hombres homosexuales, a hombres que rechazan la violencia sexual, a hombres que han roto el pacto patriarcal. 

Sin embargo, ellos son una minoría. Las mentalidades de muchos, incluso de izquierda, incluso que se dicen humanistas, o defensores de DH, están ancladas en el pasado patriarcal (el caso del viejo ex congresista y figura del Polo, Germán Navas Talero, y su insultante trino, es emblemático). 

Los hombres colombianos deben tomar nota: el mundo está cambiando. El feminismo llegó en forma de #Metoo, en forma de revuelta feminista en Irán, en forma de condenas a poderosos en Hollywood. El feminismo también ha aterrizado en el espacio público en Colombia. En las universidades, en el Congreso, en los espacios de poder, gracias a los testimonios, primero aislados, luego colectivos, luego difundidos por medios, cambia la correlación de fuerzas. Los hombres colombianos, y particularmente los de izquierda, deben decidir si se quedan anclados en el pasado, si perpetúan el pacto patriarcal, o si están dispuestos a dar una muy dura lucha, la lucha contra sus rancios prejuicios.

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