OPINIÓN

El centro y su acta de defunción

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Ilustración: Los Naked.

El ascenso de Rodolfo Hernández es el acta oficial de defunción del centro. Aunque algunos influencers y personajes de la vida digital generalmente asociados al centro celebren de forma explícita o soterrada su ascenso, la subida de Rodolfo le da la estocada final al proyecto centrista en esta coyuntura.

No se sabe si a Hernández le alcance para segunda vuelta. Quizá sea probable que Federico Gutiérrez resista la arremetida con un voto clientelar y de maquinaria que no se registra en las encuestas. Uno puede pensar que lo de Vargas Lleras hace cuatro años demuestra el fracaso de las maquinarias en las presidenciales, pero no hay que olvidar lo que pasó: los votos de los Char se fueron al final para las toldas de Duque y dejaron a Vargas viendo un chispero.

Pero empecemos por el principio. El centro firmó inicialmente su acta de defunción cuando se autodefinió como un proyecto “geográfico” y no “ideológico”. Con esto me refiero a esa definición del centro como una equidistancia absoluta entre petrismo y uribismo.

La definición geográfica es un error porque opera en función de los puntos extremos frente a los que se quiere distinguir. En la historia hay muchos personajes y tendencias que se autodenominaron de centro en sentido geográfico y distan mucho –en propuestas y en talante– del proyecto centrista colombiano.

Por ejemplo, en la Revolución Francesa había dos extremos: la contrarrevolución y la restauración de la Monarquía, por un lado, el Terror de Robespierre, por el otro. Napoleón Bonaparte era el centro. Hay, por supuesto, un mar de distancia entre Napoleón y el centro colombiano.

La cosa es aun más contraintuitiva dentro de la Revolución Rusa a finales de la década de 1920: la derecha era Bujarín, la izquierda, Trotsky y el centro, Stalin. Josef Stalin o Napoleón fueron vistos o descritos como ‘centro’ en sentido geográfico, es decir, en función de las fuerzas que estaban en juego en un escenario político concreto.

Más allá de una definición “geográfica”, la tradición del centro colombiano se remonta realmente al liberalismo político. Esta corriente no tiene nada que ver, en principio, con el partido liberal. El liberalismo político se identifica con unas creencias básicas que derivan en una actitud para afrontar la política.

La creencia básica del liberalismo político es que no hay verdades absolutas en la esfera moral y política. Por ejemplo, frente a la cuestión de si el aborto está bien o mal, un liberal dice: no sé, probablemente no podemos saberlo, así que lo mejor es dejar que cada mujer lo decida de acuerdo con sus creencias religiosas y éticas.

De ahí surge una actitud para afrontar la política: hay que defender instituciones que respeten las múltiples creencias religiosas y éticas de los ciudadanos y que nos permitan discutir y deliberar acerca de esas creencias.

Esto se identifica con el principio del gobierno por medio de la discusión y con la idea de que los ciudadanos deben tener cada vez más derecho a decidir sobre su vida según sus creencias (siempre y cuando no eviten con ello que los demás puedan hacer lo mismo).

La definición geográfica del centro como punto medio entre dos fuerzas en pugna en un escenario y la definición ideológica del centro como liberalismo político son muy diferentes e, incluso, incompatibles entre sí.

El centro colombiano le dio primacía a la definición geográfica y ese fue el primer error. Esto significaba en la práctica que todo aquél o aquella que dijera “ni Petro ni Uribe” era de centro, lo cual no es necesariamente cierto desde la definición ideológica del centro como liberalismo político.

El primer desajuste entre ambas definiciones lo vimos en el triste espectáculo de la consulta. Quienes estaban más del lado de la definición geográfica (Íngrid Betancourt) apelaban a una superioridad moral frente al petrismo y al uribismo en términos de alianzas políticas, mientras que los más cercanos a la definición ideológica (Alejandro Gaviria) ponían en tela de juicio las ínfulas de superioridad moral de los otros.

Para el centro geográfico, el centro ideológico era corrupto; para el centro ideológico, el centro geográfico era oportunismo moral. El centro no se podía unir en ese escenario porque sus integrantes no estaban hablando de lo mismo cuando decían la palabra “centro”.

Pasada la consulta, toda la estrategia de campaña de Fajardo giró en torno al centro geográfico. Primero, dijeron que Fajardo era el único que podía ganarle a Gutiérrez. Luego, tras una portada de Semana que mostraba una apretada segunda vuelta entre Gutiérrez y Petro, salieron a decir que Fajardo era el único que le ganaba a Petro.

El mensaje era simplemente contradictorio. La razón es simple. Si yo sigo que mi candidato es el único que puede Ganarle a Petro, estoy suponiendo que mi única virtud es no ser Petro. Pero si digo, al mismo tiempo, que mi candidato es el único que puede ganarle al uribismo, estoy suponiendo que mi única virtud es no ser el de Uribe. No se puede sostener ambas cosas al mismo tiempo.

Pero la cereza en el pastel de la debacle fueron los coqueteos con Rodolfo Hernández. Aquí se ve el absurdo de la definición geográfica del centro.

Se objeta comúnmente que el centro presupone un concepto estrecho y cerrado del populismo que ignora el desarrollo del concepto en la teoría y en la filosofía política. Para el centro, populista es todo aquel que habla duro, que tiene propuestas fáciles, simplistas y, por eso mismo, irrealizables. Si uno lo piensa bien, no hay ningún otro candidato que encaje en esa definición estrecha de populismo que Rodolfo Hernández.

Su propuesta estrella consiste en acabar con la corrupción y disminuir los gastos de las élites políticas. La primera es una propuesta general, vacía y, en cierto modo irrealizable, y la segunda no afecta en lo fundamental la sostenibilidad fiscal del Estado, la cual tiene que ver más con el alcance y el diseño del sistema tributario que con si los congresistas tienen camionetas. Pero eso no importa para el centro geográfico porque Hernández no es ni Petro ni el de Uribe.

Los intentos de alianzas con Hernández por parte del equipo de Fajardo lo único que hicieron fue lavarle la cara al ingeniero frente a una buena parte del poco electorado que le quedaba a la coalición de la esperanza. Fueron por lana y salieron trasquilados. Y todo por insistir en la definición superficial de un centro meramente geográfico.

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