OPINIÓN

El falso progresismo de Petro

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Ilustración: Los Naked.

De no ser por la P de Petro uno hubiera pensado que la manifestación de la Plaza de la Paz en Barranquilla era tan solo una más de las muchas que se han celebrado en la ciudad desde hace décadas. Exactamente las mismas que hubieran organizado Juancho Slebi, Pedro Martín Leyes, Hernán Berdugo, Roberto Gerlein, Jaime Vargas Suárez y otras viejas glorias del clientelismo costeño. De hecho, hasta hubo foto con los llamados “liberales libres”, una gerontocrática agrupación cuyo liderazgo fulgurante (¿Et tu, Emilio Lébolo?) parecía haber vivido sus mejores momentos políticos a mediados de los años ochenta.

Alguien, al parecer, le ha dicho a Petro que tiene que ampliar su base de apoyo a otras fuerzas políticas que no provengan de la caterva izquierdista y para eso se ha puesto en la tarea de recoger, sin hacer demasiadas preguntas, a cualquiera que se le acerque. Personajes como el pastor Alfredo Saade, un clérigo medieval, enemigo de los derechos reproductivos de las mujeres y abiertamente homofóbico o Poncho Zuleta, el mismo que hace algunos años al son de ráfagas de metralleta daba vivas a la “tierra paramilitar, no joooda” y quien, según los testimonios de desmovilizados del Bloque Norte, era un asiduo colaborador de la causa o, como lo reveló este medio, los dos exparlamentarios vallenatos Rodrigo Chajin y Lázaro Calderón, ambos condenados por corrupción administrativa, quienes fueron atendidos a manteles en el muy aristocrático Club Valledupar.

Este esfuerzo del candidato por sumar seguidores a cualquier costo no confirma su fortaleza, sino que ratifica su debilidad. Se está en serios problemas políticos cuando se abre la compuerta para recibir el oro y la escoria y solo se recibe la escoria. La caída de Petro en las encuestas debido a su ambigua posición frente a los desmanes en las protestas de mediados del año no logra reversarse con una o varias manifestaciones artificialmente construidas a punta de buses, lechona y ron en el más clásico estilo politiquero del caribe colombiano. Ni tampoco se contiene con oportunidades fotográficas donde es evidente que los protagonistas –muchos de los cuales denigraban ácidamente de la Colombia Humana instantes antes– solo buscan acomodarse, reencaucharse o protegerse de los embates judiciales de los órganos de control.

Por qué ahí esta el problema de su aspiración. Si bien Petro cuenta con una base sólida cercana a la quinta parte de la población votante, el techo de su popularidad parece construido de hormigón macizo. Para romperlo tiene que someterse a una metamorfosis al revés, donde la amenazante polilla se convierte en una larva inofensiva. La secuencia de la transformación consiste primero en esconder las alas, apostatando del socialismo –lo que Colombia necesitaba era “democracia y paz”, dijo en la entrevista en El País–; luego, en disolver el color, revelando un desconocido catolicismo fervoroso y, finalmente, en regresar al capullo respondiendo, como hacen las reinas de belleza, que el peor defecto del cual se adolece es “querer demasiado”.

Aunque habrá incautos que caerán en el engaño, la cuenta de cobro vendrá por el lado de aquellos que suponían que las posiciones programáticas del candidato eran de alguna manera sinceras. La verdad, como esta quedando claro, es que nunca lo fueron. El progresismo de Petro siempre ha sido falso, tanto en la forma como en la sustancia. La alianza con politiqueros, paracos y corruptos demuestra que lo que hay detrás no es un deseo de superar las prácticas causantes de muchos de los males del país sino una desmedida ambición por conquistar el poder, del cual –si lo obtiene– muy probablemente nunca querrá separarse.

Peor aún, en la sustancia ese progresismo petrista no es más que un monigote de cartón. ¿Cómo se va a defender una política de inclusión social cuando se incentiva la lucha de clases? ¿Cómo se promueve la equidad de género cuando se gobierna con maltratadores? ¿Cómo se asegura el respeto por las minorías sexuales cuando se acepta una agenda homofóbica? ¿Cómo se perfecciona la democracia cuando se niega que existe? ¿Cómo se defiende el derecho a la salud dejando quebrar a hospitales y aseguradoras? ¿Cómo se protege a la niñez cuando la construcción de centros de atención de primera infancia se queda en el papel? ¿Cómo se respeta el derecho al agua cuando se le niega a las poblaciones vecinas? ¿Cómo se combate el cambio climático cuando se desaprovechan los recursos para su mitigación?

El verdadero progresismo es el que busca el cambio alineando los objetivos con los medios y las personas con las ideas. Es un ejercicio de coherencia y de consistencia. Petro, por su parte, demostró en su paso por la alcaldía de Bogotá y ahora en la campaña, que esta dispuesto a decir cualquier cosa y a hacer cualquier cosa si le es conveniente. Para él, los objetivos son relativos, los medios son retóricos, las personas se miden por la lealtad y las ideas son flexibles mientras sirvan para permanecer en el poder. Esto no es progresismo es, sencillamente, populismo puro y duro. 

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