OPINIÓN

El libro de Petro

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Celebro la publicación de este libro de memorias de Gustavo Petro*. Como él, otros políticos deberían contar su trayectoria, alianzas, ideas. 

El libro es rico: contiene muchos elementos de su vida personal, entrelazados con su visión política. La primera gruesa mitad es la historia del joven Petro en la guerrilla M19. Es decir, los años en que “Aureliano” (su nombre de guerra escogido por amor a García Márquez) o “Andrés” (su alias en homenaje al líder sindical y guerrillero Andrés Almarales) busca, con otros, cambiar el estado de las cosas. 

Las generaciones que no vivieron los años en los que los intelectuales y el movimiento estudiantil clamaban por la lucha armada (años setenta) descubrirán que el M19 no era solo una guerrilla de bonitos comunicados y robo de leche para los barrios pobres. Descubrirán que el M19 era un ejército, que varios de sus integrantes se formaron en Libia, que si no se seguía la consigna de boicotear las elecciones se era expulsado del movimiento, que Carlos Pizarro no era solo el “Comandante papito” firmante de la paz, sino una suerte de militarista convencido, etc.

Esta sección se lee como un libro de aventuras: acompaña el lector a Petro en las osadas tomas de Zipaquirá, se vuelve clandestino con él en Santander, conoce la terrible represión hacia los trabajadores y sindicalistas en Barrancabermeja, se fatiga por las montañas del Tolima y descansa con los indígenas coyaima, padece con él en cárceles y centros de tortura del Ejército, viaja en un bus transportando armas. Algunas escenas son propiamente garciamarquianas (como cuando relata la anécdota del “único fusil del M19”, que atravesó medio país para ser celebrado por mil personas en Barrancabermeja). 

Pero el joven revolucionario no le aplica lo real-maravilloso a todo: es también un observador atento de las mores locales (por ejemplo, del incesto en zonas campesinas donde pernoctó, o de la forma de relacionarse amorosamente de las Farc: «Entendí que las FARC era un mundo parroquial», escribe). Sobre todo, es un hombre con ideas propias (o un joven muy testarudo). Suele llevar la contraria: es agitador social cuando el M19 busca ser un ejército; es organizador de milicias cuando el M19 está metido en la acción sindical. Critica la acción de las guerrillas, pese a que son más grandes (ELN, especialmente) y, temporalmente, más audaces. Es un hombre valiente y muchas veces, lúcido. 

Después de la saga del revolucionario, el libro se detiene en los episodios del ciudadano que quiere cambiar el estado de cosas, por la vía democrática. Abandonamos al que tiene como capital una camisa y un par de bluyines, y nos metemos en el mundo del primer secretario de la embajada de Bruselas. 

Descubrimos a un Petro que fue hacker y alertó sobre los asuntos podridos de su propio embajador (Carlos A. Marulanda). Un par de años después, asistimos a los debates del congresista. Este es, sin duda, el Petro ampliamente conocido y admirado -con razón, pues sus debates solitarios (sobre lazos entre paramilitares, políticos, terratenientes y Ejército) fueron determinantes para combatir a la máquina de muerte. Los capítulos finales se refieren a asuntos recientes, más conocidos (el Polo, la alcaldía, Uribe, la paz). 

El libro me pareció bastante honesto. Varios temas ameritan comentarios o ampliación. En este breve espacio solo me detendré en tres puntos:

  1. Este es el testimonio de uno de los miembros del M19. Hoy, muchos de los antiguos miembros de esta guerrilla están muertos, pero es deseable que este libro genere discusiones e interpretaciones sobre los hechos y los individuos referidos. 
  2. Sin duda, Petro es un animal político. Pero pareciera como si él se considerara una suerte de Bolívar mítico, un genio político y militar en un entorno hostil, ignorando que muchos de los procesos de los que habla obedecen a más cauces de los que él cita. Según este libro, Petro se dio cuenta, a sus diez años, del fraude que fraguaron contra Rojas Pinilla en 1970; fue él el verdadero gestor de la paz con el M19, por encima de los deseos de Carlos Pizarro y de la Coordinadora Guerrillera; fue él el coautor intelectual de la criatura política Mockus; fue su movimiento el precursor de la llegada de las izquierdas al poder (se le olvida la larga experiencia del Frente Amplio en Uruguay, el acumulado histórico del Partido de los Trabajadores en Brasil); fue él el autor intelectual del Partido Verde; el plebiscito por la paz se pierde porque él no está en primera línea invitado por Santos, etc.  
  3. El libro amerita una crítica propiamente política a algunos de los planteamientos. Por ejemplo, esto de afirmar que la Constitución de 1991 fue la estocada del M19 es problemático. O bien: las razones que tiene para ayudar a derrocar a Samper, el presidente más progresista de los últimos 30 años, no son discutidas en el libro. En otro registro, la forma que tiene el Petro político profesional de ver la política (como una serie de encuentros entre personajes, jefes y famosos, en vez de procesos construidos colectivamente, y desde las bases) no es democrática. En esta visión, las componendas electorales entre jefes priman sobre los programas, sobre los proyectos, sobre los valores. Por último, es preciso cuestionar la extraña fascinación que tiene Petro por las consideraciones de Alvaro Gómez Hurtado, el adalid del “cambio de régimen”. 

Muchos otros temas se desprenden de este importante testimonio. Anhelo que no se lea como un evangelio, verdad sagrada e incontestable, que no se guarde como un fetiche, sino que dé realmente lugar a discusiones sobre la historia y el devenir de esta convulsionada Colombia. Es, indiscutiblemente, un excelente aporte. 

* “Una vida, muchas vidas”, Gustavo Petro, Editorial Planeta, 340 páginas.

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