OPINIÓN

El nuevo gabinete

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En nueve meses, el presidente ha cambiado a diez ministros. Este cambio muestra el desgaste del presidente y del gobierno, y el rechazo a las ideas centristas y pragmáticas. El gabinete quedó compuesto, salvo por excepciones notables como la de la ministra de vivienda, por una mezcla de petristas y de políticos tradicionales sin mayores méritos. 

El cambio es un fracaso en varios frentes: es el fracaso del discurso conciliador, de la coalición multipartidista. Nos muestra a un presidente que parece estar cada vez más frustrado con su incapacidad y la de su gobierno, y que, ante una oposición callada, se inventa enemigos en los gremios y en la prensa independiente, que ya se está desengañando del petrismo. 
 
Más grave es el fracaso de la crítica dentro del gobierno. Los nuevos ministros no parecen capaces ni dispuestos a decirle que no al presidente, y él, acostumbrado a pensar que quien le lleva la contraria es un enemigo interno, ha decidido eliminar el disenso del gabinete. 
Deliberadamente, el presidente va quedándose sin gente de confianza que lo contradiga.  
 
Hay que reconocerle, sin embargo, que los cambios que hizo no están tan mal como podrían ser. Por fin pudo armar el gabinete de sus afectos. De la cantera petrista escogió a dos de sus mejores alfiles: Ricardo Bonilla, que es un economista algo heterodoxo, y decente, y a Guillermo Alfonso Jaramillo, un ministro de salud cuyo nombramiento, frente a lo que teníamos, se siente como un milagro, a pesar de que ha prometido continuar con el trámite de la misma reforma a la salud, impopular y nociva como es. 
 
La decencia de Bonilla no hace que su designación sea inofensiva. Ante la salida de Ocampo, los mercados reaccionaron mal, y, frente a un panorama económico internacional desfavorable, el ministro Bonilla tendrá que ponerse el sombrero contra cíclico, y vigilar el derroche populista del gobierno, y las consecuencias de la reforma laboral y pensional. Bonilla tendrá que ser un ministro de hacienda cauteloso. 
 
La mera salida del cuestionadísimo ministro de transporte, Guillermo Reyes, también le suma cierto decoro al gobierno, mientras que el cambio en Interior es apenas perceptible (nada surge de la nada), y el de TIC muestra, de nuevo, a un presidente que ignora las necesidades de Colombia frente a los cambios tecnológicos en el mundo
 
A pesar de que el presidente sacó al ministro de hacienda, que jugó un rol raro de dique pragmático y de crítica interna, y que lideró la única iniciativa exitosa que ha tenido este gobierno reformista (la tributaria), también, y por fin, dejó ir a la ministra de salud. La presencia de la exministra Corcho le costó al gobierno nueve meses de peleas internas, de desgaste ante la opinión pública, y sirvió para que se deshiciera la coalición que con filigrana clientelista habían tratado de armar algunos políticos tradicionales alrededor del presidente. 
 
Estos cambios implican una nueva estrategia del gobierno en la que el Congreso y las instituciones ya no van a ser aliados del “cambio”, sino que, poco a poco, se van a convertir, en el discurso del presidente, en adversarios que deben ser intimidados por la gente en las calles, y a través de muestras de poder paralelas. 
 
Los próximos meses serán de un gabinete dividido entre ideólogos y políticos, de un presidente temerario y cada vez más acorralado por sus derrotas en el Congreso y en las cortes, y de unas políticas ambiciosas que, prometidas desde un balcón, fracasarán en los primeros debates en el congreso o ante el primer desafío práctico.  
 
La derrota del centrismo, que se veía venir desde hace mucho tiempo, es una muestra de la de desilusión ante las ideas y los temperamentos liberales en el gobierno, en la oposición y en parte importante de la ciudadanía, que está decepcionada de las instituciones y de los políticos, y que se ha convencido (y que ha sido convencida) de que el Estado colombiano no les sirve. El presidente, al haber dejado ir a los tecnócratas (en Hacienda, en Educación, en Ecopetrol y en las superintendencias) ha dejado sin defensas al establecimiento, que se va quedando sin interlocutores de alto nivel dentro del gobierno. 
 
Esta labor de protección ya no podrá venir desde adentro del gobierno, sino de afuera, desde la oposición, de acciones legales, y desde la prensa y la opinión. 
 
Esto va a crear más divisiones, fricciones y rencor. La salida de los centristas no sólo implica una transformación del gobierno, sino también de la oposición, que se queda sin canales de persuasión, y que, probablemente, y siguiendo los pasos del presidente, se va a volver más dura e intransigente. 
 
El diálogo constructivo entre la clase política parece cada vez más improbable, y las víctimas, como siempre, van a ser las ideas liberales y el pragmatismo.  
 
El nuevo gabinete muestra a un gobierno que, aunque impopular, parece cada vez más convencido de su imaginario rol histórico. Esta arrogancia sería más peligrosa si el gobierno hubiera sido conciliador y si hubiera logrado cooptar al Congreso. Sería más peligrosa, también, si el presidente estuviera verdaderamente interesado en el gobierno y la gestión. Por ahora, su torpeza nos ha salvado de su activismo: la realidad se sigue imponiendo sobre la ideología, y las maromas retóricas del presidente y de sus funcionarios no han logrado mucho más que confundir a los mercados y devaluar el peso. 
 
Radical o inútil, este gobierno, con sus viejos y sus nuevos ministros, va a hacer más daño con sus omisiones y sus pasos en falso. 

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