OPINIÓN

El paro armado y la receta del 2002

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Tras la extradición de alias ‘Otoniel’, el Clan del Golfo inició un paro armado en Córdoba, Sucre, Bolívar y algunas zonas de Antioquia. Después de que en el 2018 el país gozó de las elecciones más pacíficas en mucho tiempo, se presenta un paro armado a menos de un mes de la primera vuelta.

La situación, además de ser lamentable, es profundamente irónica. El gobierno que prometía paz con legalidad y cuyos seguidores anunciaban plomo y mano dura de forma entusiasta entrega un país en jaque en materia de seguridad. 

Pero la ironía tiene una explicación. Muchos podrían pensar que el deficiente desempeño en seguridad por parte del gobierno Duque se debe a que perdió su talante uribista. Sin embargo, esa no es la explicación. Es justamente ese talante uribista del gobierno actual lo que ha llevado al deterioro de la seguridad.

Para entender cómo llegamos a lo que está pasando hoy, debemos comenzar indicando que los seres humanos tendemos a orientarnos en el futuro mirando hacia el pasado. Esto pasa con mucha más fuerza en política. Todo grupo político tiene un hito histórico que lo cohesiona y condiciona en gran medida su forma de ver el mundo. 

Por ejemplo, el hito del chavismo es el ‘caracazo’ y el golpe de Estado (fallido) contra Chávez en el 2002. En la segunda guerra mundial, tanto los nazis como los soviéticos tomaron decisiones estratégicas equiparando su escenario histórico con el fin de la primera guerra mundial. Para el uribismo, el hito es el fracaso del proceso del Caguán con las Farc y la victoria presidencial de Uribe en 2002.

No hay que negar que la receta del 2002 fue exitosa, al menos si se le juzga desde el punto de vista estrictamente bélico y militar. Es claro que en un Estado de derecho una política de seguridad no puede reducirse a su aspecto de eficiencia militar, y, en ese sentido, puede decirse que la política de seguridad democrática como un todo es muy problemática. Pero desde lo militar, la seguridad democrática funcionó en su tiempo.

El problema es que con este éxito el uribismo estaba cosechando su fracaso en el largo plazo. Como la política de seguridad democrática funcionó una vez desde el punto de vista militar, el uribismo asumió de forma explícita o implícita que todo desafío de seguridad era igual a la situación de 2002. Y lo hicieron también en el 2018.

Basta ver, para darse cuenta de ello, que buena parte de la campaña de Duque consistió en reencauchar el discurso del 2002 en el 2018. Envalentonados por la victoria del ‘no’, los uribistas hablaron de un país tomado por las Farc (en complicidad con Santos y la izquierda) y de su mala voluntad para hacer la paz. 

Pero la aplicación de la receta de 2002 en el 2018 estaba destinada al fracaso. La razón es que en el 2002 hay unas condiciones que explican el éxito militar de la seguridad democrática, y esas condiciones ya no están presentes en el 2018. 

En el 2002 teníamos a las Farc con una lógica ofensiva, con una táctica de guerra más propia de un ejército regular que de una guerrilla que pega, corre y se esconde. La táctica de guerra regular implica juntar grandes estructuras de hombres armados que, por eso mismo, son un blanco fácil de los bombardeos. 

En el 2018 no hay unas Farc ad con una lógica militar ofensiva de un ejército regular, sino un proceso de paz en plena implementación que exigía una ocupación efectiva del territorio por parte del Estado, no solo desde el punto de vista militar, sino sobre todo desde el punto de vista social (infraestructura, hospitales escuelas, oportunidades, etc.). 

En vez de avanzar en esa materia, el gobierno concentró sus esfuerzos en atacar a la JEP y en seguir demostrando la mala voluntad de paz de las Farc. Descuidó los territorios anteriormente ocupados por las Farc y dejó que las otrora llamadas ‘Bacrim’ se convirtieran ahora en carteles poderosos del narcotráfico. La aplicación de la receta del 2002 lo llevó a poner el ojo donde no era. 

El favoritismo del gobierno por el bombardeo como el mecanismo de ofensiva militar por excelencia tuvo un resultado amargo con la muerte de menores. Pasó en 2019 y en 2021. La obstinación por defender la receta del 2002 llevó al ministro de defensa a decir que los menores muertos eran “máquinas de guerra”. 

De nuevo, la aplicación de la receta del 2002 tuvo resultados adversos porque el bombardeo es eficaz y mordaz cuando el enemigo tiene una táctica militar de guerra regular. Pero ninguno de los actores de este nuevo ciclo de la guerra en Colombia tiene una táctica de guerra regular. 

En el periodo que va de la victoria del ‘no’ hasta las elecciones de 2018, el uribismo aseguraba que el proceso de paz, tal y como se pactó en la Habana, iba a llevarnos a la ruina en materia de seguridad. Todo fue una profecía autocumplida.

Todo lo que el gobierno de Duque proyectó en el 2018 terminó produciéndolo por acción y omisión en el 2022. Recuerdo que para muchos el discurso de posesión de Duque fue odioso porque presentaba un diagnóstico exageradamente pesimista de la situación del país. 
Parece como si Duque en ese discurso no estuviese quejándose del país que recibe, sino describiendo el país que iba a dejar cuatro años después. Todo por gobernar cuatro años con la receta del 2002. 

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