OPINIÓN

El Petro Estadista

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Ilustración: Los Naked.

Durante las últimas semanas de la campaña mientras el ingeniero Rodolfo hacia el máximo esfuerzo para sabotear su propia candidatura viajando a Miami a pasearse en yate, Gustavo Petro recorrió el país disfrazándose de personajes étnicos, como si fuera un muñequito de acción.

Tuvimos en ese momento al Petro Llanero, con alpargatas, pantalón recogido y sobrero de fieltro negro; al Petro Campesino, con las manos llenas de tierra de recoger papa; al Petro Costeño, con sombrero vueltiao y ritmo bacano y así. Tuvimos todas las variaciones regionales y todas las múltiples personalidades que sus asesores de campaña pudieron acuñar en la frenética agenda de la segunda vuelta de la elección presidencial.


Ahora, que ya es ganador, tenemos la última versión: la del Petro Estadista. En esta edición, el presidente electo viste de traje, es pausado y reflexivo, recibe y comenta las llamadas con @potus, alimenta la especulación gabinetologica con listados de notables y, en general, se comporta como si fuera Alberto Lleras.


Quizás no lo sea, pero hay que reconocer el esfuerzo. El llamado a la unidad nacional que lanzó el día de triunfo hay que tomarlo en serio. La victoria petrista fue lo suficientemente amplia como para evitar cualquier especulación de la derecha sobre un posible fraude, pero también lo suficientemente apretada como para que cualquier persona sensata se olvide la idea de que se tiene un mandato para hacer una revolución.


Además, el palo no está para cucharas. Ruge una tormenta en la economía mundial, los mercados emergentes están literalmente al rojo vivo. La reversión de flujos de estos países a los Estados Unidos se va a acelerar en la medida en que el Federal Reserve suba las tasas –ahora de manera casi desesperada– para contener la inflación. Esto va a dificultar financiación del país, haciéndola inexistente o mucho más costosa. Colombia de tiempo atrás tiene una balanza de pagos deficitaria y por esta razón siempre ha estado en la mira de los analistas. Desestimular la producción de hidrocarburos en este momento, que es de lo que vive el Estado colombiano, es un suicidio. En los cuatro días siguientes de la elección Ecopetrol perdió veinticuatro billones de pesos de capitalización bursátil, el mayor detrimento patrimonial de cualquier empresa pública o privada en la historia nacional.


Si la desconfianza se consolida la economía se desfonda. A los que tienen la vana ilusión de que todas estas discusiones macroeconómicas son preocupación de yupis de los Andes les tengo una noticia: es imposible vivir sabroso con una inflación del 30%.

 
Por eso el llamado a la unidad nacional tiene toda la lógica del mundo. De pronto es posible construir un consenso alrededor de una reforma tributaria que grave a quienes casi no pagan impuestos y no a los mismos de siempre. Los ganaderos, los terratenientes, las profesiones liberales (¿cuántos médicos cobran en efectivo sus servicios?), los sanandresitos, los maestros de obra (“¿sin o con IVA, jefe?”) y, en general, casi la mitad de la economía que está en la informalidad. O hacer una reforma a la salud que financie adecuadamente el excelente sistema que tenemos los colombianos –tal vez el mejor del mundo en desarrollo– sin destruir el esquema de aseguramiento y prestación privada. En materia pensional se podría, por ejemplo, intentar una reforma que mantenga a los fondos privados y que permita financiar mejor el régimen público, que es deficitario y que es la principal causa de la falta de cobertura. Para no hablar de la reforma rural integral, un compromiso del acuerdo paz que este gobierno engavetó, y de la reforma política, que ahora más que nunca resulta esencial.


El Petro Estadista tendrá que balancear estos imperativos de política pública con las expectativas infladas de una parte significativa de su electorado. Paralelamente a la filtración de los nombres de los ministeriables (que bien parecía un gabinete de Santos II, lo cual habla bien de la calidad de los colaboradores del expresidente y hace relucir la mediocridad de los pasajeros de los vehículos oficiales en la actualidad) se conoció un comunicado de los partidos que forman el Pacto Histórico, entre ellos el Partido Comunista Colombiano y la UP. En él convocan asambleas populares “en el territorio” para discutir las bases del plan de desarrollo del nuevo gobierno. Están en todo su derecho, por supuesto, pero no parecería que el producto de este ejercicio vaya a ser un parangón de sofisticación tecnocrática sino más bien un pliego de reivindicaciones irrealizables, incosteables y, probablemente, indeseables.


Pensando positivamente, la unidad nacional le puede dar al nuevo gobierno el pretexto adecuado para amortiguar las peticiones más radicales de su base. Los recortes que se hagan de las propuestas de campaña se podrían atribuir a la necesidad de lograr acuerdos con las fuerzas políticas que fueron sus contradictores en la elección, lo cual es, en esencia, la naturaleza misma de la concertación. Siempre mejor un proceso de reforma que cuente con la legitimidad de amplias mayorías que unas normas sacadas con tirabuzón a punta de mermelada para que luego sean evisceradas por la Corte Constitucional, como le ha ocurrido una y otra vez a este gobierno.


Por otro lado, la unidad nacional puede acabar siendo un saludo a la bandera, una pieza de utilería política que solo sirve para tomarse fotos a manteles en los salones de palacio, dando la ilusión de un consenso, mientras el gobierno impone su agenda divisiva a la berraca. 
Lo sabremos muy pronto. Ojalá que el Petro Estadista no sea una edición limitada y de corta duración. La gestión en la alcaldía de Bogotá dejó mucho que desear. El caudillismo, la improvisación y el conflicto permanente fueron los sellos de esa administración. Es posible que las lecciones del pasado se hayan aprendido. Una cosa es ser alcalde de una ciudad, así sea la más importante del país, que presidente de la República. Dada la característica presidencialista de nuestra democracia cualquier cosa que pase o deje de pasar –niños muriéndose de hambre en La Guajira, derrumbes en Antioquia, asesinatos en el Casanare, gasolina cara, lo que sea– es, en la mente de los colombianos, responsabilidad del presidente.


Las expectativas que se tienen del primer mandatario –de cualquiera– son casi imposibles de cumplir. Petro va a necesitar toda la ayuda que se le pueda ofrecer. Aunque es un cliché, es cierto que, si le va bien, le va bien al país. Y si le va bien al país nos va bien a todos. No hay de otra. El Petro Estadista está tendiendo la mano. Aunque no puede ser una respuesta incondicional, en estos momentos, con el beneficio de la duda a cuestas, mal haríamos los colombianos que no lo acompañamos en la campaña en ignorarlo. 

 

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