OPINIÓN

El trol que compró Twitter

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Ilustración: Los Naked.

Con 44 mil millones de dólares debajo del brazo, en un pestañeo Elon Musk pasó de ser un mega-influenciador provocador en Twitter* a su único dueño. Hoy anuncia que la red social debe restaurar la libertad de expresión y ser políticamente neutral. Las palabras de Musk no parecen una reflexión teórica, sino el preámbulo de una revancha.

 

Un par de días antes de que se conociera la noticia, cuando ya se había convertido en el accionista mayoritario de Twitter y crecían los rumores sobre una oferta por toda la compañía, Elon Musk puso un tuit burlándose de la barriga de Bill Gates. Al parecer, Musk lo hizo porque Gates estaba apostando en contra de la acción de Tesla. El año pasado, cuando el veterano senador demócrata Bernie Sanders tuiteó que las grandes fortunas debían pagar más impuestos en Estados Unidos, Musk le respondió: “Se me sigue olvidando que tú todavía estás vivo”.

Elon Musk es el hombre más rico del mundo. Se inventó la plataforma de pagos Paypal, es co-fundador y presidente de la compañía de automóviles eléctricos Tesla, fundador de la fabricadora aeroespacial SpaceX y, ahora, dueño de Twitter. Pero antes de comprar Twitter y por encima de todo lo demás, es un tuitero. 

Con casi 90 millones de seguidores, Musk es venerado y despreciado en la plataforma. Su cuenta es un altar de megalomanía y gestas tecnológicas; una trinchera de especulaciones y ataques contra el progresismo norteamericano. Elon Musk es un genio y un trol. O, en palabras del analista Benedict Evans, es un embaucador que produce resultados (“a bullshitter who delivers”). 

En el breve comunicado que compartió en su cuenta de Twitter el día del anuncio –con emojis de corazones y estrellas y cohetes– Musk afirmó: “La libertad de expresión es la base de una democracia que funcione, y Twitter es la plaza pública digital donde se debaten asuntos vitales para el futuro de la humanidad”. Añadió que planeaba mejorar la plataforma volviendo los algoritmos de código abierto, combatiendo el spam de las cuentas automatizadas (conocidas como ‘bots’) y autenticando las cuentas de los humanos.

La plaza pública digital

Twitter fue el afortunado accidente de Odeo, una start-up de San Francisco que, adelantada a su tiempo, ofrecía a comienzos de siglo servicios de archivo y streaming de podcasts. Con el agua al cuello y a punto de fracasar, los fundadores le apostaron a otra idea –cuyo origen y propiedad ha sido materia de debate–: una red social que permitiera compartir mensajes cortos para leer en orden cronológico. Con 140 caracteres como límite debido a las restricciones de los mensajes de texto de la época, Twitter nació en 2006 con la invitación a que sus usuarios respondieran una pregunta: “¿qué estás haciendo?”. 

La propuesta más solipsista de hablar de uno mismo, alentada por Jack Dorsey en el desarrollo inicial del producto, dio paso rápidamente a una forma distinta de participación en la plataforma: “¿qué está pasando?”. Con ese horizonte, Twitter se consolidó como el espacio para seguir acontecimientos en vivo –emergencias, eventos deportivos, elecciones–, para hacer política y hablar de política, periodismo y poder. 

Hoy en día Twitter tiene unos 450 millones de usuarios activos al mes –unos cuatro millones de ellos en Colombia–. Para los estándares del mercado y de la competencia, sus cifras son modestas. TikTok, fundada diez años después, la dobla y pasa de largo: alrededor de mil millones de usuarios al mes. Su modelo de negocio tampoco es comparable al de gigantes como Google o Meta (el artista antiguamente conocido como Facebook). 

La red social rezagada de internet, el club de indignados y adictos a las noticias es, sin embargo, lo más cercano que tenemos a una plaza pública. Esa visión la alentaron los cinco fundadores desde el comienzo. Entre la condescendencia y el optimismo de Silicon Valley, decían que Twitter era el lugar para denunciar el abuso de poder. También la han puesto en práctica sus usuarios, que articularon movimientos sociales frágiles pero inspiradores como el Occupy Wall Street, la Primavera Árabe o el #MeToo. Y, sobre todo, ese impacto lo entienden los regímenes autoritarios, que de manera creciente quieren vigilar y controlar a sus ciudadanos.

La expansión de Twitter y su imbricación en la vida social y política la vuelve juez y parte; teatro y actor. A pesar de que sigue siendo la red social masiva que más ha peleado la causa de la libertad de expresión de sus usuarios en todo el mundo, las presiones regulatorias, las guerras culturales y los imperativos de un negocio de atención y pupilas, obligan a Twitter a responder. Matoneo, homofobia, desinformación, intimidación, teorías de conspiración, censura y presión… Como otras plataformas de internet, el pájaro tiene que meterse –de alguna forma, para bien o para mal– a arbitrar la interacción social que habilita y de la que se lucra con su máquina tragamonedas. 

El rol de Twitter como juez de nuestro debate se acrecentó por cuenta de la pandemia y las dos últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Mirándose su ombligo progresista y gringo, las redes sociales expandieron sus normas comunitarias para trazar líneas cada vez más amplias y ambiguas sobre la promoción del odio y la violencia, la manipulación y la erosión del sistema democrático. Los más afectados con este cambio han sido los principales clientes de esa estrategia: la extrema derecha norteamericana. ¿La víctima más importante? Donald Trump, que gobernaba Estados Unidos desde Twitter y quien fue suspendido de la plataforma en enero pasado por alentar la insurrección violenta del Capitolio cabalgando en la teoría del fraude electoral.

Según los académicos Yochai Benkler, Robert Faris y Hal Roberts, tanto en esa campaña presidencial como en el año siguiente, el patrón consistente de manipulación en redes sociales provino principalmente de un ecosistema articulado de la derecha. Generando un ciclo de retroalimentación entre influenciadores, políticos, medios masivos y tribunas de nicho, esta operación coordinada permitió aislar a un grupo masivo de seguidores en una burbuja de rumores y teorías de conspiración. Estos ciudadanos no solo desarrollaban anticuerpos a la verificación de información (fact-checking), sino que se movían al extremo de su espectro político.

Siguiendo su estilo pendenciero, dos días después de que compró Twitter, Elon Musk atacó a su nueva adquisición. Sin hacer ningún comentario, compartió una especie de meme que critica las políticas de moderación de contenidos –donde el contexto juega un rol fundamental–; más adelante, tuiteó otro gráfico  donde acusa a la izquierda de haberse radicalizado. “Para que Twitter merezca la confianza del público, debe ser políticamente neutral”, advirtió en otro mensaje.

Para un exvicepresidente de Twitter con el que hablé, la posición idealista de Musk es de alguna forma entendible: “Es pensar Twitter y la moderación de contenido en modo ‘volver al futuro’. Pero Twitter es hoy una plataforma abundante en medios y contenidos, y la forma como la gente usa y abusa el servicio es muy distinta a 2011”. En otras palabras, parece iluso o temerario pensar que a estas alturas podemos tener una versión de Twitter donde cada cual diga lo que quiera. De hecho, Twitter tiene y seguirá teniendo que arbitrar a sus usuarios, lo cual hasta ahora ha probado ser una tarea imposible. De allí que muchos concluyan que Musk, en realidad, compró un problema.
 
Sería equivocado pensar que la instrumentalización del debate público es responsabilidad exclusiva de la derecha. El movimiento liberal y progresista gringo (los ‘wokes’) ha ampliado cada vez más las líneas de la corrección política con la aspiración de redefinir las fronteras de la libertad de expresión. Sin duda, en el trasfondo hay problemas como la discriminación, la promoción del odio y la revictimización. Sin embargo, por momentos esta agenda se implementa con el mismo ánimo autoritario y absolutista de su contraparte. Imponer pensamientos y discursos es contraproducente, venga de la orilla que venga. 

El diseño de Twitter –al igual que el de otras plataformas– también tiene una cuota de responsabilidad. Estamos inmersos en un ecosistema de juego y retribución de la atención que elimina el contexto y las sutilezas. Como explica el filósofo C. Thi Nguyen, la versión simplificada de nosotros mismos termina controlando nuestra motivación y deliberación. La revolución digital –afirma Jonathan Haidt– hizo añicos el espejo común en el que nos reflejábamos: “El público está muy fragmentado y es básicamente mutuamente hostil. En su mayoría son personas que se gritan unas a otras y viven en burbujas de un tipo u otro”. Con los incentivos de ‘likes’, retuits y tendencias, Twitter ofrece –en palabras de Haidt– pistolas de dardos para los más provocadores y vehementes. En ese reino, el trol es rey. 

La moral interna en Twitter está por el piso. La grieta en la muralla liberal de Silicon Valley se volvió una tronera y ahora los empleados ven cómo su nuevo dueño se burla de ellos. Hasta donde se sabe, la junta directiva que aceptó la oferta del multimillonario no analizó la importancia de que Twitter tuviera un administrador que proteja un canal de comunicaciones vital para la discusión pública –o lo que queda de ella–. Los empleados, los anunciantes y nosotros, los tuiteros, no fuimos consultados ni con un sondeo de emojis.

Musk no ha dicho mucho más sobre la visión que tiene para Twitter. No obstante, basándonos en sus credenciales, es posible que estemos en la antesala de un cambio profundo. Por un lado, es obvio esperar que Musk traerá innovación a un producto que arrastra los pies en varios frentes. Por el otro, su visión sobre la libertad de expresión parece la antesala de una revancha.

De formalizarse la venta en los próximos meses, por primera vez una red social masiva con profunda influencia política y cultural estará en manos del pensamiento conservador que coquetea con la paranoia y la conspiración; estará al mando una fuerza que defiende su radicalización bajo un eufemismo de libertad. Llega al comando de la nave, en definitiva, el líder de una bodega que la plataforma combatió. 

* Entre 2015 y 2017, fui director de Políticas públicas y relaciones gubernamentales de Twitter para América Latina hispanohablante. 

Nota: Esta semana regresó Charlas con Charli. Hablamos con Rodrigo Uprimny sobre la participación de Iván Duque en la campaña, los líderes sociales y la JEP.

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