OPINIÓN

Francia Márquez Mina en el tarjetón presidencial

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Ilustración: Los Naked

En la segunda fila del tarjetón para votar por “Presidente y vicepresidente de la República”, en la casilla de la extrema derecha, hay una fórmula adánica, un hombre y una mujer.

En la imagen, el hombre sonríe en un encuadre de perfil de tres cuartos, su cabeza sale del florero del cuello de una camisa blanca y mira inclinado a su izquierda, a lo alto, hacia un cielo donde aguarda su misión visión. La estampita electoral parece emular el ícono religioso de Santo Domingo Savio de Gráficas Molinari, solo que algo ya crecido, ahora tiene gafas, pero sirve para rendirle culto a la imagen bajo la ilusión encarnada de que estamos ante el elegido para cambiar el destino de toda una nación. 

Proyectamos en la figura del presidente lo mismo que deseamos: escogemos candidato para encarnar en él un individualismo redentor, esperamos que manifieste nuestra propia redención en vida. La supuesta libertad de acción que le adjudicamos al futuro presidente del país corresponde al mismo deseo narcisista que cifra la ilusión de tener un dominio sobre nuestro destino. Tal vez por eso hay presidentes cada vez más autócratas. Votar bajo el sistema presidencialista es creer que escogemos un destino posible. No es solo que nos engañen, es que queremos ser engañados.

Junto al candidato, Francia Márquez Mina, “vicepresidenta”. Ella también posa en un encuadre de tres cuartos, pero inclinada a la derecha como para cerrar el espacio vacío de un publicitado corazón imaginario con su contrapartida masculina. Ella luce una camisa amarilla estampada, aretes y su pelo crespo va recogido en una moña altiva. 

Cara a cara, Francia Márquez Mina mira a la cámara, sonríe de frente en esta foto recortada de una toma más amplia (se alcanza a ver una pequeña parte de su puño recogido). La inclinación de su cabeza es la justa para que se traduzca en un gesto jovial pero firme, decidido, con carácter: ella no mira hacia arriba como para recibir una orden de un poder del más allá o del más acá, o para buscar el consuelo en el reino de otro mundo.

Entre Francia Márquez Mina y la esquina derecha del tarjetón hay un vacío y en la parte inferior un manchoncito. Se trata del logotipo del partido: “PACTO”, y abajo un adjetivo, “HISTÓRICO”. Leer la letra pequeña de este contrato electoral del tarjetón es tal vez lo más importante: “HISTÓRICO”.

Sí, es histórico ver a estas dos personas ahí, y más verlas ahora, tras la larga campaña de toda una vida, con posibilidad de ganar: no se trata de una dupla simbólica que representa a las minorías mayoritarias para que seamos espectadores de un acto protocolario, un ritual cosmético de inclusión orquestado por la inmensa minoría para el contentillo de dejarlos fatigar su autoexotismo sobre una escena política vaciada de un poder significativo. 

Es histórico que la voluntad de poder ahora se vea respaldada y se exprese en millones de personas que usarán el ocio de un domingo para escogerlos, para elegirlos en un acto inequívoco de afirmación: Francia Márquez Mina y su acompañante, y cientos de miles de tantos como ellos dos, han estado desde hace décadas en otros tarjetones, los de la negación. Ella y su acompañante son sobrevivientes de una forma de hacer política que concibe el asesinato como presentación política de lo que no pudo ser vencido por la representación. Una tachadura sicarial ejecutada por todas las combinaciones y gradaciones criminales de un aparato mercantil, político, militar y narco con vasos comunicantes a todo tipo de franquicias y divisiones de origen guerrillero, paramilitar. 

Francia Márquez Mina y su acompañante representan a tantas otras vidas paralelas que, día a día, desde que se fundó el proyecto de república, han sido anuladas por asesinatos que no paran. Con el voto por Francia Márquez Mina y su acompañante no votamos por individuos: sus vidas contienen multitudes. “Soy un eslabón de la cadena y la cadena no se rompe aquí.”, dice ella en sus diálogos.

Se podría decir que es igual a cualquier otra fórmula de candidatos, solo que el caudal de representación del Pacto Histórico tiene una base más amplia, diversa y abierta: eso es algo de lo que carecen las otras candidaturas. Este capital social es tan amplio que excede a Francia Márquez Mina y a su acompañante, les desborda; tal vez el único lugar donde caben tantos sea en ese horizonte legal que llamamos Constitución Política (quizá de ahí el afán por reformarla, cambiarla, hacerla menos incluyente, más sectaria, menos garantista, de secuestrar sus instituciones de control político, de dotarla de un sesgo identitario que nos impida reconocer la diferencia y la libertad de ser muchos y, sobre todo, la madurez para ser nadie y no creernos más que nadie). “Soy porque somos”, dice la candidata a vicepresidenta.

Un gobierno con Francia Márquez Mina y su acompañante será, en lo práctico, como cualquier otro mandato que se exponga al vaivén democrático: un ejercicio limitado, finito, parcial, anclado a las limitaciones propias de sus capacidades y las de la gente en los cargos de decisión, de proyectos bien planteados pero mal ejecutados y viceversa, de pasar del trino en redes y el activismo en campo a negociar en los corredores palaciegos con un mal menor para pretender alcanzar un bien mayor. Será, como cualquier buen gobierno, un gobierno de hacer memoria y construir sobre lo construido, de saber oír la crítica interna y saber contar el cuento hacia afuera para encontrar apoyo externo que presione a las fuerzas y élites más reaccionarias cuando intenten hacer invivible la república. 

Un gobierno así será un ejercicio agonista, un continuo spin político que intenta predecir los altibajos de la montaña rusa nacional, un campo de batalla de intereses mercantiles y geopolíticos, un laboratorio de cepas virales y crisis climáticas, intentará engañar a la abstracción de la inflación poniéndole cuerpo a la confianza, gastará todo su capital político para ver cómo algo se recoge, se cultiva, se recupera, y se gana a punta de goles, amenazas militares y golpes de prensa y opinión bajo el cliché del héroe trágico que escoge su destino.

Una cosa es lo que queremos hacer con la vida y otra cosa es lo que la vida hace con nosotros y la política es, como todo, una actividad incierta. Da miedo, sí, pero ¿no hay todo un sector de la población de este país que ya vive así, con miedo?

La Justicia Especial para la Paz hizo arte y erigió en los últimos años dos monumentos de lenguaje, dos cifras para tener memoria y hablar por siempre y para siempre, sin miedo, del cruce de la violencia con la política en Colombia:

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El primer monumento verbal es el número de asesinatos registrados entre 1984 y 2016 cuando se ejecutó el exterminio sistemático de personas vinculadas a la Unión Patriótica, un partido político surgido de acuerdos de paz entre el Estado y la guerrilla.

El segundo monumento verbal es el número de asesinatos de civiles cometidos por las siete divisiones del Ejército Nacional de Colombia entre 2002 y 2008. Estas fuerzas armadas ejecutaron una práctica sistemática de engaño a personas inocentes, muchos de ellos campesinos y jóvenes de pocos recursos, para abultar las cifras de bajas en combate, lograr beneficios, promociones, ascensos y vacaciones para las unidades que registraran más bajas. Esta política fue alentada desde el alto gobierno y esto es visible en las intervenciones televisivas del presidente que gobernó en ambos periodos y que bajo el eufemismo de la Seguridad Democrática se ufanaba de dar, a la vista de todo el mundo, la orden de obtener más y más resultados que inmediatamente se traducían en más y más asesinatos.

Sin importar quién gane, los líderes sociales, comunitarios, ecologistas y civiles estarán en riesgo, los ejércitos legales e ilegales continuarán la guerra y la guerra contra las drogas seguirá siendo una batalla perdida. Ante estas certezas, la posibilidad de tener a Francia Márquez Mina en la vicepresidencia nos asegura algo mínimo: el hecho de que al otro día de una atrocidad criminal o de una barbarie estatal, no cogerá el camino de hacer una alocución evasiva, de evadirse con un viaje al exterior, de culpar o de entrapar a las víctimas, de delegarle la investigación a sus mejores amigos, de vestirse de militar o de policía y sumarse al coro de uniformados para entonar embrutecidos el grito de la guerra.

Francia Márquez Mina ejercerá el poder civil, le dará una voz digna al acto de representación política en un escenario público bajo un horizonte de verdad.

Francia Márquez Mina ya lo hizo como ciudadana el 4 de mayo de 2021 en una esquina de la calle en Siloé, Cali, luego de varias noches oscuras durante el pasado Paro Nacional:

Solo por eso, y por nada más que eso, el voto por Francia Márquez Mina y su acompañante vale el esfuerzo dominical de ir a marcar esa casilla en el tarjetón.[Foto de @IvanValenciar]

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