OPINIÓN

Historia del arte nazi en Colombia: la escuelita del mal

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Ilustración: Los Naked.

“Alumnos de colegio hebreo ofrecen darle clases de historia a la Policía”, dice un titular perdido en El Tiempo.

Por estos días es noticia que unos estudiantes se ofrecen para enseñar a otros: a un grupo de personas que, por profesar ciegamente la doctrina de una institución educativa policial, dieron muestras de tener una pobre comprensión sobre lo que significa el nazismo, el holocausto y, ante todo, la magnitud histórica de lo que un crimen en contra de la humanidad.

La semana pasada un grupo de estudiantes de la Escuela Simón Bolívar de la Policía Nacional, con sede en Tuluá, escenificó un periodo de la Alemania nazi como tema para una actividad pedagógica sobre historia universal en la “Semana de Internacionalización”. Este fue el detonante del numeral #PoliciaNazional que hizo furor en Colombia y motivó la propuesta de pedagogía solidaria ofrecida por estudiantes de origen judío.

El ejercicio fue un striptease ideológico que llevó a una catarsis colectiva: los profesores y estudiantes de la institución educativa, y servidores de la institución policial, se despojaron del traje de criptofascismo que caracteriza a la Policía Nacional —cuando intenta tapar las tendencias de matoneo, corrupción y violencia que marcan las actuaciones de muchos de sus miembros—. Los pupilos, ciegos ante el fulgor estético de una fiesta nazi, se vistieron de gala con la indumentaria y parafernalia celebratoria del Tercer Reich: “Con estos intercambios culturales fortalecemos el conocimiento de nuestros estudiantes de Policía #TransformaciónPolicial #EsUnHonorSerPolicía”, dijo la institución autosatisfecha en su página oficial de Facebook.

En un video que se escapó a la autocensura, antes de que la Policía y los estudiantes borraran sus publicaciones de redes sociales por el tsunami de reclamos que se les vinieron encima, se veía a los futuros cadetes haciendo juiciosos los preparativos.

Al ritmo de Cariñito, la canción de Rodolfo Aicardi y los hispanos, se ve unos jóvenes entre solemnes y jocosos dedicados a darles los últimos toques de manualidad fina a su arte colegial de piñata y cartelera: construyen un tanque, una bomba, un avión, un tren, un bar, un acordeón, en medio de águilas imperiales, cruces gamadas, impresiones de datos e imágenes de lo primero que les salió en internet (banderas tan falsas como lo que pareció una operación de bandera falsa en contra de la imagen de la policía y el Gobierno Duque pero que resultó ser una herida autoinflingida).

El acto de propaganda —arte más ideología—, resultó ser un ejercicio involuntario de contrapropaganda, la puesta en escena devino en una puesta en abismo que mostró cómo el mayor enemigo interno que tienen ambas entidades son ellos mismos y su estulticia.

El gobierno Duque ha sido cómplice de los actos de violencia y terrorismo estatal que ha sufrido el país durante estos años. El presidente mismo, luego de jornadas de actos de violencia sistemática en contra de los ciudadanos, ofrece siempre el mismo guión: da un discurso oficial de plantilla que promete las investigaciones pertinentes, crea comisiones para revisar los cometidos de otras comisiones, pero horas, semanas o meses después —cuando el escándalo de hoy tapa el de ayer y es olvidado por el de mañana—, el gobierno Duque participa activamente en actos exculpatorios de homenaje a la fuerza pública.

El mandatario cubre su desnudez con un disfraz de policía, es lenguaraz con un vozarrón militarista, sale en las noticias de la televisión con las fuerzas armadas, condecora a los altos oficiales de la cadena de mando belicista y preside una homilía oficial donde todos consumen la hostia de la impunidad —el espíritu de cuerpo uribista— y lo mascan mientras recitan con la boca llena el mantra del “Dios y Patria” policial.

En las fotos que circularon de la actividad escolar en Tulúa se ve a un alto oficial, o profesor, ante el cual los estudiantes pasan lista, recitan su presentación. Minutos antes, frente a la mirada solemne de un estudiante desgonzado disfrazado de Hitler —con un traje que le queda grande y un bigotico pintoreteado sobre su rostro impúber—, el profesor ha cortado la cinta tricolor que da apertura el evento. El escenario es un gran castillo de papel y un carro viejo marca Simca que representaría el Volkswagen o el Mercedez Benz que no pudieron conseguir.

Algunos de los trajes usados para personificar a los nazis son los mismos uniformes que la misma Policía Nacional usó en el pasado. El patrón de modelaje fue copiado sin tapujos luego de una guerra que derrotó a la Alemania nazi, pero donde, cada vez es más claro, no terminó el fascismo.

Prueba de ello es que ese uniforme policial nazi que lucían los jóvenes emuladores de Hitler era la copia que la Policía Nacional usó hasta entrado este siglo en Colombia. El corte del atuendo resalta la cintura; las hombreras sacan el pecho; el gorro y el ala de la víscera oscurecen la mirada; los correajes de cinturones y colgandejos para fustas, puñaletas y pistolas amarran el traje que se alza sobre unas brillantes botas de caballería con espuelas que profesan autoridad: el colombiano culibajito que lo luce siente que alcanza una altura autoritaria, se convierte en un jinete de la pureza racial montado en el caballo de paso purasangre de la Historia.

En la ceremonia colegial, los estudiantes disfrazados de nazis compartían filas en el patio de la escuela con los uniformados de la policía sin el mayor distingo: el ánima de Hitler se paseaba oronda entre todos ellos, puros e impuros.

La convivencia entre policía nazi y policía nacional sincera todas las formas violentas de lucha al mostrar los vasos comunicantes de los ejércitos nacionales de todos los tiempos: policía, mano negra, pájaros, chulavitas, infiltrados, guerrillas, bandoleros, bandas criminales, militares, autodefensas, paramilitares, paracopolíticos, narco políticos, sicarios y narcotraficantes. Todos conviven, se visten, desvisten, se hermanan, cambian e intercambian disfraces a conveniencia en el gran patio de la escuela nacional.

La Escuela Simón Bolívar de la Policía Nacional decidió producir una escena de la Alemania Nazi sin víctimas, sin tribunal ni justicia especial para la paz. Solo representaron a los victimarios.

Esta juventud hitleriana criolla favoreció un relato único de la historia, fue incapaz de darle representación a los judíos, testigos de Jehová, gitanos, sindicalistas, comunistas y a otros grupos sociales a los que el régimen nazi decidió calificar como “enemigos del Estado”: más de seis millones de personas que fueron asesinadas por esta maquinaría de muerte que los registró, caso a caso, en una estadística macabra anotada con juicio por todo tipo de banalizadores del mal.

Esta práctica de deshumanización continúa y se extiende ahora al maquiavélico ministro de Defensa, Diego Molano, que por extensión pone en práctica las lecciones de la escuelita del mal de Tulúa y que, junto al presidente Duque, ordena bombardeos con máquinas aéreas en campamentos donde hay presencia de menores de edad o “máquinas de guerra”, como él llama a los niños.

El Ministro Molano también tiene un alma de docente y cuando se reveló que Alexis López, un chileno entomólogo y carismático publicista Neonazi, es el par académico del ex presidente Álvaro Uribe, le ha dictado clases a miembros de las Fuerzas Militares y sus teorías son material de estudio en universidades y escuelas. militares, el funcionario rector de la política de defensa justificó la difusión de ideas afines a la apología al genocidio y la negación del holocausto como parte de la "libertad de cátedra".

La “Semana de Internacionalización” de Tulúa fue un éxito: internacionalizó a la escuela policial y a sus estudiantes.

Las embajadas de Israel —donde Duque hace unos pocos días había estado de visita y se vistió de creyente ante el muro de las lamentaciones— se pronunció con una enérgica nota de protesta. La embajada de Alemania hizo lo mismo y el embajador de Estados Unidos dijo que “ninguna explicación es suficiente” y se declaró “consternado y profundamente decepcionado”.

Y por fin —tras años de asesinatos, ataques a civiles…— hubo un despido: el director de la escuela, el teniente coronel Jorge Ferney Bayona Sánchez, fue obligado, junto a otros funcionarios, a renunciar.

Bayona resultó contar con un doctorado en estudios políticos de la Universidad Externado de Colombia, un curso en asuntos de paz realizado en Georgia y una charla de liderazgo en TED donde cuestionaba al público diciendo: “La gran pregunta es si estamos preparados para tomar decisiones correctas”.

La decisión del despido del doctor Bayona y otros profesores, por su inmediatez, despliegue mediático y regaño presidencial, a la luz de la historia reciente, se convirtieron en una prueba más del doblepensar del gobierno Duque que, bajo las formas de un retórica solemne, emite el mal aliento viscoso de una burla cínica: el evento de papel y las inanes labores de pintumanitas de la escuela de policía produjeron más despidos, renuncias y respuestas del gobierno civil que la reacción estatal para castigar las acciones criminales de funcionarios del Estado que tuvieron lugar entre el 28 de abril y mayo 7 de 2021 en el Paro Nacional: Indepaz y Temblores señalan 1.876 casos de violencia registrados, identifican 278 víctimas de violencia física, 963 detenciones arbitrarias en contra de manifestantes, 356 intervenciones violentas en el marco de protestas pacíficas, 28 víctimas de agresiones oculares, 111 casos de disparos de arma de fuego y 12 víctimas de violencia sexual.

La ideología del Nacional Socialismo no solo trataba de subordinar el arte a la política, de transformarlo todo en propaganda, sino que, como lo señala Susan Sontag en su texto Fascinante Fascismo, este credo hizo que la política se apropiara de la retórica del arte en su última fase romántica:

“La dramaturgia fascista se centra en transacciones orgiásticas entre fuerzas poderosas y sus títeres que, uniformados, se muestran en número cada vez mayor. Su coreografía alterna entre un movimiento incesante y una postura congelada, estática, viril. El arte fascista glorifica la rendición, exalta la falta de pensamiento, otorga poder de seducción a la muerte”.

La pedagogía de la Escuela Simón Bolívar de la Policía Nacional de Tulúa es un caso que fascina, es la variación criolla del famoso experimento de Stanford solo que los cautivos y guardias del pasado son ahora alumnos y profesores.

Es un caso en potencia del Batallón 101 de la Alemania Nazi, una unidad conformada por jóvenes comunes y corrientes, sin una filiación nazi explícita, que entre 1940 y 1945 fueron los victimarios que llevaron a la muerte a más de 83 000 judíos en Polonia. Como lo señala un informe del Centro de Memoria Histórica “cualquiera de nosotros, si no entendemos los engranajes que mueven la guerra y si no cultivamos un discernimiento moral, podemos ser cómplices en procesos que desembocan en grandes tragedias humanas”.

El eco de los 6 402 asesinatos de jóvenes asesinados por jóvenes asesinos que formaban parte del Ejército, conocido en Colombia como el caso de los “falsos positivos”, resulta inevitable.

El aprendizaje invisible y ahora visible de esta escuelita del mal, su currículum oculto y ahora expuesto, su práctica de la propaganda —del arte más la ideología—, esta nueva Historia del Arte Nazi en Colombia, la acreditan como una institución con la capacidad de hacer escuela y donde la trivialización de inmoralidades y criminalidad puede extenderse, por lo pronto, a tres esferas puntuales:

1. Al género —cada vez más frecuente entre nuestros políticos— de la falsificación de títulos y plagios académicos. De Enrique Peñalosa a Jennifer Arias, actual presidenta de la Cámara de Representantes por el Centro Democrático y a Tito Crissien, ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación.

2. A nuevas prácticas de homologación académica. Tal vez la más creativa es la que propone la senadora Paloma Valencia —con estudios en Derecho y Literatura de la Universidad de los Andes y una maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York—, cuando dice que “Trabajar al lado de Uribe es como hacer muchos doctorados juntos”.

3. Al arte y la instauración de un canon de índole patriótica: una estética capaz de eliminar cualquier forma de expresión disonante de arte degenerado. Al menos así lo expresa María Fernanda Cabal —politóloga de la Universidad de los Andes—, precandidata presidencial del uribismo y senadora, cuando se adentra en los terrenos de la crítica de arte y califica el Monumento a la Resistencia (construido suroriente de Cali en homenaje a los ciudadanos asesinados durante el paro nacional): “adefesio, eso no es un monumento…” Y suma esta declaración a una anterior donde mezcla estética con discurso higienista: “A la izquierda le gusta el mugre, lo horrible, la anarquía, lo asqueroso, qué tal este monumento tan hediondo”.

La declaración de Cabal sigue el mismo patrón estilístico de una escuela que, en su ascenso al poder, lo primero que hizo fue definir algo en apariencia menor, el arte:

“Y, ¿qué crean ustedes? Seres lisiados, deformes y cretinos, mujeres que solo pueden despertar repulsión, hombres más cercanos a bestias que a seres humanos, niños que si viviesen en tal estado caerían bajo la maldición de Dios. Y esto es lo que estos crueles chapuceros se atreven a ofrecer como arte de nuestro tiempo, esto es, como la expresión de todo lo que moldea e imprime su sello en nuestro tiempo presente […] Las «obras de arte» que no son capaces de ser entendidas por sí mismas y necesitan de un manual de instrucción pretenciosa para justificar su existencia —hasta que por fin encuentren a alguien lo suficientemente intimida para soportar con paciencia semejante habladuría estúpida y obscena— jamás encontraran la manera de llegarle al pueblo Alemán”. (Discurso de apertura de la Casa del Arte Alemán, Adolfo Hitler, 1937)

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