OPINIÓN

La aplanadora de Petro y los problemas morales

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Esta semana Gustavo Petro logró abrochar su coalición de gobierno. Los 75 senadores y 140 representantes que apoyarían sus reformas tuvieron un alto costo en burocracia: dos ministerios para los liberales, uno para los conservadores y otro para la U.

Estas movidas han causado malestar en algunos sectores de la opinión pública. Señalan que Petro está siendo incoherente con sus críticas pasadas a los acuerdos burocráticos (a la mermelada) y que la deliberación ideológica se cambia por la sucia negociación de puestos y chequeras.

Algunos dirían que, al final, independientemente de su contenido, la política de Petro es la misma de todos los días y que su promesa de una nueva política ha sido rota. Esto es cierto, pero no romper esa promesa implicaba para el gobierno del cambio romper con todas sus promesas.

La política es una gran paradoja irresoluble: exigimos siempre que los políticos tengan coherencia con sus principios, pero ningún político es juzgado solo por la fidelidad a sus principios, sino sobre todo por sus resultados en el mundo real. Es un mal político aquél que, como el izquierdista de cafetín, se abstiene de actuar y transformar el mundo por fidelidad absoluta a sus principios: no es más que una persona egoísta que solo quiere tener la conciencia tranquila, incluso al precio de que nada cambie. Pero también es mal político aquél que actúa y transforma el mundo sin estar orientado por ningún principio: no es más que un burócrata cínico.  

La política necesita de principios y de capacidad real de transformación en circunstancias concretas, pero estas dos cosas no van de la mano y suelen contradecirse entre sí. Incluso, cualquier combinación entre principios y capacidad de transformación suele ser insatisfactoria, problemática, arriesgada y dolorosa. No hay ponderación justa, ni adecuada entre estos dos elementos. Este es el caso actual de Petro, pero lo es de cualquier político.

Esto no excusa a Petro ni a su equipo de gobierno. Todo lo contrario. Petro será responsable de los resultados reales que genere su lógica de negociación burocrática: de los buenos (como las reformas) y de los malos (la corrupción). Eso fue lo que escogió a la hora de lanzarse a la presidencia: ser responsable de los efectos de sus decisiones, inclusive si no estaban contemplados originalmente en sus planes e intenciones.

Nos guste o no, la mermelada y la negociación burocrática es la única forma, en las circunstancias actuales, de cumplir con la promesa de un cambio tranquilo que no implique el gobierno por decreto.

De hecho, podría decirse que el mundo oscuro de la negociación burocrática en sus distintas formas (mermelada, lobby, acuerdos burocráticos, presiones con el presupuesto para obras públicas, etc.) forma parte del funcionamiento esencial de la democracia liberal realmente existente. Esto puede comprobarse tanto empírica como teóricamente.

Teóricamente, la democracia liberal está animada en su historia dentro de la filosofía política por dos principios: el principio de la deliberación y el principio de la representación. El principio de la deliberación supone la idea de que la discusión y el intercambio de argumentos nos llevarán a tomar mejores decisiones (más justas y adecuadas). El principio de representación nos dice que los representantes están en la obligación de defender las ideas que comparten con sus electores.

En una de las radiografías más lúcidas acerca de la democracia liberal, Carl Schmitt, en su libro Los fundamentos histórico-espirituales del parlamentarismo en su situación actual, muestra por qué el principio de la deliberación y de la representación se contradicen entre sí.

La razón es muy sencilla: el principio de la deliberación exige que los congresistas estén abiertos al intercambio de argumentos y, por ende, a cambiar de opinión y darle la razón a su contrincante; el principio de la representación considera que cualquier cambio de opinión por parte de un representante de la voluntad popular es una traición a los principios por los cuales fue elegido. El principio de representación hace que los parlamentarios se aferren a sus ideas y no estén abiertos realmente al debate, es decir, a cambiar de opinión ante mejores argumentos.

En este escenario, es inevitable que la deliberación sea solo una fachada de la negociación burocrática y de intereses, sobre todo en escenarios políticos en donde el gobierno no tiene mayorías parlamentarias. Esta incongruencia estructural entre el ser y el deber-ser del parlamento y las instituciones de la democracia liberal explica el inevitable desprestigio del que sufren en la ciudadanía.

Es esta incongruencia también lo que explica la eterna incoherencia de los políticos (también Petro): aprovecharse del desprestigio para ganar votos, pero tener que echar mano de la negociación para poder hacer algo.

Al final, esta incongruencia es insuperable. Por eso, la única manera en la que el congreso y las instituciones de la democracia liberal pueden intentar recuperar su prestigio no está en la forma sino en el contenido: en las reformas que puedan mejorar en algo la vida cotidiana de la gente.  

Creo que esa es la apuesta de Petro. Pero es una apuesta en el sentido literal de la palabra: abre la posibilidad de ganar algo, pero se puede perderlo todo. Y en el caso de que Petro pierda, será igualmente responsable ante los ojos de la ciudadanía y de la historia.

Ni la crítica moral que reprocha una traición a los principios de las formas ni la exculpación, según la cual el fin justifica los medios, son posiciones adecuadas. Pues ninguna conoce del todo los resultados de la apuesta de Petro. Este es uno de los desafíos del gobierno actual, pero se trata de uno del cual Petro no tiene todo el control y del que será, de todos modos, responsable.

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