OPINIÓN

La Constitución, la economía y el pan blandito

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Estamos abrumados de trinos criticando y quejándose que Colombia tiene que dar tal o cual cosa a sus habitantes, según derechos consagrados en la Constitución. Culpan de esa insuficiencia a la economía y la tributación. Todo es fácil para los que critican y se quejan.

No se toman el trabajo de entender a la economía. Para cada pan blandito en una panadería, cada kilovatio-hora que alumbra un bombillo en una casa, cada vuelo que sale de un aeropuerto, cada cita a un médico, cada gota de agua que sale por una llave y cada transacción bancaria, se requiere una sofisticadísima red de encadenamientos logísticos, ordenamientos jurídicos, decisiones de inversión motivadas por numerosos cálculos de costo/beneficio y riesgo/retorno.

Esa logística y estas inversiones superan las fronteras políticas delineadas por nuestra Constitución. Colombia a una realidad económica asociada al mundo que la rodea, pero nuestro entendimiento es muy ombligista. La Constitución también es ombliguista. Nuestra economía es y debe ser integrada al mercado global.

Ingenieros, albañiles, camioneros, contadores, oficinistas, operarios, vendedores, especialistas de recursos humanos, abogados, expendedores de gasolina, secretarias, personas de los tintos, mensajeros, supervisores y gerentes son requeridos por decenas o cientos para que fluya el agua, la electricidad, el gas, la gasolina, haya vidrios, ladrillos, lápices, buses, ascensores y policías.

¿Quién o qué coordina esos millones de actividades que llevamos a cabo las 22 millones de personas que trabajamos entre 8 y 16 horas cada día para que todos funcione en Colombia?

Algún tipo de coordinación debe haber para que existan en las calles los camiones que transportan todo, y bajo el suelo las tuberías y ductos de cables, y en el aire viajen las ondas de las emisoras, los canales de TV, redes sociales a través del espectro electromagnético, y los tubos para líquidos de agua, combustibles o químicos que se requieren el casas y fábricas, los trillones de electrones que alimentan aparatos como computadores, máquinas, neveras o celulares, y haya mercancía en los escaparates de los almacenes y supermercados.

Apreciado lector, se sorprenderá de la respuesta sobre qué coordina a todas esas cosas y actividades. La coordinación para que todas las cosas funcionen en cada momento del tiempo por los próximos diez, cincuenta o cien años la tiene una marquilla con números que están ligadas a cada cosa del mundo. Esas marquillas con números se llaman precios.

Los precios son un sistema de transmisión de información entre personas, sofisticado hasta la exasperación. Cada precio lleva implícito cientos o miles de otros precios. Por ejemplo, el precio del pan blandito lleva dentro de sí el salario del panadero, los precio de la harina y la levadura, la tarifa del agua, el arrendamiento del metro cuadrado de la panadería, los precios de las vitrinas y los mesones para amasar, el salario de la persona de la caja, los impuestos para pagar los policías y los jueces y al ministro que decide con qué arancel se importa el trigo, el costo de los computadores donde se hacen las cuentas, el contador y el revisor fiscal, los servicios públicos, el predial y así sucesivamente hasta la náusea. Tan solo en un pan.

Ahora piense que una economía puede vender y comprar CADA DÍA unos 25 millones de bienes y servicios, cada uno de ellos con cientos de insumos y requisitos para su producción. Cada día, cada minuto, cada segundo. Contemplar momentáneamente esos millones de cálculos y transacciones que son indispensables para que usted viva su vida, es como si las estrellas del firmamento se le vinieran encima de sopetón, en un instante.

Ahora devuelva cada estrella a su órbita, cada transacción a sus compradores y vendedores, cada compra y venta a sus condiciones de tiempo, modo y lugar. Apreciará con respeto y humildad lo que la economía hace por usted.

Sin saberlo con precisión, pues nadie es consciente de cuál será el pan blandito que usted comprará en cuál panadería, en cuál calle, con la luz eléctrica alimentada por cuáles electrones, ni cuáles moléculas de agua saliendo por cuál tubo, ni cuáles créditos bancarios para que tal panadero pueda mantener el negocio al que usted entra a las 8 a.m.

Esa economía impersonal funciona para usted, allí donde busca cada cosa. La próxima vez que se queje de las fuerzas del mercado, despotrique del capitalismo, reproche por qué las cosas no funcionan de acuerdo con sus sueños y aspiraciones, deténgase y piense lo impresionante que es que la economía funcione cada segundo, cada minuto y cada hora para usted.

No le pida a los que NO la conocen, y que nunca han producido, no han trabajado jamás en una empresa, ni han sufrido por entregar un producto, cobrar una factura o pagar un crédito, una cuenta de luz, un impuesto o un abogado, que arreglen la economía. Como no la conocen, terminan tirándosela. Los que más se quejan y con más soberbia, menos la entienden.

Si quiere ejemplos de economías que funcionan bien, busque en Asía, Europa y Norte América. Si quiere ejemplos de las muchas maneras en que se puede estropear fácilmente una economía, lea la historia económica de América Latina.

Ah, vienen muchos profesores hablando trabado a decir cómo es de fácil arreglar esta economía nuestra. Están un par de días en Bogotá, hablan con gente importante y muy rápido son expertos en diagnosticar al paciente. Tome por favor esas recetas de los visitantes fugaces con la misma suspicacia que oiría a un sicólogo que va una hora a su casa y empieza a pontificar sobre qué le pasa a su familia. En suma, aprender economía, como conocer a su familia, toma tiempo, pero es indispensable y fascinante.

Los precios solucionan un tipo de problema y lo hacen bastante bien, sin depender de un cerebro central, cosa que parece de sortilegio. Pero no soluciona todos los problemas. En particular, el problema de: “El que gana se lleva todo el premio”, sucede cuando entre una empresa más crece, más barato produce, y más eficiente se vuelve. Se puede resolver con un sistema regulatorio o tributario.

Algo similar sucede cuando hay elementos como el agua potable que sale de uno o pocos reservorios, creando un monopolio natural. En ese caso se debe aplicar una regulación que premie el esfuerzo y la inversión, y evite el abuso de los usuarios y consumidores. Los precios también son ciegos frente a la compasión y la solidaridad por los más necesitados, o la insuficiente formación de los hijos de las familias menos favorecidas. Para eso se necesita un sistema honestamente administrado y técnicamente diseñado de redistribución y estándares de educación.

Un último tema. La economía está cada día superando la prueba del desempeño. Empresarios de otros países buscan producir más barato lo mismo que nosotros y traerlo a Colombia, lo cual funciona para muchos de los bienes. Tal vez no para el pan blandito y el agua, pero sí para los bienes de más crecimiento y promesa. Esa competencia internacional y de sumar cada día conocimiento a cada producto, sin alterar los incentivos, requiere otra coordinación en la cual los sudamericanos hemos resultado más populistas que eficaces.

Pero la tributación, la regulación de los monopolios y la redistribución, y la provisión de bienes meritorios y públicos sólo son posibles si se hacen sobre una economía sana, robusta, dinámica y próspera, regulada por los precios, el fin de lucro y la toma de riesgos.

Solamente eso premia al empresario previsor y disciplinado, que conoce su negocio a profundidad, y castiga al ineficiente y que produce con calidad deficiente. Esa es la economía que paga los impuestos y crea excedentes para redistribuir.

Debemos ser buenos jardineros en lugar de convertirnos en fallidos ingenieros de la economía. El jardinero acepta que hay muchas cosas de la biología que no entiende, pero la práctica le ha enseñado cómo nutrir y proteger a sus plantas. Mientras el ingeniero tiene la pretensión de conocer su maquinaria al 100%. La economía tiene más de biología y sicología que de mecánica.

No cometa el error, amigo lector, de llenar de trabas a una economía y no permitirle que funcione y después preguntarle por qué no produce para todos e incumple las promesas de la constitución.

La Constitución, la economía y el pan blandito son sistemas muy complejos que hay que saber coordinar en cada momento del tiempo. Seamos muy cuidadosos con no atropellar los dos últimos en pos del primero.

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