OPINIÓN

La crisis de los partidos no se resuelve con lista abierta o cerrada

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Ojalá la crisis de los partidos, y la calidad de nuestra democracia representativa residiera solo en el tipo de lista, cerrada o abierta. Por desgracia, el problema va mucho más allá de la forma de las listas, y se origina en la calidad de los partidos políticos: en Colombia estos son cero democráticos, de tipo monopólico, baja renovación, a menudo hereditarios, poco programáticos, además de infiltrados por dineros y clientelas.

 

Se escuchan por estos días argumentos peregrinos para defender, o atacar, las listas abiertas o cerradas. Algunos de esos comentarios se destacan por su excentricidad, oportunismo o simple ignorancia. Para defender las listas cerradas, dice por ejemplo el presidente del Senado (Roy Barreras) que “oponerse a la lista cerrada es oponerse al acuerdo de paz”. En un plano similar, dicen los opositores a la lista cerrada que una demostración de que son malas es que las utilizó Uribe en determinado momento, y que de allí salió Iván Duque.

Ninguno de estos argumentos tiene fundamento, son más bien historietas (o falacias) para entretenimiento de los convencidos. De hecho, si alcanzan alguna popularidad, esto sólo se explica por la baja cultura política de muchos colombianos: es evidente que votar a favor o en contra el acuerdo de paz no depende del tipo de lista, como también es evidente que la lista cerrada puede haber sido empleada por Uribe pero esto no la hace menos viable como posibilidad.

Existe, es cierto, un argumento más, una demostración que parece tener más peso: los partidarios de las listas cerradas, y también los partidarios de las listas abiertas, esgrimen nombres de quienes son “paquetazos” o “electrones libres”. El famoso Manguito (un senador de la bancada progresista que resultó teniendo posiciones más afines al uribismo que la lista cerrada por la que salió elegido) o JotaPe (un senador elegido en lista abierta, que ha tenido posiciones contrarias a las de la mayoría de su bancada, el Partido Verde) se dan como ejemplo.

El hecho de que haya muestras en ambos tipos de lista debería empujar a la reflexión: no es el tipo de lista, no es el color de las sábanas, el que explica el fabuloso galimatías de los partidos en Colombia. Es otra cosa.

Los partidos políticos en Colombia son una suerte de empresas dedicadas a cooptar y reproducir intereses de la clase política. Muchos de los que están hoy posando de grandes demócratas en el Congreso, y defienden tal reforma en aras de la paz, etc, llegaron ahí porque prácticamente secuestraron entidades territoriales para alimentar su estructura clientelar y de compra de votos. El capital social que se obtiene en cargos públicos genera un sistema de cooptación que hace casi imposible a cualquier otro ciudadano interesado por la cosa pública competir por un cargo de elección.

De hecho, los partidos políticos son casi ficticios en Colombia: no tienen un real sistema de afiliados, tienen unas directivas opacas y poco renovadas, no cumplen con las disposiciones reglamentarias en cuanto a sus propias convocatorias, y son muy pocos los que se esfuerzan en realizar congresos, o en editar publicaciones para debatir sobre las ideas o programas. Es verdad que en época electoral se alborotan un poco más algunos temas, y se publican folletos en papel grueso y a todo color, pero estos suelen ser muy generales, además de que han sido poco discutidos con las bases.

Los partidos políticos en Colombia aprovechan su capital de “marcas” para hacer campaña, u ofrecen avales al mejor postor en época de elecciones, independientemente de cualquier ideal. Por esa vía, un partido de gran historia y recordación en la memoria de los colombianos, como el liberal, alberga en sus filas a defensores de valores opuestos a los que han sido los de ese partido. Además, muchos de los candidatos en casi todos los partidos cumplen con el requisito fundamental para hacer parte de sus listas: ser herederos de clanes políticos cuestionados.

Y es que los partidos políticos en Colombia tienen un alto componente hereditario (o de familia extendida): muchos de los que logran escalar a altas posiciones son los cónyuges, hijos, hermanos, cuñados, etc de anteriores elegidos, que a su vez escalan en otras posiciones de la repartija burocrática. Reproducen un sistema no sólo clientelar, también de privilegios familiares, que a veces se extienden por generaciones (un observador extranjero me decía que es un sistema de castas).

Los partidos colombianos están mucho más interesados en cooptar clientela que en pensar a Colombia, en hacer diagnósticos, en estudiar proyectos para las mayorías o en afinar sus propuestas de gobierno. Su interés primero es reproducirse, y lo logran, prácticamente haciendo metástasis. Es un cuerpo enfermo que busca cooptar a quienes pueda, sin miramientos de ninguna índole por el bienestar del cuerpo social, de Colombia en su conjunto.

En notas pasadas he tendido a favorecer las listas cerradas cremallera, por una simple razón: porque permiten mayor paridad. Creo que es una razón de peso, pues Colombia sigue estando muy rezagada en términos de representación de las mujeres en cuerpos colegiados. Sin embargo, creo que las cosas no cambiarán fundamentalmente si las listas son abiertas o cerradas. En el primer caso, serán más costosas y favorecerán a los más ricos o famosos; en el segundo, dado el funcionamiento del sistema, permitirán la imposición de nombres desde arriba.

Creo que una democracia no es real si no tiene partidos fuertes, partidos que representen intereses diversos (y a menudo contrapuestos). Hoy, la representación es considerada, en la práctica, como un mercado, y las elecciones se organizan como tal. El caso de Perú guarda muchas similitudes con el colombiano, y la crisis de ese país debería servirnos como espejo. En Colombia, se celebra más a las individualidades que a los partidos, a las figuras antes que a las organizaciones. Sin un cambio de mentalidad en aras de defender el bien común, la crisis de los partidos y de la representación persistirá, con listas abiertas o cerradas.

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