OPINIÓN

La fábrica de la manipulación

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Ilustración: Los Naked.

Decir a estas alturas que Revista Semana es una maquila de propaganda política merece como respuesta un “gracias, Faryd”. Constatar esa verdad viendo la polichada que le da Vicky Dávila a Rodolfo Hernández en la última entrevista es casi masoquista. E indignarse con la manipulación de estos días es tanto como reclamarle a las nubes de Bogotá por el clima inclemente. Que así sea: dejemos en el buzón de quejas y reclamos un memorial sobre lo que se volvió paisaje.

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Desde que terminó la primera vuelta, la atención está quemando a Rodolfo Hernández. Antes de su triunfo electoral, él controlaba la oferta sobre sí mismo y los términos en que estaba dispuesto a volverse un meme. Sus videos eran entretenimiento en clave de desfachatez y espontaneidad; el viejo procaz que canta la tabla. Pero ahora, con todos los reflectores encima, las redes sociales responden —también con videos— y lo muestran más claramente como lo que es: un político inescrupuloso, arbitrario y malhablado que oculta su cinismo en el ropaje de un señor de 77 años imprudente pero bonachón. (Sobre Hernández como producto de entretenimiento les dejo este análisis de Linterna Verde, una organización de la que hago parte).

Con el ingeniero derritiéndose al sol, el foco tiene que regresar a Gustavo Petro, que es donde estuvo toda la campaña. Para el destartalado establecimiento, el milagro de Rodolfo —con la fortuna completa del nombre sonoro— es posible. Muy posible y, para ellos, exquisito: vencer a Petro cuando ya se tomaba las medidas de la banda presidencial. Pero para lograrlo, para que la Rodolfoneta llegue a la Casa de Nariño, hay que poner al candidato a la sombra para que respire. 

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En una segunda vuelta que está cabeza a cabeza y con toda la munición contra Gustavo Petro agotada —tal vez a excepción del supuesto video íntimo que cada tanto se menciona—, cualquier cosa que sirva para mover la aguja de indecisos y abstencionistas puede definir la presidencia. Si esa cosa cualquiera es una conversación privada, mejor. Si está Petro, se aceleran las palpitaciones. Y si hay un video, se asoma otro milagro.  

Semana bautizó la serie de videos sobre reuniones internas de la campaña de Gustavo Petro como los “petrovideos”. Hasta hoy, sábado en la mañana, en ninguno de ellos habla Petro; en varios no sale; en la mayoría ni siquiera se alude a él. Pero se llaman “petrovideos”, y así como los tituló Vicky Dávila se alinearon la mayoría de medios de comunicación (incluida La Silla Vacía y con excepciones, como El Tiempo  y El País). 

Los videos se llaman así porque el contrincante es Petro —soy Faryd—. Y así Petro no tenga un rol importante hasta ahora en la serie, es muy posible que lo tenga; supongo que Dávila debe tener pescado más grande para freír. O tal vez no había más pesca y tenía que sacar a vender lo que hubiera. Ya veremos. Se llaman así, repito, porque es el nombre del candidato, pero también porque activa y se conecta con la temporada anterior: el “petrovideo” original.

El “petrovideo” fundacional fue una elaborada puesta en escena, a varias manos, que mereció portada de Semana en diciembre de 2018 y que sirvió principalmente para que el entonces fiscal Néstor Humberto Martínez hiciera un truco de magia —a través de Paloma Valencia— para distraer la atención cuando estaba contra las cuerdas por el escándalo de Odebrecht. Tres años y medio después, a pesar de que la denuncia nunca cuajó y la Corte Suprema archivó la indagación contra Petro, la bolsa con fajos de billetes, es decir, el “petrovideo”, hace parte de la tradición oral del antipetrismo. La idea es que la nueva temporada se sume a esa doctrina.

Los videos filtrados esta vez tienen pedazos de información relevante en dos temas: por un lado, el de la financiación de la campaña, en el que no me voy a detener. Las palabras de Roy Barreras sobre el ingreso de plata de una empresa —la cual negó haber hecho aporte alguno— puede apuntar en cualquier dirección. En el mejor de los casos, es el indicio de un indicio; el retrato hablado de un retrato hablado. 

Por el otro lado, está el tema más carnudo. Alfonso Prada y Roy Barreras sabían que había integrantes de la campaña o personas cercanas visitando extraditables en las cárceles. Después se conocería públicamente que eran el hermano de Petro y la senadora electa Piedad Córdoba. Barreras incluso lo supo antes de que el escándalo estallara. ¿Pero qué era lo que sabían él y Prada? ¿Que estaban ocurriendo esas visitas? ¿Que iba a armarse una tormenta mediática por esas visitas? No sabemos. Lo cierto es que nada de lo que se habla ahí indica que Prada o Barreras estuvieran al frente de esa gestión o que el candidato tuviera algún papel. Hasta hoy, sábado en la mañana.

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Lo demás que se desprende de los videos, lo que Semana y Dávila han exprimido hasta la saciedad, cocinado y vendido como empanadas, se podría incluir en el extenso y democrático capítulo sobre las nauseabundas aguas de la estrategia política en los tiempos monocromáticos de las redes sociales. Una práctica que ejerce el petrismo sin pudor, como también lo hace el uribismo y lo hizo Federico Gutiérrez —el globo que infló Semana hasta que se le reventó—.

En la voz de un político de diccionario como Roy Barreras, estallar controladamente un escándalo, atacar, dividir, fabricar diferencias y contradicciones, suena como lo que es: la selva de la política, donde el que no mata muere. Es como si oyéramos el audiolibro con el narrador apropiado para asustarnos porque tal vez la fábula sí es cierta. Y claro que es cierta. Así es acá y afuera; así ha sido esta campaña, así fue la anterior y la que precedió al plebiscito. Las bodegas no surgen por generación espontánea. Las tormentas políticas no brotan de entre las piedras. Las hogueras públicas de los medios no se prenden solas. 

Dirán algunos que el hecho de que todos lo hagan no implica que esta historia no sea noticiosa. Es posible. Pero, a diez días de las elecciones, convertir un ejemplo de carnicería política —que todos conocen y practican— en el epicentro de una acusación contra una campaña, es inclinar la balanza decididamente a favor de la competencia. Con el elemento adicional de que lo que tenemos son apenas piezas sueltas de un rompecabezas. La decisión editorial no era simplemente si cubrir o no el hecho; se trataba de disputar el enmarcado de Semana, evaluar su motivación, ajustar su prevalencia y, sobre todo, poner la información en contexto. 

De manera deliberada, por ingenuidad o simplemente para conectarse con la tendencia, varios medios y periodistas compraron el enfoque de Semana y el titular que fabricó. Amplificaron y oxigenaron el supuesto escándalo que finalmente le permitió a Rodolfo Hernández victimizarse y salir del reflector. Hicieron lo que hacían los estudiantes en Zoom durante la pandemia: prendieron la cámara unos minutos sin saber qué había pasado antes ni qué vendría después. Y, con esa escaramuza de contenido, presentaron el trabajo final. 

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Dávila no solo manufactura la noticia, sino que aprovecha y monetiza la ventana de atención que sus colegas amablemente le abren. Semana crea, alimenta y cierra los ciclos de su fábrica de propaganda. A la par con la denuncia política y las empanadas, mueve el chisme rosa y el confidencial de cocina: “Verónica Alcocer regaña a Petro porque no usa WhatsApp”. También abre un debate preocupado por la polarización del país: “¿Cómo detener esta guerra?”. No es nuevo. Semana expone con indignación fingida lo que ellos hacen una y otra vez.

Hoy la portada de Semana son los “petrovideos”. Hoy Vicky Dávila defiende su publicación —“hicimos lo correcto”, escribe— como si el medio fuera apenas un tubo por el que corren las aguas negras que en realidad ellos producen. Hoy, además, Dávila defiende la publicación de fragmentos descontextualizados y dispersos cuando antes, en otra operación de manipulación, defendió la publicación desproporcionada de todo el expediente del caso de Álvaro Uribe. Desinformación por inanición. Desinformación por sobredosis. El objetivo es, en últimas, la confusión. 

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