OPINIÓN

La quimera activista

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Ilustración: Los Naked.

El canario en la mina se acaba de morir, asfixiado por los gases del activismo radical. Se murió en las elecciones para la Gobernación de Virginia, donde la revuelta de las asociaciones de padres enterró cualquier posibilidad de que el Partido Demócrata consolidara sus mayorías electorales en las próximas elecciones congresionales, las cuales, ya es casi seguro, se van a perder aparatosamente.

No contentos con los triunfos en materia de igualdad de género, aceptación de los derechos de las parejas del mismo sexo y con la creciente concientización de las diferencias raciales, los activistas tenían que jalar la cuerda hasta reventarla.

Su insistencia en imponer en el currículum escolar la ideología de género, esa noción risible que considera que los géneros son indeterminados, y la teoría crítica de la raza, que sostiene que el racismo es estructural, movilizó a los habitantes de los suburbios –hasta hace poco fervientes antitrumpistas– para evitar el adoctrinamiento de sus hijos en estas dos absurdas confabulaciones.

Ahora las fuerzas de la derecha pueden cantar victoria y con ellas, seguramente, vendrá una reversión de muchas de las políticas de avanzada que se han consolidado con los años, como el control a las armas de fuego, los derechos reproductivos y el acceso de las minorías al proceso electoral.

Aunque parezca contradictorio, el principal enemigo del cambio es el activismo, esa evangelización secular de una causa o una ideología con un fervor religioso, antes reservado a los fanáticos o a los locos pero que ahora, además de servir para vender camisetas, es parte del espíritu de los tiempos.

Y no hay que irse a los Estados Unidos para confirmarlo. Aquí en Colombia hay ejemplos suficientes. Fue el activismo de la ministra de Educación del momento, a la postre gerente de la campaña del Sí, lo que echó a pique el Plebiscito por la paz al publicar unas cartillas educativas con tintes de ideología de género que fueron malinterpretadas por los opositores. 

Les quedó muy fácil sugerirles a los votantes que el acuerdo de La Habana, de aprobarse, transformaría a nuestros menores en criaturas asexuadas como los Teletubbies, lo que en efecto ocurrió, como lo confirmaron las encuestas contratadas post mortem por la Presidencia para entender los resultados (el 30% de los votantes por el No afirmaron hacerlo por temor a la imposición de la ideología de género en el Acuerdo de paz).

También fue el excesivo activismo lo que destruyó las protestas de mediados de este año. La movilización motivada por la devastación económica y social generada por la pandemia no pudo articularse políticamente porque fue imposible producir un pliego de peticiones con algún grado de coherencia. Las reivindicaciones iban desde el retiro de la reforma tributaria hasta la pesca de aletas de tiburón, pasando por la liquidación de las EPS, la seguridad alimentaria, la prohibición del fracking y el cierre del Icetex.

La ironía del activismo es que todos quieren ser como Rosa Parks, pero de su respectiva causa, y esto imposibilita la acción colectiva. Absortos en empujar su propia agenda no tienen interés ni simpatía con las causas de los demás, ni tampoco en transigir o en moderar las peticiones propias. Cualquier morigeración es una claudicación inaceptable.

Lo peor del asunto es que no solo se dificulta el resultado final, es decir, la adopción de alguna reforma, así sea incompleta o parcial, sino que crea un espantapájaros para ser atacado por las fuerzas reaccionarias. La incapacidad de generar una agenda de diálogo con objetivos concretos y políticamente realizables fue el cáncer que carcomió al movimiento de protesta. 

Después de meses de lucha solo quedó la Primera línea, una lumpen anarquizada cuyo único propósito es tirar piedra, quemar buses de Transmilenio y mortificarles la vida a millones de humildes ciudadanos que solo quieren poder llegar sin contratiempos a su trabajo.

A platas de hoy, Petro, por cortesía de Gustavo Bolívar, no pasa del veinte por ciento de intención de voto en las encuestas y me atrevería a apostar que, por mucho manzanillo liberal y mucha actriz pensionada que logre sumar, no se moverá mucho de allí. Esto es el resultado, digamos que afortunado, del fenómeno que estoy describiendo: las consecuencias inesperadas del activismo en exceso.

Pero hay otras situaciones más lamentables (ya hablé del Plebiscito) donde ocurre lo contrario. Por decir algo, la negligencia del alcalde Cali en el control de la seguridad de su ciudad ha provocado un movimiento nada despreciable para legalizar el porte de armas; la intransigencia de la alcaldesa de Bogotá en la darle un debate abierto al POT provocará una expansión indeseada de la ciudad sobre los municipios cundinamarqueses; la ampliación del derecho al aborto más allá de las tres causales reconocidas deslegitimará a la Corte Constitucional; y la oposición a nuevas hidroeléctricas aumentará nuestra dependencia de los combustibles fósiles.

Esta acaba siendo la quimera activista, la idea de que entre más duro y con más fuerza se promueva una causa, más rápido y más profunda será su realización. Lo cierto es que no es así; es, usualmente, todo lo contrario.

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