OPINIÓN

La reforma política y la guerra del centavo

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Yann Basset, profesor de la U. del Rosario.

Es muy difícil que la reforma política pase a estas alturas, como es en general difícil que cualquier reforma política pase a menos que sea en circunstancias excepcionales. Se trata en efecto de reformar las reglas a través de las cuales los políticos se hacen elegir, y por supuesto, los políticos que salieron electos con las antiguas reglas no tienen mayores razones para cambiarlas si lograron ganar con ellas. 

 

Dos tipos de políticos en particular se oponen a la actual reforma política: en primer lugar, los caciques regionales que siguen dominando los partidos tradicionales que, aunque disminuidos, representan todavía una proporción considerable del Congreso, y en segundo lugar, los influencers que hicieron irrupción en política sin antecedentes y a través de su popularidad adquirida por redes sociales, y que son numerosos entre los partidos más nuevos. Es de hecho muy ilustrativo mirar cómo lo novedoso y lo tradicional se dan la mano para que nada cambie. 


En ambos casos, estos políticos están convencidos, con razón o sin ella, que su supervivencia política depende de una relación directa y personal entre ellos y “sus” electores, y que, por tanto, no tienen que rendir cuenta a nadie que no sea estos electores (es decir, a nadie muy concreto). Desde su punto de vista, las listas cerradas representan “la dictadura del bolígrafo” porque les obligaría a entrar a jugar colectivamente en la escena electoral. Les obligaría aceptar los costos y la incertidumbre que supone toda acción colectiva, y es bastante obvio que les queda mejor jugar solos, si la experiencia les mostró que podían ganar así.

Por lo demás, el Gobierno y sus enlaces en el Congreso se encargaron torpemente de lograr que la reforma sea impopular otorgando a sus adversarios concesiones tempranas injustificables, a sabiendas que iba a ser difícil convencerlos. Metieron en la reforma la posibilidad de mantener el puesto en las listas para los congresistas actuales, la autorización del transfuguismo “por una sola vez”, la posibilidad de que un congresista sea nombrado ministro, etc., distrayendo la opinión de lo que era el corazón de la propuesta: la lista cerrada y la democratización de los partidos.

De ahí salió un debate lamentable en el que cada cual acusa al adversario de intenciones electorales ocultas en función de intereses propios sin nunca entrar en los temas de fondo. La lista cerrada, no obstante, no se propone ahora en función de los intereses de los gobernantes de turno. El pasado gobierno también la propuso, y muchos otros antes, incluyendo la Misión Electoral Especial reunida en el marco de los Acuerdos de Paz con las FARC. La insistencia con este punto no es casualidad. Tiene que ver con un diagnóstico que ve en la debilidad de los partidos y en la informalidad de la política el mayor peligro para la democracia en Colombia y en América Latina en general. Para el ciudadano de a pie, dicho diagnóstico no es nada obvio. Los partidos mantienen una persistente impopularidad casi que por diseño (y a veces bien ganada). Y sin embrago, siguen siendo fundamentales para el funcionamiento institucional de cualquier democracia. En las democracias más estables, hasta los movimientos anti-sistema tuvieron que crear partidos u organizarse bajo la forma de partidos. Pensemos en Podemos en España, el Movimiento 5 estrellas en Italia, o el trumpismo en Estados Unidos, que tuvo que tomarse el partido republicano antes de tomarse el poder.

La ausencia de partidos organizados en casi todos los países latinoamericanos hace más difícil la gobernabilidad (los gobiernos tienen que buscar el apoyo de los congresistas uno por uno para adelantar cualquier reforma, y muy a menudo a cambio de ventajas personales), y frustra a los electores (los congresistas se hacen elegir con promesas que solo les comprometen a ellos y que tienen que negociar con centenares de colegas sin poder sacarlas adelante la mayoría de las veces). En este contexto de informalidad, la política queda degradada a un juego de pelea de cada cual contra todos en el que la postura más rentable y fácil (aunque perfectamente inocua) consiste en hablar mal de los políticos en general tratando de hacer olvidar que uno mismo es un político. 

La política sin partidos sufre de todos los problemas que aparecen en cualquier sector organizado de manera informal. Pensemos en el transporte y su organización caótica en las grandes ciudades colombianas. Cada conductor de transporte público sufre con la desorganización y entiende perfectamente que podría tener condiciones de trabajo más dignas y un ingreso más estable, cuando no mejor, si el transporte fuera organizado. Y sin embargo, cada cual teme que dicha organización lo deje por fuera, y por tanto, prefiere quedarse en la guerra del centavo, cuando no se opone activamente a cualquier iniciativa de formalización con el pretexto que se haría en función de los intereses de uno u otro actor monopólico (la dictadura del bolígrafo de nuestros políticos).

Pues bien, nuestro actual sistema de voto preferente es la guerra del centavo hecha política, con altos costos tanto para el sistema político y su dificultad a reformar (Este gobierno tiene grandes ambiciones en la materia que se irán reduciendo al chocar contra la realidad), como para los ciudadanos que sufren la falta de resultados, sin hablar de los mismos políticos sinceramente comprometidos con sus agendas (los hay). Añadamos a eso que la introducción de la figura de las candidaturas en coaliciones para las corporaciones de elección popular sin una reglamentación adecuada en 2015, y la multiplicación de los partidos con personería jurídica via decisiones judiciales desde entonces, agravaron la informalidad.

Desde luego, ninguna reforma es una panacea. La actual no se ataca seriamente a estos últimos problemas, por ejemplo, y la adopción de la lista cerrada no implicaría ipso facto el fin de la informalidad política. No bastaría con formar partidos fuertes sino también especificar mecanismos transparentes y confiables de toma de decisión colectiva que hoy no existen (no porque los partidos se organizan de forma autoritaria como piensan algunos, sino sencillamente porque no se organizan, y no tienen incentivo para hacerlo). El problema es que eso, que debería ser el centro del debate, no se discute. Pocos políticos tienen la visión necesaria para distanciarse de la guerra del centavo, y la discusión sobre las medidas que podrían permitirnos salir de ella, ya pasaron a ser solo argumentos en el marco de ella. 

Yann Basset, tiene un doctorado en ciencia política de la Universidad de la Sorbona, de Francia, y es profesor en la Universidad del Rosario. Es colombo francés y trina sobre política con el usuario @yannbasset 

 

 

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