OPINIÓN

Las lecciones del señor Rajapaksa

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Ilustración: Los Naked.

Gotabaya Rajapaksa fue, hasta que una turba furiosa asaltó su residencia en días pasados, el presidente de Sri Lanka. El señor Rajapaksa era un reformista que les había prometido a sus compatriotas que vivirían sabroso, sacando al país del feudalismo y proyectándolo hacía el siglo XXI. Para esto se propuso abandonar el dictum de la agricultura contemporánea y adoptar una política de cero usos de pesticidas y fertilizantes químicos, tal vez el primer país del mundo en hacerlo.

La adopción de una agricultura cien por ciento orgánica deleitó a la comunidad internacional. Según reportes de prensa un número significativo de embajadores de países occidentales felicitaron al primer ministro por la audaz iniciativa. Uno de los más vocales apoyos provino de la Federación Biodinámica, una organización que agrupa a 45 organizaciones similares, en 36 países, que promueven la creación de una “socio economía verde con soluciones sostenibles para afrontar el cambio climático”, afirmando que, ante la crisis inminente, se “requerían acciones políticas decisivas” que fijaran el camino hacia un futuro esperanzador alejado del imperio de la economía extractivista.

Lo cierto es que tenían razón, las audaces iniciativas del señor Rajapaksa y sus barras de admiradores occidentales mostraron el futuro, pero no exactamente el que el presidente y sus promotores se habían imaginado.

Impuesta en 2021 la obligación de implementar una agricultura cien por ciento orgánica, la producción de arroz, el principal insumo de la canasta básica cayó en una quinta parte; una tercera parte de la tierra hábil se dejó de cultivar y la cosecha de té, el principal producto de exportación del país fue la peor del último cuarto de siglo. La gente empezó literalmente a morirse de hambre. Afanado, el gobierno pidió a la China el envío urgente de fertilizante orgánico, pero este último tuvo que ser devuelto cuando se encontró que estaba contaminado por una peligrosa bacteria. La debacle pronto se extendió. La disminución de bienes exportables subsumió al país en una crisis de balanza de pagos. Sin divisas para pagar las importaciones el país se quedó sin medicamentos y sin combustible. La inflación se volvió imparable. Para aliviar la situación se recurrió de nuevo a China, pidiéndole créditos adicionales (ya les habían prestado miles de millones de dólares para la construcción de faraónicos proyectos de infraestructura que nunca se utilizaron) pero los chinos se negaron. El FMI intentó dar una mano, pero ya era demasiado tarde. Mientras la turba saqueaba el palacio presidencial y se bañaba en la piscina del primer mandatario, el señor Rajapaksa huía en un avión militar a las Maldivas.

Los conocedores de la política de Sri Lanka afirman que el defenestrado presidente perfeccionó el “método Rajapaksa”, consistente en tomar la acción que se desea sin importar las consecuencias. En su obsesión por recibir los aplausos de algunas ONG ambientalistas y ovaciones en las conferencias internacionales lanzó a su país por el abismo, destruyendo la vida de millones de personas.

Sin embargo, sus herederos intelectuales no solo permanecen, sino que parecen prosperar en el mundo de la posverdad. Son los que no aprenden las lecciones, los que están nublados por prejuicios ideológicos, los que tienen ínfulas de grandeza, los que quieren sacrificar un mundo para pulir un verso. Son aquellos que en busca de la gloria efímera acaban destruyendo lo construido con paciencia y esmero durante décadas.

El nuevo gobierno colombiano tiene serios síntomas de esta patología. Las palabras reconfortantes del designado ministro de Hacienda y los anuncios sobre nombramientos de personas de centro en algunos importantes cargos del gabinete se contradicen con las posiciones de otros funcionarios, de corte extremista, y con los informes de los grupos de empalme. El de ciencia y tecnología, por ejemplo, es una pieza de exhibición de la más fina estirpe woke, haciendo un llamado a abandonar la “ciencia hegemónica” y fijando como objetivo de la disciplina el “vivir sabroso”, según lo recordó por estos días Moisés Wasserman.

Como decía famosamente Mike Tyson, todos tienen un plan hasta que les pegan un puño en la cara. Y entre más grandioso el plan más duro es el golpe. A diferencia de Chávez o de Correa, Petro no tiene detrás un boom de commodities que financie la fiesta populista que propone. Los vientos de la economía mundial soplan con fuerza huracanada en su contra. 

La devaluación de la moneda no es una maniobra orquestada por la “oligarquía” para hacer fracasar al nuevo gobierno ni es exclusivamente el producto de las condiciones financieras internacionales. El peso ha sido más golpeado que otras monedas de países emergentes y la explicación es la pérdida de confianza por parte de los inversionistas. Así de simple. No se puede pretender que en un país con un crónico déficit de balanza de pagos se anuncie el marchitamiento de la principal fuente de divisas –los hidrocarburos– y no pase nada. Los tenedores de bonos tienen de todo menos de idiotas y ellos, a diferencia de los yupis veganos que regurgitan el credo de la Colombia Humana, no comen cuento. Los discursos de balcón, la citas a los postestructuralistas franceses, la invocación al pueblo irredento y la política del amor los tienen sin cuidado: lo único que les importa es lo que diga el algoritmo que pronostica el pago de sus deudas.

Durante los próximos meses veremos si la unidad nacional logra racionalizar los aspectos más bárbaros de la agenda del nuevo gobierno. Esa es su función principal y por eso la hemos apoyado en estas columnas. La reforma tributaria debe poner a pagar a los que nunca han pagado y no caerle a los mismos marranos de siempre, que no les cabe un impuesto más. El sistema de salud –uno de los mejores del mundo según la OMS– debe fortalecer a las EPS, que son la piedra angular del aseguramiento. En la actualidad la corrupción e ineficiencia se presenta principalmente en componente público del sistema que es donde se deberían centrar las oportunidades de mejora. La reforma agraria debe concentrarse en las grandes extensiones improductivas y no en atacar a los proyectos agroindustriales que son los que pueden producir comida barata y competitiva. Se debe fijar un horizonte de veinticinco años para el desmonte paulatino de la exploración y explotación de hidrocarburos, asegurando una transición energética sin sobresaltos. Se debe mantener el sistema privado de pensiones y, más bien, limitar los beneficios de las pensiones exorbitantes y, por lo menos, acabar con la injustificada diferencia en edad de pensión entre hombres y mujeres.

Ya quisiera uno que las lecciones del señor Rajapaksa fueran aprendidas por este gobierno que comienza. La soberbia y la terquedad son malas consejeras. A nadie le sirve que dentro de un par de años tengamos a un Petro fugado en un avión de la FAC rumbo a Cuba huyendo de una muchedumbre hambrienta y empobrecida que se cansó de vivir sabroso.

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