OPINIÓN

Listas cerradas o nada

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Dentro de la muy variada agenda legislativa, cursa en el Congreso una reforma constitucional para modificar parcial pero profundamente el sistema electoral. El gobierno impulsa la adopción de las listas cerradas y bloqueadas para la elección de corporaciones públicas lo cual cambiaría radicalmente, para bien, la política en Colombia porque le pega a la médula del problema que es el método de elección y de paso asegura que, al menos, la mitad de las elegidas sean mujeres.

Con la lista cerrada se desincentivan múltiples formas de corrupción electoral que van desde la “compra de líderes” hasta la compra directa de votos y los votantes tendrán que escoger entre grupos y organizaciones políticas y no entre personas con las que tienen un vínculo fundamentalmente clientelar.

Las maletas llenas de billetes para asegurar los pocos miles de votos que aseguran la elección se harán innecesarias, las centenares de vallas con nombres y números se cambiarán por una publicidad institucional de los partidos y movimientos que pagarán éstos, con una contabilidad centralizada que será, ahora, posible controlar para verificar que cumplan con las reglas de financiación.

Ese resultado, que es automático, debería ser suficiente para que quienes han cuestionado la corrupción en el sistema político, que tiene su origen en esa relación perversa candidato-votante que se nutre de miles de millones de pesos cada cuatro años, apoyaran la propuesta con fuerza, a pesar de lo cual, algunos y algunas de ellas se han convertido en sus principales opositores, mientras estratégicamente, quienes se han hecho elegir así, sonríen socarronamente.

Si se adoptara la lista cerrada, también automáticamente, el senado estaría integrado, dentro de tres años, mitad por hombres y mitad por mujeres. Sorprendentemente ese resultado también parece ahora secundario, porque, dicen los que se oponen, que la lista cerrada no democratiza los partidos y etc.

Es cierto que hay riesgos en la forma como las organizaciones políticas confeccionen las listas, todos ellos, en mi opinión, secundarios, frente a los dos resultados automáticos e inevitables, si la propuesta que lidera en esta ocasión el gobierno lograra aprobarse.

Es cierto que los partidos políticos tienen en Colombia múltiples deficiencias en su organización, pero no hay argumento de peso que conduzca a creer que si las listas son cerradas estas serían aún peores. Todo lo contrario, habrá inevitablemente que avanzar hacia alguna forma de democracia interna que será más que lo que tenemos hoy.

Que será la dictadura del bolígrafo, se repite permanentemente y, con desconocimiento de la historia, se dice que será como era antes de la Constitución en la que los directores de los partidos conformaban en forma arbitraria las listas. Falso, el sistema era muy distinto al de ahora entre otras cosas porque no se requería aval de partido para postularse como candidato, cualquier persona, sin más respaldo que el de dos testigos, se inscribía y además usaba el nombre del partido con algún apellido. Había viraje liberal, progresismo liberal, liberalismo popular y decenas de nombres más.

A los que en el fondo lo que les disgusta es someterse a las dificultades de organizarse con otras personas y aceptar unas reglas hay que recordarles que ahora tenemos 28 partidos que estarán esperando candidatos, lo que dificulta la posibilidad de que dejen a alguien sin competir porque, como ocurre ahora, si en un sitio le niegan el aval en otro se lo dan sin problema. Quizás una regla transitoria que permita que un elegido en ejercicio pueda irse a otros partido si en su organización le niegan el aval ayudaría a destrabar este punto.

Claro, pasaba lo que ahora echamos de menos que pase y que un porcentaje alto de los electores decidía su voto en función del partido y por tanto la lista “oficial” del Partido Liberal o del partido Conservadores tenían asegurados unos votos importantes por ese solo hecho. Tal como ahora reclamamos que sea para romper el clientelismo.

También es cierto que la única fórmula para resolver los problemas del sistema político no es la lista cerrada. Se deberían hacer varías otras cosas, entre ellas, la más importante, modificar el origen y las facultades del Consejo Nacional Electoral para lo que desafortunadamente no parece haber ambiente político, pero los efectos de la lista cerrada son tan potentes que me parece bien por ahora concentrarse en conseguir su aprobación.

Los congresistas han colgado una serie de “seguros” que afean la propuesta, por ejemplo, que las listas en el 2026 se conformen con base en los resultados del 2022, lo cual es indefensable. También le han sumado reglas que aparentemente les darían ventajas como las que tienen que ver con las coaliciones, pero a éstas se les atribuyen efectos mágicos que ya quisiéramos que tuvieran porque significaría que la gente estaría votando por los partidos y no por los candidatos.

Se van a meter agachados candidatos “indeseables” y los electores no van a saber por quien están votando dicen quienes están en contra de las listas cerradas. Esos y esas mismas congresistas ayudaron a destapar un alto porcentaje del congreso elegido con la ayuda de los paramilitares en ejercicio del voto preferente y podrían hacer la lista subjetiva de los “indeseables con la certeza de que encontraran más elegidos en listas abiertas que en listas cerradas.

La reforma política podría ser mejor y sobre todo más profunda, sin duda, pero también podría ser de un solo inciso el que obligara a cerrar las listas y ya se convertiría en la más profunda de los últimos treinta años. Ahora si no es con lista cerrada es mejor nada.

 

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