OPINIÓN

Lo que tiene que hacer el que gane

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Después de semejante campaña y cualquiera sea el resultado de la elección, el próximo presidente de Colombia tiene un mandato claro, que lo recibió en la primera vuelta: hacer un gobierno exactamente distinto al que intentó Iván Duque. Deberá cambiar las bases de las relaciones políticas, tener un diálogo amplio con los sectores sociales, promover políticas económicas que combatan eficazmente la desigualdad y cerrar y cumplir el acuerdo de paz.

Los dos parecieran estar dispuestos a cumplirlo, claro, con conocimientos, métodos y aliados distintos. El uno desde una visión clásica de izquierda que ha tenido esa agenda desde hace décadas y el otro desde una postura indoctrinaria, que algunos condescendientemente llaman pragmática.

El debate airado no es, entonces, por la agenda, que sería lo normal, sino por los personajes. Si el que gane logra controlar los defectos de personalidad y de formación a los que le temen los electores podría hacer un gobierno razonablemente bueno si se dedica a cumplir esa especie de “acuerdo sobre lo fundamental”, para usar la expresión manida, al que parecen haber llegado los colombianos.

La mayoría de los congresistas están al acecho. Dado que no han encontrado lugar en la campaña, esperan pacientemente a que llegue el nuevo gobierno. Algo tendrá que proponer el nuevo Presidente si quiere conformar una coalición mayoritaria, seguramente los congresistas esperaran los intercambios burocráticos tradicionales y a esos no puede ceder el Presidente sino quiere pasar en pocas semanas al desencanto ciudadano. El clientelismo es el primer derrotado en las elecciones y no puede aspirar a resucitar en cuestión de horas.

El gabinete, que es donde en la mayoría de los países occidentales se expresan las alianzas políticas, tendrá que integrarse sin asomo de cuotas a los políticos y esos ministros tendrán que ir con argumentos distintos a conseguir que se les aprueben los proyectos de ley o a evitar que los quieran sacar del cargo a través de la moción de censura, y en el caso de Rodolfo Hernández evitar que avance su proceso por corrupción.

Duque pensó que era posible y terminó poniendo en marcha una masiva cooptación del Congreso, a través del intercambio de “favores”, que en no pocas ocasiones terminaron convertidos en nidos de corrupción que se empiezan a conocer.
El mayor error político del actual Presidente fue haber desconocido a sus contradictores políticos. No mencionaba por su nombre a los dos más caracterizados: Juan Manuel Santos y Gustavo Petro y salía corriendo por la puerta de atrás del Congreso cuando era el turno de la palabra para el vocero de la oposición. Ni una sola vez, ni para enfrentar la tragedia del Covid, intentó siquiera una conversación de cortesía.

Si algo quedó claro en los cuatro años que terminan es que la “gobernabilidad” no radica exclusivamente en el Congreso, nunca ha sido así. Hay que contar con miles de movimientos sociales organizados, que llevan 30 años fortaleciéndose y que están dispuestos a usar siempre el instrumento con el que cuentan: la calle.

“El volcán”, “el estallido”, como lo llamen y tómenlo como amenaza o como realidad sociológica, está ahí, latente. Incluir a esos sectores sociales que no se sienten representados por nadie es el gran reto. Duque resultó completamente sordo a ese fenómeno y terminó su período sin entender su significado, quizás porque se convenció de la teoría de que se trata de un complot internacional promovido por Rusia, Irán y operado por el gobierno venezolano.

El malabar que tiene que hacer el nuevo gobierno es incluir a esos sectores sin que los grupos sociales y de interés, llamémoslos, más institucionales, no se sientan excluidos. El acuerdo nacional no puede ser un slogan de campaña, ni solo con quienes van a votar por el ganador, sino al contrario, tiene que ser especialmente con los que voten por el perdedor.

Duque promovió una política económica y social profundamente conservadora, como la de Uribe y Santos. El único indicador de éxito era el crecimiento económico, sin importar su distribución y la manera de llegar a él es dándole ventajas e incentivos a los empresarios, el beneficio para los demás llega por vía de goteo. Ese modelo económico es el otro gran derrotado en las elecciones.

Convertir el combate a la desigualdad en la prioridad es el mandato. No se trata tanto de ser más ricos, sino de que la riqueza que hay se distribuya mejor. Que casi 20 millones de colombianos estén por debajo de la línea de pobreza es éticamente inaceptable y ofensivo cuando el Presidente se regodea de que Colombia es uno de los países con mayor crecimiento económico en el planeta.

Cómo avanzar en este objetivo es seguramente donde los dos candidatos tienen mayores diferencias y donde surgen los mayores miedos, porque finalmente es acá donde se concentran las diferencias ideológicas. Unos temen que las decisiones que promueva uno produzcan un efecto contrario que lleven a la pobreza y otros creen que el otro no desmontará privilegios y que confíe en “la riqueza por goteo” que solo avivará “el estallido” por falta de cambios reales.

El Presidente, con precisión de relojero, tendrá que encontrar el “punto medio”, el que debía haber representado el centro político que lo hizo tan mal en la campaña y del que ambos candidatos parece echaran mano para intentarlo.

Si la lista de derrotados es larga, la de triunfadores la encabeza el acuerdo que permitió la desmovilización de la guerrilla de las Farc. El más duro golpe que recibió Duque fue por intentar desconocerlo y buena parte del rechazo a su gobierno y al uribismo está causado por el sentimiento de frustración que tienen sectores sociales, especialmente jóvenes, de no haber podido alcanzar la paz de verdad. 

A los estudiantes que marchan les parece inconcebible que haya un sector político que insista en que era mejor la confrontación que la negociación y la muerte de cada líder social o de cada excombatiente asesinado la toman como una afrenta originada en ese desdén, esa especie de oposición “pasivo-agresiva” de Duque con el acuerdo y esa obsesión de Uribe y sus más cercanos aliados por desconocerlo.

El triunfo político del acuerdo durante estos cuatro años fue tan contundente que ni siquiera Federico Gutiérrez, el candidato del gobierno, se atrevió a asumir la postura del uribismo en este punto. Hay un consenso en que hay que avanzar en todo lo que no se ha avanzado en este período, especialmente en la implementación del tema del desarrollo rural integral.

La tarea está clara, la ciudadanía no va a admitir desvíos, ni demoras. Los electores, los unos y los otros, lo que esperan es que el próximo Presidente no se parezca, ni en sus formas, ni en su contenido, al actual.

 

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