OPINIÓN

Misa en el Congreso de la República

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El 9 de noviembre de 2022 quedará en los anales del Congreso de la República. Pero no por un acto grandioso, sino por un acto irregular, que no acata la Constitución y que seguramente está por fuera de la ley: por primera vez en la historia del Congreso, en ese espacio se celebró una misa, se repartieron hostias, desfilaron uvas y vino y se asperjó agua bendita. Lo que no se hizo bajo la Constitución conservadora y católica de 1886, se hizo con el Congreso del primer gobierno progresista en Colombia y bajo la Constitución laica de 1991. 

El 9 de noviembre, cuatro senadores (el Congreso tiene cerca de trescientos diputados) organizaron un evento religioso en el recinto del Congreso. La iniciativa corrió por cuenta de dos congresistas del partido conservador (uno es “misionero”, la otra está ahí por ser prima del señor David Barguil, ex candidato conservador y acérrimo anti aborto); una congresista del partido evangélico Colombia Justa Libres (ultra evangélico); y una congresista liberal que quiere hacer proyectos de ley para combatir la infidelidad (campaña “cero cacho”).

Que los proselitistas religiosos intenten meter misas y vírgenes en todos los espacios que copan no es sorpresa. Al fin de cuentas, todos los que hemos tomado taxi sabemos que la propaganda religiosa es cosa frecuente en Colombia. La pregunta es más bien saber quién cedió a esa petición contraria al espíritu de la Constitución y contraria a la dignidad del Congreso. ¿Acaso fue Roy Barreras, congresista alternativamente uribista y santista, hoy petrista, quien accedió, en su calidad de presidente del Senado, a hacerlo? ¿O fue David Racero, presidente de la Cámara?

Sabemos que uno de los motivos esgrimidos para hacer la ceremonia fue “rezar por la salud de Barreras”, quien ha dado a conocer su lucha contra un cáncer. Por supuesto que está bien encomendarse a quienes uno quiera o en quienes uno crea para mejorar su salud. Eso está fuera de cuestionamiento, y de hecho a Barreras le deseo recuperación y fuerza. Pero lo que no es admisible es que esta reunión se haya hecho dentro del Congreso.

No es ningún secreto que el Congreso de Colombia está hoy fuertemente desacreditado. En regla general, los congresistas son vistos como ladrones (potenciales o pasados), o en el mejor de los casos, como oportunistas y avivatos. Se les ve como hombres y mujeres millonarios que legislan en provecho propio, incapaces de bajarse de sus camionetas blindadas y de sus sueldos exorbitantes. El Congreso es sistemáticamente la institución del Estado menos respetada, es vista como la que acumula mayores privilegios.

Ahora bien, pese a todos estos cuestionamientos sobre los individuos que lo componen, el Congreso como institución es aun considerado como un espacio donde se debaten leyes. No es otra su función: debatir las leyes de la República y votarlas. Los colombianos tienen la percepción de que los congresistas hacen mal o regular su trabajo, pero no consideran que el Congreso sea una institución que deba dedicarse a hacer otras cosas, o que deba cerrarse.

La introducción de curas y pastores en el recinto del Congreso es una novedad que desvirtúa su función e irrespeta el Estado laico. Es muy diciente que en toda su historia, el Congreso colombiano nunca se atrevió a llevar curas a dar misa. Ni siquiera cuando los prelados eran topoderosos, o cuando hubo sesiones en el convento, o cuando los curas podían ser congresistas, se presentó algo como lo que vimos el 9 de noviembre de 2022. El historiador Arnovy Fajardo me confirma que ni en la época de Ismael Perdomo, ni cuando el Congreso, por física necesidad de tener un espacio para reunir a las dos cámaras, se reunía en el Convento de Santo Domingo, hubo misas en plenaria.

El presidente Petro ha evocado a la República liberal, el gobierno de Alfonso López Pumarejo, como ejemplo de un gobierno que lo inspira. Sería bueno que los congresistas del Pacto Histórico y los congresistas liberales y progresistas se documentaran sobre la historia y las realizaciones del Congreso de esos años treinta. No sólo porque allí destellaban las figuras de algunos de los más insignes liberales, sobre todo porque ellos siempre tuvieron claro que la separación de las cosas de la iglesia y del Estado era condición para la civilidad de la vida pública.

Seguramente, la mayoría de los congresistas ignoran todo de esta historia, que es la historia de su país y la historia de la institución que representan. Como están acostumbrados a tramitar intereses privados en el Congreso, como obedecen más a los lobistas que a sus electores o a la ciudadanía, no se dan cuenta de la forma como están pervirtiendo al Congreso al meter sus credos y volverlos espectáculo.

Esta perversión implica también una confusión del debate político. En efecto, con esta acción impulsada por el senador Barreras (se le ve sucesivamente rezando de rodillas, rezando parado, llevando vino, rezando en la misa del cura católico, siendo ungido por el pastor evangélico…) el “gobierno del cambio” se comporta igual a como lo hacía el procurador Ordóñez. Cuando éste buscó meter a la virgen en las instituciones del Estado, hubo gritos de alarma en las esferas progresistas. ¿Por qué estos mismos círculos enmudecen cuando el presidente del Senado de la coalición de fuerzas de izquierda y progresistas promueve las misas?

La razón es que se instala, poco a poco, un sistema donde se confunden los valores de derecha y los de la izquierda. De los primeros ha sido siempre la defensa de la moral, de los intereses privados y de las minorías. De la izquierda ha sido la defensa de los derechos, del interés público, del beneficio de las mayorías. Con estas alianzas con los sectores más retardatarios de los partidos tradicionales, con estas celebraciones, insidiosamente se desliza el cursor de todo el espectro político hacia la derecha religiosa. Por esa vía, cuando se intenten votar mañana proyectos relativos a la regulación de las iglesias, a los impuestos a sus negocios, o cuando se lleven al Congreso leyes sobre derechos sexuales, el precedente de la comunión en el Congreso hará más difícil defenderlos.

Colegas de otras nacionalidades que vieron las imágenes del acto del 9 de noviembre creyeron inicialmente que se trataba del Congreso de Bolsonaro. No podían creer que fuera el Congreso del primer gobierno de izquierda en Colombia. De la misma forma, muchos, en Colombia, esperamos que este espectáculo indigno no se vuelva a repetir. El Congreso de la República no es un espacio para el culto, que es un asunto individual. El Congreso de la República es un espacio de deliberación pública y trámite de leyes.

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