OPINIÓN

NAZISMO Y ANTISEMITISMO, ¿BANALES EN COLOMBIA?

NAZISMO Y ANTISEMITISMO, ¿BANALES EN COLOMBIA?
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Ha estallado un nuevo escándalo local. El epicentro es esta vez la ciudad de Tuluá, donde una escuela de la policía nacional decidió decorar su recinto para un evento con símbolos nazis. Gracias a las redes, este asunto se volvió tendencia, y causó cartas de indignación y rechazo por parte de las embajadas de Alemania e Israel.

Este hecho no es aislado. Hace unos meses, el columnista Daniel Coronell denunciaba que en uno de los clubes sociales más prestigiosos de Bogotá, el Gun Club, se exhibían vitrinas con figuritas representando un desfile del ejército nazi

Y no se trata solo del gusto de los muñequitos y los uniformes. También se recuerda que uno de los asesores de la derecha colombiana, el chileno Alex López, invitado como conferencista de universidades militares en Colombia, citado como pensador en círculos de intelectuales uribistas, ha sido un ferviente admirador del nazismo. 

Recuérdese también que recientemente circuló un audio en el que el sr Rodolfo Hernández, hoy candidato presidencial, decía ser “seguidor de un gran pensador que se llama Adolfo Hitler”. Cuando le pidieron que explicara, afirmó que Hitler decía que las crisis son buenas oportunidades para el cambio. Es decir que para sustentar una banalidad, el ex alcalde de Bucaramanga encontraba que Hitler lo iluminaba.  

He observado a menudo esta complacencia con el nazismo. Recuerdo que hace años fui a un bar en Bogotá, por los lados de la Avenida Caracas. La decoración en el menú incluía esvásticas nazis y efigies de Hitler. Yo estaba acompañada esa vez por dos amigos alemanes, que literalmente se descompusieron. Le preguntamos al mesero de qué se trataba todo eso. No supo responder nada. Le parecía decorativo, sin más. Nos fuimos de ese lugar. 

Los símbolos nazis traducen, posiblemente, la admiración por el orden y el uniforme, y puede que reflejen en parte esa invocación a una “dictadura que ponga orden”, que aun se escucha y que refleja un pensamiento profundamente autoritario. Adicionalmente, tengo a menudo la sensación de que los símbolos nazis se han convertido en una expresión supuestamente disruptiva. La esvástica está presente en muchos ámbitos de la cultura popular colombiana (pienso en la iconografía musical, o en el tatuaje que le vi recientemente a un niño de 10 años). 

Ahora bien, cuando uno indaga o busca las razones de esta admiración por el nazismo, pocas veces obtiene una respuesta clara (y es que ser colombiano es, de entrada, no pertenecer a la “raza aria”, esa fábula inventada por los nazis para justificar su asqueroso modelo de jerarquía social). 

Cuando se les pregunta, los colombianos filo-nazis expresan una confusa nebulosa de afectos por lo que es odiado. Sin embargo, al lado de esa manifestación algo adolescente de admiración por lo que está moralmente reprobado, suele subsistir un prejuicio abierto. Porque lo que sí se conoce del nazismo es su racismo antisemita. 

Y es que, a la par que se banaliza la simbología nazi, en Colombia se esgrime como un reflejo normal el antisemitismo. Son muchísimas las ocasiones en que he asistido a conversaciones en las que se considera como un usurpador, un complotista, un rico banquero expropiador a los judíos. Estos elementos se usan como “argumento” o como “broma”, y casi nadie suele reaccionar.  

De la misma forma, he escuchado, en círculos supuestamente bien informados, mencionar el documento 100% falso y 100% antisemita “Los protocolos de los sabios de Sión”, como si fuera una verdad revelada. Librerías prestigiosas de Colombia lo venden como si fueran auténticos (por ejemplo, la Librería Nacional repite sin ninguna distancia lo que el editor de una oscura editorial escribe sobre ese libro falso: “Piénsese lo que se piense sobre la autenticidad de los referidos documentos, o sea, sobre si en efecto han de considerarse como verdaderas actas de las sesiones del congreso Sionista de Babilonia en 1897, no cabe dudar un punto del interés que hoy ofrecen y de la triste veracidad que la experiencia actual del mundo les ha conferido »).

Ese libro fue usado ya en su época por Laureano Gómez, quien junto con otros miembros del conservatismo colombiano (como Gilberto Alzate Avendaño) defendía al chovinismo colombiano y el nacionalismo católico. En los años treinta y cuarenta, estos sectores libraban una verdadera cruzada contra lo que consideraban herejías frente a su proyecto. Ellos juntaban los adjetivos “masón”, y “comunista”, al ya estigmatizado “semita”. Blandieron esos epítetos, que no argumentos, en su cruzada contra los liberales, que calificaron de cómplices de la “conspiración judía, comunista y masónica”.

Sin duda, este odio antisemita fue uno de los elementos que ensució la calidad del debate público en Colombia -además de que tuvo consecuencias directas, como los ataques personales hacia los “polacos”, como se llamaba a los comerciantes judíos instalados en las ciudades de Colombia.

Hoy en día, las manifestaciones filonazis y antisemitas no reposan en una defensa del catolicismo o de la nacionalidad colombiana. El prejuicio hacia los judíos en Colombia se basa principalmente en elementos cuya genealogía ha sido ampliamente estudiada (por ejemplo, por Jacques Attali en un documentado libro). El prejuicio antisemita de hoy pone a los judíos como “miembros de la conspiración mundial”, o “amigos o protegidos del banquero Soros”.
  
En otros países (Europa, Argentina…), las manifestaciones antisemitas y la apología de nazismo son considerados como delitos y ofensas a la dignidad humana, y tienen consecuencias penales. En Colombia no hay nada de esto. De hecho, el país es uno de los que tiene mayor nivel de antisemitismo en América latina (encuesta del Global Index on Antisemitism de 2014). 

Por estos lares, nada de esto se asume como un tema del debate público; se sigue tomando como folclor tropical. Yo considero que es un revelador más de nuestra gran indigencia en lo que se refiere al conocimiento de los procesos históricos, de las ideas políticas, y en últimas, de la incapacidad de condenar modelos autoritarios y antidemocráticos. 

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