OPINIÓN

Nuestro aterrizaje forzoso en el Caribe

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En los seis años que lleva La Silla de existencia, nunca nadie nos ha intentado intimidar. Ni siquiera una amenaza velada en Twitter. Sin embargo, llevamos una semana al aire con La Silla Caribe y desde que montamos oficina allá nos han pasado tantas cosas inéditas que hemos entendido en carne propia lo difícil que le toca a los periodistas regionales que buscan hacer periodismo independiente.

En los seis años que lleva La Silla de existencia, nunca nadie nos ha intentado intimidar. Ni siquiera una amenaza velada en Twitter. Sin embargo, llevamos una semana al aire con La Silla Caribe y desde que montamos oficina allá nos han pasado tantas cosas inéditas que hemos entendido en carne propia lo difícil que le toca a los periodistas regionales que buscan hacer periodismo independiente.

En menos de dos meses, uno de los periodistas que contratamos abandonó el cargo en circunstancias extrañas, han emprendido campañas de desprestigio en las redes sociales, cuando llegamos a entrevistar a una fuente ésta ya sabe previamente para qué lo buscamos y, por último, atracaron a mano armada a la editora de La Silla Caribe en un episodio que podría no ser solo delincuencia común.

El reportero que perdió la vocación

Lo primero que nos pasó es que cuatro semanas antes de salir al aire contratamos a un periodista de la región que había sido recomendado por tres personas en cuyos criterios confiamos. Lo contratamos, además, porque decía estar ávido de poder contar todo lo que hasta el momento había tenido que callar por la censura que, a su juicio, existe en la región.

Su primera tarea fue hacer reportería sobre el poder ascendente de unos personajes de la región. Tres días después de empezar a trabajar, el periodista no apareció por la mañana. No llamó por la tarde. No contestaba el celular. Se había evaporado.

Afanados de que le hubiera pasado algo, contactamos durante todo el día a la gente que lo pudiera conocer. Finalmente mandó un correo diciendo que abandonaba el puesto porque había perdido la “vocación periodística”. Y al día siguiente a un mensajero con el computador y el celular que le habíamos facilitado.

Ahora sabemos que a los pocos días recuperó esa vocación porque comenzó a trabajar en otro medio digital, curiosamente afín a los personajes sobre los que estábamos escribiendo la historia. Lo sabemos porque una nota suya apareció unos días después firmada en la página de Facebook del medio.

La reportería para esa historia ha sido sorprendente porque al menos cinco fuentes a las que hemos llegado a entrevistar sobre este poder conocían previamente el motivo de nuestra entrevista. Nosotros les contábamos para qué los llamábamos y, una vez reunidos, nos decían que ya sabían porque los personajes estaban preguntando qué averiguaciones estaba haciendo La Silla sobre ellos.

La campaña de desprestigio

Luego, el 22 de abril, cuando se conoció entre los periodistas de la ciudad que habíamos contratado una nueva reportera, aparecieron en Twitter tres memes atacándola y cuestionando si su pareja iba a tener ahora "acciones políticas" en nuestro medio.

Y ayer, llegó a mi whatsapp un mensaje anónimo preguntando:

Este mismo mensaje lo comenzaron a circular en Barranquilla por correo. No conocemos a Saab pero asumimos que el “señor Suárez” al que mencionan es Carlos Suárez, el bloguero de La Silla. Lo suponemos porque a él, por su lado, lo han cuestionado por supuestamente estar detrás de nuestro cubrimiento.

Sobra aclarar que ni Suárez ni ninguno de los blogueros de La Silla tienen ningún tipo de injerencia en lo que hacemos. No trabajan en nuestra oficina, no reciben sueldo de La Silla, publican sus entradas sin que yo las mire previamente y se enteran de lo que publicamos cuando leen nuestras historias como cualquier usuario de La Silla.

Este último mensaje es tan burdo y tonto que difícilmente podría desprestigiarnos. Curiosamente  llegó unas horas después de que le solicitamos al abogado de los personajes (que son los protagonistas de la única historia complicada que estamos reporteando en este momento) unos documentos y de que éste nos pidiera hasta el martes para enviárnoslos.

El atraco

Entre los memes y estos mensajes, nos sucedió otra cosa en nuestro aterrizaje forzoso en la Costa: tres motos con tipos armados atracaron a nuestra periodista en Valledupar al bajarse de un táxi.

En principio, no le dimos demasiada importancia. Pero, visto en retrospectiva, tiene algunos elementos curiosos.

Primero, que los ladrones parecen haberla seguido o estarla esperando; que al taxista no le robaron el celular ni la billetera; que al día siguiente del robo, un hombre se comunicó con la persona donde ella se estaba hospedando para decirle que tenía su celular y se lo quería devolver. Según dijo, quería que le pagaran lo que le había costado pues esa mañana se lo había comprado a alguien.

Llamamos a la Sijín, y algunos de sus agentes nos acompañaron a recibir el celular y capturaron al señor. El celular estaba reseteado y le habían borrado todos los contactos y las fotografías, algunos de los cuales pudimos recuperar porque estaban guardados en la nube (en internet).

Al día siguiente, un periodista del periódico Al Día (que había contado del atraco) llamó a la misma señora para decirle que un vigilante lo había contactado para devolverle los papeles a la reportera. El vigilante dijo que se los había encontrado.

Enviamos a un taxista a la dirección que dio el vigilante y al principio éste no quiso entregar los papeles argumentando que quería hablar directamente con la periodista. Eso, a pesar de que le habíamos enviado 100 mil pesos como recompensa. La reportera llamó al señor y le dijo que si no los entregaba llamaba a la Sijín. Ante esta advertencia, mandó su billetera intacta con todos los papeles. Solo hacía falta la plata y las tarjetas de presentación. Lo único que nunca apareció fueron su libreta de apuntes y su agenda con todos los teléfonos.

Hasta ahí nos pareció un incidente desagradable pero dentro de lo normal. Sin embargo, luego, un tercer tipo contactó a una prima de la periodista por Facebook para decirle que él sabía dónde estaban sus papeles y que se los quería devolver. Era evidentemente una trampa pues ya teníamos los papeles.  Lo curioso es que supiera quién era la prima, que ni siquiera tiene el mismo apellido y vive en otra ciudad.

Estamos convencidos de que este atraco en Valledupar y lo demás que nos ha pasado en Barranquilla no tiene relación.

Es posible, también, que el periodista haya renunciado porque le pareció que el trabajo no era lo que esperaba y que luego haya tenido la suerte de conseguir otro puesto en un medio de la ciudad. Que los memes atacando a la nueva periodista fueran obra de un desocupado y los mensajes diciendo que nos habían pagado casi 20 veces nuestro presupuesto anual fueran idea de otro.

Supongo que lo sabremos en los próximos días.  Pero de lo que ya estamos seguros es que definitivamente hacer periodismo independiente en Bogotá es un lujo que no se pueden dar muchos periodistas en las regiones. No solo en el Caribe sino en muchas.

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