OPINIÓN

Pensiones: lo sabroso y lo doloroso

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El problema no es el sistema pensional que se escoja. El problema es qué tan bien se lo administre. Para usar el símil de un viaje por carretera, unos trayectos necesitan un automóvil y otros un jeep. Pero en cualquiera de los dos, la familia se puede estrellar si el conductor no sabe manejar. Por eso, en muchas ocasiones se debe escoger primero el conductor y luego el carro. Es el caso de las pensiones.

La bomba pensional nació porque originalmente se escogió un sistema de reparto, en el cual las generaciones jóvenes pagaban a las viejas que les eran contemporáneas. Ese sistema era financieramente viable siempre que la tasa de natalidad fuera alta y siguieran entrando al mercado laboral muchos jóvenes, en exceso de los viejos que se iban pensionando. Siempre iba a haber cotizantes en aumento versus los pensionados.

En los años setenta y ochenta la demografía cambió, porque las familias empezaron a tener pocos hijos y a invertir más en su calidad educativa, en lugar de simplemente traer 5 o 10 al mundo. De otro lado, los avances en medicina, alimentación y ejercicio subieron la expectativa de vida. Como resultado, las cuentas del sistema pensional cambiaron a fondo y su regulación y parámetros debían haber cambiado.

A raíz de esas profundas transformaciones sociales, culturales y familiares, los rectores del sistema pensional (el conductor en el símil del carro), debían haber aumentado las contribuciones mensuales que salen de la nómina, tanto de empleados como de las empresas, aumentado el número de semanas para obtener una pensión, la edad de jubilación y disminuido los beneficios recibidos al momento de pensionarse. Eso habría equilibrado en largo plazo al sistema pensional de reparto.

¿Se hizo? Un estudio de 1967, elaborado por consultores alemanes, especificaba que la cotización debía haber subido tres puntos porcentuales en 1971, 1977, 1980, 1986, y 1992, pasando de un nivel original de 6 por ciento a uno de 22 por ciento. ¿Los conductores del sistema pensional público tomaron esas medidas? NO.

La consecuencia fue acumular un déficit creciente, otorgar más y más subsidios pensionales a dos generaciones de colombianos, nuestros abuelos y padres, postergar la solución, y evitar contarles a los hijos y nietos el tremendo pago que les iba a tocar.

En 1999, en Planeación Nacional hicimos por primera vez un modelo completo hasta el 2050 para estimar lo que había hecho el país y sus conductores desde los generosos años sesenta. El cálculo del déficit futuro acumulado fue un abrumador y paralizante 206 por ciento del PIB.

Esto es lo que está a la base del sistema de ahorro individual adoptado primero en Singapur y luego en Chile, y que Colombia aprobó a principios de los años noventa. Cada persona debía ahorrar para su vejez. Cada uno es “conductor” de su propio ahorro, de su propio carro. El ahorro individual no adolece del problema del conductor público, irresponsable, populista y politiquero. 

La creación del régimen de ahorro individual tiene al 70 por ciento de los jóvenes, que cotizan por fuera del sistema de reparto, lo cual exacerbó la transición demográfica. En las reformas de cambio de siglo decidimos mantener los dos sistemas, porque contablemente habría significado una quiebra mayúscula del Estado trasladar a todos los ahorradores al sistema de ahorro individual. Estábamos “después del Diluvio y no en el día de la Creación”.

Se necesitaba mantener una parte de la población en el sistema de reparto, pero haciéndole constantes reformas que fueran ajustando sus finanzas a las transformaciones sociales que impactaban el sistema pensional.

En 1993 se definió el cambio en la edad de jubilación para 20 años más tarde, y entre 2002 y 2005 se cambió el número de semanas y el ingreso base de liquidación, entre otras medidas.

Pero de ahí en adelante los gobiernos le sacaron el quite a decirle a la gente que tenía que aportar más y recibir menos. Al no sincerar la situación pensional, la plata terminó creando déficit al Gobierno, deuda e impuestos.

Hoy el gobierno dedica 4 por ciento del PIB a cubrir el hueco pensional, no solo del sistema de reparto sino de militares maestros y otros regímenes especiales. Son sistemas muy regresivos, que en buena parte explican la enorme desigualdad de Colombia.

El gobierno actual quiere entregar de nuevo el carro de las pensiones al conductor que por 60 años ha sido irresponsable en manejar: el Estado. Ese es un conductor al que le da miedo decirle la verdad a la gente. Más aún, ahora que no se puede subir la gasolina, el diésel, las tarifas de electricidad o los impuestos, so pena de enfrentar a la primera línea y arriesgarse a perder un ministro y la reforma misma.

De nuevo, el problema radica en lo que NO se hace. Se le entrega al gobierno el manejo de las pensiones a sabiendas de que será irresponsable. No hará los ajustes necesarios y dolorosos cuando sea necesario. Tarde o temprano esos déficit año a año los asumiremos todos, como ha sucedido a lo largo de décadas.

Los 18 billones anuales que el gobierno quiere repartir a los ancianos pobres, un fin ciertamente noble, destruirán al sistema de ahorro individual y nos van a costar múltiplos de esa suma, una vez el sistema de reparto, desfinanciado, se llene con todos los cotizantes del país.

El gobierno anuncia lo sabroso: cómo gastarse 18 billones más al año. Pero no lo doloroso: cuándo se va a pagar por eso, hacer financieramente viable el sistema, aumentar el número de semanas de cotización, la edad de jubilación, bajar el monto de pensión como porcentaje del salario (tasa de reemplazo). Lo que se conoce como “parámetros del sistema pensional”.

Sin esas modificaciones esta propuesta aumenta el hueco pensional y fiscal tanto por los 3 millones de viejecitos como por todos los aportantes de ahorro individual que pasarán las cotizaciones de sus primeros 4 salarios mínimos al sistema de reparto. Sin un cambio paramétrico, la propuesta para vivir sabroso hará volar en pedazos la prima media y las finanzas públicas, aparte del mercado de capitales colombiano.

Que nos digan no solo cuál es el carro pensional que les gusta para Colombia, sino cómo van a ser buenos conductores. Cualquier carro puede terminar en el fondo de un desfiladero si tiene el conductor incorrecto.

Recuerden que el conductor serán los ministros de Trabajo y Hacienda, y directores de Colpensiones de los próximos 50 años. Su pensión y la mía dependerán de ellos.

Para ayudarle a tres millones de adultos mayores pobres NO se necesita acabar con el ahorro individual, ni secar el mercado de capitales, ni menoscabar la inversión de largo plazo y una parte del crecimiento, ni aumentar el déficit del sistema de reparto, ni estresar hasta la exasperación un sistema pensional desfinanciado, y sentar las bases del descalabro fiscal de los próximos años.

Se necesita, en mi concepto, una dosis de gradualidad para esa generosidad y una economía que crezca. Podemos empezar por aumentar al doble la ayuda actual, de 80 a 160 mil pesos al mes, y cubrir al doble los beneficiados, de uno a dos millones de ancianos pobres. Una vez haya más recursos, se podrá ir a 240 mil pesos al mes y a tres millones personas. En la medida que la economía avance y sea más productiva, se podrá llegar a
320 mil pesos al mes y así sucesivamente a lo largo de diez o quince años.

Del lado de la rectoría del sistema pensional, es evidente que en los últimos 60 años no hemos hecho un buen trabajo. Si se mantiene el sistema actual, inclusive con un pilar, ojalá de solo un salario mínimo, se debe cambiar la gobernanza del sistema de manera que sepamos que no se estrella el carro.

El modelo alemán es el que parece más apropiado, y consiste en un grupo de expertos y profesores que cada tres años calcula la realidad actuarial del sistema y el déficit, y determina el cambio paramétrico necesario para que el sistema esté continuamente financiado.

Si se deja una decisión tan de fondo y tan problemática a una autoridad política, tendrá la inclinación a no hacer lo debido, posponerlo y dejárselo al siguiente gobierno. Se debe crear un cuerpo independiente conformado por expertos y conocedores del sector, conscientes de las transformaciones sociales y los cálculos actuariales. Cada tres años ellos propondrán las modificaciones a la regulación. Vivir sabroso hoy no debe implicar vivir desastroso mañana.

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