OPINIÓN

Petro al mando

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El nombramiento del jurista Iván Velásquez como nuevo Ministro de Defensa es la prueba de lo que será el gobierno de Gustavo Petro. Será de cambio, aunque haga concesiones en algunas cosas, será para promover las cosas que predicó a lo largo de su carrera política, no será para contemporizar con lo que cuestionaba duramente.

En relación con el sector defensa y seguridad, las líneas de Petro están claras y Velásquez las encarna bien.

Hay que superar la etapa de las fuerzas armadas para la guerra. En las acciones y los símbolos seguramente tendremos unos soldados y policías que tienen que abandonar el lenguaje de “hasta la victoria siempre” y otros similares que no son usado por las fuerzas de ninguna parte del mundo salvo que estén en una guerra externa. “Nuestros héroes” son expresiones de un país en guerra que seguramente Petro no adoptará. Sus símbolos serán los de la paz.

Hay que reconocer que, en el marco del conflicto, se cometieron múltiples y gravísimas violaciones a los derechos humanos. No habrá más un presidente, ni un ministro de defensa que estén repitiendo que “si alguien violó el honor del uniforme que pague por ello”. Hay unas responsabilidades institucionales que no solo se deben reconocer, sino que especialmente se deben adoptar los correctivos para que no se repitan.

Que hayan ocurrido los “falsos positivos” es espeluznante, pero que años después se repitan casos similares o que en el marco de la protesta social ocurran excesos en el uso de la fuerza que tienen como resultado la muerte de decenas de personas ocasionadas por agentes del estado es inaceptable. No se podrá seguir invocando la solidaridad con “quienes todos los días entregan sus propias vidas por defender las nuestras” para evadir las responsabilidades por esos hechos. Duque creyó que la mejor manera de defender “las instituciones” era siendo complaciente con los abusos. Con seguridad eso cambiará en el gobierno de Petro para quienes están preguntando si ¿ese es el cambio?

El “honor de las fuerzas” y la “motivación de nuestros soldados para enfrentar al enemigo” dejarán de servir como pretexto para no investigar y combatir casos de corrupción que ocurren en todos los niveles de la fuerza pública. Coimas en la contratación, sobornos en la operación, colusión con organizaciones criminales ocurren todos los días sin que de ello se pueda hablar en voz alta porque estamos en guerra y denunciarlo es ponerse del lado del enemigo. Con el nuevo ministro de defensa seguramente eso cambiará. Habrá, espero, una política certera dirigida a enfrentar ese fenómeno que deslegitima tanto a la fuerza pública.

Que la Policía Nacional debe abandonar su estructura y forma de operación militarizada para especializarse en el cumplimiento de las normas y la convivencia será una decisión del nuevo gobierno. Esa discusión aplazada durante décadas por cuenta del conflicto armado formará parte de la agenda del Presidente electo y su ministro de defensa, para los que preguntaban ¿cuál era el cambio?

Que la política de seguridad ciudadana dejará de estar basada en el castigo a los delincuentes e incorporará componentes de prevención social y situacional tampoco cabe duda. Esa frase que Duque creía era efectista de que “el que la hace la paga” dejará de ser la guía. Es imaginable que en el discurso de posesión de Petro no haya la permanente alusión a las normas penales como ocurrió hace cuatro años en el discurso que pronunció Duque en su inicio de período.

La designación de Velásquez en el Ministerio de Defensa dejó callados a los que habían criticado a Petro por hacer demasiadas concesiones a la política tradicional e incluso algunos sectores políticos que han tenido vínculos, probados judicialmente, con grupos paramilitares.

Ese nombramiento reitera que Petro parece entender el entorno político mejor que nadie. Sabe que no tiene mayoría en el Congreso y entiende que eso lo obliga a aceptar que el Pacto Histórico haga acuerdos con sectores de partidos tradicionales que él ha cuestionado duramente en el pasado.

Quiere promover unos cambios profundos en las reglas de juego económico y ambiental, en las políticas sociales y en el diseño institucional y le repite a sus aliados que “no tenemos las mayorías”. Imagina que es posible un gobierno como los experimentos uruguayos del Frente Amplio y chilenos de la Concertación. Sabe que a diferencia de allá sus posibles socios están menos ideologizados y más clientelizados, pero lo quiere intentar con un gabinete que refleje esos acuerdos.

Sabe que los sectores sociales que lo apoyaron están ávidos de cambios y de poder y entiende que tienen que quedar tranquilos con la conformación del gobierno. Nombra entonces, nada menos, a un indígena caucano, reclamante de tierras en la agencia estatal que se encarga de administrar justo ese tema, para que no quede duda de qué lado está el nuevo gobierno. La designación de la ministra de salud es también una respuesta a los que preguntan si ¿ese es el cambio?

Tendremos entonces, finalmente, un gabinete en el que el Presidente intentará tener un equilibrio de representaciones y símbolos que dejen tranquilos a los sectores sociales más ansiosos de cambio, a aquellos que reclaman que no haya aventuras económicas extremas y a quienes, desde los partidos tradicionales, esperan representación a cambio de apoyo.

Petro deja que los unos y los otros, que parecen hablar a su nombre lo hagan, pero cada vez que puede deja claro quién está al mando y desconcierta a los que proclaman que son los mismos con las mismas y siguen preguntando si con Petro habrá cambio. 

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