OPINIÓN

Petro en el Sinaí

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El fin de semana pasado, el presidente Petro propuso un decálogo en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Egipto (COP27). Imitando nuevamente a Moisés (que también dio un decálogo en el Sinaí, no muy lejos del sitio de la conferencia), Petro, que conoce perfectamente el poder de los símbolos en la política, aprovechó para predicarle al mundo. Lo hizo, como es usual, mezclando verdades con exageraciones, y obviedades con afirmaciones que no son falsables.

El cambio climático es la amenaza más importante que hoy enfrenta el mundo, y va a producir dolor, muerte y grandes transformaciones. Esto, que es indudable, no parece ser suficientemente grave para Petro. Aprovechando el tono apocalíptico que la devastación climática ofrece, el presidente empezó su decálogo con una afirmación tan exagerada e improbable que es, en este punto, falsa: si la política mundial no supera la crisis climática, la humanidad se extinguirá.

El riesgo de extinción humana por el cambio climático es casi inexistente. Se ha calculado que es del 0.1%. Somos una especie que ha soportado crisis climáticas antes y que por su distribución geográfica y su capacidad de acción tiene poco riesgo de extinguirse, salvo por eventos globales como una pandemia o, incluso, por malos usos o por comportamientos imprevistos de la inteligencia artificial. Los humanos seguiremos vivos, pero la vida humana cambiará radicalmente, luego de dolor, devastación y sacrificios. Que la humanidad no se vaya a extinguir no significa que no deba actuar. Pero, para que lo haga adecuadamente, sus líderes deben decirle la verdad, sin minimizarla ni exagerarla.

Es posible que el cambio climático, con sus injusticias y desastres, sí haga colapsar nuestros sistemas políticos y económicos. Pero Petro no está advirtiendo sobre este colapso social. En su discurso, de hecho, lo anunció casi como una necesidad para superar la crisis climática, y sugirió tres tipos de cambios en nuestra civilización: uno en el modelo económico (una superación del capitalismo como mecanismo de creación y de distribución de recursos), en el sistema de estados nación y de soberanía (Petro le da un rol central a un sólo organismo decididor multilateral: las ONU, que actuaría impulsada por la “humanidad toda,” incluso “sin permiso de los gobiernos”), y un cambio en la asignación de valor a la experticia y la técnica.

Los consensos tecnocráticos y científicos sobre la realidad del cambio climático han sido defendidos por movimientos sociales cada vez más grandes que han sabido armarse con esos argumentos técnicos, lo que ha permitido llegar a acuerdos y a avances tecnológicos que cada vez nos alejan más de las peores consecuencias del calentamiento global. Sin embargo, el presidente, cayendo de nuevo en inútiles y falsas dicotomías, sugirió que la tecnocracia está permeada por intereses de los hidrocarburos, y que para alcanzar los cambios requeridos se necesita más una movilización humana que un consenso tecnocrático. Esto sugiere que Petro ve en la tecnocracia una barrera no sólo para sus proyectos en Colombia, sino también para sus aspiraciones internacionales.

El decálogo, sin embargo, no es malo, como bien lo señaló El Espectador en un editorial, pues propone cosas que eventualmente serán necesarias.

El presidente hizo afirmaciones que son ciertas, como que “el mercado y la acumulación de capital no son el mecanismo principal para superar la Crisis Climática”, o que es urgente proteger el Amazonas, al igual que la capa de permafrost y los indlandsis, para evitar mayores emisiones, y señaló la importancia de que haya paz en Europa para reenfocar los esfuerzos globales hacia la lucha contra el cambio climático (aunque no se atrevió a decir que Rusia cometió un crimen de agresión contra Ucrania).

También propuso cosas que son heterodoxas e interesantes. Por ejemplo, dijo que “el FMI debe iniciar el programa de cambio de deuda por inversión en la adaptación y mitigación del Cambio Climático en países en desarrollo”, y que “los tratados constitutivos de la OMC y del FMI deben seguir los acuerdos de la COP y no al revés”. Estas propuestas, que obedecen a ciertos imperativos de justicia ambiental (por ejemplo, que los países que más han aprovechado la explotación deben incurrir en los mayores costos de la adaptación) son cada vez más aceptadas. Recientemente, bloques de países en vías de desarrollo en el Caribe, en el Pacífico y en África las han sugerido.

Sin embargo, al venir de Colombia, esas ideas corren el riesgo de ser tenidas como irrelevantes, y, más bien, pueden debilitar la posición del país en negociaciones internacionales de deuda y espantar a los inversionistas y a las agencias calificadoras de riesgo, que pueden temer que Petro considere, amparándose en estas ideas, declarar una moratoria unilateralmente.

Recogiendo una agenda global importantísima y definitiva, el presidente ha vuelto a poner en riesgo los intereses estratégicos de Colombia, relegándolos al segundo plano en su búsqueda de reconocimiento como líder global. Esto es especialmente grave en un momento de crisis económica mundial en que la estabilidad financiera del país es el factor más importante para evitar una recesión local y mayores aumentos en la inflación y el desempleo.

            Para entender cuál debe ser el rol de Colombia ante los desafíos increíbles que le impone a la humanidad el cambio climático, es necesario entender el alcance de la responsabilidad del país en materia de emisiones, cuáles son los principales riesgos que Colombia va a enfrentar por el calentamiento global, y cuáles son las oportunidades estratégicas que puede aprovechar el país.

            Colombia aporta entre el 0.22% y el 0.26% de las emisiones globales anuales. Esto significa que, aunque suene doloroso, nuestros líderes tienen que reconocer lo pequeña que es nuestra responsabilidad en las emisiones y la irrelevancia de nuestra posición global en esta materia. Recortar las emisiones no va a afectar la dimensión del daño, pero sí afectará mucho a la economía nacional, como lo han señalado políticos y expertos, incluyendo a aliados del presidente como Roy Barreras o su ministro de hacienda. De hecho, si el presidente y la ministra de minas y energía logran imponer su voluntad de cancelar la explotación de hidrocarburos en Colombia, lo que lograrían sería contraer la economía colombiana en 3.3% y hacernos aún más dependientes de países que seguirán explotando petróleo y gas, como Venezuela o Irán (dos de los países con los que el canciller tuvo algunas de sus primeras reuniones).

En el largo plazo, el gran desafío que tiene Colombia es adaptarse para el cambio climático (responder a las sequías, las inundaciones, las hambrunas, la migración, y preparar, con responsabilidad, su economía para que deje de ser dependiente de las rentas de los hidrocarburos y para que adopte masivamente las energías renovables). También, como bien lo señaló el presidente, debe proteger de la deforestación el 10% del Amazonas que está en Colombia. Por eso, es necesario que, liderado por un presidente que reconoce lo urgente del problema,  el país use las rentas que resultan de la explotación de hidrocarburos, y aproveche todas las oportunidades de financiamiento internacional barato a las que tenga acceso para pagar la adaptación, atrayendo capitales extranjeros interesados en invertir en renovables, en agricultura sostenible y en reforestación. Para eso, a pesar de los intereses ideológicos del presidente y de algunos miembros de su gabinete, Colombia tiene que mostrarse como un socio responsable de las economías liberales del mundo y de las bancas multilaterales, y alejarse del peligroso sometimiento energético a la dictadura venezolana.

Aunque quiera, el presidente no va a lograr cambiar la economía colombiana en cuatro años (dependiente como es de las rentas del petróleo y del gas y, en su sector industrial, muy conectada con el capital occidental). Petro deberá aprovechar esos recursos y movilizarlos inteligentemente para que Colombia cumpla su rol en la lucha contra el cambio climático sin aumentar la pobreza y la desigualdad. Para eso, necesita que su gobierno sea organizado, sepa planear correctamente, y se aleje de ideas de desarrollo proteccionistas que fracasaron antes, cuando no eran absurdas, y que fracasarían ahora.

Hay que celebrar que un presidente colombiano haya usado un foro mundial para señalar lo más importante y urgente en el mundo. Pero estos discursos, que exageran el rol de Colombia y que, por lo tanto, son ingenuos, obedecen más a la vanidad del presidente que a las necesidades y recursos con los que cuenta Colombia, que ya se va dando cuenta de que las buenas intenciones del gobierno pueden salir muy caras. 

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