OPINIÓN

Petro y las palabras

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Hace unos días, el presidente respondió a una polémica con la concejal de Bogotá Lucía Bastidas diciendo “a mí no me importan mucho las formas, me importan los contenidos. Formas sin contenidos solo son formas de vacíos, de mentiras”. 

Esta afirmación del presidente es muy curiosa: es cierto que no le importan mucho algunas formas (siembra dudas sobre el Estado de Derecho –un proyecto eminentemente formal y procedimental– y sobre el orden constitucional que le ha permitido crecer dentro de las instituciones públicas, falta o llega tarde a las reuniones sin muchas explicaciones, y no se reúne con sus ministros). 
 
Pero otras formas le importan mucho. Ha construido una presidencia basada en anuncios espectaculares pero vanos, y en mensajes sin mayor contenido, pero muy adornados, como la patética invocación a la espada de Bolívar en su posesión, o la serie de documentales que sacó para conmemorar sus primeros cien días en el poder. 
 
La ciudadanía y el gobierno parecen haberse acostumbrado, también, a un presidente que dice mucho pero que, muchas veces, no dice nada.
 
Otras veces cubre un mensaje verdadero e importantísimo, como por ejemplo que la guerra contra las drogas ha fracasado, en discursos tan pomposos y melosos que el mensaje se transforma en otra cosa. Esa charlatanería, típica de una tradición intelectual que el presidente reclama como propia, no sólo se refleja en usar mal conceptos de filósofos difíciles como Derrida o Deleuze, sino en emplear, él mismo, una forma de discurso críptico, en el que se esconde la confusión, la arbitrariedad y el autoritarismo. 
 
De hecho, el senador Roy Barreras ha explicado que, más que dar órdenes, el presidente, a quien describe como un “visionario”, ofrece “TRANSICIONES trascendentales q son el cambio” (sic) y que deben ser “interpretadas por sus ministros y por el Congreso”. Esta afirmación, que pasó de agache en medio de tantas noticias, muestra que el Pacto Histórico se concibe a sí mismo como un movimiento basado en la autoridad carismática y acaso infalible del presidente, aunque esté sostenido, también, sobre el clientelismo y sobre promesas que no van a cumplirse. Más que el jefe de un Estado y de una burocracia sofisticada que se enfrenta a problemas reales, el presidente parece un oráculo que, luego de tener visiones, trasmite mensajes oscuros que luego otros, a veces menos competentes que el senador Barreras (o menos curtidos en la política, o más embelesados por el presidente) aterrizan en políticas públicas que no obedecen a la realidad, a los desafíos y oportunidades de Colombia, sino a supuestos a los que el presidente ha llegado pensando solo. 
 
Lo que Roy Barreras nota con gusto es cierto, es peligroso y no es propio de una democracia liberal. El presidente suele usar un lenguaje enigmático y ha construido un personaje público que está no sólo alejado del día a día del gobierno, sino que mantiene una distancia esencial de sus alfiles, que lo interpretan, y del pueblo (concebido como una unidad), al que él interpreta y dirige. Al presidente no sólo le gusta dar decálogos (en Colombia y afuera de Colombia), sino que también habla de “su pueblo” y usa el plural mayestático, que usaban los reyes medievales y los papas, y se refiere a sí mismo en tercera persona. 
 
Otra de las características del presidente y de su gobierno es su uso de los eufemismos. Así, hablan de “Colombia, potencia mundial de la vida”, de “paz total” o del “gobierno del cambio”, conceptos inventados por ellos mismos y que significan lo que sea necesario que signifiquen para defender o atacar la idea de turno, para distanciarse de gobiernos anteriores, o para señalar a sus adversarios. Son formas vacías que, quienes tienen el poder, rellenan y moldean. 
 
Orwell y Arendt advirtieron sobre el peligro de los eufemismos y de la mentira en la política: sirven para engañar a la gente, para transformar la obediencia a las leyes en obediencia a los líderes y, lo que es más peligroso, para cancelar la posibilidad del pensamiento. Si la política se vuelve la interpretación de mensajes crípticos que vienen desde arriba, y no en un debate público basado en la franqueza y en la persuasión basada en hechos, vamos a terminar repitiendo refranes vacíos que no dicen nada y que sólo sirven a la persona que se los inventa y a los seguidores que los usan. 
 
Es importante que nuestros políticos hablen en un lenguaje sencillo, con palabras que transmitan lo que están pensando, y que no nos dejemos someter al gobierno del eufemismo, de la interpretación arbitraria y de la charlatanería, y que recordemos que las “formas sin contenidos solo son formas de vacíos, de mentiras”.
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