OPINIÓN

Revolución feminista en Irán

olga-gonzalez-1.jpg

Las imágenes que llegan de Irán son muy fuertes. Mujeres de todas las edades se quitan sus velos y los queman en hogueras, y celebran este despojarse con bailes y cantos. Mujeres jóvenes se cortan el pelo (no solo en Irán, también en otros países de la diáspora iraní). Hombres de rodillas también se motilan en señal de apoyo. En las calles de Teherán y de otras ochenta ciudades de Irán, son quemadas las insignias del poder: arde la imagen de último ayatollah en Teherán, arde la imagen del general Soleimani (“santificado” por el poder como mártir de guerra), son ocupados edificios de las autoridades locales.

Los ciudadanos que hacen todo esto desafían abiertamente al poder. La represión en Irán es sangrienta. Para empezar, la policía de la moral vigila: los velos deben cubrir tanta porción de la cabeza. No se admiten disidencias capilares, no se admite maquillaje “excesivo”, no están permitidos los jeans apretados, no se puede mostrar la piel (salvo las manos y la cara), etc. Cualquier contestación se puede pagar caro. Fue lo que le sucedió a la joven kurda Masha Amini, de 22 años, hace apenas una semana. La policía de marras la controló, se la llevó a la comisaría, muy seguramente la golpeó, lo cierto es que le provocó la muerte. Fue la gota que rebosó la copa. La contestación por este crimen se regó por todo el país, pese a los controles y la censura imperantes (los que se adueñaron del país no permiten Facebook Twitter ni You Tube).

Y lo increíble empezó a suceder: son quemados los velos, se enfrentan en las calles las y los feministas contra los defensores del régimen teocrático y contra la policía. Todos los que salen a la calle corren un riesgo muy alto. La periodista que difundió la noticia del crimen de Masha Amini fue arrestada a su vez, y otra periodista que intentaba dar a conocer estos hechos fue interrogada y amedrentada. En el medio universitario, los estudiantes han sido arrestados por decenas, y a la hora que escribo estas líneas se ignora el número total de muertos (a la fecha del viernes 23 de septiembre, había por lo menos 30 personas muertas).

La mayoría de los valientes que salen a las calles son mujeres y hombres jóvenes. Su slogan: “Por las mujeres, por la justicia, por la libertad”. La mayoría de los que hoy manifiesta creció con el régimen islamista, instalado en el poder a finales de los años ochenta (la llegada de los integristas religiosos ha sido magistralmente narrada por la dibujante y realizadora Marjane Satrapi). Quieren romper esa camisa de fuerza que les impone el régimen. En nombre de un dios que los gobernantes han fabricado a su imagen y semejanza, un dios que refleja su propio machismo, les prohíben a las mujeres cantar, salir a la calle, bailar o maquillarse, e imponen censura al pensamiento y al arte.

“La revolución será feminista o no será”: el viejo slogan adquiere, en estas circunstancias, más fuerza que nunca. Rara vez las mujeres habían sido centrales en una revolución callejera en este país. Las muestras de solidaridad de los hombres evidencian que el sentimiento igualitario ha avanzado a pasos agigantados. Y es que, pese a los controles y la censura del actual presidente ultraconservador Raissi, un viento nuevo sopla en el mundo: las reivindicaciones de las mujeres han dejado de estar circunscritas a grupos de vanguardia.

El feminismo, sin duda, no es ya un asunto de pequeños grupos de mujeres comprometidas. Es mucho más amplio, y abarca también a muchos hombres deseosos de unas relaciones más igualitarias entre los sexos. Todos los fenómenos sociales que hemos venido observando en años recientes (campañas #MeToo, pasando por las demandas de paridad en muchos ámbitos de la vida económica y civil, sin hablar de los cambios referidos a la sexualidad de las mujeres, control de la natalidad, las campañas contra la violencia contra las mujeres, definición penal del feminicidio, campañas contra el incesto, etc) evidencian un cambio antropológico profundo.

 

Esta profunda revolución de las costumbres ha empezado hace ya varias generaciones, modificando la faz de las sociedades. Con seguridad, seguirán las convulsiones que agitan cantidad de decisiones relativas a las nuevas relaciones de género. Y seguirán las manifestaciones, jóvenes, hombres y mujeres que rechazan el viejo orden social… Los iraníes, hoy, están desafiando con coraje el viejo orden patriarcal, esta vez el de los ayatollahs, que por supuesto tiene también sus defensores y sus fanáticos. Todo mi apoyo a estos manifestantes.

Compartir