OPINIÓN

Rodolfo vs. Petro: el debate que no fue

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Pasó lo que se sabía: no hubo debate presidencial. Leyendo un comunicado que seguramente le escribieron sus abogados, repleto del pseudo lenguaje barroco que se suele utilizar en el mundo judicial, Rodolfo Hernández culpó a Petro de clausurar todas las posibilidades de realización del debate.

Cuando leía su comunicado, Rodolfo parecía no entender lo que estaba leyendo. No lo culpo. Creo que al final del día nadie entendió por qué la frase de Petro “nos vemos en Bucaramanga” significaba que no había debate.

Es común preguntarse a quién afectó más el rocambolesco episodio: si a Petro o a Hernández. Esta pregunta es estéril si nos damos cuenta de que hay una damnificada mayor en todo esto: nuestra democracia.

Puede decirse que los debates son aburridos y que no suelen cambiar las preferencias preestablecidas de los electores. Puede también uno pensar que los debates son una cuestión protocolaria, un ropaje intelectual y argumentativo que es superfluo para el votante de carne y hueso que es, al fin y al cabo, el que decide.

Es verdad que la política es el suelo fértil para los dogmatismos y los fanatismos, pero no por ello los debates son superfluos. Todo lo contrario: precisamente por ello son necesarios.

Para entender esto, hay que aclarar primero que la política tiene un carácter agonal y antagonista. Esto significa en español que seguir un ideal político quiere decir creer, con firme convicción, que no podemos alcanzar el bienestar y la justicia en la sociedad debido a un grupo específico de personas que nos lo impiden. 

Dado que ese grupo de personas viven en nuestra misma sociedad, tenemos que organizarnos como una voluntad más fuerte que ellos para detenerlos. 

Este carácter agonal y antagonista está presente en todo ideal político, no solo en los extremismos. Para no ir más lejos, el propio centro liberal considera que son justamente los extremistas aquellas personas que nos impiden alcanzar el bienestar y la justicia en la sociedad.

Sin embargo, hay formas distintas de detener a ese grupo de personas que, creemos, nos impiden alcanzar el bienestar y la justicia. Está la opción del exterminio o la guerra civil, o la opción de la conquista del poder político por medio de las elecciones.

En este sentido, la democracia no es un conjunto de instituciones que busca anular el conflicto o producir acuerdos universales, sino el conjunto de instituciones que busca que ese carácter agonal y agonista de la política se exprese por medios no violentos.

Por esta razón tiene que haber debates en todas las elecciones y los debates son esenciales para la democracia. En ningún debate vamos a ver a los candidatos ponerse de acuerdo, ni aprender uno del otro. De hecho, lo más común es que cada uno considere que el otro candidato pertenece a ese grupo que impide a la sociedad alcanzar la justicia y el bienestar. 

El debate político no se asemeja a la deliberación científica, la cual pretende ser constructiva y acumulativa. El debate político es, más bien, una arena en la que el antagonismo político se expresa de la forma menos mala posible.

Sin debates, el antagonismo político se expresa por otros medios: filtraciones, videos, escándalos, todos los cuales ponen la pelea en términos de puras descalificaciones personales. Es cierto que cuando hay debate también encontramos filtraciones, videos y escándalos, pero el debate hace que las campañas se centren en atacar las propuestas de los demás, así sea de forma intelectualmente deshonesta.

Sin debates, los grandes perdedores son los medios de comunicación. En principio, los medios en una democracia deben ser parte de esas instituciones que permiten que el antagonismo se exprese de forma no violenta.

Esto no quiere decir que los medios sean (o tengan que) ser neutrales. Esto es imposible. No solo cada periodista tiene su corazoncito, sino que nunca nos vamos a poner de acuerdo qué es la neutralidad en política.

Pero, aun así, siempre podemos distinguir entre un participante del juego y la arena en la que el juego se lleva a cabo. Los políticos son como los equipos de fútbol y los medios como los estadios. Un equipo puede jugar de local o visitante porque los medios tienen preferencias, pero hay unas reglas mínimas: la portería debe ser igual de grande para ambos equipos y debe ser indiferente en cuál lado de la cancha se juega.

Sin debates, los medios dejan de ser los estadios (en los que los equipos juegan de local o visitante) y se convierten en parte del plantel del equipo. Esto no por mala voluntad de los periodistas o falta de profesionalismo, sino por las circunstancias. Los medios ya no auspician encuentros con sus inevitables sesgos; dejan de ser la arena en la que los candidatos se encuentran y se confrontan. Por eso, su participación en el antagonismo político se vuelve explícita y todo lo que hagan será interpretado inevitablemente como una toma de partido.

En efecto, la actividad legítima de los medios, sea publicar un video, hablar de un escándalo o informar sobre las campañas de los candidatos, va a coincidir con la única forma en la que se expresa el antagonismo político. 

No solo el talante de los candidatos podría poner en riesgo la libertad de prensa. Lo hace mucho más el hecho de que no haya debates porque el debate es la única forma en la que un medio se muestra como relativamente independiente de los candidatos en un contexto de crispación. 

Cuando se confirmó que Rodolfo pasó a segunda vuelta, muchos analistas y periodistas salieron a decir que no iba a haber debates. La razón: no le convenía a Rodolfo. Todos parecían regocijarse con sus lecciones de estrategia y política descarnada. Estamos de acuerdo en que no le convenía al candidato. Pero si lo que le conviene a la democracia no le conviene a un candidato, entonces ese candidato deja mucho que desear.   

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