OPINIÓN

Sacar la religión de la política

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Ilustración: Los Naked.

Parece que en Colombia se les ha olvidado a todos los gobernantes que el Estado es laico: no somos un Estado confesional ni tenemos relaciones privilegiadas con ninguna iglesia. Estado laico significa también que los gobernantes deben dejar sus creencias por fuera de la deliberación política.

Bien vale la pena recordarlo una y otra vez. A Daniel Quintero, alcalde destituido de Medellín, que sin sonrojarse dice que “dios es el que quita y pone gobernantes y dios está con nosotros, no con ellos que son la maldad”. A Iván Duque cuando en plena crisis de coronavirus no tiene otra idea que encomendar a Colombia a la virgen de Chiquinquirá.

Sacar a la religión del espacio político fue una vieja lucha del Partido Liberal. Y fue una lucha que se extendió hasta bien entrado el siglo XX. En Colombia, la iglesia mantuvo prerrogativas como en ningún otro país de América latina. El litigio entre iglesia y Estado se dio en toda la región, y se resolvió a finales del siglo XIX a favor de una separación entre estos dos ámbitos. 

Todos los grandes países de América latina entraron al siglo XX sin el peso desmesurado de la iglesia… salvo Colombia, donde varios presidentes tenían vocación de seminarista y no de hombre público, y donde la Constitución la redactó un hombre intransigente en materia religiosa, Miguel A. Caro.

El partido liberal siempre tuvo claro que, aun siendo Colombia un país de gran influencia católica, debía haber libertad de cultos y, sobre todo, que la iglesia no tenía porqué intervenir en las orientaciones de la vida pública: ni la educación, ni los derechos de las mujeres, ni en asuntos de moralidad debía intervenir la iglesia. 

Fue ese partido liberal que hoy tantos invocan, el de López Pumarejo, el de Gaitán, el de Gabriel Turbay, el de Darío Echandía, el que impulsó leyes trascendentales para su época (para citar sólo dos, debatidas en los años treinta: ley que le permite a las mujeres trabajar, ley relativa al divorcio). Ese partido combatió la mentalidad de la época, que consideraba que un hijo natural era un hijo de segunda categoría (y que por ejemplo, no tenía derecho a ser escolarizado), o que consideraba que una mujer no podía montar a caballo a horcajadas. 

Esos ejemplos (divorcio, hijos naturales y montar a caballo) dan cuenta de lo que fue la mentalidad conservadora en Colombia en los años treinta y cuarenta. Las iglesias, y sus emisarios en el partido conservador, estaban dispuestos a eliminar al rival (liberal) para mantener su anacrónico mundo. 

Por tanto, si las cosas han cambiado, no es por una “evolución natural”: la política no sigue ninguna ley natural, la política es el resultado de controversias y decisiones. Y el feminismo, aliado con el partido liberal de antaño y con los progresistas del partido conservador, fue el que logró estos cambios (y muchos otros) para las mujeres y los hombres colombianos.  

Hoy, ¿cuáles son asuntos que la iglesia quiere mantener una influencia? En realidad, sigue queriendo tener prerrogativas especiales en campos similares a hace 80 años: derechos de las mujeres, y en particular, atacar el derecho al aborto; familias, y en concreto: limitar la diversidad sexual; educación, y específicamente: frenar educación sexual en los colegios.  

La iglesia busca influir por medio de sus párrocos. Circulan videos de sacerdotes -por ejemplo el del municipio de Tarqui en el Huila- donde pontifican contra los métodos anticonceptivos, contra los médicos, contra las mujeres que quieren abortar. Buscan influir en las esferas altas del poder -por ejemplo, por medio del embajador ante la Organización de Estados Americanos Alejandro Ordóñez, que maniobra para atacar la reciente sentencia de la Corte Constitucional.

La iglesia versión siglo XXI necesita el apoyo del poder porque ha perdido mucha influencia, sobre todo entre los jóvenes. Países otrora muy católicos, como España, hoy son mayoritariamente ateos o no creyentes. La secularización aumenta también en América latina, y por supuesto en Colombia. Los colombianos no quieren que la religión influya en el poder: las encuestas muestran que los colombianos, en su mayoría, son indiferentes a las creencias del presidente. 

Adicionalmente, ya nadie ignora los abusos de los sacerdotes de las iglesias católicas y de los pastores de las congregaciones cristianas: son noticia diaria en Colombia. Esto contribuye al descrédito de las iglesias. Pero, por supuesto, los poderes dentro de ella (arzobispos, altos cargos) buscan ocultar las graves denuncias. Así sucedió con los 36 sacerdotes que abusaron, durante años, de un menor de edad, y que buscaron callar al periodista que documenta este caso. Así sucede con los prestantes arzobispos de Medellín y Bogotá, que buscan ocultar otros abusos. 

Es evidente que las iglesias buscan hoy acercarse a las instancias de poder (gobernantes, presidente, candidatos presidenciales). Hoy como ayer, quieren perpetuar una visión anacrónica de la sociedad. Y hoy, más que ayer, quieren asegurar la impunidad para sus crímenes sexuales. 

Por su lado, es evidente que los partidos políticos progresistas deben resistir frente a esta embestida de las iglesias. La historia de Colombia le da la razón al partido liberal de los años treinta, que se regía por principios y no por oportunismos electorales. La mezcla de la religión con la política ha causado mucho daño en Colombia.

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