OPINIÓN

Salvarnos de nosotros mismos

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Ilustración: Los Naked

Hoy es claro que se nos puede venir encima una larga temporada de sufrimiento. Peor aún de la que venimos. Más vale que sepamos cuál es el pecado que estaremos expiando.

De entrada, Colombia no es el precursor del sufrimiento mundial, ni el país que más ha sufrido o sufrirá. Los rusos, ucranianos, alemanes, chinos, cubanos, argentinos, venezolanos y otros países africanos y asiáticos nos aventajan.

Es falso que “no hay sufrimiento que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Una vez aparece el sufrimiento profundo, puede durar décadas. El de España duró tres siglos; el de Rusia lleva más de cien años, precedido de uno de varios siglos; el de Cuba supera sesenta años; el de Venezuela está en su infancia, y el nuestro está por nacer.

“No nos importa sufrir. Pero necesitamos saber por qué”, dijo con clarividencia Friedrich Nietzsche. Tratemos de explicar, entonces, cómo empieza el sufrimiento actual.

Para eso, los latinoamericanos podemos vernos en el espejo de la Europa de hace cien años, del período entreguerras, que produjo a Mussolini, Franco y Hitler. En Latinoamérica han reaparecido los hombres de ese estilo, que empezaron carismáticos, se volvieron dramáticos y luego trágicos, tipo Ortega en Nicaragua, Chávez-Maduro en Venezuela; ahora AMLO en México y Bolsonaro en Brasil.

¿Qué luces arroja, por ejemplo, la Alemania desesperada que optó por Hitler? Fue el resultado del hambre, la hiperinflación, el desempleo y el desespero económico por las sanciones impuestas por el Tratado de Versalles. La debacle económica carcomió la paciencia y la esperanza de los alemanes, y los llevó a optar por una salida desesperada.

La paciencia y la esperanza son indispensables para que la gente apueste por un futuro mejor, se dedique a trabajar por él y evite a los culebreros y vendedores de paraísos. ¿Cuándo se carcomió la paciencia latinoamericana y colombiana?

En el caso de Colombia, nos quieren hacer creer que la crisis actual viene de treinta años de mal manejo. Esto desconoce la terrible situación treinta o cuarenta años atrás: una de cada tres personas tenía atención de salud, solo la mitad de los niños y jóvenes asistía al colegio, uno de cada 5 a la universidad. La energía eléctrica no llegaba a todo el país. Colombia ha hecho un progreso tremendo en los últimos treinta, e, inclusive, sesenta años. Hasta 2014 cabalgamos en ancas del ascenso chino y los altos precios de lo que exportábamos.

Todo cambió en 2015, y no ha parado de cambiar hasta hoy. En un espacio de seis años aparecieron fuerzas disolventes, provenientes de fuera, que carcomieron la paciencia y la esperanza de los colombianos. Los hechos externos fueron la debacle de los precios del petróleo entre 2015-17, y la pandemia en 2020-21.

Ahora bien, dentro del mismo territorio han convivido dos países: uno que ha prosperado, donde vive la mitad de la población, y otro que se mantuvo anclado 60 años atrás, en el cual han surgido fuerzas oscuras y potentísimas, ligadas al olvido y al narcotráfico, que dominan zonas enteras: el litoral Pacífico, el sur, una parte del Caribe y la frontera con Venezuela. Por último, el Estado ha sido invadido por las fuerzas del mal: corrupción, ineficiencia y clientelismo.

Detengámonos por un momento en las crisis económicas recientes. Antes de 2015 las crisis solían tener bastante regularidad: seis años de ascenso y estabilidad, seguidos de dos años muy malos; el ciclo completo duraba 8 años. El ascenso económico le devolvía a la gente el empleo, los ingresos, la forma de educar los hijos, ahuyentar el hambre y construir un capital. Las destorcidas hacían lo contrario: carcomían al individuo y la familia, destruían sus ahorros, los arrojaban al desempleo, el hambre y la desesperación.

Ese período de sanación que solía durar seis años se acortó, pues entre la crisis de materias primas de 2015-17, y la del COVID 2020-21, solo hubo 3 años. Estas crisis consecutivas trajeron el hambre crónica en Colombia, la enfermedad, la muerte y el desempleo, e hicieron aún más insultante la corrupción e insoportable la inefectividad del Estado.

Con esto, nos hemos vuelto presa fácil de los culebreros. Pasó en Rusia, Alemania, Italia, Cuba y Venezuela. La gente optó por la promesa de un mundo feliz, fácil, sin costo, al alcance de la mano.

La desesperación actual puede llevar, como en la Europa entreguerras hace cien años, a que Colombia opte por nuestro Mussolini, Ortega o Maduro. Es resultado de una especie de “baja de defensas”, que hace que los virus de la desconfianza, resentimiento anti-sistema, odio, desesperación e impaciencia, que existen en todo tiempo y lugar, en todo cuerpo social, crezcan como espuma y lleguen a dominar la escena política.

Suena raro, pero después de este sufrimiento debemos tener cuidado de nosotros mismos. Nuestras decisiones pueden estar más motivadas por fastidios, manías, odio y resentimientos, que por una evaluación serena. Tenemos ofuscado el juicio, y eso no es sano al momento de tomar decisiones que afectarán los próximos 4, 10 o 20 años. La cabeza caliente no es buena consejera. Literalmente, debemos salvarnos de nosotros mismos.

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